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Dos medios siglos

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DOS MEDIOS SIGLOS En 2024 se celebraban institucionalmente los cincuenta años del nacimiento de Conceyu Bable. Este año de 2026 un conjunto de particulares y alguna asociación han puesto en marcha actos para conmemorar la manifestación de junio de 1976 que encabezaba una pancarta con las consignas de “Bable a la escuela” y “Autonomía rexonal”. Conviene subrayar que la organización de la manifestación y su impulso fueron iniciativa de Conceyu Bable. Las consignas también lo eran. Adelantémonos un poco. Cuando en 1980 se pone en marcha la creación-redacción de un estatuto de autonomía, a ninguna de las dos comisiones redactoras iniciales, ni la de “los ocho”, ni la de “los veinticuatro”, formadas por profesionales e intelectuales de todos los ámbitos, se le ocurre proponer como nombre de la región el de Asturias, eliminado en 1833 para ser sustituido por el de “provincia de Oviedo”. Así, pues, como “Oviedo” venía siendo el texto que llega el 18 de enero de 1980 a la asamblea salida de las elecciones de diputados a Cortes y a la Diputación Provincial. Es solo una enmienda particular mía, a la que de inmediato se suman todos los grupos parlamentarios, incluido el PSOE, del que yo era miembro, la que restaura nuestro nombre milenario. No traigo el dato por presumir (¿y por qué no?), sino para subrayar cuál era la escasa o nula conciencia asturianista/autonomista que ocupaba entonces la inteligencia asturiana y sus partidos políticos. Porque, por cierto, ningún partido -tal vez alguno muy minoritario- tenía entre sus propósitos para España la existencia de autonomías -salvo la de vascos y catalanes y, acaso, gallegos-. Aún recuerdo un mitin de Santiago Carrillo, en 1977, en la plaza de toros de Xixón, abominando de la idea y riéndose que quienes lo proponíamos. No pretendo aquí atribuir la existencia de la autonomía asturiana a Conceyu Bable, ni mucho menos. Fue la evolución posterior de la sociedad y la política española y, especialmente, el tirón reivindicativo andaluz, lo que acabó por establecer estatutos de autonomía generalizados (el “café para todos”, de Manuel Clavero Arévalo). Sin esas circunstancias, es posible que hoy no disfrutásemos de autonomía. Lo que sí es evidente es que Conceyu Bable recogió una idea de igualdad política con Cataluña y Euzkadi que entonces alentaba entre una parte de los jóvenes de Asturies y de la diáspora, y la puso en el primer plano de las materias considerables en política, junto con la del asturianismo o asturianidad, no solo sidreros, sino, sobre todo identitarios y políticos. (El de la bandera, por cierto, fue otro de los impulsos de la asociación). El segundo de los lemas, “Bable a la escuela”, requiere un breve excurso histórico. Como saben las personas mínimamente instruidas, hay literatura y escritura en asturiano desde el siglo XVII. En el XVIII, XIX y XX se intentan poner en marcha estudios y academias de nuestra lengua; alguna lo hace, con poca duración, en la primera década del XX. En vísperas de 1974, la fecha de constitución de Conceyu Bable, la situación del asturiano es esta: una lengua hablada generalmente, más o menos amestada con el castellano a veces; el desprestigio casi universal del asturiano para usos sociales “prestigiosos”: conferencias, por ejemplo, para la enseñanza, para la escritura culta, para la Administración, es decir, su consideración como lengua de categoría inferior no apta para la vida social formal ni para la “cultura”. Pocos años antes, un grupo de personas de cierto predicamento había puesto en marcha, a través de la asociación Amigos del Bable, una serie de iniciativas tendentes a rescatar canciones y poesías. La idea de convertir el asturiano en una lengua viva y culta, usada en cualquier contexto, estaba lejos de sus intenciones. Exagerando, diríamos que querían dar un “entierro digno” a nuestra lengua. Pues bien, lo que los rapazos de Conceyu Bable y todos cuantos otros se suman a ese impulso inicial en el resto de España entienden que nuestra lengua no es un modo de hablar de segunda categoría o limitado, sino una lengua igual que las otras, merecedora, por tanto, de idéntico trato que las demás, en la escritura (“escribir, escribir y escribir”, proclamaba la primera entrevista con los tres fundadores en la revista Asturias Semanal), en los medios de comunicación, en la vida social formal y en la enseñanza (“bable a la escuela”); de la misma dignidad y capacidades que las demás, diría yo. (Por cierto, que sepa, fui el primero en utilizar el asturiano en la Universidad, en unos cursos de verano que impartía, en concreto, en aquel momento, el profesor Emilio Alarcos Llorach. La reacción fue de sorpresa y de algunas risas contenidas, por la novedad. Escribir y hablar en cualquier contexto, esa era la receta).
Acaso sería conveniente analizar los resultados históricos y actuales de aquel impulso de hace medio siglo. Los éxitos y las carencias. Las amenazas, las reacciones sociales, los discursos de odio y hostilidad. Acaso, en otra ocasión.

Entamos del entamu l'autonomía (1979) y Conceyu Bable

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Esto ye lo que pidía Conceyu Bable al entamar configurase l'autonomía:

Sin duda, mejor con autonomía

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(En La Nueva España del 30/12/2021, nun estraordinariu dedicáu al cuadraxésimu aniversariu del Estatutu. SIN DUDA. MEJOR CON AUTONOMÍA Últimamente ha decaído en las encuestas el fervor por la autonomía, pero aún así siguen siendo mayoría los asturianos que apuestan por ella, frente a los partidarios de una vuelta a un sistema competencial centralizado. A estos últimos los mueven, en general, dos tipos de razones, una que consiste en un complejo emocional donde se junta la añoranza de supuestos mejores tiempos pasados con premisas ideológicas; otra, la de una hipotética mayor eficacia del centralismo, unida a un supuesto menor coste. Quizás, antes de adentrarnos en debates tan abstractos, deberíamos tocar tierra con ejemplos concretos, videlicet, ¿existirian los hospitales de Xarrio (1989) y Les Arriondes (1987) de no existir la autonomía asturiana? Pues seguramente no, especialmente este último, fruto de la presión social y política de la zona. Ambos hospitales, con sus carencias, que se suplementan con los servicios del HUCA, prestan, sin embargo, un valioso servicio en sus respectivas zonas, tanto a los enfermos, ingresados o no, como a sus familiares. He ahí, uno de los frutos de la autonomía. Alejémonos ahora del examen a ras de tierra. Pensemos en el conocimiento de los problemas reales de la población, en toda la extensión de nuestro territorio, de norte a sur, de este a oeste. ¿Sería más fácil su conocimiento para una Administración cuyo centro estuviese en Madrid y que aquí contase solo, como antaño, con delegados territoriales? La respuesta es obvia, tan patente como lo son sus limitaciones en el pasado. Démosle la vuelta: ¿podrían los ciudadanos trasladar con más facilidad sus exigencias o necesidades a un poder radicado en la capital del Reino a través de delegados de ese poder? Es difícil dar más que una contestación negativa a esa pregunta. Aún más: ¿presionarían sobre el poder central con más insistencia y fuerza unos subordinados cuya carrera depende fundamentalmente del agrado que causen a sus superiores de lo que lo pueden hacer, aun con todas las limitaciones que ustedes quieran, quienes dependen en parte de los ciudadanos que los votan? Es sabido que en Madrid se postergan, a veces por décadas, las soluciones de los problemas de Asturies y se favorecen las inversiones en las comunidades más poderosas políticamente (AVE, cercanías, soterramientos de trenes, estaciones de los mismos, carreteras, obra pública en general), es cierto que, en parte, por la sumisión a Madrid de nuestros diputados cuando son los suyos los que allí mandan, ¿pero se imaginan lo que ocurriría si ni siquiera dispusiésemos de la presencia y capacidad de exigencia que supone el poder autonómico, por limitado que sea? En algunos aspectos, es indudable que la existencia de la autonomía ha supuesto un elemento decisivo para defender e impulsar nuestra cultura: museos, monumentos, conocimiento en la escuela de nuestras tradiciones. Y, sobremanera, ¿sin la autonomía qué podríamos haber hecho a favor de nuestra lengua, aun con el incumplimiento del artículo tercero de la Constitución y la deficiente ejecución de la Ley de Uso? Es más, dentro de sus limitaciones y ramplonería, ¿cuánto no contribuye nuestra televisión al conocimiento de Asturies y de los asturianos entre sí y al refuerzo de la identidad colectiva? No ocultaré que una de las razones contrarias a la autonomía es el de los costes de la Xunta y del Gobiernu, así como la de la poca utilidad visible de los parlamentarios, argumentos que se refuerzan en estos tiempos (como en casi todos) con el desprestigio de la política. A ello puede oponérsele razonablemente lo que vendría ser el “lucro cesante” de su inexistencia, al no poder ser receptores ni transmisores de los problemas y exigencias de los ciudadanos, y el de no ejercer, en caso de no existir, el control y censura del Gobierno y la Administración, operativos en todo caso, ya sitos en el Gobierno central, ya en las delegaciones territoriales. La voluntad autonomista, que lo es de cercanía al ciudadano y de mejor gestión de las cosas, no debe, sin embargo, llevarnos a reclamar competencias indebidamente valoradas, como ha afirmado correctamente el Vicepresidente Cofiño a propósito de la de los ríos (“No aceptaremos esa competencia a cualquier precio”). No olvidamos que en el traspaso de Educación se nos “espetaron” 12.000 millones de pesetas de pufo y nada menos que La Laboral y su gestión, sin una sola perrona para su atención. Tampoco deberíamos, por una vocación autonómica idealista o por mera imitación, reclamar competencias que nos serán de muy difícil gestión por nuestro tamaño y la debilidad social de control y transparencia que conlleva dicho tamaño, como la de prisiones o la de la creación de una policía autonómica. Lo que sí parece absolutamente necesario modificar en la reforma estatutaria es nuestro sometimiento a la convocatoria general de elecciones de las “autonomías del 145” en caso de convocatoria anticipada de elecciones durante el cuatrienio posterior a una elección dentro del calendario general. Ese sometimiento al interés general de los partidos de ámbito estatal no solo es una negación de la autonomía, sino que supone un despilfarro económico injustificable, no únicamente por los gastos electorales, sino por la paralización administrativa y de ejecución de proyectos. Bajemos a tierra otra vez. Concluyamos con una manifestación patente de la utilidad de la autonomía: la magnífica gestión que de la vacunación ha hecho durante la pandemia nuestro Gobiernu, es decir, nuestra autonomía.