Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Barbón n'Ávila y otres
(Ayer, en La Nueva España)
L’APRECEDERU
UN APLAUSU, UNA ALVERTENCIA, UNES RISES (CABREAES)
El domingo 9, el presidente Adrián Barbón visitaba Cebreros para hacer una ofrenda floral sobre las tumbas de Adolfo Suárez y del historiador Claudio Sánchez Albornoz. Se pueden hacer varias consideraciones, todas positivas, pero yo subrayo una: la del reconocimiento del papel de Adolfo Suárez como uno de los padres de nuestra democracia. Ahora que la Transición -es decir, la democracia- está siendo sistemáticamente cuestionada por los partidarios de las democracias de verdad, la rusa, la china, la cubana…, y por algunos laudantes de la franquista, el gesto de don Adrián merece nuestro aplauso.
Se celebró en Villaviciosa el IV Congreso de Asturianía. En él se pone en valor lo asturiano, de dentro y de fuera, de antes y de ahora. Me sumo con entusiasmo a ese panasturianismo, pero he de advertir que, en ocasiones, nos encontramos con frutos no deseados de nuestro tueru. Ahí tienen ustedes: los Luggoni, un grupo humano astur, prerromano, y una huella de su presencia, Llugones, y una traza de su topónimo castellanizado en el apellido, Lugones, y una gloria de la que debemos honrarnos, el poeta Leopoldo Lugones, argentino. Pero, ¡ay!, he ahí que su hijo, Polito Lugones, inventó el terrorífico instrumento de tortura conocido como «la picana». Así que orgullo, sí, universal, sí, pero casi. Peñerando.
Y ahora alguna risa, que, así mismo, merece la pena. Risa sin mezcla de pasión o dolor, como la que nos provoca el acuerdo congresual para que «asegún» y cómo no usemos la palabra «cáncer».
¿Y qué les parece esa norma de la UE por la que si usted pesca un sarrianu o un gobitu va a tener que comunicarlo electrónicamente? Y si no pesca, también. Bueno, son los tipos que creen que entre Uviéu y Xixón circula el AVE a 200 KM por hora.
Un día nos van a decir cómo tenemos que orinar y comunicar la cantidad y la hora.
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Más sobre Suárez (y el Rey)
Estos díes tendrán lleío muncho sobre Suárez (un de los artículos de más ésitu, por cierto fue'l que yo asoleyé na Nueva España y nesti blog, SUÁREZ, LEGIÓN Y LEÓN, onde procuraba reconstruir tanto'l tiempu la República como'l de la Transición, asina como esfaer dalgunos mitos de güei).
De pasu, apaecieren tamién un montón de "noveles" conspiratives, amarutaes d'investigación de secretos. Sobre too ello, invítolos a lleer esti artículu del socialista y expresidente d'Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Suárez ha muerto. El Rey sigue vivo, n'El Confidencial.
Los complejos de la derecha asturiana (a través de la española)
El tema daría para una extensa meditación. No voy a hacerlo aquí. Es un tema, por otro lado, que ya he expuesto en otras circunstancias.
Surge la cuestión a propósito de algunas de las informaciones publicadas con motivo de la consunción final de Adolfo Suárez. Lean este texto de Carlos Sánchez (De cuando los empresarios veían a Suárez como un izquierdista falangista) en el Confidencial:
Contaba hace algún tiempo el empresario Celso García, conocido por ser el fundador de unos grandes almacenes de la calle Serrano, una anécdota deliciosa. En una ocasión, al principio de la Transición, fue a visitar a Suárez al palacio de la Moncloa, y allí estuvo durante bastante tiempo esperando a que saliera de su despacho el presidente del Gobierno. Pasaban los minutos y seguía esperando. Hasta que en un momento vio que quien abandonaba la sala era el canciller alemán Willy Brandt. Unos segundos después, quien dejaba su despacho era Adolfo Suárez, que al ver al empresario le dijo:– ¿Has visto quién ha salido?– Sí,– respondió Celso García.–Pues yo soy más socialdemócrata que él, –le espetó Suárez.
La cuestión no está, como parece querer decir el articulista, en que "lo viesen como", sino en que él "presumía de".
Y es ello lo que me lleva a reiterar aquí esa reflexión que ye he realizado y manifestado en otras ocasiones, la de los complejos de la derecha asturiana. Porque, efectivamente, lo que más temprano o más tarde -más bien, más temprano que tarde- te manifiestan muchísimos empresarios asturianos en el primer encuentro es que ellos "son más socialistas que los del PSOE" (o variantes de la expresión). Y no se piense que es eso una experiencia personal únicamente, en la que podría suponerse que existe una especie de "principio de indeterminación de Heisenberg", esto es, que es la presencia del interlocutor (uno mismo) el que suscita las declaraciones; ese tipo de manifestaciones se producen también en contextos no marcados por el interlocutor. Es más, se producen no solo en contextos de negocio, sino, asimismo, en contextos de ocio; por ejemplo, en sus clubes de recreo o deporte, por tanto, digamos, en condiciones de asepsia contextual o (con una metáfora) de vacío para el experimento.
¿Las causas? Déjenme aquí simplemente señalar la anomalía.
Suárez y la fabulación histórica
Nel ensiertu d'ayer, tituláu "Suárez, legión y león", entamaba yo así:
Una consideración previa para los menores de cincuenta años y los desmemoriados: Suárez no fue siempre la figura unánimemente alabada de estos dos últimos lustros. En su segundo mandato como presidente, fue vilipendiado, ninguneado, insultado por casi todo el mundo: el ejército, los medios de comunicación, sus rivales políticos y su mismo partido, donde todos querían ser califas en lugar del califa. La historia posterior no es solo la de una rectificación sobre la figura de Adolfo Suárez, sino la de la autoamnistía sobre la propia conducta por parte de muchos.
Pues bien, güei invítolos a que llean esti testu de Zarzalejos n'El Confidencial ("La coalición negativa" que derrocó a Suárez se refugia en el obituario (Enemigos, toos) y esti otru, una entrevista col propiu Suárez, cercana a la so dimisión, una entrevista amarga, que nun se publicara porque los propios asesores de Suárez aconseyárenlu que nun se ficiera. Guardada hasta agora -y perdía dafecho- nel ABC, la so autora, Josefina Martínez del Álamo, consiguió rescatala (Suárez siéntese incomprendíu y arrodiáu d'enemigos).
Por cierto, amiren pa lo que piensa d'esi "pueblu" maraviosu, qu'ayer corrió a aplaudilu y que fai trenta años corrió a baltalu.
SUÁREZ, LEGIÓN Y LEÓN
Una consideración previa para los menores de cincuenta años y los desmemoriados: Suárez no fue siempre la figura unánimemente alabada de estos dos últimos lustros. En su segundo mandato como presidente, fue vilipendiado, ninguneado, insultado por casi todo el mundo: el ejército, los medios de comunicación, sus rivales políticos y su mismo partido, donde todos querían ser califas en lugar del califa. La historia posterior no es solo la de una rectificación sobre la figura de Adolfo Suárez, sino la de la autoamnistía sobre la propia conducta por parte de muchos.
Suárez fue un león. El clásico «Audaces fortuna iuvat» podría haber sido el lema que, con toda propiedad, figurase en su blasón: en poco más de dos años, dirigió el desmontaje de la dictadura, puso en marcha la Constitución y las elecciones, legalizó los partidos políticos, impulsó la estabilización económica a través de los llamados Pactos de la Moncloa, buscó acuerdos para hacer posible lo que no lo parecía (enviando a José Mario Armero, por ejemplo, a pactar con Santiago Carrillo a través de Ceaucescu; entendiéndose con Tarradellas para la vuelta de éste), decretó una amnistía general para todos los delitos de raíz o pretensión política, contribuyó a normalizar la vida social (ya no la política) española. Es cierto que no lo hizo solo y que, en gran medida, su impulso provenía del Rey. Pero él fue quien dio la cara y quien puso en escena el libreto. Y ello con un valor, una audacia y un arrojo descomunales: entra la amenaza de golpe militar, de revolución social, de crisis económica gravísima, de asesinatos casi semanales de ETA y del GRAPO, secuestros políticos y crímenes ocasionales pero masivos del la extrema derecha. Quizás hay dos imágenes que simbolizan en grado extremo su valor y su arrojo, esa condición metafórica de león: la legalización por sorpresa del PCE el sábado santo de 1977 y la forma en que se mantuvo en pie en el Congreso cuando Tejero ordenó disparar (y, al parecer, su enfrentamiento con él cuando, en un cuarto del Parlamento, le puso la pistola en la sien).
Pero Suárez era al mismo tiempo legión. Él tuvo la oportunidad y la decisión de encarnar el pensamiento y anhelo de muchos españoles: el de la concordia, la reconciliación y el entendimiento. Para situar correctamente los hechos históricos, hay que retrotraerse unas cuantas décadas atrás, más atrás, incluso, de la década de los treinta. La república no fue una Arcadia edénica que después vino a destruir una manada de lobos malvados, como quiere hacer ver un relato que, hecho a partes iguales de ignorancia, mercantilismo y patología sectaria, se repite en discursos políticos, en medios de comunicación y en muchos centros de enseñanza. Básicamente, desde hacía tiempo atrás, había dos grupos de españoles dispuestos a excluir o eliminar al adversario de forma definitiva, atribuyéndose cada uno a sí mismo la virtud exclusiva de «ser» y representar la nación (en su forma de «patria» o en su forma de «pueblo»). Se enmarcaba ello a su vez en un clima europeo semejante, donde fascismos, comunismos y periferia de los mismos pretendía fundar «el hombre nuevo», «el nuevo estado», «el nuevo orden». Y ahí unos y otros contribuyeron a desatar la bestia. En palabras del supongo que nada sospechoso Rafael Fernández, yerno de Belarmino Tomás y presidente del Gobierno asturiano: «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer en común fuera nítido, sin sombras». Y ese acuerdo de amnistía era el que guiaba la «Política de Reconciliación Nacional del PCE» desde 1956 y los esfuerzos de entendimiento entre tantos que habían sido enemigos mortales durante la guerra.
De modo que Suárez (tampoco el Rey) no era en esto un individuo singular, sino la encarnación particular de un deseo y una necesidad histórica buscada a lo largo de décadas y multiplicada en el momento y la ocasión de la llamada Transición. Su mérito no fue, pues, el de inventar el camino, sino el de de hacer realidad una aspiración (y repito, una necesidad colectiva); una manera de ejecutar aquella troquelación suya de «hacer normal en política lo que, a nivel de calle, es simplemente normal». Y hacerlo con decisión y valor, contra viento y marea, contra el golpismo, el crimen, la inercia y el «miedo al miedo». Como un león.
Y, a propósito de «león». Fue precisamente en su homónimo, en León, cabeza posterior del reino de Asturies, donde tuvo lugar en 1118, con el joven Alfonso IX, el primer brote de parlamentarismo o democracia parlamentaria. Y miren las vueltas y revueltas que el azar y las palabras dan provocándonos coyundas simbólicas: «Legio, ‘legión`», he ahí la etimología del topónimo leonés.
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