Otra vez la revolución pendiente: ¡A por los banqueros!




La crisis va a ser mucho más dura y larga de lo que queremos creer. Podemos, además, intervenir sobre los efectos de la misma (paro, por ejemplo, estabilidad financiera), pero poco podemos hacer sobre los factores de fondo: es el mundo —las sociedades, los individuos—, con su enorme complejidad, quien debe encontrar un nuevo equilibrio y unas nuevas reglas sobre las que volver a funcionar de forma sostenida.
De lo poco que podemos hacer con respecto a las cuestiones estructurales, aquí, en España no estamos haciendo nada. Nos movemos entre el tan español arbitrismo (las bombillas y el «renove» de Sebastián, los cheques de Zapatero y Areces) y la negación de la evidencia (que nuestra crisis, sobre la financiera mundial, es una crisis específica de nuestro sistema productivo). Ahora bien, en lo que sí podemos intervenir de verdad, en tomar medidas estructurales y jurídicas que nos permitan tener una economía productiva y competitiva cuando abocane el rabión internacional, no estamos actuando en nada, ni lo haremos a lo que parece.
Por otra parte, las medidas coyunturales que propone el gobierno son, precisamente, las de la reiteración de las causas que nos trajeron a la situación actual: más dinero barato en circulación, más crédito concedido sin garantías, más crecimiento a expensas de un teórico enriquecimiento futuro, esto es, más burbuja. Como un drogadicto con síndrome de abstinencia que recordase los tiempos placenteros y se olvidase de que fueron aquellos tiempos precisamente los que lo arrastraron al mal presente, el Gobierno quiere un nuevo chute olvidando que en los gozos anteriores iba inextricablemente encadenado el dolor hodierno.
En esta coyuntura económica mundial, y víctima a la vez de su incompetencia, su desorientación y sus prejuicios ideológicos, el gobierno se enfrenta a una situación en la que el número de parados está creciendo de forma desbocada y va a seguir haciéndolo; en que toda la sociedad se vuelve más pobre y en la que la inseguridad y el temor van a ir progresivamente incrementándose en los individuos. Es evidente que ese complejo de cosas entraña un riesgo —yo diría que inevitable— de descontento creciente y aun de explosividad social, que si todavía no ha estallado ha sido por la conjunción de varios factores de tipo psicológico y sociológico, uno de ellos el embridamiento que de la angustia y la inseguridad están haciendo los sindicatos. Pero será difícil contener por mucho tiempo esa amenaza hasta ahora controlada, y más aún cuando IU se ha rearticulado en torno a la idea de explotar la crisis y el descontento en la calle.
¿Qué hacer ante este panorama? El Gobierno, el PSOE, la UGT y sus fuerzas sociales periféricas (incluidos ahí los medios de comunicación de su racimo de uvas) saben que deben dar alivio a esa presión social y encaminarla contra el «fármacos», contra un chivo expiatorio al que pueda satanizarse y convertirlo en causa de todos los males. Porque, naturalmente, lo que no van a permitir es que las protestas y las eventuales algaradas, vayan contra ellos, contra el gobierno y el partido responsables de nuestra crisis particular.
Y ya lo han encontrado: es el capital, en general, en su particular manifestación de la banca y los banqueros. En los últimos días hemos asistido a la preparación del aquelarre: el mitin del fin de semana de Zapatero en La Coruña, su recepción a los banqueros en La Moncloa escenificando el distanciamiento en la proxemia del encuentro, las «amenazas» de nacionalización de los Fernández, Villa y Vara, etc.
De modo que ya verán ustedes cómo, en los próximos meses, el régimen intenta sajar el absceso de ira y temor al futuro de sus ciudadanos con el bisturí de las manifestaciones, los gritos y las pancartas contra la banca y los banqueros.
Lo que, además, será impulsado y secundado con entusiasmo impar. ¿Se acuerdan ustedes de lo que significaba aquel tostón de «la revolución pendiente» con que los falangistas nos dieron la lata hasta tan acá? Pues, principal y simplemente eso: la nacionalización de la banca.
Y es que en muchos de los discursos actuales todavía se percibe el eco de aquel big-bang, de aquella gran explosión de totalitarismo que se originó en los últimos treinta años del siglo XIX y continuó en las tres décadas iniciales del XX.




Esti artículu asoleyóse na Nueva España del 08/02/09, col títulu de "Objetivo fijado: los banqueros".

1 comentario:

Anónimo dijo...

nun van nacionalizar un res, too esto ye una cortina de fumu; anque la verdá ye que los bancos tamién tien parte la culpa de l’actual cris.