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Identidades indiscutibles y discutidas

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(El día d'Asturies, en LNE) IDENTIDADES INDISCUTIBLES Y DISCUTIDAS El 25 de agosto de 1707 nacía en Madrid el primogénito de la unión de Felipe V y María Luisa Gabriela de Saboya, el futuro Luis I. Ese mismo año se publicaba una composición, escrita el 2 de septiembre, titulada «Carta que escribe un asturiano de esta Corte, à otro asturiano, dándole cuenta, cómo parió la Reyna nuestra Señora a un Príncipe de Asturias; vá en su Lengua Antigua». El poema es un larguísimo romance en asturiano, en cuatro hojas. He dicho en asturiano, bueno, en un lenguaje que pretende ser asturiano, utilizando en muchas ocasiones lo que podríamos llamar «hiperasturianismos». Tiene interés el texto, sus expresiones y su tono, pero no es ello el motivo de mi comentario, sino otro: de forma semejante a lo que Busto Cortina estudiará para villancicos de los siglos XVII y XVIII, la Carta remeda lo que se podría tener como la lengua no castellana de Asturies, por motivos variados que podríamos discutir, pero que, en todo caso, implican el reconocimiento de una lengua no castellana, y, acaso, de una lengua no castellana en Madrid, mantenida entre los numerosos asturianos en esa villa y Corte. En otras palabras, implican el reconocimiento de una identidad. Esa diferencia identificativa, particularizadora, es una evidencia incontrovertible para Xovellanos y sus amigos. A propósito de su proyecto de una Academia y de un diccionario del asturiano o bable, afirma: «Habíalo oído yo hablar de continuo y aún lo entendía y hablaba yo de continuo en mi niñez […] me condujeron a meditar sobre el origen de mi dialecto natural». Si avanzamos en el tiempo, anotaremos que, cuando al regreso de la primera vuelta al mundo del buque escuela Nautilus, al atracar en Puerto Rico, se homenajea a Fernando Villaamil y sus guardiamarinas con las dos más evidentes señas de identidad de que disponen, en cuanto asturianos, homenajeadores y marino, una fabada y un discurso en asturiano. Hace pocos días acaba de ver la luz, editada por la Academia de la Llingua Asturiana, una recopilación realizada por Lluis Ánxel Núñez y por mí, Escritos Asturianos en Méxicu, en dos volúmenes, que van de 1870 a 1930. El lector me disculpará el subrayar que durante esos sesenta años, al menos, el asturiano es la lengua de la emoción y la identidad (también para la propaganda comercial) de todos esos emigrantes patrios que crean esos textos. Sin embargo, esta seña de identidad colectiva e histórica, independientemente del número de hablantes efectivos hoy de la lengua, se encuentra negada como tal por un grupo no pequeño de ciudadanos. Y más que negada, hostigada, caricaturizada, llegando a fabular que tras ella se encuentra una conjura que tiene la intención de llevar el país a una terrible dictadura izquierdista. Es un discurso de raíces complejas, donde se entremezclan ignorancia, autoodio lingüístico y estrategia política. Covadonga es al tiempo un lugar y un símbolo. Un lugar donde se entemecen los significados religiosos y los políticos. Poca aclaración merecen los religiosos, por su evidencia. Los políticos unen la creación del Reino de Asturies con la figura de Pelayo. Envuelve el conjunto un cierto halo misterioso, de prejuicio o superstición, si quieren, que hace que, por ejemplo, muchos conductores acerquen hasta el lugar sus coches recién estrenados, y, créanme, lo hacen gentes de escasa o nula creencia. Es lo mismo que me decía el tempranamente muerto Rafael del Riego (por cierto, emparentado con una de las víctimas de la memoria ocultada del 34), el que fuera defensa del Sporting: «yo no creo en ello, pero cuando voy a la montaña, miro con emoción hacia allí, porque algo hay allí». En los últimos tiempos, sin embargo, Cuadonga y sus celebraciones del 8 de septiembre están siendo víctima de un proceso de descreimiento y hostigamiento. Por un lado, del religioso, debido a razones intrínsecas desde fuera de la fe, y, en general, desde la izquierda, rechazando la asistencia de las autoridades a las celebraciones religiosas en el lugar. No negaré que la boca no bien pastoreada del pastor de los fieles católicos arroja buena cantidad de ramascaya a ese incendio, pero, en el fondo, sus declaraciones no son más que una escusa para la causa. Y, sin embargo, no debemos olvidar que fue el propio Rafael Fernández, llegado del exilio, quien empezó la costumbre de asistir a los actos religiosos el día de Cuadonga. Y Rafael Fernández sabía bien toda aquella historia del 34, la Guerra Civil y Cuadonga (los invito, a conocer o revivir todo ello, incluido lo del antecesor de Rafael del Riego, en mi De los sueños hicimos pesadilla). Por otro lado, se viene produciendo un «descreimiento» de la figura de Pelayo y de la batalla de Cuadonga, en parte por razones históricas que establecen precisiones sobre uno y otra o sobre sus dimensiones. Pero, por más cierto que sean todas esas acotaciones, lo incuestionable es que Pelayo y lo que fuere Cuadonga o luchas parecidas son el origen de algo innegable, de un episodio histórico único y de importancia europea al menos: el origen del Reino de Asturies, o, si lo prefieren, del Estado de Asturies. Verdad es, asimismo, que nunca los asturianos han dado demasiada importancia a ese hecho nuclear, si es que son conscientes de ello, lo que nos llevaría a hablar de una seña de identidad generalizada en nuestra patria: la de despreciar lo que somos y la de nuestra falta de voluntad identitaria actuante -no sentimental-, o, dicho de otro modo, de someternos siempre a Madrid y esperarlo todo del Estado. Pero van a permitirme, dada la efeméride, no ahondar hoy en esa otra seña de identidad. Todo ello hace que una parte de los ciudadanos del mundo de la izquierda y del asturianismo doctrinal estén hoy empeñados en buscar una fecha que sustituya a Cuadonga y el 8 de septiembre. Y esa fecha está apuntando al 25 de mayo, data en que, en 1808, los asturianos comenzamos el levantamiento español contra las tropas de Napoleón para restituir el trono a la familia real y al Príncipe de Asturies, secuestrados por el Corso.

Ayer, en La Nueva España: Desmemoria, borrado y proyecto

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                                   DESMEMORIA, BORRADO Y PROYECTO

                Estos días atrás habrán asistido ustedes con asombro a un hecho sorprendente en torno a dos figuras de nuestra historia, Indalecio Prieto y Largo Caballero. Como saben, el Ayuntamiento de Madrid decidió retirar sus nombres del callejero. Pues bien, en defensa de la memoria de ambos personajes y de su trayectoria y honorabilidad aparecieron varios escritos en la prensa estatal y regional donde se subrayaban los méritos de su biografía. Ahora bien, en ambos casos con varias elipsis, la más sorprendente de todas su decisión de poner en marcha el golpe de estado de 1934 y, en el caso de Prieto, su participación directa en el traslado de armas a Asturias. Un golpe de estado, por cierto, que no tenía otra finalidad que la de establecer una dictadura de partido único semejante a la de Rusia, según declaraban sus mismos impulsores.

                Esa elipsis nada inocente recuerda al borrado que en la famosa foto de 1920, de Lenín en compañía de otros revolucionarios, hizo la democracia socialista de los que, estando presentes en aquel momento, Trotski y Kámenev, habían caído en desgracia. Pero en el caso actual, el borrado en las biografías de Prieto y Caballero no es un borrado de personas, sino de hechos, y se enmarca, además, en un intento de obliteración que lleva años en marcha y que podríamos denominar “el tejido de la desmemoria democrática”.

                ¿Y en qué consiste esa desmemoria democrática? Pues en la fabulación de que existía una República que era un vergel donde “la oveja con el lobo hacían ayuntamiento”, un oasis de tolerancia, democracia y acierto político que vino a destruir después la derecha. No hubo tal desde el primer día, entre otras cosas porque, en Europa entera, una parte importante de la izquierda aspiraba a imponer su dictadura y a eliminar a sus oponentes, y lo mismo ocurría en el ámbito de la derecha. «¡Qué alegría, ahora iremos a por ellos!», piensa el marido de Purificación Tomás, la hija de Belarmino, Rafael Fernández, cuando se entera de la sublevación de Franco; y ese «ellos» no eran los militares sublevados, sino la república burguesa y los burgueses, los ciudadanos que no fuesen de la secta, es decir, usted y yo, nuestros trasuntos.

                No los cansaré con muchos datos sobre lo que ocurrió en el bando de “los buenos” en el 34 y durante la guerra, los invito únicamente a pensar cuántas iglesias quedaron en pie en Asturies, a una de las cuales, por cierto, la de San Pedro, en Xixón, hubo de correr Pachín de Melás para salvar los restos de Xovellanos antes de la anunciada voladura. Pero sí quiero recordarles cuál era el modelo de democracia al que aspiraba la izquierda con el golpe de 1934 (y para el futuro): «Si Cataluña —dice Belarmino Tomás—, Valencia, Madrid, Bilbao y Zaragoza hubieran respondido como hemos respondido nosotros, en estos momentos el socialismo se habría implantado en todo el país. Nosotros hemos vivido en régimen socialista desde el día 6. Nosotros hemos cumplido».

                Ese programa de borrado, de desmemoria histórica, que lleva ejecutándose ya hace años y que ahora trata de acendrarse, pretende, sean cuales sean sus pretextos, instalar firmemente en la conciencia general de la población, a través de discursos, películas, novelas, de la enseñanza, de las leyes, el convencimiento de que hay una parte de la sociedad de cuyo lado están la verdad, la bondad y la justicia y que, además, ha sufrido un daño histórico que debe ser reparado. Frente a ella, otra parte que representa la ignominia y tiene ínsito en su ser la voluntad de daño al bien general.

                Que la historia de la República fue otra, que el despropósito, el daño, la traición y el crimen existieron en ambos bandos, en mayor o menor grado, lo reconocieron así quienes destruyeron aquella sociedad e hicieron la guerra. Tales fueron las palabras de Negrín y Prieto en el exilio, o el famoso «paz, piedad, perdón», de Azaña en el 38. Pero déjenme volver a casa: «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer fuera nítido, sin sombras». Son palabras de Rafael Fernández.

                Y en esa línea hay que recordar que durante la dictadura de Franco habían existido movimientos varios en ese sentido por parte de unos y otros. El denostado como «contubernio de Munich», en 1962, la política de «reconciliación nacional», que el PCE proclamara en 1956, por ejemplo.

                La construcción del borrado de la historia, el tejido de la desmemoria democrática, tiene muchos actores, colectivos e individuales, a unos los mueve el idealismo, a otros los empuja el engaño, se mueven por odio autoinnoculado parte, pero no debemos dejarnos confundir: quienes mueven la maquinaria, quienes manejan el telar, tienen un objetivo más prosaico: crear un estado de opinión que les permita gobernar (y gobernar de la forma en que quieran) por mucho tiempo con el asentimiento o la pasividad de la mayoría, y que sea esa misma mayoría, condicionada por el discurso de la desmemoria, la que desprestigie y margine a quien no comulgue con “la verdad”.

                Es un peligro, lo sé. Pero, a pesar de esos tenebrosos nubarrones, uno no puede dejar de esbozar una sonrisa cuando pasa lista y comprueba que esos tejedores que pretenden un dominio social incontestado son hijos o nietos de muchos de los que durante el franquismo tuvieron mando o estuvieron bien asentados en las estructuras sociales de la dictadura. «Todas las familias bien asentadas permanecen en el mismo estatus por generaciones, eso sí, cada generación, a su manera».

El mismo poder con otro discurso.

Una nota sobre xunetu de 1936

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Evelio G. Palacio nuna semblanza de Rafael Fernández, recueye unes palabres d'esti que previamente dixera a Melchor Fernández Díaz. Estes son:

Cuarenta y cinco años y ciento cuarenta y cuatro días antes, un 17 de julio de 1936, en una España trágica e inestable en la que parte del Ejército se sublevó encabezado por Franco, Rafael Fernández Álvarez, socialista, joven, líder de las Juventudes Socialistas, se hallaba en Sotrondio participando en un mitin. Entonces, militante de un bando, pensó con juvenil inconsciencia: «Qué alegría, ahora vamos a por ellos». O sea, ahora vamos a ganar y a imponer el Gobierno proletario. Aquel día amanecían tinieblas para la historia patria, un desgarro fratricida inútil y cruento que no merecía la pena. Pero eso lo asumiría el Fernández maduro mucho más tarde. 

Les palabres de Rafael Fernández oldeen lo que yera un sentiemientu xeneral de la izquierda española, la voluntá d'estrapallar a la derecha y d'imponer la dictadura del proletariáu. Ye lo que diz Clara Campoamor nos sos análisis de la República y de la sublevación del 36.

No es un misterio para nadie el hecho de que los elementos proletarios que predicaban la revolución socialista, incluso antes de que se creara el Frente Popular, han considerado la sublevación militar como una magnífica ocasión para alcanzar su meta. Y esperaban aprovecharla para, una vez derrotada la sublevación con la ayuda del gobierno republicano, imponer a las fuerzas debilitadas por la lucha la dictadura del proletariado, su propia revolución.

Como ven, el discursu dominante sobre la República ye pura mitoloxía, con función d'ocultación.


SUÁREZ, LEGIÓN Y LEÓN

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Una consideración previa para los menores de cincuenta años y los desmemoriados: Suárez no fue siempre la figura unánimemente alabada de estos dos últimos lustros. En su segundo mandato como presidente, fue vilipendiado, ninguneado, insultado por casi todo el mundo: el ejército, los medios de comunicación, sus rivales políticos y su mismo partido, donde todos querían ser califas en lugar del califa. La historia posterior no es solo la de una rectificación sobre la figura de Adolfo Suárez, sino la de la autoamnistía sobre la propia conducta por parte de muchos.

Suárez fue un león. El clásico «Audaces fortuna iuvat» podría haber sido el lema que, con toda propiedad, figurase en su blasón: en poco más de dos años, dirigió el desmontaje de la dictadura, puso en marcha la Constitución y las elecciones, legalizó los partidos políticos, impulsó la estabilización económica a través de los llamados Pactos de la Moncloa, buscó acuerdos para hacer posible lo que no lo parecía (enviando a José Mario Armero, por ejemplo, a pactar con Santiago Carrillo a través de Ceaucescu; entendiéndose con Tarradellas para la vuelta de éste), decretó una amnistía general para todos los delitos de raíz o pretensión política, contribuyó a normalizar la vida social (ya no la política) española. Es cierto que no lo hizo solo y que, en gran medida, su impulso provenía del Rey. Pero él fue quien dio la cara y quien puso en escena el libreto. Y ello con un valor, una audacia y un arrojo descomunales: entra la amenaza de golpe militar, de revolución social, de crisis económica gravísima, de asesinatos casi semanales de ETA y del GRAPO, secuestros políticos y crímenes ocasionales pero masivos del la extrema derecha. Quizás hay dos imágenes que simbolizan en grado extremo su valor y su arrojo, esa condición metafórica de león: la legalización por sorpresa del PCE el sábado santo de 1977 y la forma en que se mantuvo en pie en el Congreso cuando Tejero ordenó disparar (y, al parecer, su enfrentamiento con él cuando, en un cuarto del Parlamento, le puso la pistola en la sien).

Pero Suárez era al mismo tiempo legión. Él tuvo la oportunidad y la decisión de encarnar el pensamiento y anhelo de muchos españoles: el de la concordia, la reconciliación y el entendimiento. Para situar correctamente los hechos históricos, hay que retrotraerse unas cuantas décadas atrás, más atrás, incluso, de la década de los treinta. La república no fue una Arcadia edénica que después vino a destruir una manada de lobos malvados, como quiere hacer ver un relato que, hecho a partes iguales de ignorancia, mercantilismo y patología sectaria, se repite en discursos políticos, en medios de comunicación y en muchos centros de enseñanza. Básicamente, desde hacía tiempo atrás, había dos grupos de españoles dispuestos a excluir o eliminar al adversario de forma definitiva, atribuyéndose cada uno a sí mismo la virtud exclusiva de «ser» y representar la nación (en su forma de «patria» o en su forma de «pueblo»). Se enmarcaba ello a su vez en un clima europeo semejante, donde fascismos, comunismos y periferia de los mismos pretendía fundar «el hombre nuevo», «el nuevo estado», «el nuevo orden». Y ahí unos y otros contribuyeron a desatar la bestia. En palabras del supongo que nada sospechoso Rafael Fernández, yerno de Belarmino Tomás y presidente del Gobierno asturiano: «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer en común fuera nítido, sin sombras». Y ese acuerdo de amnistía era el que guiaba la «Política de Reconciliación Nacional del PCE» desde 1956 y los esfuerzos de entendimiento entre tantos que habían sido enemigos mortales durante la guerra.

De modo que Suárez (tampoco el Rey) no era en esto un individuo singular, sino la encarnación particular de un deseo y una necesidad histórica buscada a lo largo de décadas y multiplicada en el momento y la ocasión de la llamada Transición. Su mérito no fue, pues, el de inventar el camino, sino el de de hacer realidad una aspiración (y repito, una necesidad colectiva); una manera de ejecutar aquella troquelación suya de «hacer normal en política lo que, a nivel de calle, es simplemente normal». Y hacerlo con decisión y valor, contra viento y marea, contra el golpismo, el crimen, la inercia y el «miedo al miedo». Como un león.

Y, a propósito de «león». Fue precisamente en su homónimo, en León, cabeza posterior del reino de Asturies, donde tuvo lugar en 1118, con el joven Alfonso IX, el primer brote de parlamentarismo o democracia parlamentaria. Y miren las vueltas y revueltas que el azar y las palabras dan provocándonos coyundas simbólicas: «Legio, ‘legión`», he ahí la etimología del topónimo leonés.

AMNISTÍA, MEMORIA Y VERDAD

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           AMNISTÍA, MEMORIA Y VERDAD

En estos momentos de excitación en que se pretende una especie de revisión histórica de la Transición, un relato fantasioso de la República y en que todo ello se envuelve parcialmente en el confuso discurso etiquetado como «memoria histórica», no estaría de más que realizásemos un ejercicio real de memoria histórica, de memoria sobre la historia.
Quizás convenga traer aquí, para empezar algunas citas. «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer en común fuera nítido, sin sombras». Son palabras de Rafael Fernández a Juan de Lillo en un libro que la editorial Ayalga publicó en 1983. (Quizás, antes de seguir, haya que recordar que Rafael Fernández era miembro de las juventudes socialistas en 1934 y que, yerno de Belarmino Tomás, fue miembro del Consejo de Gobierno de Asturias y León durante la guerra. A su regreso del exilio —para contribuir a la reconciliación, según sus palabras— fue el primer presidente de Asturias).


Pues bien, esas palabras de Rafael Fernández no contienen un pensamiento aislado, coyuntural o dicho taimadamente por razones coyunturales. Era ese un pensamiento generalizado entre una gran parte de los españoles, de los que fueron vencedores de la guerra y después constituyeron parte del poder y del entramado civil de poder durante el franquismo (muchos padres o abuelos de ilustres socialistas y comunistas de ayer y de hoy; muchos ilustres socialistas o comunistas de las primeras décadas después de la muerte de Franco) y de los que fueron derrotados, encarcelados aquí o exilados fuera. Y por eso, el acuerdo sobre la construcción del estado democrático y de las concretas normas democráticas que hoy tenemos no fue fruto de un trágala ni constituyó un mal menor, se levantó sobre ese consenso, en el que unos desmontaron desde la legalidad franquista la dictadura y los otros encontraron como idóneo construir la democracia no a través de un imprevisible proceso de inestabilidad y violencia, sino desde el consenso pacífico de la apertura de un nuevo, moderno, europeo y democrático tiempo. Ello, además, no fue un invento de los franquistas en los estertores de la dictadura, ni fue fruto de la sumisión de las otras fuerzas. No era más que la plasmación de la política de «reconciliación nacional» que el PCE había proclamado en 1956, el concreto objetivo del denostado como «contubernio de Munich», en 1962; las palabras expresadas por Negrín o Prieto en el exilio, o el «paz, piedad y perdón» del presidente Azaña y 1938.


Pero es que, por otro lado, la República, que se nos quiere presentar como un oasis donde «el lobo con la oveja hacían ayuntamiento», no fue ningún modelo de democracia, ni de tolerancia ni de acierto político. Es una rotunda falsedad, subrayémoslo, una rotunda falsedad que la mayoría de los actores de la época fuesen demócratas. En primer lugar porque, en Europa entera, una parte importante de la izquierda pensaba imponer su dictadura y eliminar (sí, físicamente también, al menos si era necesario) a sus oponentes; y lo mismo ocurría en el ámbito de la izquierda: socialismo y comunismo, fascismo y nazismo no eran dos formas de estar en la vida social pugnando con los adversarios, sino sin ellos. Cuando el citado marido de Purificación Tomás se entera de la sublevación de Franco en un mitin en Sotrondio —reconocerá más tarde— pensó «¡qué alegría: ahora vamos a por ellos!», y ese «ellos» no eran los militares sublevados, sino la república burguesa y los burgueses, los ciudadanos que no fuesen de la secta, es decir, usted y yo, nuestros trasuntos.
Y, a mayor abundamiento, no es cierto que en la actuación violenta de la izquierda (de la mayoría de ella, al menos) se actuase en defensa de la legalidad democrática, sino para imponer la dictadura (la revolución) socialista. No es necesario acudir al testimonio de Josep Pla sobre la revolución del 34 en Asturies, ni al de Chaves Nogales, que La Nueva España rememoraba el domingo 20. Basta con acudir a las palabras de Belarmino Tomás: «Si Cataluña, Valencia, Madrid, Bilbao y Zaragoza hubieran respondido como hemos respondido nosotros, en estos momentos el socialismo se habría implantado en todo el país. Nosotros hemos vivido en régimen socialista desde el día 6. Nosotros, los asturianos, hemos cumplido». Y, con respecto al 36, lean ustedes a George Orwell y su Homenaje a Cataluña para comprobar cómo una componente esencial en parte del bando republicano era la revolución, no la democracia, y cómo se las gastaban aquellos tipos —con qué exquisito respeto a la legalidad y a la verdad— para liquidar a los suyos que no eran «del todo suyos». Aunque quizás no haya que ir tan allá, para subrayar cómo al menos hasta el Bad Godesberg de 1979, en las filas del PSOE la palabra «socialdemócrata» constituía poco menos que un insulto y la democracia, motejada de «democracia burguesa», una filfa, una componenda para engañar hasta tanto no se pudiese instaurar el socialismo. En cuanto a las filas del PCE, nada más que recordar cómo destacados demócratas posteriores salen de sus filas en Asturies cuando la organización carrillista abandona el «leninismo», práctica y teoría caracterizada, como todos saben, por su acendrado respeto a legalidad, a la propiedad y a la vida.
Pues bien, en estos momentos hay en marcha un discurso mistificador y demagógico que falsea la historia o que trata de ocultarla, con el pretexto argumental, además, de escribirla o darla a conocer de verdad. En esa voluntad y proceder hay razones variadas y contradictorias: intereses de partido, rencores y frustraciones personales, la lucha por el reconocimiento, que Hobbes dictaminó como un poderoso motor de los actos humanos, la ambición de algún destacado personaje que quiere convertirse en algo así como la conciencia de los españoles, la ignorancia y el desconocimiento de la historia, la de aquellos que siguen soñando con «el fin de la historia» como cumplimiento de las profecías hegeliano-karlistas, etc.
En muchas de ellas —no solo de izquierdas, también de derechas—, late la misma idea que enseñoreó tantas conciencias de las primeras décadas del siglo pasado: la de que el adversario no es como nosotros, no tiene nuestra misma cualidad o calidad, y que, por lo tanto, su derecho a estar o gobernar es espurio y rechazable. En otras late una manifiesta  voluntad de engaño: se está haciendo creer a muchos que solo con el cambio de la Constitución o de la forma de Estado todos los problemas económicos del presente quedarán solucionados (me han parado en la calle varias personas para decirlo, se eructa ello en tertulias variadas).

Yo solo quiero recordar aquellas palabras que aquellas mujeres con su marido en paro decían en una tienda de comestibles mientras trataban que la tendera siguiera concediéndoles apuntes en la libreta: «¡Total para esto! ¡Estamos igual que antes! ¿No decían que solo con lo que comía el Rey comeríamos todos?».