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Por encima de las leyes

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(Ayer, en La Nueva España) L’APRECEDERU POR ENCIMA DE LAS LEYES Con admiración de oírte… Julio, 5, LA NUEVA ESPAÑA. El barcelonés Antoni Poveda, Presidente de la Red de Ciudades por la bicicleta que viene a Xixón a presentar el Plan de Movilidad Sostenible de la ciudad, habla sobre la reapertura al tráfico de coches en el muro (sobre el cadáver del Cascayu) y pontifica: "Cuesta entender que un juez baje a delimitar a qué se dedica un carril en el Muro". Y remacha: "No puede ser que toda la sociedad esté preocupada por el cambio climático y un magistrado no lo tenga en cuenta al dictar sentencia". Y uno queda ya no como Rosaura ante Segismundo en La vida es sueño, sino como Teodoro Cuesta ante Diego Terrero, “pensatible, plasmáu y silenciosu, como’l pitu a la vista del raposu”. Porque lo que uno no puede entender es cómo se pide a un juez que prevarique, esto es, que no sentencie en contra de la actuación del Ayuntamiento al saltarse éste la legalidad de sus normas urbanísticas con la supresión de una vía de circulación para sustituirla por un tramo peatonal-ciclista de escaso éxito y la cursilada del “chill out” Tampoco entiende por qué el bicicletólatro no se pregunta por el origen del problema: ¿Cómo puede un ayuntamiento saltarse su propia legalidad? Pero lo que uno no puede evitar es un ataque de risa por el fondo del argumento: la contaminación y el cambio climático. ¿Así que el cascayu contribuía a limitar el cambio climático? Como si, para empezar, los coches no circulasen igual, pero por otra vía, y contaminando más por los aprietos de circulación. Como si España no representase únicamente el 0,8 % de las emisiones mundiales de efecto invernadero y Europa solo el 12%. Cuando las ideas se convierten en una religión acaban mudando en un totalitarismo que es capaz de sentirse por encima de las leyes en nombre de su bandera.

Una ciudad para los ociosos

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(Ayer, en La Nueva España) UNA CIUDAD PARA LOS OCIOSOS Desde hace años vengo siguiendo las diversas propuestas y actuaciones que sobre el Muro y Rufo García Rendueles se vienen realizando, fundamentalmente por la mayoría gubernamental, pero también por grupos variados de técnicos o comisiones ad hoc. No diré nada acerca de todo ese cacaramiáu, pero no puedo evitar pronunciarme sobre el último plan lanzado sobre la opinión pública para ese tramo de la costa. La base ideológica del plan la constituyen dos elementos: el primero, la continuación de la campaña permanente contra el coche de este y otros ayuntamientos, y, así, queda por saber, en el proyecto presentado, si se va a contar con un carril de circulación o dos, del mismo modo que tampoco se estudian las repercusiones de una u otra decisión sobre el tráfico de la ciudad en las zonas adyacentes. La segunda, es que la ciudad no está concebida desde la visión del trabajo ni el empleo, sino desde la perspectiva de una mayoría ociosa, ya por jubilada, ya por parada, ya por otras razones. “Del mono al chándal”, decía yo en estas páginas hace unos años. Hoy podríamos definir la situación como “la invisibilidad del trabajo” o su complementario: “una ciudad para los ociosos” Pero lo que ha llamado poderosamente mi atención han sido dos de las propuestas, la ampliación de la acera de la derecha en dirección al Piles, y la eliminación de los aparcamientos. Desde el punto de vista de la circulación peatonal esa ampliación no tiene sentido alguno: esa zona la utilizan únicamente quienes viven en esos edificios o necesitan desplazarse a alguno de los locales de esa orilla. Los paseantes, quienes usan el Muro por mero recreo, discurren por las zonas más cercanas a la playa. La utilidad, pues, de ese ensanche no es otro, como se dice y aplaude por algunos, que la ampliación de las terrazas de hostelería, lo que, sobre restar espacios para otros usos, entorpece el tránsito peonil. Uno se pregunta, además, cuál es la concepción que del trabajo y la riqueza tiene la mayoría gubernamental si el crecimiento del empleo lo basa en la hostelería, al margen de que, fuera del verano, la ocupación de esas terrazas sería más bien escasa. Pero el elemento central de mi crítica es el de la supresión de aparcamientos. ¿Cómo creen los cerebros ayuntamientiles que se van a proveer, por ejemplo, los mismos establecimientos hosteleros que quieren crear o reforzar? ¿Deberán recorrer calles y calles los repartidores para llevar su mercancía? ¿Y quienes hayan de transportar materiales de construcción para obras y arreglos? ¿Qué pasa con fontaneros, electricistas u otros operarios dedicados a las reparaciones? ¿Los cada vez más abundantes repartidores de paquetería? Las mismas ambulancias, con un solo carril, ¿qué atasco no formarán? ¿Desde dónde deberán desplazarse unos y otros para sus servicios? ¿Cuántos metros deberán acarrear sus cargas o enseres? ¿Qué tiempo no perderán y cuánto se encarecerá su trabajo, o disminuirá su salario? Desde hace mucho tiempo una gran parte de la izquierda no se preocupa en la práctica por los trabajadores, al menos no por aquellos que no forman parte de una gran empresa y tienen trabajo fijo. No es el proletariado el eje de sus preocupaciones y obsesiones, sino sus nuevas idolatrías, que van desde el entusiasmo por los lobos al achatarramiento acelerado y sin alternativas de las centrales térmicas, solo por mantener en alto una bandera, sin preocuparles sus consecuencias sobre la realidad, ni en lo relativo a la suficiencia energética, como señalaba este domingo Pedro de Silva en su billete dominical, ni en lo relativo al empleo, como yo subrayo. Y, por cierto, alejar los coches del centro no favorece al comercio, lo aleja hacia las grandes superficies o a la compra por interné. No, a una gran parte de la izquierda no le importan los trabajadores ni el efecto que sobre ellos puedan tener sus ideas o sus manías. “Fiat iustitia et pereat mundus”, dirán, “háganse mis ensueños (lo que ellos tienen por justo) y argaye el mundo”. Y, con respecto a sus víctimas, evacuarán tal vez aquello de Espronceda: “Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”.