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Paul Preston sobre Santiago Carrillo

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Acaba d'apaecer un llibru de Paul Preston sobre Santiago Carrillo, que lu vien a calificar non como un inocente o "una víctima inocente" de circunstancies provocaes por otros, sinón embaxu la llume verdadera d'una época na que los europeos estaben dispuestos (una mayoría d'ún bandu o d'otru) nel nome d'un discursu y na que matar o anonadar al otru (d'otru bandu o del propiu nun significaba nada). Creo siempre que'l deber de los que conocimos directamente a tantos protagonistes de la hestoria y acumulamos tanta memoria heredada tenemos el deber de tresmitir les coses como fueren, non como una hestoria bondadosa de palombes y ferres, sinón como una engarradiella de llobos dispuestos a esterminar al contrariu y, si facía falta, al propiu. Eso sí, nel nome del pueblu, del futuru o de lo que fuese. Siempre col pretestu d'un discursu -lo que dalgunos llamen, pretenciosamente, "una ideoloxía".


Merez la pena que, mentantu compren el llibru y lu lleen, vean les pallabres de Paul Preston. Pueden topales en tolos medios d'algame hispánicu o llocal. Equí damos esti: Paul Preston/Santiago Carrillo.

Precisamente, pocos díes enantes el magníficu, anarcoide y bohemiu escritor que ye José Luis Alvite recordaba una entrevista con otru de los "mitos bonos" de la guerra, Enrique Líster. Mándolos a ver el so magníficu artículu en Alvite/Líster. Pero, pa que vagan faciendo boca, póngo-yos equí unes frases del so escritu:

Así de áspero y criminal me pareció el general Enrique Líster aquella tarde de verano en la que hablé varias horas con él en su casa natal cerca de Compostela, recién regresado del exilio. Contaba la guerra como si aún mandase en ella y estaba tan congestionado que parecía que fuese a hacer de vientre por el rostro. Reconoció su furia militar sin inmutarse y me hizo notar que en la conciencia de alguien así, ebrio de matar, el remordimiento es siempre menos probable que la resaca. «Al soldado que retrocediese ignorando mis órdenes de aguantar la posición, personalmente le disparaba un tiro en la cabeza», dijo sin que se alterase la madera funeral de su rostro. Hablaba con cierta entonación afrancesada y le olía el aliento a una mezcla de coliflor, acetileno y tanatorio. Me dio un buen reportaje y me descompuso el vientre




Invitación a leer y meditar (¡no lo pierdan!)

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Los invito a leer este magnífico artículo del siempre interesante José Luis Alvite.

Se publicó en La Razón del 12/03/2012 y presenta interesantes consideraciones sobre la Europa y el Occidente de hoy, sobre las imprevisibles consecuencias desastrosas de la paz, las benéficas del caos, etc. Merece la pena:

Acerca de las consecuencias benéficas del caos, me dijo de madrugada un viejo soldado en el Savoy: «Cuesta creerlo, muchacho, pero yo te digo que a veces no hay como sentir espanto para perder el miedo, igual que hay momentos en los, cuando se agudiza, incluso resulta analgésico el dolor. Yo vi como la artillería incandescente gratinaba las lechugas de Normandía al salir mi batallón de aquella encerrona de arena en Omaha Beach. Alguien me dijo que en Arromanches los niños blasfemaban al nacer, a las estatuas se les cerraban los ojos con los fogonazos de los obuses y en el cementerio de Bastogne a los cadáveres de las señoras con el fragor de los combates les había bajado la regla. Y también sé que en las ciudades liberadas alguien juró haber visto a hombres rudos y descreídos que susurraba oraciones que jamás habían aprendido». Aquel tipo se llamaba Mason Aldrich y fue agente secreto en el Berlín de la Guerra Fría. Renunció a su empleo tras la caída del Muro porque, según escribió en la carta dirigida a su jefe en Fort Langley, «…no pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de que la paz causó en el mundo los estragos a los que ni siquiera se atrevió la artillería en la guerra. Creo que muchas de las construcciones más recientes no mejoran en absoluto el magnífico aspecto que tenían las ruinas a las que sustituyeron. En Europa ha caído en picado el índice de natalidad porque el egoísmo es más esterilizante y más devastador que la aviación de combate. La Humanidad es ahora un gigantesco mercado, señor, y, ¿sabe que le digo?, el ambiente de las guarderías es más desangelado que el de las funerarias. Y es muy triste, señor, que en la calle la gente sea más vieja que la muerte».