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Un sonetu de los menos conocíos de Garcilaso (y pa los amigos de los canes).

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                     Soneto XXXVII

A la entrada de un valle, en un desierto 
do nadie atravesaba ni se vía, 
vi que, con estrañeza, un can hacía 
estremos de dolor con desconcierto:

               ahora suelta el llanto al cielo abierto, 
               ora va rastreando por la vía; 
               camina, vuelve, para, y todavía 
               quedaba desmayado como muerto.
   
                Y fue que se apartó de su presencia su amo, 
                y no le hallaba, y esto siente:
           mirad hasta dó llega el mal de ausencia.
  
                 Movióme a compasión ver su accidente; 
                 díjele, lastimado: «Ten paciencia, 
                 que yo alcanzo razón, y estoy ausente.»


Una maravía: el símil, parábola o proyección empática sobre'l perru. La perprestosa descripción de l'actititú del perru, cola ayalga espresiva con esa alternancia ente los dos versos d'andar más llentu (ahora suelta el llanto al cielo abierto, ora va rastreando por la vía) y la rapidez de l'asíndeton (camina, vuelve para) reforzada polo arreblagamientu (, y todavía). 
Pues nada, a lleelu más d'una vegada y que-yos preste.


 

Un perru espera pola dueña muerta

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D'eses coses que nos sorprenden y nos presten. Una más de les hestories de los perros qu'alguarden a los sos dueños muertos. La única dulda ye si, nesti casu, el perru yera "perru" o "pirru", esto ye, en qué dialectu falaba la ausencia de la muerta.

Un perro asiste diariamente a misa para esperar el regreso de su difunta dueña

Desde que asistió al funeral de su dueña, Tommy, un pastor alemán de 12 años, acude al templo cada vez que escucha las campanas o ve llegar el coche fúnebre.


Asoleyao en La Voz de Galicia del 16/01/13, el restu puee vese equí: El pirru fiel, tres la muerta