Acaben de da-y el premiu Príncipe d'Asturies de les lletres a Antonio Muñoz Molina. Bien, ye un magníficu narrador que tresmite una visión del mundu de valores sólidos y tradicionales.
Estupendo, porque, además, vien a demostranos, por si nun fuera poco colos anuales gaiteiros y sidriñas, que tolos años se dicen nos medios estatales cuando nos quieren afalagar, Muños Molina acaba de demostranos, una vegada más, que nun somos nada, que nun esistimos (hai formes más groseres de decilo).
Amiren pa esti testu de Todo lo que era sólido:
El orgullo de lo autóctono nos parecía una señal infalible de estupidez, algo tan ajeno a nosotros y tan digno de burla como la retórica caduca de los juegos florales, o como aquellas pegatinas palurdas que se había puesto de moda llevar en la ventanilla trasera del coche: Zoi andalú, cazi ná. No me toques el pito que me irrito. De Madrí al cielo. Viva a Santiña, Covadonga, cuna de España.
Pues eso, que caún ye (nesti casu nosotros) lo que quier ser, nesti casu, nada.
Norabona a Antonio Muñoz Molina y al xuráu del premiu, al primeru pol galardón, a dambos por tenemos vuelto a demostrar la nada que somos, esto ye, la nada que tamos empeñaos en ser.


Mijail Gorvachov el primero, porque cuando en 1989 empieza el resquebrajamiento del telón de acero y los alemanes orientales, ente otros prisioneros del comunismo, empiezan a pasar al mundo libre a través de la frontera austro-húngara, el dirigente ruso no dio orden de cerrarla, como le solicitaban, del mesmo modo que, poco después, se negó a activar el Pacto de Varsovia -como se le pedía desde tantos estados del este de Europa- para reprimir la apertura politica en esos países, apertura a la que pronto siguiò la libertad.
Y Helmut Khol porque, frente a la desconfianza y la oposición de dirigentes como Margaret Thatcher y François Miterrand,que solicitaron a Gorvachov que no permitiera la unificación de Alemania y que se opusieron a ella, creyó en una Alemania unida y unificada, y peleó por ello hasta que lo conseiguió. Igualmente, después, hubo de enfrentarse en su propio país a los socialistas del SPD, que no querían la unificación política y económica entre las dos alemanias, y que preferían mantener dos sistemas separados. 

