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Más sectarismu (o fe, o sea, "ideoloxía")

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El presidente del Gobiernu Vascu, que nun puede sacar alantre'l presupuestu, ofreció a PP y PSOE llegar a alcuerdos pa facer un presupuestu. La repuesta de Patxi López, cabezaleru del PSOE n'Euskadi y aspirante a califa en lugar del califa nel PSOE y, poro, aspirante al Gobiernu d'España, respondió qu'él col PP "nin a pañar duros (o euros)".
Patxi López fue Lehendakari d'Euskadi una lexislatura gracies a los votos del PP. Esos votos diolos el PP a cambiu de nada. Ensin esos votos, el PSOE inxamás tendría algamao la Lehendakaritza. 

Digo que nun-y dio nada. Nin siquier-y permitió algamar la presidencia de les Xuntes d'Álava, onde tenía mayoría pero non suficiente.
Durante'l tiempu que duró esi pactu, nun pararen los agravios del PSOE al PP n'Euskadi, incluso, destacaos militantes, como'l "característicu" Eguiguren, pedíen a cada triquitraque "la ruptura de los pactos", non solo como si esos pactos nun fuesen a cambiu de nada, sinón, incluso, col tonu del que tenía un pactu que yera una sevicia pa él y un choyu pal otru.
Y puede que, con eses actitudes que nos paecen inconcebibles dende'l puntu de vista moral o dientro lo que son unes relaciones personales o comerciales nun mundu real, nun ficiesen más que responder a lo que-yos pedíen los sos votantes, pa la mayoría los cualos, los pactos col PP, inclusu si nun son más qu'una entrega del PP o un regalu del PP, inclusu si-yos suponen la Lehendakaritza. Porque lo esencial son estes palabres coles que cerraba l'ensiertu d'ayer, "Y ello te explicará, de paso, por qué no puede haber grandes pactos entre partidos: porque cada miembro de sus respectivas feligresías se sentiría traicionado al ver a sus siglas cruzar el Rubicón del mal."
Porque les "adhesiones inquebrantables" a un partíu (en forma de votu o otru) como una negación del otru nun son más qu'una forma de fe, de superstición, de sectarismu.

¡HOMBRES DE TANTA FE!

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Suelo parar, en ocasiones acompañado por mi trasgu particular, Abrilgüeyu, en un chigre cuyos veceros profesan todos —al menos los que se hacen más conspicuos por sus voces— fe progresista. Casi a diario, pero especialmente cuando los cebaderos de referencia suscitan nuevos titulares, las informaciones y bilordios sobre la maldad, el fracaso o la corrupción de la derecha excitan un zureo continuo donde se pueden distinguir las combinaciones fonemáticas que se agrupan para formar «Esperanza, Rajoy, Asnar, Camps, Bárcenas, Urdangarín» y algunos otros. En cambio nunca consigue mi oído captar en ese turdeburde aglutinaciones fonemáticas como «Ere, Andalucía» o algunas de las que tienen nombres en catalán o, acaso, que evoquen los más geográficamente cercanos nombres que se podrían asemejar a las de siglas o personas encartadas en la llamada Operación Marea. Quizás se deba a la conformación defectuosa de mi oído, tal vez a malformaciones en su aparato emisor, acaso a limitaciones y estrecheces del boquerón por el que les llega su alimento espiritual.

Hoy, que está conmigo Abrilgüeyu, lo que impulsa su fogosidad son las noticias de que en Islandia han decidido votar otra vez a los conservadores, quienes gobernaban precisamente cuando su sistema económico colapsó, y que los suyos —esto es, quienes los garladores de mi bar habitual entienden que vibran en su misma onda, socialdemócratas e izquierda verde— han sido desalojados del poder. «Esta gente está loca», «No saben lo que hacen», «La gente tiene memoria de pez» y otras frases semejantes, cuya transcripción no sería decorosa aquí, expresan un estado de ánimo que es mezcla de decepción, indignación y resistencia a aceptar como verdad la evidencia: que los ciudadanos islandeses, de forma libre y voluntaria, han pegado la patada a los suyos (los buenos) y, para más inri, han vuelto a votar a los otros (los malos).

Yo los oigo como quien oye llover. No es para mí ninguna sorpresa esta actitud. Siempre recuerdo la frase de un indignado Castelar, «Aquí en España todo el mundo prefiere su secta a su patria, todo el mundo», y la tengo por bastante acertada. Pero veo que Abrilgüeyu se remueve inquieto en su asiento, mira hacia el grupo que comenta de esa forma los resultados de aquella isla e, imprudente, baja del taburete y agitando su montera en la mano, se dirige a ellos.

—¡Eh, vosotros!

Yo temo que se produzca un altercado violento, pero Abrilgüeyu tiene cierta habilidad para sortear abismos; los otros, por su lado, van llevando la conversación entre la resignación ante un impertinente y la prudencia ante un loco. De esa forma, mi trasgu particular consigue decirles lo que quiere, que su forma de entender la democracia no es democracia, pues si solo es legítimo o acertado el voto a los suyos, ello quiere decir que una parte de la sociedad nunca podría gobernar; que la esencia de la democracia consiste en entender que uno nunca tiene toda la verdad, sino una parte de ella; que hay más formas de una de entender los países y de organizarlos, y que eso, precisamente es la democracia. «Quien pone eso en duda, les dice, aspira a autócrata». «Pero no os aflijáis en exceso, les dice, lo vuestro, aunque os creáis el progreso, no es más que la vieja España. Y los que creéis vuestros adversarios comparten con vosotros esa visión. Mirad».

Y a continuación despliega en el aire una pantalla lumínica y sobre ella proyecta un texto: «Le dicen a uno. «Tu héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy a probar». Es que tú eres absolutista. «Tu héroe es absolutista, pero es un bandido». Es que tú eres liberal.

—¿Qué quieres? —murmuró don Víctor—. El pueblo discurre así: tiene que ser amo o esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino lo odia y lo desprecia».

—Es la década de 1820 —les dice—. Así ve Baroja a los progresistas y conservadores o reaccionarios de la época. «Nihil novum» —concluye haciendo alarde de los años y las lenguas que ha vivido.

Agita en el aire la montera y hace desaparecer la pantalla. Se retira hacia mi lado, se sirve un vaso de sidra y me toquetea la espalda con su gorro, en señal de despedida.

—Les puedes decir a esos, y a los otros si los ves —grita para que tanto yo como el resto de parroquianos lo oigamos—, que no se preocupen por las encuestas. Cada uno está marcado con su hierro y al final, mansueto, siempre hace lo consueto. Y ello te explicará, de paso, por qué no puede haber grandes pactos entre partidos: porque cada miembro de sus respectivas feligresías se sentiría traicionado al ver a sus siglas cruzar el Rubicón del mal.

Y se va como siempre, dejándome la cuenta y no sé si un conflicto con los clientes del chigre.

LA IDEOLOGÍA COMO PATOLOGÍA

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Esti dibuxu illustraba l'artículu, asoleyáu en La Nueva España

En la Nueva España de Xixón del 20/01/13 se entrevistaba a la historiadora María del Mar Vaquero Nava, que está ultimando su tesis doctoral, la cual versa sobre Juan Martínez García-Rovés y el Gaviotu, su popular personaje. (Para los que tengan una edad menor: el Gaviotu era un personaje de gran nariz y boina, en su aspecto externo; zuniegu y zumbón en su forma de ser; playu xixonés de nacimiento y carácter. Durante décadas protagonizó un chiste diario de humor popular y de censura costumbrista y municipal, en La Voluntad, primero, en la Nueva España, después.)

La estudiosa aporta en la entrevista dos informaciones sustanciosas. La primera, que el Ayuntamiento socialista xixonés marginó y silenció la persona y la obra del creador del Gaviotu, «una figura que trabajó en la época franquista». La segunda resulta más significativa: «muy llamativo que, por ejemplo, Rovés se presentó a concursos de carteles para promocionar el veraneo gijonés, hizo muchísimos, y es muy chocante que vayas a los archivos de ciertas dependencias y que no existan los carteles de Rovés, siendo primeros premios, y sí existan los carteles de otras personas que no ganaron ninguno de los primeros premios, pero eran más de izquierdas. Es curioso que hayan desaparecido los carteles de los primeros premios y queden los de participantes que no ganaron ningún premio».

Me interesa ahora poco si las órdenes para la damnatio memoriae (¡tan xixoniega, por otra parte, desde hace tantos siglos, Ares Sextianes arriba!) de que informa la historiadora provenían de la superioridad o si la desaparición de los carteles se debe al celo purificador de algún subordinado; en todo caso, sin el clima favorable y el ánimo implícito de los mandamases el inferior nunca hubiese obrado.

Esa clase de actuaciones no ha sido infrecuente entre la izquierda asturiana: la negativa, por ejemplo, durante tanto tiempo a utilizar la Universidad Laboral y a darle la utilidad de centro universitario, por su impregnación franquista y gironista, ha constituido un proceder semejante, que, por cierto, nos ha costado mucho dinero.

Si ustedes lo piensan detenidamente, este tipo de comportamientos, el evitar un lugar por su presumida contaminación por los espíritus del pasado, el hacer desaparecer subrepticiamente el nombre o los carteles de una persona para ocultar su existencia, no difieren en nada del pensamiento mágico o prelógico: de aquel del salvaje que procura evitar tal o cual palabra para que los espíritus del mal no se posean de él, del irracional que piensa que dañando una fotografía o una figura va a causar un daño semejante en la persona a quien la efigie o la figura representan.


Pero más allá de ello, y de manera más peligrosa, a nivel individual esas conductas transparentan una situación anímica patológica, donde se mezclan la inseguridad personal, una relación enfermiza con la realidad y el odio al contrario. La ideología, podríamos decir, es la patria perfecta para justificar las patologías del odio y la violencia.

El vocablo «ideología» es una palabra de que la gente se apropia de mil maneras confusas. Para unos no quiere decir más que un conjunto deslavazado de valores o preferencias; para la mayoría, una opción de voto que no se abandonará nunca, una fe, incluso, tan profunda que no creeremos lo evidente en virtud de ella. En otros casos consiste en una visión holística que cree explicar todo —lo pasado y lo porvenir— en virtud de cuatro o cinco parámetros y un discurso. Al respecto de este sentido la he definido como una fabulación con la cual se justifica un prejuicio y que corre habitualmente con la pretensión de racionalidad.

Es bajo estas últimas concepciones de la ideología, las omnicomprensivas, donde suelen cobijarse quienes previamente tienen una patología social enfermiza, y es bajo ellas donde, en las épocas de violencia, los individuos hallan la plena justificación para sus crímenes. Es también en nombre de ellas por lo que muchos individuos encuentran inaceptable el llegar a pactos con la otra parte de la sociedad a la que su «ideología» conceptúa como el mal por excelencia o por lo que castigan a los suyos cuando llegan a acuerdos con esa otra parte. Para buscar muestras de ello no hará falta que ustedes vuelvan sus ojos hacia el pasado.

No se crea que, por los ejemplos que dan pie a este artículo, esa yunción de patologías enfermizas y de vocación totalitaria se da solo en el ámbito de la izquierda: fascismo y nazismo son dos horrendos ejemplos de la universalidad de la coyunda. Si bien es cierto que, por su propio carácter, la tendencia a imaginar cómo debería ser el mundo y la voluntad de intervenir en él para cambiarlo en la dirección y parámetros imaginados, es decir, la existencia del discurso que habitualmente se llama «ideología», en sus diversas versiones, desde la fraccionaria y democrática hasta la holística y totalitaria, es más propia de las gentes que se dicen de izquierdas que de aquellas que se dicen de derechas.