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Güei, en LA NUEVA ESPAÑA

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)



No puedo creerlo

La participación de Indalecio Prieto y el PSOE en el frustrado golpe de Estado del 34

29.07.2016 | 04:01
No puedo creerlo
Hemos asistido este mes, con motivo de la exposición "Indalecio Prieto, la razón en marcha", a un relato hagiográfico del personaje. Así, Etelvino González publica en LA NUEVA ESPAÑA un artículo que lleva el título de "Indalecio Prieto, un genial político y un patriota español". El texto se constituye fundamentalmente sobre un listado de obras realizadas o programadas para Asturies por el político socialista durante su etapa de ministro de Obras Públicas, de lo que se deducen su atención para nuestro país y su capacidad gestora como responsable ministerial.
Aceptando su entusiasmo y aun su eficacia, hay que señalar que la política de obras públicas de su ministerio no hace más que continuar, en parte, lo ya puesto en marcha por Primo de Rivera y practicar lo que en aquella década constituirá la política de muchos estados (EE UU, Alemania, Italia): una intensa inversión pública, a fin de acabar con la crisis o paliar sus efectos. Más o menos valorable en sus dimensiones, pero nada nuevo, nada que no fuese consustancial a la época.
En su relato en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA el 23 de julio, el presidente de la Fundación Indalecio Prieto, Alonso Puerta, manifestó, entre otras cosas, que "Indalecio Prieto fue maltratado en Asturies" y que "Hoy en día se reconoce a Indalecio Prieto como el mejor político asturiano del siglo XX".
¡No puedo creerlo! Repaso los textos y busco otras intervenciones en torno a la exposición -la del alcalde d'Uviéu, don Wenceslao, por ejemplo- y tienen todas el mismo tono hagiográfico y la misma cualidad de mito y embaucamiento: ni una palabra sobre la participación de Indalecio Prieto y el PSOE en el frustrado golpe de Estado del 34.
El golpe de Estado de octubre del 34 (que no pretendía, por cierto, una especie de restauración democrática, sino la implantación de una dictadura proletaria) propició un ambiente de guerra civil y fue un enorme desastre para Asturies: en lo material, con enormes destrozos y pérdidas, y en lo cultural; en lo humano: 1.196 muertos, 7 desaparecidos, 2.078 heridos, más los encarcelados o exilados; en lo político fue, además, un enorme embarcazu: una revolución que se pretendió general en España dejó solos a los asturianos.
El 34 tuvo además consecuencias sociales cuyos efectos se prolongaron más allá de la guerra [...................................................................................................................................................]

AMNISTÍA, MEMORIA Y VERDAD

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           AMNISTÍA, MEMORIA Y VERDAD

En estos momentos de excitación en que se pretende una especie de revisión histórica de la Transición, un relato fantasioso de la República y en que todo ello se envuelve parcialmente en el confuso discurso etiquetado como «memoria histórica», no estaría de más que realizásemos un ejercicio real de memoria histórica, de memoria sobre la historia.
Quizás convenga traer aquí, para empezar algunas citas. «Pero, fundamentalmente, mi regreso se debió al convencimiento de que en el año 36 habíamos cometido muchos errores todos los españoles y que era necesario repararlos». «A mí la responsabilidad de lo que sucedió en el 36 siempre me mortificó». «En alguna ocasión dije que en este país nos teníamos que amnistiar unos a otros para que el futuro que habríamos de hacer en común fuera nítido, sin sombras». Son palabras de Rafael Fernández a Juan de Lillo en un libro que la editorial Ayalga publicó en 1983. (Quizás, antes de seguir, haya que recordar que Rafael Fernández era miembro de las juventudes socialistas en 1934 y que, yerno de Belarmino Tomás, fue miembro del Consejo de Gobierno de Asturias y León durante la guerra. A su regreso del exilio —para contribuir a la reconciliación, según sus palabras— fue el primer presidente de Asturias).


Pues bien, esas palabras de Rafael Fernández no contienen un pensamiento aislado, coyuntural o dicho taimadamente por razones coyunturales. Era ese un pensamiento generalizado entre una gran parte de los españoles, de los que fueron vencedores de la guerra y después constituyeron parte del poder y del entramado civil de poder durante el franquismo (muchos padres o abuelos de ilustres socialistas y comunistas de ayer y de hoy; muchos ilustres socialistas o comunistas de las primeras décadas después de la muerte de Franco) y de los que fueron derrotados, encarcelados aquí o exilados fuera. Y por eso, el acuerdo sobre la construcción del estado democrático y de las concretas normas democráticas que hoy tenemos no fue fruto de un trágala ni constituyó un mal menor, se levantó sobre ese consenso, en el que unos desmontaron desde la legalidad franquista la dictadura y los otros encontraron como idóneo construir la democracia no a través de un imprevisible proceso de inestabilidad y violencia, sino desde el consenso pacífico de la apertura de un nuevo, moderno, europeo y democrático tiempo. Ello, además, no fue un invento de los franquistas en los estertores de la dictadura, ni fue fruto de la sumisión de las otras fuerzas. No era más que la plasmación de la política de «reconciliación nacional» que el PCE había proclamado en 1956, el concreto objetivo del denostado como «contubernio de Munich», en 1962; las palabras expresadas por Negrín o Prieto en el exilio, o el «paz, piedad y perdón» del presidente Azaña y 1938.


Pero es que, por otro lado, la República, que se nos quiere presentar como un oasis donde «el lobo con la oveja hacían ayuntamiento», no fue ningún modelo de democracia, ni de tolerancia ni de acierto político. Es una rotunda falsedad, subrayémoslo, una rotunda falsedad que la mayoría de los actores de la época fuesen demócratas. En primer lugar porque, en Europa entera, una parte importante de la izquierda pensaba imponer su dictadura y eliminar (sí, físicamente también, al menos si era necesario) a sus oponentes; y lo mismo ocurría en el ámbito de la izquierda: socialismo y comunismo, fascismo y nazismo no eran dos formas de estar en la vida social pugnando con los adversarios, sino sin ellos. Cuando el citado marido de Purificación Tomás se entera de la sublevación de Franco en un mitin en Sotrondio —reconocerá más tarde— pensó «¡qué alegría: ahora vamos a por ellos!», y ese «ellos» no eran los militares sublevados, sino la república burguesa y los burgueses, los ciudadanos que no fuesen de la secta, es decir, usted y yo, nuestros trasuntos.
Y, a mayor abundamiento, no es cierto que en la actuación violenta de la izquierda (de la mayoría de ella, al menos) se actuase en defensa de la legalidad democrática, sino para imponer la dictadura (la revolución) socialista. No es necesario acudir al testimonio de Josep Pla sobre la revolución del 34 en Asturies, ni al de Chaves Nogales, que La Nueva España rememoraba el domingo 20. Basta con acudir a las palabras de Belarmino Tomás: «Si Cataluña, Valencia, Madrid, Bilbao y Zaragoza hubieran respondido como hemos respondido nosotros, en estos momentos el socialismo se habría implantado en todo el país. Nosotros hemos vivido en régimen socialista desde el día 6. Nosotros, los asturianos, hemos cumplido». Y, con respecto al 36, lean ustedes a George Orwell y su Homenaje a Cataluña para comprobar cómo una componente esencial en parte del bando republicano era la revolución, no la democracia, y cómo se las gastaban aquellos tipos —con qué exquisito respeto a la legalidad y a la verdad— para liquidar a los suyos que no eran «del todo suyos». Aunque quizás no haya que ir tan allá, para subrayar cómo al menos hasta el Bad Godesberg de 1979, en las filas del PSOE la palabra «socialdemócrata» constituía poco menos que un insulto y la democracia, motejada de «democracia burguesa», una filfa, una componenda para engañar hasta tanto no se pudiese instaurar el socialismo. En cuanto a las filas del PCE, nada más que recordar cómo destacados demócratas posteriores salen de sus filas en Asturies cuando la organización carrillista abandona el «leninismo», práctica y teoría caracterizada, como todos saben, por su acendrado respeto a legalidad, a la propiedad y a la vida.
Pues bien, en estos momentos hay en marcha un discurso mistificador y demagógico que falsea la historia o que trata de ocultarla, con el pretexto argumental, además, de escribirla o darla a conocer de verdad. En esa voluntad y proceder hay razones variadas y contradictorias: intereses de partido, rencores y frustraciones personales, la lucha por el reconocimiento, que Hobbes dictaminó como un poderoso motor de los actos humanos, la ambición de algún destacado personaje que quiere convertirse en algo así como la conciencia de los españoles, la ignorancia y el desconocimiento de la historia, la de aquellos que siguen soñando con «el fin de la historia» como cumplimiento de las profecías hegeliano-karlistas, etc.
En muchas de ellas —no solo de izquierdas, también de derechas—, late la misma idea que enseñoreó tantas conciencias de las primeras décadas del siglo pasado: la de que el adversario no es como nosotros, no tiene nuestra misma cualidad o calidad, y que, por lo tanto, su derecho a estar o gobernar es espurio y rechazable. En otras late una manifiesta  voluntad de engaño: se está haciendo creer a muchos que solo con el cambio de la Constitución o de la forma de Estado todos los problemas económicos del presente quedarán solucionados (me han parado en la calle varias personas para decirlo, se eructa ello en tertulias variadas).

Yo solo quiero recordar aquellas palabras que aquellas mujeres con su marido en paro decían en una tienda de comestibles mientras trataban que la tendera siguiera concediéndoles apuntes en la libreta: «¡Total para esto! ¡Estamos igual que antes! ¿No decían que solo con lo que comía el Rey comeríamos todos?».

Universidá d'Uviéu 1934

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Acta del Claustro ordinario del 17 de Octubre de 1934

Asistentes Srs: D. Carlos del Fresno, Vicerrector; Sr. Buylla, Decano de Ciencias; Sr. Galcerán, Decano de Derecho; Sr. Vallina, Decano de Filosofía y Letras; Sr. Sela (D. Aniceto); Sr. Espurz (D. Demetrio); Sr. Traviesas; Sr. Eguren; Sr. Frontera; Sr. Álvarez Amandi; Sr. Tejerina; Sr. Álvarez Gendín; Sr. Sela (D. Luis); Sr. Yzaguirre; Sr. Masip; Sr. Melón; Sr. Rubio; Sr. Esparza (D. Antonio); Sr. García; Sr. Estrada, Secretario General.

En la Cátedra de Química Analítica del Pabellón de la Facultad de Ciencias y bajo la presidencia del Excmo. Sr. Rector D. Leopoldo García Alas, quedó reunido el Claustro ordinario de esta Universidad a las cuatro de la tarde y con asistencia de los Srs. Catedráticos y Profesores que al margen se expresan.

El Sr. Rector dice que no puede darse lectura al acta de la sesión anterior por haber desaparecido todos los libros de Secretaría en el incendio que destruyó por completo la Universidad.

A continuación hace uso de la palabra para exponer el doloroso motivo de esta reunión, conocido de todos y que a todos ha de impresionar vivamente por el cariño profundo que sentían por nuestra gloriosa Universidad.

Añade que por vivir muy cerca del edificio tuvo el sentimiento de presenciar parte de lo ocurrido y describe cuanto pudo apreciar desde su casa. Procuró mandar recado al comité que actuaba en este barrio, pero no le fue posible. El hecho ocurrió el día mismo en que se retiraban los que se apoderaron de la Universidad. Tengo la seguridad –añade– que la destrucción no fue consecuencia de un accidente de la lucha, sino que la Universidad fue incendiada con toda intención.

En la investigación que se hizo al día siguiente de restablecerse la paz, se encontraron cierres de bidones de gasolina y otros objetos que prueban cómo el incendio fue provocado. También hubo diversas explosiones que contribuyeron a la destrucción y aniquilamiento de los arcos y paredes del claustro. Decir que protestaba con toda energía de lo ocurrido y que la desgracia le llega al alma, como a la de todos, es inútil. De eso ni siquiera debe hablarse.

El Sr. Espurz pide que cuanto antes y sin remover siquiera los escombros, se saquen fotografías que sirvan de documento probatorio. Se acuerda así y el Sr. Rector continúa diciendo que la Universidad no es la materialidad de un edificio, sino que es un espíritu, algo más elevado y el Claustro ahora reunido, representa el espíritu de la Universidad. Esto que él dice, es el mismo pensamiento del querido compañero que es hoy Subsecretario de Instrucción Pública, D. Ramón Prieto que ya ha visto la Universidad destruida y comenzó las gestiones no sólo para que se vuelva a construir el venerable edificio, sino para que se mejore. Después había que pensar en rehacer, dentro de lo posible, las valiosas Bibliotecas, tanto la General, como las de Derecho, Ciencias y Filosofía y Letras y también el moderno y completo material científico.

Al lado de éstos, hay otros problemas importantísimos; como son el problema administrativo, el de rehacer en lo posible los archivos y el reanudar, donde y como se pueda, las enseñanzas. En cuanto a esto último por indicación del Sr. Prieto se han hecho gestiones cerca de ciertas personas, que por el momento no han dado resultado. Visitó al Sr. Rector al director de la Escuela Normal que no fue destruida y le participó, que por haber ahora pocos alumnos tiene cátedras suficientes, que con una pequeña reforma, quedan en condiciones para la enseñanza universitaria. También existe el Conservatorio de Música, la Sociedad Económica de Amigos del País y otros Centros a los que se puede recurrir en caso necesario, así como solicitar del Estado temporalmente el edificio en construcción para Gobierno Civil.

Para encargarse de estos detalles de buscar local, se acuerda nombrar una comisión formada por los Srs. Rector, Vicerrector, Decanos de las Facultades y Secretarios que con la mayor rapidez comenzarán las gestiones y darán cuenta al Claustro de los resultados que obtengan.

El Dr. Yzaguirre dice que es preciso distinguir en esto diferentes aspectos. Ante todo hay que condenar enérgicamente los hechos y luego atender a la reorganización de la enseñanza y de la vida administrativa. Advierte el Sr. Rector que respecto a lo último envió un telegrama al Sr. Ministro dándole cuenta oficial de la destrucción de la Universidad y en él pedía instrucciones para la reorganización de la vida administrativa de lo que hay precedentes en la destrucción de los registros Civiles de la propiedad y otros en las luchas políticas; es este asunto que sólo puede resolver la superioridad.

En cuanto a la Universidad debe tenerse en cuenta que los hechos aquí ocurridos han producido en el pueblo honda indignación y el mismo pueblo se encargará de reafirmarla y sostenerla.

El Sr. Gendín cree que entre los escombros puedan aparecer objetos y libros de mucho interés. Convendría hacer con cuidado los trabajos de recoger materiales. Contesta el Sr. Rector que por de pronto se tomarían las medidas para que no entre nadie en el recinto y hasta convendría que algún portero se alojara en el pabellón de Ciencias esta temporada.

Por lo visto hay peligro de que se produzca alguna explosión. El descombrar se hará bajo la dirección de peritos y siempre a presencia de alguna persona de la Universidad.

Se acuerda nombrar una Comisión encargada de vigilar los trabajos de desescombro formada por los Srs. Vicerrector, Vallina, Eguren, Gendín y Secretario.

Por de pronto se harán las fotografías que sirvan de documento para la historia de la Universidad y para que en el Ministerio se den cuenta de la magnitud del desastre.

El Sr. Espurz espera que pueda encontrarse gran parte de la colección de minerales y otras cosas valiosas no fusibles pero de esto no conviene hablar para evitar unas posibles rapiñas. También se acuerda que la Secretaría General comience a actuar cuanto antes en el Pabellón de Ciencias.

El Sr. Yzaguirre pide la palabra para decir que teniendo en cuenta la poca atención que el Ayuntamiento ha tenido para la Universidad, propone que se acuerde solicitar se dé el nombre de D. Fernando Valdés Salas a una calle importante de Oviedo y añade el Sr. Galcerán que indicando además que fue el fundador de la Universidad.

Así se acuerda por unanimidad.

El Sr. Administrador pide la palabra para hacer presente que tenía ya preparadas las cuentas del curso de 1932-1933 para enviarlas inmediatamente al Ministerio y también tenía hechos los asientos de las cuentas 1933-34 desde 1º de octubre de 1933 hasta el mes de abril de 1934.

Todos estos documentos se hallaban en el armario de la administración. El jueves día 4 había quedado en la Universidad para hacer los pagos de la semana y dejó en un sobre el dinero correspondiente a las facturas de la Cátedra del Sr. Melón y otros gastos que en total podían ascender a 4.000 pts. Salvó parte de la documentación que oportunamente guardaba en su domicilio, pero sólo consiste en algunas facturas y el libro donde anotaba los pagos semanales desde fines de abril a septiembre de 1934. Además recogió dinero de la Universidad con otro suyo que tiene en su despacho particular y también salvó el libro de cheques de la c/c del Banco de España. El Sr. Rector dice que el Claustro ha oído complacido la relación del Sr. Frontera al que agradece lo hecho y dice que también otros funcionarios son acreedores del agradecimiento de la Universidad, como el Sr. Maside y el Conserje de la misma Claudio Suárez. Pide que conste en acta la satisfacción por estos hechos y que así se haga público.

El Sr. Rubio propone que se indemnice a los que salieron perjudicados y el Sr. Galcerán cree que de esto debe tratarse en Junta de Gobierno y así se acuerda.

El Sr. Masip también pide que el Claustro acuerde protestar de la destrucción del Instituto por explosión intencionada. Por unanimidad se acuerda protestar en la forma propuesta por el Sr. Masip.

Se acuerda enviar a la Superioridad el siguiente telegrama: Rector Universidad a Ministro de Instrucción Pública. «Claustro Universidad reunido hoy por primera vez después luctuosos sucesos acordó por unanimidad condenar con indignación vandálico hecho destrucción edificio, Bibliotecas, Laboratorios Universidad cuyo espíritu seguirá viviendo con mayor vigor no sólo en la conciencia del profesorado sino en la de todo pueblo culto de Asturias. La misma condenación expresa respecto a la destrucción del Instituto Nacional de 2ª enseñanza. También acordó organizar en el más breve plazo posible las respectivas enseñanzas en los locales que puedan utilizarse e improvisarse e interesar de ese Ministerio las normas necesarias para la administración de la vida universitaria».

Finalmente se acuerda conceder un voto de confianza al Sr. Rector para resolver todos los incidentes que puedan presentarse y dar cuenta al Comandante Militar de la plaza de todos los acuerdos y solicitar su apoyo para cuanto se relacione con la reanudación de la enseñanza.

Y no habiendo más asuntos que tratar se levanta la sesión, extendiéndose la presente con el Vº Bº del Excmo Sr. Rector de la que yo como Secretario General certifico.

Guillermo Estrada

Vº Bº
El Rector
Leopoldo García Alas

Octubre-34: En términos estrictamente militares

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Los sucesos del 34 en Asturies constituyen una operación militar cuya finalidad es la conquista del poder. Juzgándola estrictamente en esos términos, la acción constituyó un rotundo fracaso, parangonable, por tanto, a otras operaciones militares —Gallípoli, el barranco de El Lobo, Annual— en que la inepcia de los mandos llevó al degolladero a las tropas. Desde ese punto de vista cabe hacerse, pues, algunas preguntas.

Por ejemplo, la de cómo fue posible que el estado mayor (la Ejecutiva del PSOE) calculase tan mal las fuerzas propias y el estado de la opinión pública en el conjunto de España. O, si la acción se programó contando sólo con Asturies, ¿cómo pudo proyectarse un plan tan disparatado e inconsistente? En esos mismos términos, ¿se evaluó el coste en vidas humanas, dolor y destrucción material —aun esperando el éxito— que ello conllevaría para Asturies y los asturianos o, aun habiéndose evaluado, se despreció o se consideró un coste aceptable? ¿Cómo fue posible que, visto el fracaso inicial del plan, el estado mayor no reaccionase para lograr una rápida retirada o no tuviese capacidad para ello? .

Desde el punto de vista de los dirigentes asturianos, ¿de qué manera entender que se dejasen embarcar en un peligro tan grande con tan pocas posibilidades de éxito? ¿Pidieron garantías a la Ejecutiva del PSOE? ¿Comprobaron las disposiciones de armas, fuerzas y estrategia o se limitaron a aceptar las órdenes que les daban desde Madrid? Y en cuanto a sus responsabilidades para con su tropa y su país, ¿evaluaron los sacrificios y el dolor humano?, ¿estimaron la destrucción económica que su acción armada acarrearía? En otras palabras, ¿pensaron alguna vez en términos de sus propios hombres, de sus coterráneos y de su tierra?, ¿o se limitaron a soñar en términos de la utopía universal o de la revolución española?.

Con respecto a las consecuencias de la acción militar fracasada por tan disparatada dirección, no deja de sorprender que hayan sido precisamente los responsables, el PSOE, quienes fuesen los beneficiados posteriores del desastre, tanto en las elecciones del 36 como en el futuro.

Finalmente, pasma que, 75 años después, sea un dechado para muchos asturianos —e incluso, que se pretenda proyectar su ejemplo para las generaciones futuras— lo que, desde el punto de vista militar, no fue sino un Annual provocado por ineptos y, desde el punto de vista político, un embarcazu.

Conferencia güei sobre`l 34

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Güei, a les 19,30, invitáu pola Cátedra Xovellanos, doi una conferencia sobre ochobre del 34, col títulu de "La foguera y les áscuares".

La hora, como queda dicho, va ser la de les 19,30, na sede de la Cátedra Xovellanos, que queda na cai Francisco Tomás y Valiente, nº 1, que ye la antigua Escuela de Comerciu, en Xixón.

Ochobre-34, octubre 34

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Un amable llector pídeme que diga daqué sobre los acontecimientos golpistes d`ochobre del 34, que tantu dañu ficieren a Asturies y siguen faciéndo-y. El prósimu día 21 voi dar una conferencia al respective nel Atenéu Xovellanos de Xixón. Ñostante, lo principal del mio pensamientu al respective manifestélo yá -la conferencia va incorporar coses nueves, naturalmente- nun artículu que, va poco, asoleyé na Nueva España. Repito equí esi artículu:



EL CUÉLEBRE AMATAGÁU

En declaraciones a La Nueva España del 16/03/09, don Francisco Javier Valledor estima que debería irse a la creación de un nuevo partido que constituyese algo así como una refundación de la izquierda. Nada que decir sobre ello. Ahora bien, uno no puede evitar un surtíu, un sobresalto, al oír la ocasión que don Francisco Javier señala como la idónea para plasmar el alumbramiento «el momento simbólico del 75 aniversario de la revolución de octubre, que se celebra este año».

Y es que escoger esa fecha como anclaje simbólico, emocional e identitario es lo mismo (mutatis mutandis, pero no tan mutatis mutandis) que elegir como data inaugural de un proyecto la de la coventrización de Guernica o la del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Porque ¿qué es la revolución de octubre de 1934, sino un golpe de estado (en la más benigna de las consideraciones) o (en la más verosímil) la voluntad de establecer un estado totalitario de signo socialista/comunista? Y si bien aquellos acontecimientos se pueden «entender» o «explicar» en el contexto de una Europa donde una parte importante de la población —de lado y lado— estaba dispuesta a aniquilar a la otra parte y a suprimir cualquier forma de democracia para hacer advenir el «mundo nuevo», el «orden nuevo» o el «hombre nuevo», identificarse y proyectarse hoy, emocionalmente e ideológicamente, sobre aquel estado de cosas, equivale a darlo por bueno como proyecto actual, al menos en sus valores, ya que no (queremos creer, si somos piadosos) en sus métodos.

La revolución de octubre, además, no sólo fue inaceptable en sus fines, sino que significó para los asturianos y Asturies un nivel de destrucción material y de crímenes altísimo, aspectos ambos que afectaron no sólo a aquellos que eran el objeto inicial de la sublevación (la «clase burguesa» y las «fuerzas de la represión»), sino, con posterioridad, y de manera no parca, a los propios golpistas que llevaron a cabo la intentona. Tuvo, seguramente, por otro lado, un efecto negativo colateral difícil de evaluar, cuyos efectos repercuten posiblemente aún hasta hoy: la destrucción del tejido cívico asturiano; la pérdida de empuje de su estructura emprendedora, tan pujante desde los primeros años del siglo; la retracción de los capitales, que prefirieron la seguridad de los depósitos bancarios al riesgo de la inversión y la visibilidad social del «capitalista». Que todo ello constituya un motivo de celebración y sea un dechado, siquiera emocional, para hoy, resulta entre extraño y repugnante.

Una gran parte de la izquierda asturiana sigue teniendo esa actitud hacia el golpe de estado del 34 (que lo sigan llamando «revolución», y que para ellos continúe constituyendo un término cargado de connotaciones épicas y positivas lo dice todo al respecto). Además, esa emocionalidad y esa conceptuación no afectan únicamente a la gente más radicalmente de izquierda o perteneciente a grupos de poco éxito en las urnas, anida también en los ánimos de muchísimos militantes del partido mayoritario. Es verdad que, contrariamente a lo que ocurría hasta mediados de los años 90 del siglo inmediatamente pasado, el PSOE ya no hace en las catedrales la solemne conmemoración de la revolución de octubre (aunque ya veremos qué ocurre este año con motivo del septuagésimo quinto aniversario), pero sigue realizando el culto en las iglesias parroquiales de las agrupaciones y enciende una lamparilla o vela en las capillas procesionales o de ánimas de un número innumerable de militantes.

Por decirlo con un símil evolutivo, en gran parte de la izquierda asturiana —y también de la española— debajo del neocórtex del respeto a la democracia participativa, a la pluralidad y legitimidad de opciones que ella representa y a su manifestación en las urnas (calificado todo ello hasta hace poco con la troquelación despectiva de «democracia burguesa»), late, como un cuélebre amatagáu, el arqueocerebro emocional e ideológico de su pasado. Es esa convivencia —quizás más esquizofrénica que dialéctica— la que explica las empatías y «comprensiones» de muchas de las gentes de izquierdas hacia las dictaduras que se califican a sí mismas de “izquierdistas”, “socialistas”, “comunistas” o “populares”. La última y más conspicua demostración de ese ser y proceder ha venido de don Gaspar Llamazares: «Cuba no es una dictadura, es otra cosa, es una revolución» —ha proclamado.

Uno cree que, en la evolución de la especie en los países occidentales —sigamos con los símiles—, el neocórtex ha venido a establecer su predominio pragmático sobre el arqueocerebro y que la posibilidad de una rebelión del cuélebre amatagáu no entraña mayor riesgo social para el futuro del que existe en que nos caiga encima un meteorito de efectos devastadores. Pero uno tiene el convencimiento, sin embargo, de que los usos, maneras y discursos que del cuélebre emanan, las actitudes que los tales conllevan y condicionan, los artefactos sociales que impulsan no constituyen una variable menor de los problemas que, desde hace decadísimas, afectan a nuestra vida colectiva y son cuota no exigua de nuestra incapacidad para despegar económicamente e integrarnos en el mundo; no son parte menor, en definitiva, de los efectos terminales de esa nuestra herrumbrosa y escasamente compleja estructura productiva: nuestro nivel de paro y la expulsión de tantos miles de jóvenes fuera de nuestras fronteras.