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Güei na Nueva España: Bocayaes

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Sobre los tópicos ensin xacíu que, una y otra vegada, traten d'esplicar el mundu. Doi, como siempre los primeros párrafos del artículu:


Bocayaes

Enunciados que no se corresponden con la realidad

30.04.2015 | 04:33
Bocayaes
La proposición, muy frecuentemente enunciada, dice más o menos así: "El poder (o los poderes) hace todo lo posible para que los ciudadanos no piensen por su cuenta". Los que la emiten son intelectuales, artistas, profesores, historiadores y algunos políticos, especialmente de izquierdas.
Uno no sabe muy bien quién o qué es ese "poder" ahí enunciado, pero no puede evitar el pensar en una conjura mundial de tipos reunidos en una espelunca siniestra, como los hebdomadarios de El hombre que fue Jueves o los malvados de Superman, Spiderman o Batman, confabulándose para buscar los medios de que todos y cada uno de los habitantes de este mundo no piensen ("por su cuenta" es, en realidad, una redundancia). Y, claro, un cierto temor recorre sus huesos.
Pero luego basta con mirar a la realidad y echar algunas cuentas para prorrumpir en carcajadas. En las últimas cuatro décadas, por ejemplo, la enseñanza se ha hecho universal y, de una enseñanza primaria de saber cuentas y escribir hasta los diez años, se ha pasado a la instrucción para todos de forma gratuita, primero, hasta los 14 años y, luego, hasta los 16. ¿Es esta la manera que el poder (¿los políticos, los banqueros, los militares, la Iglesia?) tiene de evitar que la gente piense? ¿Instruyéndolos? Curiosa manera. Tal vez los emisores de la proposición supongan que los ciudadanos analfabetos o instruidos únicamente de forma muy elemental están más capacitados para pensar autónomamente que aquellos que han recibido instrucción, formación e información.
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Abriendo la boca y dejando fluir

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La frase exacta asturiana para el concepto preciso que quiero expresar es «decir bocayaes». Tiene sus sinónimos, pero pertenecen a un nivel del habla un poco más ofensivo. Pues bien, por el mundo corren innúmeras formulillas que parecen sesudos juicios y que no son más que una bocayada. No obstante ruedan por ahí como si tuviesen la precisión de la definición oficial, desde 1983, de la medida de la unidad llamada metro, que es la distancia que recorre la luz en el vacío durante determinada fracción de un segundo. He aquí una muestra, con la fecha de una de sus concretas formulaciones (12/06/2013), su formuladora (Silvia Escolar Moreno) y su cargo (exembajadora en misión especial para los Derechos Humanos): «Los nacionalismos siempre son discursos de miedo e insolidaridad».

Es decir que lo que doña Silvia hace es, por ejemplo, realizar una acerba crítica sobre los procesos de construcción nacional de Alemania, Italia o Grecia, y apuntar lo perverso de la actitud de individuos como los hermanos Grimm, Herder o Von Humbolt; lo grotesco de la voluntad de Verdi o Garibaldi; lo insolidario de lord Byron cuando fue a entregar su vida por Grecia (en cuyo episodio, por cierto, andaría mezclado, aunque en la distancia, el Eugenio de Aviraneta barojiano). Y, a contrario sensu, doña Silvia alaba lo bien que estaba Alemania dividida en 39 estados; lo conveniente que hubiese sido que Italia siguiese con Francia o Austria metiendo allí sus narices y con el papado gobernando una parte del territorio; o lo felices que vivían los griegos bajo el imperio otomano.

A la que fue embajadora en misión especial para los Derechos Humanos seguramente le resultará ridícula ya no la figura del Mahatma Gandhi con sus gafitas y su braguerito o pololitos, sino su pretensión de que los súbditos de Su Majestad Jorge VI tuviesen que perder el territorio indio. Y, del mismo modo, tendrá una concepción negativa de los procesos que llevaron en la segunda mitad del XX a constituirse en estados, bajo base nacional o plurinacional, a territorios antes colonizados por europeos en África o en Asia. Supongo, asimismo, que su juicio tendrá por deplorable la conversión en naciones, a lo largo del XIX, de los antiguos territorios del Imperio Español en América.

¿Y qué del propio nacionalismo español? Por ejemplo, de aquel que, con su primera llamada en Asturies, se moviliza contra la invasión napoleónica. Probablemente lo juzgará —al igual que algunos intelectuales hoy— como un movimiento de miedo e ingratitud. ¡Porque mira que no agradecerle al Corso que nos trajese la modernidad, el Código Civil y la organización provincial, a cambio de llevarse unos tesorillos pictóricos o escultóricos, un puñado de libros viejos, unos cuantos carros de joyas y oro y algunos virgos!

Hermana gemela de esa bocayadita es aquella otra atribuida a Pío Baroja, la de que «el nacionalismo se cura viajando». ¿Quién la dice? Pues podría ser, como sucede a menudo, un socialista (vale decir un comunista). Pero no un socialista de estos pos God Badesberg o tras Congreso Extraordinario de 1979, no un socialista (valga comunista) de esos que son una especie de bondadosas damas del ropero laicas, sino uno de verdad, partidario de la propiedad colectiva de los medios de producción, la desaparición de las clases sociales, y la eliminación de la democracia burguesa (de la democracia, a secas). Es decir, un partidario del socialismo-socialismo, del socialismo stricto sensu. Atendamos: Cuba y Fidel, Rusia y Stalin, Corea y sus Kim, China y su Mao, Camboya y Pol Pot… Dondequiera que florece (o «cactusece», más bien), siempre lo mismo. Aceptémoselo: «El nacionalismo se cura viajando». Pero repliquémosle: «El socialismo, ni viéndolo». Y es que la fe consiste en eso: en negar lo que vemos; o, mejor aún, en negarnos a ver lo que tenemos delante para no negarnos a ver lo que vemos.

En todo caso, y volviendo a esas formulillas vacuas que pretenden presentarse como verdades incontrovertibles, repararán ustedes en que, examinadas con cuidado y contrastadas con el mundo, la mayoría de ellas no pueden dejar de suscitarnos una cierta hilaridad y, acaso, una cierta compasión por quien las regurgita. Pero seamos comprensivos: nuestro cerebro y nuestro ánimo no pueden vivir sin la construcción de mitos, de relatos y constructos fabulosos, no muy diferentes de aquello que se troqueló como «los cuentos que cuentan las viejas junto al fuego». Claro que debemos revestirlos de la aparente gravedad de lo racional y objetivo, de la pompa solemne de lo trascendente, para poder sobrellevarnos a nosotros mismos (y, a veces, de paso, engañar a otros).

Tristes tópicos

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Tanto las sociedades como los individuos se conducen en la vida guiados por un puñado de tópicos, a los que dan la condición de evidencias incontrovertibles. Tales tópicos —que coinciden más o menos con lo que Ortega denominaba «creencias»— no son, en la mayoría de los casos, sino un conjunto de prejuicios o de fantasías sin ningún fundamento o con nula capacidad para interactuar con la realidad, pese a su pretensión de poseer la capacidad de transformar o modificar esta en un determinado sentido. Ahora bien, la condición de «creencia» ínsita en esos tópicos —que adoptan a veces la forma de discurso holístico, religioso o político (con el nombre en este caso de ideología)— implica su carácter abstracto, etéreo y difuso, y, por lo tanto, la práctica imposibilidad de ser contrastados de forma fehaciente con la realidad que dicen describir o sobre la que pretenden ser capaces de influir. Es más, esos tópicos suelen conllevar, en aquellos de sus más firmes poseedores, mecanismos mentales que los dotan de la capacidad de escaparse de la refutación en los casos en que la realidad parece ponerlos en cuestión de forma innegable. El primero de esos mecanismos es el de la argumentación de que la idea no está equivocada, sino que ha sido errónea su aplicación o que ha habido una conjura para torcer lo que debería haber sido derecho. El segundo, la negación de la evidencia —más frecuente de lo que parece— con el auxilio de la fe, la cual consiste, como he dicho en otras ocasiones, «en no creer lo que vemos en virtud de lo que creemos que debemos ver».

Pero no es mi intención hacer aquí un análisis de los tópicos sempiternos o de los de larga continuidad, sino simplemente de cuatro de los que circulan estos días. El primero es el de que la economía española no crea empleo por debajo de un crecimiento del PIB del 2,5%. Dicho ello así, parece una especie de maldición bíblica o de condicionamiento climático. Y, sin embargo, es posible modificar ese límite y crear empleo con un crecimiento bastante menor. Bastaría, a tal fin, con modificar algunas de las componentes que en este momento no invitan a los empresarios a invertir, esto es, algunas de las componentes que vienen configurando ese umbral histórico del 2,5%, como la legislación laboral o la tributaria.

Otra de las frases manidas es la que supone que es necesaria una masiva inversión estatal a fin de incentivar el consumo para crear puestos de trabajo. Quienes lo dicen —y hay ahí desde economistas a seguidores de ciertos partidos y grupos de comunicación— olvidan que a lo largo de los años anteriores el gobierno socialista realizó una cuantiosa inversión pública de tipo keynesiano (Plan E, cheques bebé, devolución de 400 euros de la declaración del IRPF, incremento de las prestaciones sociales), sin que ello repercutiera en el empleo. Mucho mayores han sido los estímulos públicos a la economía en EEUU (incluidos los bancos, como en España), y tampoco ello se ha traducido en la reducción del paro.

La idea de que una mayor integración fiscal puede ser la salvación del euro y de nuestra economía es hoy un aserto sin réplica. No es, empero, segura su verdad. Puede tener, tal vez, la utilidad coyuntural de que Alemania permita al Banco Central comprar deuda en mayor cantidad, pero, a medio plazo, la única beneficiaria de una mayor integración fiscal es solo el país germánico. Porque, efectivamente, nuestro problema económico de fondo no es ni el financiero ni, siquiera, el del paro, sino el de nuestra estructura productiva y nuestra competitividad. Para reducir el diferencial que nos separa de los países más industrializados en esos ámbitos necesitamos, aparte de otras muchas cosas, instrumentos que nos permitan favorecer la acumulación de saber y capitales en nuestro mercado interior, así como poder disponer de ciertas ventajas en el mismo para los momentos iniciales de ciertas empresas. Si carecemos de política monetaria y renunciamos a la política fiscal, nuestro único camino competitivo es el abaratamiento de costos en sectores tecnológicamente no punteros o que, al menos, no requieran una gran inversión inicial en conocimiento y en capital; lo que imposibilitaría o dificultaría enormemente la primacía o excelencia industrial y tecnológica.

Señalemos únicamente otro más de estos tópicos, el de que la última reforma laboral del gobierno no ha servido para nada, cuyo corolario es que las reformas laborales no ayudan a crear empleo. Neguemos la mayor: no ha existido ninguna reforma laboral. Para que esta exista de verdad son necesarios dos requisitos, el primero, que atienda a las necesidades de la pymes, que crean el ochenta por ciento del empleo; el segundo, que los costes del despido sean siempre previsibles, esto es, que no dependa de un juez su admisión, tanto en el tipo de puesto de trabajo amortizado como en la persona concreta que es objeto del despido. Mientras esto no suceda así —amén de otras cosas—, no hay reforma laboral alguna.

PS. Doña Sinde y el patronato de mujeres pesoeras acaban de poner en marcha una calificación moral para las películas, según su contribución a la salvación de las almas (de los cuerpos, más bien) en relación con el discurso de la llamada igualdad de género. Les guste o no a los generopredicadores, el mecanismo es el mismo que el de aquellas admoniciones que la Iglesia realizaba sobre las películas según sus patrones morales («mayores con reparos», «gravemente peligrosa», etc.), también con la buena intención de salvar nuestras almas, primero, y, después, en los escatológicos, nuestros cuerpos. Las visiones holísticas tienden a ser siempre visiones totalitarias y conminatorias, que se ejecutan en mayor o menor grado después, según tiempos y capacidades. Unas, las religiosas, pretenden gobernar este mundo (y gobernarnos) con el pretexto del otro; las otras, las políticas, pretenden gobernar este mundo (y gobernarnos) con el pretexto de otro. Esa es la única diferencia: la excusa, el pretexto. No la voluntad ni el método.