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Ayer, en La Nueva España: La mentira, la comedia y el concilio

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                         LA MENTIRA, LA COMEDIA Y EL CONCILIO

                Lo saben de sobra. La política española está llena de mentiras y mentirosos. Sin disimulo. Sin pudor. A la luz del día. He aquí algunas de las últimas, de las ultimísimas: doña Celaá manifiesta que no habrá bajas retribuidas para aquellos padres cuyos hijos queden en cuarentena sin dar positivo en covid. Dos días después don Iglesias dice que va a haber. Dos más tarde, doña Yolanda dice que ya está legislado (falso, el programa que contempla esas ayudas concluye el 24 de este mes). Cuatro más allá, don José Luis (el de la renta mínima como socorro de necesidad perentoria y respuesta inmediata, ja, ja, ja), que está en estudio. ¿Ineptidud? ¿Ignorancia? ¿Babayería? No. Lo del concilio.

                He aquí que una gran parte de los ayuntamientos, especialmente los del Partido Popular, se manifiestan con extremada hostilidad contra la pretensión del Gobierno de tomarles en préstamo sus remanentes de tesorería, que no pueden usar por una ley de Montoro aprobada durante los años de la crisis de los años diez. Apelan a la justicia y claman contra “el expolio”. Bien, pero hasta hoy estuvieron achantados, sin poder usar igualmente los remanentes. Quienes ahora, más o menos, están conformes con la propuesta del Gobierno son los municipios socialistas, que, mientras gobernaba el PP, clamaban contra la ley de Montoro y, encabezados por el propio Pedro Sánchez, calificaban aquello de atraco y pedían usar libremente esos dineros. Ya ven cómo es la comedia. Por cierto, con eliminar la ley ya estaría resuelto el problema del gasto de los remanentes municipales. ¿Lo ha propuesto el Gobierno?

                Sigamos. He aquí que Podemos jura y perjura, como Aníbal ante su padre Amílcar, odio eterno a los de Ciudadanos, y que con ellos no acordará nunca unos presupuestos. Días después dice que no le gusta, pero que todo sea por el pan, digo, por la patria, esto es, por los desfavorecidos.

                Pero la más gorda, gorda, tanto que nun entra en prau, la de don Pedro: nunca pactaría con Podemos/Pablo, y solo pensarlo, juraba, le quitaba el sueño. Pero posteriormente, ambos cuyos epónimos son los distinguidos apóstoles cristianos, al igual que los Micifuz y Zapirón de la fábula, hacen caso de conciencia y llevan a cabo lo que decían no iban a hacer así cayese el cielo sobre sus cabezas: arrejuntarse.

                ¿Creen ustedes que todo esto no son mentiras y comedias, sino cambios de posición, mejor valoración de la realidad, ataques de realismo? Están equivocados: lo dicen porque saben que es lo que queremos oír, por eso nos mienten en cada ocasión con lo que estiman oportuno, sabiendo, además, que la memoria del ciudadano en estas materias es más efímera que el placer del sexo, según la valoración que hace Lord Chesterfield en carta censoria a su hijo.

El concilio de Gangres, allá por el siglo IV, condenó a un heresiarca llamado Eustacio, quien afirmaba que, siendo Dios infinito, no se lo podía confinar en el recinto de los templos. La respuesta del concilio fue que no era a Dios a quien se encerraba en los templos, sino a los fieles.

                De manera semejante, las preocupaciones, ocupaciones, discursos, actuaciones de los partidos políticos no versan fundamentalmente sobre la teología o la divinidad, sino sobre los fieles que están encerrados en sus respectivas iglesias; no sobre los problemas de la vida real de los fieles: sobre cómo manteneros aherrojados en la fe, y, para ello, decirles lo que creen que quieren oír.

                Especialmente, en estos tiempos en que parece hacerse más certero y vívido aquel diagnóstico de Ortega y Gasset de 1916 tras una visita a Xixón: “Hubo, sin embargo, largas y ardientes disculpas que dividieron en dos bandos acérrimos a los gijoneses [muselistas y apagadoristas], como hoy se dividen en germanófilos y francófilos y mañana se dividirán de otra manera, porque a los buenos españoles les es el mundo pretexto para querellarse los unos contra los otros”.

                Y todos ellos saben bien como excitar o retener a los suyos, con el sildenafilo de sus comedias o con el sahumerio de sus mentiras.

¿Esto de cuándo ye?

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Muchas veces me he preguntado si la facilidad de palabra y el excesivo estudio de la elocuencia no han causado ma­yores males que bienes a hombres y a ciudades. En efecto, cuando considero los desastres sufridos por nuestra repúbli­ca y repaso las desgracias acaecidas en otros tiempos a los más poderosos estados, compruebo que una parte considera­ble de estos daños ha sido causada por hombres de la más grande elocuencia.


Explicaré ahora el origen de este mal. En mi opinión, hubo probablemente un tiempo en el que ni las personas sin elocuencia y sabiduría solían dedicarse a los asuntos públi­cos ni los hombres superiores y elocuentes se ocupaban de causas privadas. Mas como los asuntos de mayor importan­cia eran tratados por las personas más eminentes, otros hom­bres, que no carecían de talento, se dedicaron a los peque­ños conflictos entre particulares. Cuando en estos conflictos los hombres se acostumbraron a defender la mentira frente a la verdad, el uso frecuente de la palabra aumentó su teme­ridad hasta el punto de que los verdaderos oradores, ante las injusticias que se cometían contra los ciudadanos, se vieron obligados a enfrentarse a esos temerarios y defender cada uno a sus amigos. Y así, como los que habían dejado de la­do la sabiduría para dedicarse exclusivamente a la elocuen­cia parecían sus iguales cuando hablaban, y en ocasiones los superaban, ellos mismos se consideraron dignos de gobernar el estado y de igual modo los consideró la multitud. Por ello no debe sorprender que siempre que hombres temerarios e irreflexivos se apoderan del timón de la nave, ocurran gran­des e irreparables naufragios. Esto causó tanto odio y descrédito a la política que, como cuando se busca en puerto refugio a una violenta tempestad, los hombres de mayor talento abandonaron esa vida sediciosa y de tumultos para refugiarse en la calma del estudio.