Mostrando entradas con la etiqueta Rivi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rivi. Mostrar todas las entradas

Güei, en la Nueva España: Las salchichas y los desahucios

0 comentarios

(Sobre los conciertos en La Ería y los desahucios)(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
L'aprecederu

Las salchichas y los desahucios

Sobre la polémica abierta por Sánchez Ramos con los conciertos de La Ería

23.07.2015 | 05:43
Las salchichas y los desahucios
Las salchichas y los desahucios
Mi amigo Rivi se ha equivocado en lo relativo a los conciertos en La Ería. "Las leyes son como las salchichas: vale más no saber cómo están hechas", decía Bismark. Se refería tanto a los compromisos que llevan al resultado final como a la discreción que permite negociar esos compromisos, porque sin aquellos y sin esta la acción política es imposible o acaba en productos aún menos estimables que la carne en calceta.
Viene a cuento ello porque con sus manifestaciones sobre la hipotética gestión irregular de esos conciertos, Rivi y el equipo de gobierno han provocado inquietud y retracción en la venta de entradas para los mismos, y tal vez una demanda de la empresa gestora; y todo ello para, al final, tener que dar un paso atrás en lo concerniente a este año.......................
.............................................................

LAS SEÑALES DEL MALIGNO

0 comentarios

El acuerdo de medio lado entre el PP e IU en el ayuntamiento de la capital ha desatado una oleada de críticas en el PSOE y en gran parte de la parroquia autodenominada de izquierdas. Don Fernando Lastra, el portavoz de los fieles ayer zapaterinos mañana veremos en la Xunta, ha sido tal vez el «martillo de herejes» más destacado y reiterado. «IU, con su incoherencia, favorece las políticas de la derecha» y «apoya la política reaccionaria de la derecha en contra de la mayoría social que representa la izquierda», ha anatematizado.

Don Fernando Lastra Valdés es un magnífico político de partido, conoce perfectamente qué divinas palabras debe pronunciar para conseguir los objetivos fundamentales de esas organizaciones: mantener excitados a los fieles de su Iglesia, llenar de descrédito a los de la contraria, cohibir a los indiferentes. Y sabe que para ello le basta pronunciar la palabra que, para los suyos, convoca al mal por excelencia, «la derecha», duplicándola mediante un pleonasmo, «el PP». Es suficiente para provocar la movilización de las zonas arcaicas del cerebro, la excitación de determinadas glándulas, la secreción de concretas hormonas.

Porque, de acudir al análisis de los tópicos políticos y de su práctica real, resulta muy complicado ver en qué se diferencian las políticas de unos y otros. ¿Es de derechas privatizar? Ahí tenemos las dos dictaduras españolas del XX, que han constituido los monopolios de petróleos, estatalizado la siderurgia y gran parte de la minería del carbón. Ahí tenemos al PSOE, que ha comenzado las privatizaciones de banca y empresas estatales de todo tipo, incluido el naval y la siderurgia. O a PSOE e IU, que han llevado al sector privado la mayoría de los servicios de los ayuntamientos. ¿Qué oponerse a la OTAN era antiimperialista? Pues a apuntarnos nos excitaron don Felipe y la mayoría de los que hoy mandan en el partido socialista. ¿Subir impuestos es progresista? El presidente Zapatero y los suyos hicieron apología de lo contrario e, incluso, suprimieron o menoscabaron los de sucesiones y patrimonio. ¡Ah!, ¿que bajar el sueldo de los funcionarios y congelar las pensiones es de derechas? ¿Y someterse a los dictados de los mercados y de organismos como el BCE y el FMI también? Créanme, no solo lo han hecho quienes, según la autodenominada izquierda, osculan en salva sea la parte al buco cornudo.

Y, en cuanto a la práctica del pacto con el maligno, pues ya ven, por venir solo a lo inmediato: PSOE y PP acaban de acordar el reparto de los nombramientos del Consejo General del Poder Judicial o la modificación de la constitución para adaptarla a las exigencias del BCE. El mismo PSOE asturiano estuvo buscando cómo llevar al huerto al PP en la tramitación de los presupuestos de 2014.

Es cierto que una parte de los fieles de la amplia parroquia izquierdista no ven, no pueden o no quieren ver esa realidad, pero ¿y los que sí la ven?, me pregunto. ¿Cómo es posible que también estos últimos perciban en la derecha —socios o émulos de sus políticas tantas veces— la figura del maligno? Porque, por más vueltas que le doy, no alcanzo a distinguir en ella ninguno de los signos que lo delatan: ni el hablar en lenguas extrañas (desde luego, ninguno lo hace en asturiano), ni el olor a azufre, ni el bulto del rabo (en la parte trasera, por supuesto).

En estas meditaciones, se me aparece mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Me saluda desde un adorno navideño que aun a estas alturas no he retirado.

—¡Qué bobu yes! —me dice—. La llave de la santabárbara, las claves de la combinación de la caja fuerte del poder, que ellos no las tengan y otros sí, o que puedan llegar a tenerlas, esa es la señal de la auténtica presencia del maligno o de la posesión diabólica.

—¡Acabáramos! —digo yo, comprendiendo por fin el enigma.

—Pero los otros son iguales —me dice volviéndose cuando ya me había dado la espalda para largarse—: el rival es para ellos la encarnación del Enemigo Antiguo; el poder en sus manos, la prueba evidente del triunfo de Él. Solo que para ellos es la palabra «rojo» la que anatematiza al contario.

Duda un segundo y prosigue:

—Hay otra diferencia: mientras que la izquierda organiza enseguida manifestaciones procesionales a campana tañida para exorcizar al anticristo, y prestamente recorren las calles con alharacas y verdadera unción, llamando al mundo entero al concurso salvífico, a la derecha le cuesta más salir a la calle, es más de interiores, más a cencerros tapados, más partidaria de rezos y sahumerios purificadores en el interior de las casas que en la intemperie de las plazas, tal vez como gente habituada, a lo largo de la historia, a mantener discretamente a sus queridas.

Sonríe:

—Aunque, como ves, hasta aquí ha llegado la confusión de los tiempos: la derecha hace ostentación de sus éxitos amorosos, acogida al paradigma de Luis Miguel Dominguín con Ava Gardner, y la izquierda se oculta bajo un casco de motorista para ir a ver a sus amantes. Y ni siquiera les lleva joyas: ¡croissants!

Lo veo santiguarse apresuradamente mientras emprende el vuelo, y creo oírle murmurar:

—¡La media luna o los cuernos como prenda de conquista! ¡Hasta dónde hemos llegado! ¡Son, sin duda, las señales del anticristo!

Y aún más lejano, como el ruido de fondo del bigbang:

—Y no los actos de esos tres pobres diablos de la IU carbayona pactante, el Rivi, el Triqui y el Xandri.

PRESUPUESTOS, JUSTICIA, FÍSICA Y NARIZ DE CLEOPATRA

0 comentarios
Dibuxu de Pablo García na Nueva España

El anuncio de la aprobación de los presupuestos de la capital mediante un acuerdo de inversiones entre el PP e IU y la abstención de estos en el pleno nos invita a realizar una reflexión sobre algunos aspectos de la política asturiana y, asimismo, sobre el significado y valor de las leyes presupuestarias.

Conviene subrayar que, al igual que se encontraba Uviéu hasta hace dos días en la perspectiva de no tener presupuestos para el año 2014, se encuentran la propia Comunidad autónoma y otros cuantos ayuntamientos: de momento, Xixón, Avilés, Corvera, a los que seguirán más.

Roberto Sánchez Ramos, Rivi
En principio, es siempre deseable que exista una Ley presupuestaria renovada, que no una prorrogada: permite partidas de inversión nuevas, las cuales en otro caso no serían posibles; modificar otras que se habrían quedado desfasadas y, en general, aprovechar todos los recursos disponibles. El problema de alcanzar mayorías para la aprobación de los presupuestos en los concejos ha quedado más o menos resuelto en los últimos años con la modificación de la ley: rechazado el proyecto, el alcalde presenta una moción de confianza. Si no la supera, la oposición tiene un mes para constituirse en alternativa. De no producirse, entra el presupuesto en vigor.

Ahora bien, apuntada la bondad genérica de disponer de presupuestos, cabe hacerse algunas preguntas que relativizan este aserto. En primer lugar, ¿cómo es posible que en épocas de estancamiento o recesión siga subiendo el monto total de ingresos y gastos o, al menos, no disminuya en la proporción adecuada? Porque ese incremento que no va en paralelo con el crecimiento de la riqueza se hace a costa de empobrecer a los contribuyentes (la clases medias bajas y las bajas, fundamentalmente) y de destruir empleo o dificultar su creación. Algunas de las medidas, por ejemplo, que el PP ovetense pactó con IU y PSOE en el capítulo de ingresos van en esa dirección de manera alarmante y disparatada. Algunas de las que IU proponía para aprobar los presupuestos de la Comunidad lo iban también. De modo que, en ocasiones, más valdría no tener presupuestos que tenerlos con determinadas líneas de actuación, ya en los ingresos, ya en el gasto (lo últimos años son la evidencia misma del despilfarro inversor de todas las administraciones).

Emilio Huerta Rodríguez, Triqui
Pero cabe también recapacitar acerca de la justicia o equidad del gasto presupuestario. En general, las partidas del llamado «gasto social», donde se suelen producir los mayores incrementos en los últimos años, gozan de universal beneplácito, especialmente en estos tiempos, con situaciones tan desesperadas. Pero, al margen de que habría que realizar una minuciosa indagación sobre su concreto destino individual, merece la pena una reflexión general sobre su valor político. Porque ¿cuál es la justicia de que un sueldo de 800 o 900 euros ganado en ocho o diez horas de trabajo financie unos ingresos iguales o superiores —por la vía de salarios sociales, asistencias, subvenciones, becas y otros— de quien lo gana en casa sin trabajar? Sé que esta pregunta presenta muchas aristas, no desconozco tampoco que la realidad es multifacética, pero esa cuestión, que tiene que ver con la justicia ética, con la equidad social y con la eficacia política, es una cuestión que todos nos negamos a plantearnos año tras año.

Don Javier Fernández ha señalado que la inexistencia de acuerdo en la Comunidad «constituye un fracaso de los políticos». Ni don Javier ni el PSOE son ninguna autoridad moral en esta cuestión, ya que cuando ellos están en la oposición hacen todo lo posible porque el gobierno de turno no disponga de presupuestos, y aun más, efectúan virulentas campañas de desprestigio contra quienes permiten que los haya. Pero, en todo caso, esa reflexión, a la vista de la situación de los ayuntamientos, debería extenderse a la mayoría de Asturies. ¿Es ello así? ¿Es un fracaso de los políticos? En parte, nada más.

Tengamos en cuenta que la adscripción y la devoción política tienen sus «leyes físicas», tan inexorables como las de la naturaleza, aunque puedan variar ligeramente de comunidad política a comunidad política. Y que esas leyes físicas —muy primarias y escasamente complejas, casi binarias— son las que conforman la decisión final de voto de las parroquias de cada una de las formaciones y de las dos partes del tablero (izquierda/derecha; nacionalista/no nacionalista). Dicho con una parábola, el can puede llegar a una bifurcación de caminos y correr alacre en una dirección moviendo alegremente su rabo mientras olfatea un rastro. Si su dueño escoge otra dirección, el can ha de desandar lo andado, con el rabo entre las piernas. En concreto, nunca se supo que un solo votante recompensase a una fuerza distinta a la suya por haber apoyado sus presupuestos. Lo que sí es seguro es que los votantes castigan a los suyos si piensan que los «han traicionado» por pactar con «el enemigo», «con el mal». No son, pues, tanto los partidos los que tienen en España grandes dificultades para pactar, son sus parroquias las que ven con hostilidad los acuerdos.

En la situación actual española, además, en cada una de las orillas los partidos aledaños a los grandes creen que van a crecer a costa de estos. Y ahí, sí, a la «física de los votantes» se superpone la «física de las empresas»: acordar con el próximo es perder opciones. Si a ello añaden la peculiar situación asturiana, donde los partidos dependen en todo o casi todo de las órdenes que les den en Madrid, y donde, por otra parte, la derecha está aojada por la sombra de Caín (he ahí algunas de las más notables señas de identidad de nuestra tierra), comprenderán la dificultad de acuerdos.

Alejandro Suárez
¿Y los pactos de los ovetenses? Pues, miren, dos cosas. La primera: los acuerdos se hacen de orilla a orilla, es decir, cada uno de los firmantes cree que muerde a su adlátere (Alejandro Suárez: «Se ha terminado lo de pactar solo con el PSOE»). Y dos, la nariz de Cleopatra, esa circunstancia «objetiva» tan determinante como indetectable: ese acuerdo nunca se hubiese producido de no mediar las relaciones personales y la química de caracteres existentes entre el señor Caunedo y los concejales de IU.