Muchos asturianos creen que es necesario un partido asturianista/nacionalista fuerte, tanto en el orden interno como "frente a Madrid". Sin embargo, también, la mayoría de esos ciudadanos no votan a ningún partido asturianista o simplemente no votan. Esperan, tal vez, que esa necesidad social venga a ser cubierta por los ciudadanos de Cuenca o Soria.La inexistencia de un voto asturianista es el mayor problema con que se enfrenta la voluntad de construir una variable política de esa definición. Para que se comprenda bien el asunto, entendamos que el voto es fundamentalmente una cuestión de adscripción previa, de patria emocional, que tiene más que ver con la fe y con las pulsiones de la autorrepresentación simbólica que con la racionalidad o la realidad. Por decirlo de una forma patente: en torno a siete millones de españoles están siempre dispuestos a votar al PSOE o al PP, sea cual sea la conducta real de esos partidos: crezca el paro o no, roben sus dirigentes o no, sean o no sean unos absolutos ineptos para gestionar el presupuesto. Siempre habrá un mecanismo psíquico y dialéctico para no ver la realidad, disculparla o echar la culpa al adversario. Completemos el panorama señalando que, en medio, hay unos pocos cientos de miles de ciudadanos que pueden cambiar de voto en cada elección (y cuanto más culto o moderno es el país es mayor ese conjunto) y que en algunos territorios particulares existe otro ámbito de identidad emotivo/simbólica, el del territorio menor al del estado, el nacionalista/regionalista.
En Asturies ese voto incondicional, previo diríamos a la existencia de cualquier opción en que proyectarse, no existe, o por mejor decir, es tremendamente exiguo. No se trata, preciso, de que no exista para el PAS, se trata de que no tiene realidad para ninguna fuerza política (como, por si había dudas, se ha constatado en las últimas elecciones). Es más, en lo que sabemos, a través de encuestas, el voto asturianista tiene una gran labilidad, una escasa "fidelidad", en estrictos términos sociológicos. En nuestro caso concreto, es posible que, de los casi sesenta mil votos que hemos recibido en las últimas cuatro elecciones autonómicas, no hayan repetido en tres de ellas más de siete mil ciudadanos.
El segundo gran problema es la extremada limitación del altavoz asturianista. Los demás partidos políticos reciben miles de millones (en términos de antiguas pesetas) en subvenciones directas del estado, a través de los grupos parlamentarios del Congreso, por la vía de las diputaciones, ayuntamientos y comunidades autónomas. Disponen, además, de cientos de funcionarios y de miles de cargos públicos. En el caso de la izquierda madrileñista (PSOE e IU), tienen además la fuerza adicional, más o menos explícita, del sindicalismo. Frente a eso, y por ceñirnos a nuestra organización, nosotros no recibimos un duro de subvención del estado. Es más, nunca hemos podido pagar ni a una sola persona para que se dedicase con exclusividad a la política (ni siquiera quien esto escribe: diputado, tuvo que compatibilizar el trabajo y la dedicación política para poder comer).
Añádase a ello un elemento importantísimo, la presencia en los medios de comunicación. Los partidos con representación institucional múltiple tienen garantizada su presencia diaria en la información de todos los acontecimientos económicos, sociales y políticos; en cada página, por así decir, y en cada sección regional (por cierto, nosotros estamos excluidos de la información de los medios públicos, por no ser parlamentarios). Pero esos partidos, además, que son madrileñistas todos en Asturies, tienen por añadidura la presencia en los medios de comunicación estatales, a través de sus siglas y sus líderes, espacios en los que, simplemente, los demás no existimos. Hágase de ello la traducción a dinero invertido en publicidad y la diferencia es la que va, en años luz, del big-bang a nuestros días. Si sumamos, además, la diferente significación (el diferencial de potencia representativa y significativa) que para el ciudadano/elector tiene el aparecer en las televisiones y medios estatales, frente al asomarse en los medios asturianos, casi completaremos el panorama. Casi, decimos, porque aún se podría rematar con una sociología de los medios, de los profesionales de los mismos y de sus prejuicios político-sociales.
Sobre estos ingredientes básicos (que hacen que la competencia electoral venga a ser la que pueda entablarse entre una silla de inválido pinchada y un fórmula uno) vienen a añadirse los propios elementos discriminatorios de las elecciones: ausencia en los medios de comunicación, imposibilidad de mandar a casa las papeletas de voto, falta de dinero, topes mínimos de representación (si no hubiera los cuales, por ejemplo, el PAS habría sacado siempre concejales en las principales ciudades de Asturies), etc. Y es que los grandes partidos, pese a lo que quieran pensar sus feligreses, no son más que un negocio envuelto en un discurso. Y parte importante del negocio consiste en expulsar a los demás de la arena política.
Llama la atención, por cierto, que cuando se trata de indagar las razones del escaso éxito electoral de los partidos asturianistas se acuda siempre a razones internas, a motivos de índole metafísico-marxista ("en Asturies no hubo burguesía", etc.) o a cualesquiera otros. Nunca se señalan, sin embargo, estos. Y, con todo, es claro que los partidos ya poderosos en dinero se afanan por mejorar su financiación, incluso por vías ilegales. Es patente que quienes ya tienen miles de líneas y de horas de presencia en los medios subvencionan medios afines, pagan propaganda, compran medios o los crean y se afanan por tener un minuto más de presencia pública. Si para ellos un duro o un segundo más son importantísimos, ¿cómo es que tantos sesudos analistas entienden que para nosotros es irrelevante, esto es, que nuestro problema no es básicamente de dinero o de presencia en los medios, sino de figura o discurso intrínsecos? ¿Risum teneatis?
¿Se puede hacer algo en esta situación? De momento se puede hacer poco. Seguir trabajando para crear un voto asturianista fiel (es decir, incondicional, como los de los demás). Intentar sumar fuerzas, asimismo.
Pero ni siquiera esto último es fácil. Cuando lo que se puede ofrecer, aun con unos hipotéticos óptimos resultados electorales en el marco de lo posible, es muy escaso, resulta muy difícil conjugar intereses. ¿O es que se piensa que un grupo humano va a laborar, gratis et amore, en beneficio de otro grupo humano con el que tiene diferencias conceptuales y, a lo mejor, hasta rencillas personales? Quien lo crea o desconoce la realidad o quiere ignorarla, aun conociéndola. Y, por otro lado, no lo olvidemos, en ese ámbito del llamado asturianismo/nacionalismo hay gente que aboga por la independencia, otros por la creación de una banca asturiana, los de aquí quieren crear decenas de empresas públicas, aquellos quieren prohibir las multinacionales, etc., etc. A algunos lectores, a quienes las proponen, estas coses les parecerán normales o razonables, a la mayoría de la población, espantibles. Intenten ustedes sumar ahí, en esa realidad (o irrealidad).
¿Siguen creyendo que es fácil o que se trata de una simple cuestión de voluntad o capacidad? Con todo, habrá que procurarlo (una vez más, por cierto).


