Ayer, en La Nueva España: ¿Cómo lo sabe, señor Barbón?

 

                    ¿CÓMO LO SABE, SEÑOR BARBÓN?

                En vísperas de levantar los cierres perimetrales de los concejos asturianos que los tenían, nuestro Presidente manifestó que los mismos “no eran tan eficaces como creían”. ¿Y cómo lo sabe el señor Barbón?, porque eso nadie puede saberlo. Los cierres perimetrales se establecen para que de las zonas con mucha incidencia del coronavirus no salgan ciudadanos que lleven la enfermedad a otros lugares o para que no entren en ellas otros que provienen de zonas con escasa incidencia de ella, y así se ha practicado desde Wuhán para acá. Y lo siguen haciendo en Madrid, en Andalucía, en Cataluña…, en toda España. Algo tendrá el agua, digo yo, cuando la bendicen. En todo caso, nadie sabe cuánto traslado de la enfermedad evitan.

                Es cierto que ello no impide que en el interior de las zonas acorripiadas los contagios sigan creciendo hasta evolucionar a su techo. Incluso, yendo a peor, como ha pasado en Avilés, con una tasa de contagios en catorce días que duplica a la d’Uviéu, supera a la de Xixón y es peor que la existente antes del cierre perimetral.

                De todas formas, hay situaciones en las que los cierres perimetrales tienen una eficacia dudosa y, posiblemente sin contribuir de forma notable al freno en la expansión del virus, causan incomodidades a los vecinos que no tienen explicación: viajar a las segundas residencias, por ejemplo, o ir a espacios naturales de paseo. Cuando el comercio no está abierto, salvo fundamentalmente para la alimentación, y los viajes son posibles para trabajar, estudiar, por motivos de salud u otros “justificables”, no sé ve muy bien cómo podrían producirse desplazamientos de riesgo considerables fuera del lugar de residencia.

                En ese sentido, cabe señalar que las autoridades actúan con un cañón de disparo poco fino, que cubre mucha superficie, aunque es poco eficaz en una parte de ella. Es entendible, pero acaso debería pedirse un poco más de “finura”. ¿Qué sentido tuvo, por ejemplo, tener cerrado el pequeño comercio, o que, cuando se abre, se dejen inicialmente fuera mueblerías o concesionarios de coches, fuese cual fuese su superficie? ¿Se esperaban acumulaciones multitudinarias en esos lugares?

                El Gobierno de Barbón, que no lo hace, en general, mal, es en ocasiones como esta que hemos citado, víctima de algunos de sus prejuicios. Por ejemplo, de su negativa inicial en hacer algunos tipos de test distintos a los PCR, inevitables al final. El ejemplo más patente de esos prejuicios lo evidenció un asesor científico del Gobierno cuando la maligna Madrid empezó a mejorar notablemente, mientras los demás empeoraban: “Estoy seguro —dijo— que ocultan datos, además los test que realizan tiene poca fiabilidad”. ¿Se puede manifestar más fe de la clase que provoca ceguera?

                Es también víctima el señor Barbón de aquello de lo que más presumía: la inveterada gestión socialista de la sanidad asturiana. A ver, un poco de memoria histórica. ¿Se acuerdan del señor Areces y su consejero de sanidad presumiendo de que el HUCA se construiría con un número relativamente pequeño de camas porque ahora los enfermos las ocupaban pocos días y muchas patologías se tratarían ambulatoriamente? ¿No? Pues búsquenlo. Y ahora sumen los retrasos en la remodelación de Cabueñes, responsabilidad entera del inveterado socialismo gobernante asturiano. Y así es, que las tasas de ocupación de camas en planta y de UCIS son de las más altas de España, sino las más, lo que no se debe solo a que tenemos muchos enfermos de edad (el denominador), sino también a que tenemos pocas camas disponibles, tanto en planta como en UCI (el numerador).

                Por otro lado, una anotación “real” sobre la incidencia de la afección de la pandemia “en la calle” tal vez ayudaría. Llevamos mucho tiempo algunos (por ejemplo, don Juan Luis Fernández e mais eu) diciendo que habría que separar en el cómputo de los infectados los de las residencias de ancianos, que distorsionan “la cuenta de la calle”. Así mismo, añado, habría que volver a calcular la tasa de positividad sobre el número de infectados y no sobre el número total de pruebas de PCR realizadas (que incluye las repetidas a enfermos). Sólo con la modificación de este ultimo parámetro, podemos ver que andamos en una tasa de positividad inferior al 5 %.

                Lo que, al menos, produce otra impresión y, a lo mejor, ayuda a tomar otras medidas de cara al siguiente emburrión del virus. Porque la quiebra social y económica está ahí, no lo olvidemos.

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