Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
Enseñanza: Víctimas los unos, víctimas los otros
(Ayer, en La Nueva España)
ENSEÑANZA: VÍCTIMAS LOS UNOS, VÍCTIMAS LOS OTROS
Un vecino mío tiene un hijo en el instituto. El rapaz, me cuenta, es inteligente y tiene buena memoria, pero estudia poquísimo. Con todo, sus notas son siempre sobresalientes. No es que obtenga sistemáticamente esa calificación, pero sus notables acaban en la nota superior porque los profesores se sienten obligados a tener pocos suspensos. Por ello, se repiten exámenes y se suben los suspensos a aprobados. De ese modo, y para hacer justicia, las demás notas se modifican al alza.
¿Salen beneficiados los alumnos con esta rebaja sistemática de la exigencia y de los conocimientos? Evidentemente, no. Ahora bien, el que los alumnos se “sientan bien”, sin angustias, el que no sufran agobiados por el esfuerzo, el que para ellos el aula no sea un centro de trabajo, sino un lugar de encuentro y de pasar el tiempo amenamente, es el objetivo de las normas que emanan de las leyes, de la autoridad y de cierto discurso pedagógico desde hace tiempo. ¿Los prepara ello anímicamente para la realidad posterior de la competencia y la dureza del trabajo? Pues no lo parece.
¿Conocen ustedes el mundo del fútbol aficionado, o del deporte, en general, infantil y juvenil? Allí cada padre piensa que su hijo es el mejor, y que merece siempre ser titular. Y, cuando no lo es, protesta y acosa a los entrenadores. Pues bien, una actitud semejante se da en muchos padres en relación con sus vástagos y la enseñanza: no toleran las malas calificaciones, las reprensiones -por más justificadas que sean- y protestan por ello, de malos modos muchas veces, incluso con vejaciones. Y esa valoración de los profesores se traslada también a sus hijos, que menosprecian al profesor o lo ven como un enemigo, injusto, por supuesto.
De modo que hacia el aprobado general y hacia el pasotismo presiona la Administración, en parte por cumplir un ideal pedagógico -un discurso ideológico-, en parte, por tener satisfechos a padres y alumnos -votantes, en último término, aquellos-, y presiona la sociedad, los padres.
Como resultado de esa presión y de la consideración, en último término, del profesor como un empleado con doble patrono, la jerarquía administrativa y los padres, aumentan en los últimos tiempos las agresiones a los enseñantes, tanto de los alumnos como de los progenitores, sin que esas agresiones encuentren al final una respuesta eficaz o ninguna. Tanto es así que, en muchos casos, los profesores prefieren “tragar” y callar.
Uno de los instrumentos de presión sobre el profesorado lo constituye la agotadora burocracia a que están obligados los docentes. Entren ustedes en una sala de profesores y verán a todos inclinados sobre el ordenador anotando y justificando sus “evaluaciones”: el cuaderno escolar, la “situaciones de aprendizaje” (ja, ja, ja, la xíriga pedagóxico-alministrativa), los exámenes… Cómo será la cosa, que, tras la última huelga de docentes, a finales del curso pasado, el Gobiernu ofreció contratar administrativos para rellenar el papeleo de los docentes y aliviarlos en esa tarea, no para reducirla.
Esa abrumadora carga “oficinesca” no es inocente: parte de la desconfianza hacia el profesor y su sentido de la justicia, por eso ha de argumentar, paso por paso, sus decisiones y sus evaluaciones. Y, al tiempo, supone un instrumento de presión hacia el objetivo de no molestar a padres ni alumnos, es decir, hacia el aprobado general.
Esa tendencia pedagógico-administrativa (que lleva, muchas veces, a condenar el libro de texto como instrumento retrógrado represivo y a obligar a mil cogitaciones para ofrecer alternativas que suponen un nuevo esfuerzo para el profesor) no es nueva, es una tendencia general en muchos países occidentales. Ahora bien, desde mi experiencia he de señalar que, en abundantes casos, los más entusiastas profetas de la “renovación pedagógica” escapan en cuanto pueden del aula y tienden a refugiarse en cargos directivos, en sindicatos o en la Administración educativa.
En Asturies existe además, desde que la enseñanza fue transferida, una excentricidad que no se da en ninguna otra profesión: durante la hora del recreo de los alumnos, el empleador te echa a la calle, ese tiempo deja de computar como parte de tu jornada y vuelve a computarse cuando se reanuda el horacio de clases. Repito, en ninguna profesión ni ninguna parte del mundo ocurre cosa tal. Que enseñantes y sindicatos hayan bajado la cerviz ante ese expolio es cuestión que no quiero calificar aquí.
Por cierto, y para concluir, circula estos días la información de que cada vez hay menos profesores que quieran acompañar a los escolinos en los viajes de estudios. No solo gratis et amore -salvo dietas- en su tiempo libre, sino con el riesgo de que en cualquier accidente ya correrán los padres o quien sea a llevarlos a los tribunales.
Como ven, existe un choque entre la visión antigua del profesor como un guía y un orientador vocacional -de la que se sigue aprovechando el sistema- y la cruda realidad que unos diseñan y la sociedad actual alimenta.
Y, así, individualmente, el docente suele entrar a las aulas con su fuego de vocación y entusiasmo, que, progresivamente, se va extinguiendo hasta quedarse en las brasas del jornal mensual.
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