Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
Identidades indiscutibles y discutidas
Ayer, en La Nueva España: Desmemoria, borrado y proyecto
DESMEMORIA, BORRADO Y PROYECTO
Estos días atrás habrán asistido ustedes con asombro a un hecho sorprendente en torno a dos figuras de nuestra historia, Indalecio Prieto y Largo Caballero. Como saben, el Ayuntamiento de Madrid decidió retirar sus nombres del callejero. Pues bien, en defensa de la memoria de ambos personajes y de su trayectoria y honorabilidad aparecieron varios escritos en la prensa estatal y regional donde se subrayaban los méritos de su biografía. Ahora bien, en ambos casos con varias elipsis, la más sorprendente de todas su decisión de poner en marcha el golpe de estado de 1934 y, en el caso de Prieto, su participación directa en el traslado de armas a Asturias. Un golpe de estado, por cierto, que no tenía otra finalidad que la de establecer una dictadura de partido único semejante a la de Rusia, según declaraban sus mismos impulsores.
Esa elipsis nada inocente recuerda al borrado que en la famosa foto de 1920, de Lenín en compañía de otros revolucionarios, hizo la democracia socialista de los que, estando presentes en aquel momento, Trotski y Kámenev, habían caído en desgracia. Pero en el caso actual, el borrado en las biografías de Prieto y Caballero no es un borrado de personas, sino de hechos, y se enmarca, además, en un intento de obliteración que lleva años en marcha y que podríamos denominar “el tejido de la desmemoria democrática”.
¿Y en qué consiste esa desmemoria democrática? Pues en la fabulación de que existía una República que era un vergel donde “la oveja con el lobo hacían ayuntamiento”, un oasis de tolerancia, democracia y acierto político que vino a destruir después la derecha. No hubo tal desde el primer día, entre otras cosas porque, en Europa entera, una parte importante de la izquierda aspiraba a imponer su dictadura y a eliminar a sus oponentes, y lo mismo ocurría en el ámbito de la derecha. «¡Qué alegría, ahora iremos a por ellos!», piensa el marido de Purificación Tomás, la hija de Belarmino, Rafael Fernández, cuando se entera de la sublevación de Franco; y ese «ellos» no eran los militares sublevados, sino la república burguesa y los burgueses, los ciudadanos que no fuesen de la secta, es decir, usted y yo, nuestros trasuntos.
No los cansaré con muchos datos sobre lo que ocurrió en el bando de “los buenos” en el 34 y durante la guerra, los invito únicamente a pensar cuántas iglesias quedaron en pie en Asturies, a una de las cuales, por cierto, la de San Pedro, en Xixón, hubo de correr Pachín de Melás para salvar los restos de Xovellanos antes de la anunciada voladura. Pero sí quiero recordarles cuál era el modelo de democracia al que aspiraba la izquierda con el golpe de 1934 (y para el futuro): «Si Cataluña —dice Belarmino Tomás—, Valencia, Madrid, Bilbao y Zaragoza hubieran respondido como hemos respondido nosotros, en estos momentos el socialismo se habría implantado en todo el país. Nosotros hemos vivido en régimen socialista desde el día 6. Nosotros hemos cumplido».
Ese programa de borrado, de desmemoria histórica, que lleva ejecutándose ya hace años y que ahora trata de acendrarse, pretende, sean cuales sean sus pretextos, instalar firmemente en la conciencia general de la población, a través de discursos, películas, novelas, de la enseñanza, de las leyes, el convencimiento de que hay una parte de la sociedad de cuyo lado están la verdad, la bondad y la justicia y que, además, ha sufrido un daño histórico que debe ser reparado. Frente a ella, otra parte que representa la ignominia y tiene ínsito en su ser la voluntad de daño al bien general.
Que la historia de la República fue otra, que el despropósito, el daño, la traición y el crimen existieron en ambos bandos, en mayor o menor grado, lo reconocieron así quienes destruyeron aquella sociedad e hicieron la guerra. Tales fueron las palabras de Negrín y Prieto en el exilio, o el famoso «paz, piedad, perdón», de Azaña en el 38. Pero déjenme volver a casa: «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer fuera nítido, sin sombras». Son palabras de Rafael Fernández.
Y en esa línea hay que recordar que durante la dictadura de Franco habían existido movimientos varios en ese sentido por parte de unos y otros. El denostado como «contubernio de Munich», en 1962, la política de «reconciliación nacional», que el PCE proclamara en 1956, por ejemplo.
La construcción del borrado de la historia, el tejido de la desmemoria democrática, tiene muchos actores, colectivos e individuales, a unos los mueve el idealismo, a otros los empuja el engaño, se mueven por odio autoinnoculado parte, pero no debemos dejarnos confundir: quienes mueven la maquinaria, quienes manejan el telar, tienen un objetivo más prosaico: crear un estado de opinión que les permita gobernar (y gobernar de la forma en que quieran) por mucho tiempo con el asentimiento o la pasividad de la mayoría, y que sea esa misma mayoría, condicionada por el discurso de la desmemoria, la que desprestigie y margine a quien no comulgue con “la verdad”.
Es un peligro, lo sé. Pero, a pesar de esos tenebrosos nubarrones, uno no puede dejar de esbozar una sonrisa cuando pasa lista y comprueba que esos tejedores que pretenden un dominio social incontestado son hijos o nietos de muchos de los que durante el franquismo tuvieron mando o estuvieron bien asentados en las estructuras sociales de la dictadura. «Todas las familias bien asentadas permanecen en el mismo estatus por generaciones, eso sí, cada generación, a su manera».
El mismo poder con otro discurso.
Una nota sobre xunetu de 1936
Evelio G. Palacio nuna semblanza de Rafael Fernández, recueye unes palabres d'esti que previamente dixera a Melchor Fernández Díaz. Estes son:
Cuarenta y cinco años y ciento cuarenta y cuatro días antes, un 17 de julio de 1936, en una España trágica e inestable en la que parte del Ejército se sublevó encabezado por Franco, Rafael Fernández Álvarez, socialista, joven, líder de las Juventudes Socialistas, se hallaba en Sotrondio participando en un mitin. Entonces, militante de un bando, pensó con juvenil inconsciencia: «Qué alegría, ahora vamos a por ellos». O sea, ahora vamos a ganar y a imponer el Gobierno proletario. Aquel día amanecían tinieblas para la historia patria, un desgarro fratricida inútil y cruento que no merecía la pena. Pero eso lo asumiría el Fernández maduro mucho más tarde.
No es un misterio para nadie el hecho de que los elementos proletarios que predicaban la revolución socialista, incluso antes de que se creara el Frente Popular, han considerado la sublevación militar como una magnífica ocasión para alcanzar su meta. Y esperaban aprovecharla para, una vez derrotada la sublevación con la ayuda del gobierno republicano, imponer a las fuerzas debilitadas por la lucha la dictadura del proletariado, su propia revolución.
SUÁREZ, LEGIÓN Y LEÓN
Suárez fue un león. El clásico «Audaces fortuna iuvat» podría haber sido el lema que, con toda propiedad, figurase en su blasón: en poco más de dos años, dirigió el desmontaje de la dictadura, puso en marcha la Constitución y las elecciones, legalizó los partidos políticos, impulsó la estabilización económica a través de los llamados Pactos de la Moncloa, buscó acuerdos para hacer posible lo que no lo parecía (enviando a José Mario Armero, por ejemplo, a pactar con Santiago Carrillo a través de Ceaucescu; entendiéndose con Tarradellas para la vuelta de éste), decretó una amnistía general para todos los delitos de raíz o pretensión política, contribuyó a normalizar la vida social (ya no la política) española. Es cierto que no lo hizo solo y que, en gran medida, su impulso provenía del Rey. Pero él fue quien dio la cara y quien puso en escena el libreto. Y ello con un valor, una audacia y un arrojo descomunales: entra la amenaza de golpe militar, de revolución social, de crisis económica gravísima, de asesinatos casi semanales de ETA y del GRAPO, secuestros políticos y crímenes ocasionales pero masivos del la extrema derecha. Quizás hay dos imágenes que simbolizan en grado extremo su valor y su arrojo, esa condición metafórica de león: la legalización por sorpresa del PCE el sábado santo de 1977 y la forma en que se mantuvo en pie en el Congreso cuando Tejero ordenó disparar (y, al parecer, su enfrentamiento con él cuando, en un cuarto del Parlamento, le puso la pistola en la sien).
Pero Suárez era al mismo tiempo legión. Él tuvo la oportunidad y la decisión de encarnar el pensamiento y anhelo de muchos españoles: el de la concordia, la reconciliación y el entendimiento. Para situar correctamente los hechos históricos, hay que retrotraerse unas cuantas décadas atrás, más atrás, incluso, de la década de los treinta. La república no fue una Arcadia edénica que después vino a destruir una manada de lobos malvados, como quiere hacer ver un relato que, hecho a partes iguales de ignorancia, mercantilismo y patología sectaria, se repite en discursos políticos, en medios de comunicación y en muchos centros de enseñanza. Básicamente, desde hacía tiempo atrás, había dos grupos de españoles dispuestos a excluir o eliminar al adversario de forma definitiva, atribuyéndose cada uno a sí mismo la virtud exclusiva de «ser» y representar la nación (en su forma de «patria» o en su forma de «pueblo»). Se enmarcaba ello a su vez en un clima europeo semejante, donde fascismos, comunismos y periferia de los mismos pretendía fundar «el hombre nuevo», «el nuevo estado», «el nuevo orden». Y ahí unos y otros contribuyeron a desatar la bestia. En palabras del supongo que nada sospechoso Rafael Fernández, yerno de Belarmino Tomás y presidente del Gobierno asturiano: «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer en común fuera nítido, sin sombras». Y ese acuerdo de amnistía era el que guiaba la «Política de Reconciliación Nacional del PCE» desde 1956 y los esfuerzos de entendimiento entre tantos que habían sido enemigos mortales durante la guerra.




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