El discursu d'investidura d'Adrián Barbón

Asoleyóse en LA NUEVA ESPAÑA del 12/07/19




LA REALIDAD OBVIADA
Adrián Barbón es un magnífico ejemplar de político, por su figura, por su dicción, por algún toque de modernidad —las gafas— en su hoy soso atuendo, por su actitud afable en el trato personal, por lo aparentemente templado de su discurso. Notable, pues, para la representación política, lo que es una parte importante del triunfo en el voto. Ahora bien, el éxito de las actuaciones de los gobiernos, su trascendencia para la sociedad, la mejora de la vida de los ciudadanos, depende de muchas cosas: entre otras, la realidad económica —global, estatal, regional—; los intereses distintos entre estados, grupos e individuos; la propia concepción del mundo que tenga el político y, por tanto, su percepción más o menos precisa de la realidad; los instrumentos, competenciales y económicos de que disponga para actuar.
Desde esa perspectiva, el discurso del candidato, en general bienintencionado y enfocando cuestiones que llevan mucho tiempo sin resolverse (montes, infraestructuras, estatuto de las empresas electrointensivas, financiación autonómica, etc.) o que representan un grave problema de futuro (el agro, el despoblamiento rural, la falta de reemplazo generacional), es un discurso que, en gran medida, evita enfrentar la realidad y, por tanto, en esa medida, hueco.
Así, por ejemplo, no aborda una cuestión clave desde el punto de vista de la ejecución de sus múltiples propuestas que, ya sea por nueva implantación, ya por mejora de lo existente, implican un aumento no pequeño del gasto. ¿Cómo congeniar un presupuesto muy constreñido actualmente, el asturiano, cada vez más cargado por la deuda y con menos capacidad inversora, con todo ese incremento? Y eso que, en relación con los creyentes de fe ciega en el burru cagarriales (ya saben, aquel al que bastaba levantar el rabo para que expulsase oro), no ausentes de la Cámara, don Adrián es un creyente moderado.
Aunque en lo tocante a las relaciones con la Administración central, y por tanto, con su propio partido, afirma que “si soy presidente, como espero y deseo, nunca dejaré de anteponer los intereses del Principado. Ante todo, Asturias”, el señor Barbón, hace aquí un ejercicio de insinceridad fáctica, por más que lo dijera con sinceridad: no se le ha conocido a él ni a su partido jamás en la historia (repito: “jamás en la Historia”) otra capacidad que la de aceptar y seguir las órdenes de Madrid. Y no se le conocerá: está en la propia identidad del ser socialista asturiano. Y, al respecto, basta con que repasen ustedes los últimos conflictos a propósito de la descarbonización. Porque, además, en cualquier caso, ya se encargaría la Dama de Hierro de Ribesella de recordar dónde está cada uno y qué es su deber. ¿Cuál piensan, por ejemplo, que sería la actitud del PSOE asturiano y de don Adrián si, vía federalismo, vía concierto económico, se mejora la capacidad financiera de catalanes o vascos, lo que iría, evidentemente, en contra de los intereses asturianos? ¿Rebelión? ¿Franca oposición?
Uno de los problemas enunciados por el candidato es el de la baja natalidad, que tiene que ver, en parte, con el despoblamiento y que está relacionado con la “huida” de Asturies de miles de jóvenes, más cuanto más preparados. La baja natalidad tiene una componente que constituye una variable independiente, es una cuestión de mentalidad. Pero otras componentes importantes de la misma están relacionadas con el empleo, el tipo de empresas y su tamaño, su capacidad exportadora, etc. El programa del Presidente in pectore enuncia acertadamente muchas de esas componentes y promete abordarlas. Ahora bien, al margen ya de las limitaciones presupuestarias y de la dependencia de las políticas estatales, ¿no es cierto que la mentalidad y los discursos del PSOE y su constelación social y política en Asturies han venido laborando hasta ahora más en contra del crecimiento de las empresas y la economía y, por tanto, del empleo, más a favor del gasto que de la inversión? Pues bien, no parece vislumbrarse síntoma alguno de que eso haya cambiado ni vaya a cambiar.
En resumen, un bien intencionado y voluntarioso discurso al que le falta lo esencial para pasar de la potencia al acto, de las musas al teatro: que la realidad, la de la economía y la de la sociedad, la del proponente y su “circunstancia”, la de la práctica real de su discurso y su partido, no fuesen los que son y que quiere que sigan siendo.

No hay comentarios: