Mostrando entradas con la etiqueta recortes na enseñanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recortes na enseñanza. Mostrar todas las entradas

El debate sobre la Universidá

1 comentarios
Trescribimos equí l'artículu de Francisco Bastida sobre la Universidá, el so fracasu, el so camín. Asoleyóse'l 27/05/12 na Nueva España.

La so orientación paeznos afayaíza y nel camín pol que llevamos riquiendo dende fai años, que nun tien nada que ver coles habituales manifestaciones sobre "la calidá de la enseñanza".

¿Recortes o reformas en la Universidad?

La cuestión de fondo es ponerse de acuerdo en cuál es el problema de la enseñanza superior

Por FRANCISCO J. BASTIDA (CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL)


Creerse en posesión de la verdad es malo. Apoyarla en una mayoría absoluta aún es peor. El resultado es gobernar por decreto-ley, despreciando el diálogo. ¿Para qué transaccionar con los que están equivocados? En su arrogancia, el ministro Wert aún debe de estar pensando el porqué del plantón que le dieron los rectores universitarios, enfadados por su ordeno y mando. Las formas pueden descalificar a una persona, y más a un político. Ahora bien, no tienen por qué descalificar sin más el contenido de sus decisiones.

La Universidad española lleva tiempo necesitada de una profunda reforma. El problema es que, sin crisis económica, el Gobierno no ve razón para soportar el coste político del cambio, y el mal se perpetúa. Con crisis económica, cualquier reforma que se introduzca siempre podrá criticarse como tijeretazo por necesidades presupuestarias. Al final, por unas u otras razones no se toca lo esencial y todo queda en lo más fácil, una reducción del gasto en personal y un aumento de las tasas académicas.

Lo cierto es que el análisis que hace Wert de la Universidad española es en muchas cosas razonable. La cuestión de fondo no está en qué medidas adoptar para resolver el problema, sino en ponerse de acuerdo en cuál es el problema. En las últimas décadas ha habido una deriva constante hacia un modelo de Universidad popular, intensificado por la descentralización autonómica. El resultado es el libre o fácil acceso a una Universidad de proximidad, incluso con titulaciones duplicadas para satisfacer intereses locales, y con unas tasas académicas ridículas; el importe de dos mensualidades en un colegio privado de Secundaria es más alto que muchas matrículas anuales universitarias.

No es sostenible el número de universidades que hay en España, ni el número de titulaciones que muchas de ellas ofrecen. Tampoco lo es la función que está cumpliendo la Universidad, una fábrica de parados y de encubrimiento del paro, con gente ociosa que pasa más tiempo en la cafetería que en el aula. El mayor error es pretender que toda la población tenga estudios universitarios. Como consecuencia, el nivel de exigencia de conocimientos para el acceso es mínimo y cada vez se amplía más el número de oficios que entran en la lista de titulaciones universitarias.

El desconocimiento del sentido del numerus clausus lleva a decisiones irracionales, como restringir de manera exagerada el acceso a los estudios de Medicina o de Fisioterapia y, en cambio, no poner filtro alguno para matricularse en el grado de Derecho. La Universidad no puede ser una cuestión de cantidad, sino de calidad para la investigación y para la mejor formación de cara al mercado laboral. La oposición al numerus clausus es una demagogia intolerable. Aunque haya suficientes profesores y aulas, sólo deben entrar en la Universidad aquellos que demuestren méritos académicos. Es una gran frustración comprobar cómo más de la mitad de los estudiantes que se matriculan en titulaciones sin numerus clausus muestran desde el inicio un desinterés por el estudio que los convierte en alumnos I+D (ignorancia+desidia). Esto lastra la enseñanza y la calidad de la Universidad; perjudica a todos, incluidos los que pierden sus mejores años vagueando por los campus.

Habrá que mejorar y mucho el sistema de becas, para que nadie con talento deje de matricularse en la Universidad por motivos económicos y en esto no se puede ser exigente pidiendo más nota a un becario que a uno que no tiene beca; incluso se debe admitir algún número de suspensos, porque normalmente el que accede a una beca es por unas circunstancias familiares y de entorno social que dificultan el éxito del estudio en relación con el que dispone de sobrados medios para estar en una Universidad pública o privada. El Ministro se equivoca cuando se muestra tan inflexible en materia de becas y nada dice del numerus clausus, pero es cierto que el precio de la matrícula universitaria es una beca general para todos los estudiantes.

La Universidad tiene que ser necesariamente elitista, no en el sentido social o económico, pero sí en el científico e intelectual, y esto es incompatible tanto con una Universidad popular, que poco valora el mérito y la capacidad, como con un sistema de becas escaso e injusto. Pero somos incapaces de corregir el rumbo y eso que si alguna institución pública necesita de una profunda reconversión esa es la Universidad. Sus males son tantos que habría que demoler sus estructuras para crear una nueva, organizada en torno a proyectos de docencia de investigación. El Ministro es consciente de esto, pero a la hora de la verdad lo acaba fiando todo a una comisión de expertos y, mientras tanto, aplica la cirugía de hierro a los más débiles y no a los más ineptos. Igual que los rectores, entretenidos en recortar en cosas menores sin reformar lo esencial, quizá porque ello les costaría el cargo.

Se afirma sin pestañear que estamos ante la generación mejor preparada y quizá hay que ponerlo en duda, porque con la misma rotundidad se dice que los estudiantes de Secundaria salen cada vez peor preparados. Salvo que se considere que estamos ante una Universidad milagrosa, ese cambio de lo muy malo a lo muy bueno hay que justificarlo. Al menos en mi experiencia, siempre ha habido alumnos excelentes y, si hoy salen mejor preparados, es porque disponen de más medios y los saben aprovechar. Pero los alumnos malos son más y peores que los de hace unos años, porque su indolencia y apatía intelectual es mayor, sin importarles la mayor atención docente que proporciona el «plan Bolonia» o los medios informáticos por los que acceder más fácilmente al conocimiento. Habrá que preguntarse si los recortes no deben empezar por prescindir de estas personas en los estudios universitarios y con ello se comienza de una vez a hacer reformas en serio en la Universidad, aunque ello suponga recaudar menos, cambiar la política educativa e incluso suprimir algunas universidades.

Algo sobre la enseñanza en los últimos días

0 comentarios


Permítanme, en primer lugar, decir a favor de los enseñantes, tan denostados, y hablar sobre sus condiciones de trabajo. Aclaremos, ante todo, que el número total de sus jornadas laborales no es muy disímil al del resto de los de los países europeos. Ahora bien, las circunstancias de su labor en clase —más adelante lo explicaré— son realmente excepcionales. Son tipos, además, a los que, en poco más de un año, se ha rebajado su salario (por las vías del recorte directo, de la subida de impuestos y de la inflación) unos trescientos euros mensuales (que no está nada mal en un sueldo). Hay que señalar, por otro lado, que en las últimas dos décadas se les habían otorgado ciertas mejoras económicas ligadas, parte, a quehaceres escasamente profesorales (cuidar niños en el patio, por ejemplo) y, parte, a tareas sin ningún otro sentido que ocupar horas en reuniones inanes o en rellenar papeles inútiles. Hoy, el gusto se evapora y la sarna queda.

Dicho esto, y a propósito de las últimas disposiciones del gobierno en relación con la enseñanza y las condiciones de trabajo del profesorado, me detendré solo en una, la que permite elevar el número de alumnos por aula en la enseñanza primaria y en la secundaria, que es, a mi juicio, la más grave de todas, porque lo es en relación a docentes y a discentes y, fundamentalmente, con respecto a lo que constituye el núcleo mismo de la enseñanza, el aprender; lo es, asimismo, en cuanto al rendimiento que proporcionan (a la sociedad y al individuo), el tiempo, el esfuerzo y el dinero invertidos.

Cualquiera que haya pasado por un aula sabe que los problemas fundamentales con los que se enfrenta un profesor (y los alumnos que quieren aprender) son dos: el orden y el rendimiento de los discentes. Aun en los centros de enseñanza en que la población es más o menos homogénea culturalmente y proviene de familias con un entorno familiar estable e instruido, una parte importante de la hora de clase debe dedicarse a imponer orden («fulanito, atiende»; «menganito, vuelve al sitio»; «zutanito, devuelve el estuche a tu compañero») y a intentar que los alumnos trabajen («¿en qué página estamos?», «¿por qué no empezaste todavía el ejercicio?»). Y tanto da que la lección sea «magistral» como que los alumnos trabajen por sí, solos o en equipo. Si en el primer caso, no escuchan o se distraen; si en el segundo, hablan de sus cosas (el partido de fútbol, la cita de la tarde, el ligue con menganito o fulanita…). Y si eso ocurre en los centros con alumnos más dispuestos, ¡ya me dirán en los que los tienen menos!

Hay que entender que ello tiene razones estructurales. En primer lugar, de la propia naturaleza de los alumnos y de las características del horario escolar: épocas de aprendizaje social, de inquietudes y definición personal, de producción exuberante de hormonas, todo ello se pretende ahormar en seis horas de permanencia continuada en unos recintos donde, como decía Cervantes de la cárcel, «toda incomodidad tiene su asiento» y en que ni siquiera en ausencia del profesor habitual se permite la expansión en los patios, bajo la ficción de que los alumnos siguen aprendiendo con el profesor de guardia. Otramente, una clase —y no se me escandalicen— es el único recinto donde el guardián tiene bajo su custodia a un grupo de personas que no quieren permanecer allí o no quieren hacerlo de la manera en que se les manda, y no tiene, en la práctica, ningún instrumento represor o de exclusión. Es más, las normas dificultan o impiden las sanciones rápidas y, de producirse una grave, el transgresor sabe que siempre volverá al lugar de su falta. Y, finalmente —y si quieren escandalizarse, háganlo—, la enseñanza universal, igual y uniforme (eso que se llama «comprensiva») es un instrumento eficacísimo contra el esfuerzo, el mérito, el trabajo en clase y el orden que garantice eficacia, rendimiento y ejemplaridad positiva. Por otro lado, la sociedad ha cambiado y lo que se exige en España a los individuos es poco y se tiende a disculpar las conductas inadecuadas de los discentes o su poco trabajo. Los padres, por otro lado, quieren, naturalmente, que sus hijos aprueben, saquen buenas notas y aprendan mucho, pero no desean que, de ningún modo, ello les requiera esfuerzo o sacrificio. En ese panorama, al que coadyuva la administración desde hace décadas, el profesor es siempre un ente sospechoso de incapacidad, malevolencia o inquina injustificada hacia los alumnos.

¿Enfrenta estas cuestiones de fondo el actual gobierno del PP con sus últimas novedades? No. ¿Lo ha hecho alguna de las administraciones anteriores? Mucho menos. Y es que, créanme, en realidad esto de la enseñanza no le interesa a nadie, lo que no quiere decir que no haya un gran empeño en que toda la población en edad escolar está encerrada en un recinto y en que los alumnos salgan todos aprobados y, a poder ser, con matrícula de honor.

Es cierto que —se podría argumentar— hace décadas algunos profesores tuvieron en clase treinta, treinta y cinco o cuarenta alumnos. Pero se podía dar clase, más o menos: eran otros los tiempos, los alumnos, la administración, los padres y la sociedad.

De modo que el aumento de alumnos por aula es una pésima noticia porque viene a agravar el principal de los males que padece la enseñanza, esto es, la dificultad de dar clase en un aula y de que los alumnos aprovechen su tiempo y el esfuerzo y el dinero de la sociedad. ¡Pero tranquilos! Ello, en realidad, no le importa a nadie. Más aún, habrá satisfacción general con que los profesores trabajen más, tengan más alumnos y cobren menos. El refranero patrio, que es muy sabio, lo expresa muy bien: «A gustu del amu, ¡palos al burru!»