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ÁNGELA MERKEL:
AISLAR A LOS ANCIANOS PARA RECUPERAR LA NORMALIDAD TRAS EL CORONAVIRUS ES ÉTICAMENTE INACEPTABLE
Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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En LNE, güei
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos.)
Dos lecciones exteriores de política interior
Las migraciones, las votaciones en Alemania y el ascenso de Donald Trump
27.03.2016 | 05:35

Xuan Xosé Sánchez Vicente Las migraciones masivas, ya por razones de trabajo, ya por huir de las guerras, constituyen un doble problema. El primero, el que vemos todos los días en los medios y nos conmueve, el de los propios emigrantes: el dolor, la inseguridad, el miedo, la muerte, las enfermedades atenazan a cada uno de ellos. La otra cara del problema, no tan visible de forma inmediata, se localiza en los países receptores.
Digamos, de mano, que existe lo que podríamos llamar una "física de las relaciones sociales", conflictos y reacciones que se manifiestan de manera inevitable en determinadas circunstancias. Por expresarlo en forma de parábola: es relativamente fácil diluir un grupo humano pequeño en otro que hasta entonces era extraño a él, pero, a medida que el tamaño del grupo aportado se hace mayor, la dilución se hace más difícil o imposible, con lo que, con el tiempo, hallaremos conviviendo en un único espacio dos grupos con intereses y formas de ver la vida distintos. Esto, que es ya una evidencia desde hace mucho en varios países de Europa, corre el riesgo de agravarse con los inmigrantes y fugitivos del Oriente Medio.
Ya sé que la amplia comunidad del Gloria in Excelsis, que incluye una variada tipología de personas y organizaciones, no ve ningún problema en todo ello y cree que no existe más impedimento para la recepción ilimitada de emigrantes que la maldad o la miseria de los gobernantes europeos. Conviene, sin embargo, que miremos alrededor y examinemos en vivo cómo se conduce el fenómeno.
Es sabido que la malvada para la mayoría de la izquierda Mérkel fue quien más alentó -si no la única- la llegada de emigrantes/fugitivos a su país, hasta el punto de que se recibieron más de un millón en el solo año pasado. La consecuencia de ello fue que en las recientes elecciones Mérkel y sus socios perdieron muchos votos y ascendieron los partidarios de la xenofobia. De modo que, como dice el refrán, vino a ocurrir aquello de "no hay ninguna buena acción que no tenga su castigo". [....................................................................................]
El segundu a favor de Merkel
Esti ye'l segundu artículu que los invito a lleer a favor d'Ánxela Merkel o, dotramiente, entendiendo la política d'Alemania pola morde l'espantu y la rocea cola que los europeos en xeneral, y los alemanes en particular, ven el nuestru despilfarru, la nuestra falta chapeta y los enguedeyos nos que nos empatonamos.
Los testos son de Xosé Luis Barreiro Rivas y asoleyárense dambos en La Voz de Galicia. Esti, en concretu, ye del 13 d'abril de 2013. Póngo-yos equí l'entamu y el restu invítolos (otra vegada) a que vaigan lleelu al enllace. Repito: merez la pena, piensen lo que piensen y saquen dempués les conclusiones que saquen.
Aínda que parece fría e rompedora, Angela Merkel empeza a estar preocupada pola imaxe de Alemaña, que aos poucos se vai convertendo na estúpida explicación de todos os males do Sur. Máis aló do investimento causal dos problemas, que nos fai crer que estamos mal por culpa dos recortes, no canto de intuír que temos recortes porque andamos mal, os alemáns non alcanzan a entender por que esa xente que teñen tan claro que a solución é crecer, crear emprego e ser moi felices, non pon ao choio e abandonan as duras receitas xermanas. E por iso dona Angela aproveitou a mañá de onte, domingo, para ler os xornais do Finisterre e ver de que falamos os galegos. E este é o resultado.
En Ourense seguen empeñados na estación de Foster, que, lonxe de representar unha necesidade esencial da cidade -a Merkel pareceulle moi digna a que hai e moi adaptable ao novo servizo- revive o principio de «á prosperidade polo malgaste», coma se aquí non pasase nada. Logo decatouse de que para unho AVE que, a causa do localismo, vai ter dúas estacións terminais, tamén se proxectan megaestructuras en Vigo, A Coruña e Santiago, sen ter en conta que sumadas todas elas non alcanzarán a metade de pasaxeiros que recibe Karlsruhe, cidade similar a Vigo.
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Xosé Luis Barreiro Rivas
Dos a favor de Merkel (I)
Vo invitalos a lleer dos artículos a favor d'Ánxela Merkel o, dotramiente, entendiendo la política d'Alemania pola morde l'espantu y la rocea cola que los europeos en xeneral, y los alemanes en particular, ven el nuestru despilfarru, la nuestra falta chapeta y los enguedeyos nos que nos empatonamos.
Los testos son de Xosé Luis Barreiro Rivas y asoleyárense dambos en La Voz de Galicia. Esti, en concretu, ye del 13 d'abril de 2013. Póngo-yos equí l'entamu y el restu invítolos (otra vegada) a que vaigan lleelu al enllace. Repito: merez la pena, piensen lo que piensen y saquen dempués les conclusiones que saquen.
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| Xosé Luis Barreiro |

Mentres en Bruxelas están a pensar en como homologar a zona euro, para evitar que as insensateces duns poucos comprometan o futuro de todos; e mentres o ministro De Guindos trataba de explicar en Irlanda por que necesitamos un prazo máis amplo para o axuste pactado, Artur Mas, que só utilizou o seny para enganarnos, e que agora foxe cara a adiante no medio dun océano de estupidez inenarrable, acaba de montar un chamado Consello Asesor para a Transición Nacional, cuxo obxectivo consiste en estudar como aumentar o babel da UE engadindo outro Estado; como ser independentes sen que o Barça quede fóra da liga española; como montar un banco central cunha moeda teórica sen que o euro deixe de ser a forma de pagamento normal e sen que ningún Estado europeo vaiche a súa entrada na UE pola porta de atrás; como repartirse con España a débeda que non poden pagar; como garantir as pensións que non poden garantir; como seguir intervindo na planificación das redes de comunicación do Estado español e opóndose -desde o estranxeiro- o AVE galego; como manter A Caixa nun espazo económico -a UE- do que non formaría parte; e como traspasar ao novo Tribunal Supremo de Cataluña os casos abertos por corrupción política nos últimos anos.
TRES MOMENTAZOS
Londres. Juegos
Olímpicos. Domingo, 10. Final de baloncesto. Acabado el partido, igualado hasta
el final, Kobe Bryant, tras celebrar apenas unos segundos su victoria, se
acerca al banquillo español, donde Paul Gasol se encuentra sentado y abatido.
El estadounidense le pone las manos sobre los hombros, Pau se pone en pie y
ambos se abrazan largamente. Tras Bryant, tras su ejemplo, puestos en fila como
quienes se acercan a dar el pésame en un funeral, uno tras otro, los miembros
del equipo de EEUU van dando la mano a Gasol. No es un pésame, es, como ha
señalado Luis M. Alonso aquí, en La Nueva España, el homenaje del vencedor al
derrotado que ha peleado hasta el final, que ha puesto en apuros al muy
superior vencedor y que ha constituido —en el sentido no desgastado del tópico—
«un digno rival». A mí me ha recordado, entre otros muchos episodios históricos
en que los triunfadores muestran su respeto hacia los derrotados, el cuadro de
La rendición de Breda, en que el vencedor, Spínola, evita la humillación del
vencido, Justino de Nassau. Y en el momento de contemplar la escena sentí un
punto de emoción y otro de admiración por el conjunto de virtudes cívicas que
en el homenaje del Dream Team a Gasol estaban implícitas y se manifestaban.
El segundo
episodio tiene también lugar en el mismo escenario. La reportera de RTVE
Izaskun Ruiz está entrevistando a Usain Bolt, que acaba de ganar los cien
metros lisos (y, subrayémoslo, que acude inmediatamente ante una cámara de
importancia relativa). De pronto, el campeón gira noventa grados y deja la
entrevista. Ella tarda unos segundos en averiguar qué pasa y luego dice «es el
himno nacional». La cámara muestra al jamaicano, serio, escuchando, y a Izaskun
desorientada, moviéndose a su lado, inquieta como una lagartija. Cuando acaba
de sonar el himno —el de EEUU— la reportera le comenta: «Ha sido muy respetuoso
con el himno de Estados Unidos». La entrevista concluye y la reportera, entre
risas nerviosas, se dirige a los compañeros del plató y exclama: «¡Qué
momentazo!» A qué se refiere no cabe duda: no habla de la entrevista ni de
Usain Bolt, sino del desconcierto que le ha causado que la dejasen con la
palabra en la boca para escuchar un himno. Lo corroboran sus compañeros de
plató —un él y un ella— «Sí, qué momentazo», «es lo que tiene el directo».
Si la primera
anécdota dice mucho de las virtudes cívicas de un grupo de estadounidenses, la
segunda dice mucho de nosotros. En un país donde se han perdido las virtudes
sociales de la cortesía, del respeto y la educación ante tantas cosas, y
especialmente ante los símbolos, donde se tiene en lo mismo la bandera de un
estado que el pendón de un club de fútbol, donde se escucha con la misma
actitud un himno estatal que «Paquito el chocolatero», donde se aplaude y
premia a un futuro presidente por mostrarse como un villano ante la bandera de
un país o se silba a esa persona, ya presidente, mientras se realiza el
homenaje a los soldados muertos, es normal que cunda la desorientación cuando
alguien se comporta como una persona normal en otros lugares, es decir, con
educación y respeto ante los símbolos de los demás.

El tercer
acontecimiento es local y personal, pero también significativo. Colunga. Día de
mercado. Encuentro a una vecina, ya de varias décadas de edad, a la que invito
a sentarse a mi lado en la terraza en la que estoy, a la espera de una tercera
persona. De pronto me enseña el cuello, donde cuelgan dos cadenas y dos
medallas. «¿Acuérdeste de que les había perdido y de que les anduve buscando
como lloca?». Efectivamente, había estado en su casa y me lo había contado.
«Pues aparecieron». «¿Y dónde?». «Pues, ente les dos cames, onde les buscara
miles de veces». «Púsomeles allí Diosín». «Bueno, verás, garré a san Cucufato»
(ustedes ya conocen la fórmula del rito apotropaico: «San Cucufato, los
cojones te ato, si no me das lo que te
pido, no te desato»),« coyí la cuerda y amarré-y, amarré-y hasta que non pude
más», me va diciendo mientras sus manos hacen el gesto de apretar y dar vueltas
y los labios se comprimen en señal de esfuerzo, «y dixe-y: y si nun paez, vengo
y apriétote más». «¡Oye, y aparecieren lluegu, onde buscara venti veces!». «Y
claro, entós fui y di-y les gracies y desamarrelu».
Y, mientras
reitera su relato, me ensimismo y pienso que es una lástima que no podamos
realizar algún rito propiciatorio semejante a fin de solucionar la crisis, y
que se solventase así. Pero, además, pienso, ¿a quién, en concreto, íbamos a
ensogar? Es entonces cuando aparece de pronto mi trasgu particular, Abrilgüeyu.
Se sienta en la silla de la derecha de mi vecina. Lleva la montera un poco
torcida y en los coloretes de sus papos y en el brillo de sus ojos se percibe
que hoy, día de mercado, ha debido ya realizar algunas libaciones de sidra.
«Te propongo un
negocio», me dice. «Hacemos una estatuilla de la Merkel con ese fin y las
vendemos por millones. ¡Con la manía que le tiene la gente, que le echa la
culpa de todo!» Le digo que es un disparate, y que, sobre serlo, las partes
pudendas de doña Ángela no son partes fácilmente amarrandas, por más que se
diga que los tiene como el caballo de Santiago. «Eso es igual», me objeta, «lo
importante es atar la cuerda por ahí, y, sobre todo, la formulilla recitativa».
«Y si acudimos al asturiano ganamos más en eufonía, escucha: «Ángela Merkel, el
(equis) te ato, si no solucionas la crisis no te desato». Escandalizado le digo
un «¡quita, quita!», «además, igual nos metemos en un lío fenomenal con el
expresidente de Bankia y del FMI. ¡Menudo lío!»
«¡Bueno, mejor!
Así amarramos dos pájaros —y nunca mejor dicho— de un tiro. Piénsalo bien, nos
haríamos ricos, ¡con la manía que todo el mundo mira a la alemana y con las
ganas que tienen de que ocurra un milagro!». Y, con su descaro habitual, birla
la copa de una mesa vecina y la acaba de un trago. Devuelve el recipiente
vacío, se vuelve hacia mí y me dirige una mirada cínica:
«¿Crees, además,
que nuestra fórmula iba a ser más inútil, estúpida o milagrera que la mayoría
de las fórmulas con que los economistas y los gobiernos intentan solucionar el
problema? ¿Que esas fórmulas tienen menos de recitado mágico que la
angelacucufatesca nuestra?»
Aviso a mi vecina
de que es hora de largarnos, antes de que Abrilgüeyu acabe por convencerme.
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