Lapsus, deslices y meteduras


La afirmación de Leire Pajín de que cuando se produjeron las sentencias del GAL ella «era prácticamente pequeñita» constituye una frase muy llamativa. En primer lugar, por su construcción: el adverbio «prácticamente» en adyacencia de un sustantivo o un adjetivo significa «que casi ya es» o «que, de hecho, ya se es» («Fulano es prácticamente licenciado», «La culpabilidad de X está prácticamente demostrada»). Así que -dejando a un lado que en la época de que ella habla tenía 20 años- es difícil entender cómo alguien puede estar a punto de alcanzar un estadio anterior de su vida, el previo al uso de la razón. Como queremos creer que ése, el que ya habría alcanzado «prácticamente», el de definitivamente «inocente», no es el actual estado mental de doña Leire, hay que pensar que su evacuación es un lapsus freudiano, una manifestación de su inconsciente, a través de la cual busca declararse irresponsable con respecto al pasado de su partido.

El lapsus de doña Pajín nos lleva a otras parapraxis muy interesantes. Así, la de la francesa Rachida Dati, irritada y parajismera, al hablar de la búsqueda de rentabilidad de los fondos de inversión extranjeros: «¡Algunos piden una rentabilidad del 20 o del 25 por ciento con una felación casi nula!». O la del multilápsico Zapatero, cuando en la firma de un acuerdo con Rusia sobre turismo español en aquel país aseguró que serviría «para favorecer, para estimular, para follar, para apoyar el turismo ruso».

(Tiene escaso interés, por cierto, el señalar lo que hay detrás de actos fallidos como los de doña Rachida o don Zapatero, está al alcance del más lelo: lo verdaderamente apasionante sería averiguar el secreto del «con quién» y el «cómo» se agazapan en el inconsciente de quien yerra; eso sí que llenaría páginas, ocuparía horas, consumiría bytes).

Desliz o metedura de pata de otro tipo, sin embargo, es el cometido por el Secretario General Escogido Dentretodos Trasreñida Oposición cuando el 21 de septiembre afirmó en Wall Street que «se habían acabado los problemas de la deuda española»: antes de quince días el diferencial de nuestro bono había subido un 15% y, al posterior, Moody's había rebajado la calificación de nuestra deuda. ¿Ha sido un desliz o metedura de pata o ha sido otra cosa?

Desde luego, no fueron deslices ni meteduras de pata inocentes de don José Luis la promesa de eliminar el peaje del Huerna, la de que el AVE estaría en Asturies en 2009, ni tantas otras que aquí podríamos aducir de este jaez, lo mismo referidas a esta mísera Asturies como a la sufrida España, igual antiguas que recientes. Fueron meteduras como aquella que efectúa el ficto Quevedo en una de sus antiquísimas facecias, cuando el Rey corre alertando de que el metal pagado por la honra de la princesa no era oro, y trata de evitar lo inevitable. «Si son chapines como si son chapones -se burlaba el señor de la Torre de Juan Abad- ya la?». Son, dicho sea con equívoco entre lo obsceno y lo pudoroso, «meteduras de bola hasta las bolas». Actos que se acometen pensando en hacer después de metido, esto es, de votado, lo que dice el dicho popular: «Prometer hasta meter y, después de metido, nada de lo prometido».

De la misma categoría ha sido el Estatuto de Cataluña, que Zapatero, el PSOE y los socialistas asturianos habían proclamado -tanto el saliente don Vicente Alberto como el entrante don Javier- «como una oportunidad de oro para el progreso y la solidaridad en toda España». Ahora se ha vuelto a manifestar la verdadera realidad de ese progreso, cuando, en los Presupuestos, a los asturianos nos «zapaterosoean» en las posaderas y Cataluña se lleva para infraestructuras el 18,59% del total de que el Estado dispone para esa partida, exactamente lo pactado con entusiasmo por Zapatero, los socialistas asturianos y don Javier Fernández, quien, tal vez en consonancia con el fervor con que ha apoyado, votado y defendido un Estatuto, el catalán, que tanto discrimina a los asturianos y a la mayoría de los españoles, se presente en las próximas elecciones con el sobrenombre de Javier el Catalán.

Quienes sí han llegado al convencimiento de haber cometido un desliz (ahora en el sentido eufemístico que nuestros abuelos le daban al término) son muchos votantes socialistas. Un número creciente de ellos tiene la impresión de que al haberla metido (en la urna) han tenido un desliz fruto del cual ha sido un engendro, si concebido, nunca pensado, con el que no saben ahora qué hacer: si abominar de él y encerrarlo en la inclusa o si, enfrentándose a su responsabilidad paternal (o maternal), tomar la postura de «a lo hecho pecho», esto es, seguir alimentando el engendro con la leche del voto en la ubre de las urnas.

¿Qué decisión tomarán en el futuro estos asturianos y españoles que son conscientes de haber tenido tal desliz? ¿Se arrepentirán de él y renegarán de su fruto? ¿Seguirán, pese a todo, dando pábulo a la voracidad destructora del engendro?

(To be continued).

Nota: asoleyóse na Nueva España del 09/10/10

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