Ayer, en La Nueva España: ¿Y si son culpables las mascarillas?

 

            ¿Y SI SON CULPABLES LAS MASCARILLAS?

                De parte de esta creciente ola de contagios. No las que no se ponen o se quitan ante amigos o familiares o en el bar, ni las que se llevan en prevengan por si aparece el guardia o aquellas que permiten lucir el apéndice nasal. No, no, las otras, las que usamos bien y


nos recomiendan llevar.

                Recordarán ustedes que al principio de la peste la vía principal de contagio eran las manos, y todos andábamos locos buscando guantes que no existían. ¿Quién lleva guantes hoy? Y es que parece que el contacto por las superficies es una vía poco probable. Después se señalaron como responsables las gotas de saliva que expulsamos al hablar, cantar o toser, y corrimos a buscar las mascarillas que no había, aunque algunos especialistas dudaron hasta hace bien poco de su utilidad. Bien, esa causa sigue existiendo, pero parece que no es la principal. Ahora parece que el camino más abundante de entrada del virus en nuestras fauces son los aerosoles, esas gotículas que, como el polvo que vemos suspendido en una habitación cuando el sol incide de manera adecuada, pueden permanecer muchas horas en el aire y viajar más allá de los dos metros convencionales.

                Si es así, y el consenso, más allá de las dudas que existieron hasta hace apenas unas semanas, parece ser ya general, eso quiere decir que las mascarillas que nos recomiendan que usemos, las higiénicas y las quirúrgicas, las que usa el 90% de la población, no evitan que respiremos los aerosoles, al contario de las que no nos aconsejan usar —ignoro por qué—, las FFP2.

                Como saben, quirúrgicas e higiénicas sirven fundamentalmente para evitar que los enfermos contagien a los demás —esto es, para que no sean transmisores— y evitan también las gotas de saliva de nuestros interlocutores, pero no tienen apenas capacidad de filtrar el aire que respiramos, más aún cuando suelen cerrar mal a ambos lados de los papos, y presentan así dos aberturas por las que entra el aire exterior como por un túnel.

                De modo que estas protecciones vendrían a ser como aquella definición que Madame de Sévigné dio del preservativo (“perseverativo”, decía siempre un compañero parlamentario, iluminando así el título de Cernuda: “La realidad y el deseo”): “una armadura para el placer, una telaraña para la infección”.

                Si las cosas son así, y parece razonable entender que lo son, no cabe sino un rápido cambio de políticas en dos aspectos: modificar las recomendaciones que se hacen a la población en la materia; abaratar el precio de las mascarillas protectoras, las FFP2, no solo mediante la eliminación del IVA, sino por otros medios, como el de intensificar la producción de las mismas.

No hay comentarios: