Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Sobre'l presuntu Estatutu
(Ayer, en La Nueva España)
SOBRE’L PRESUNTU ESTATUTU
Hace pocos días aparecía en este periódico (https://www.lne.es/asturias/2026/08/05/hallan-plan-estatuto-autonomia-asturias-133102689.html) la noticia de que un grupo de investigadores, La Trókola, que hurga en los papeles del Archivo Militar de Ávila incautados al Gobierno Asturiano (Consejo Soberano de Asturias y León) tras la guerra, había encontrado 12 folios encabezados con el título de Estatuto de Autonomía del Consejo de Asturias y León, cuyo contenido eran los artículos y disposiciones de un estatuto de autonomía perfectamente conformado en todos sus términos.
El hallazgo ha suscitado reacciones variadas, algunas escépticas o guiadas por la prudencia; la mayoría, reacciones en las que se proyectan los discursos o puntos de vista políticos de quienes se pronuncian. De unas cuantas se podría decir aquello que es fama que Mark Twain manifestó a propósito de las noticias de su muerte, “Me parecen francamente exageradas”.
De entre estas últimas destacan las que dan por hecho que el texto abulense es un estatuto de autonomía de verdad, es decir, que fue efectivamente redactado por el Consejo, y que, por tanto, a no ser por las vicisitudes posteriores, habría sido un estatuto de la II República equiparable a los de Euskadi, Cataluña y Galicia. Las más entusiastas sostienen -mediante una pirueta argumental- que esa virtualidad in pectore equivale a la existencia de un estatuto de hecho, y que la historia posterior, la configuración del Estado de 1978, ocultó a sabiendas esa existencia, privándonos así del derecho a ser una autonomía de las del 151. Naturalmente, a partir de esa tesis pueden hacerse otras inferencias sobre nuestros “derechos” hoy.
Convendría, sin embargo, efectuar algunas precisiones. En primer lugar, la de los derechos históricos de catalanes, vascos y gallegos en la redacción de nuestra Constitución. Digamos que hubo fuertes discrepancias en torno al modelo de Estado y que, frente a los defensores del estado unitario, terminaron por imponerse los partidarios del Estado compuesto por “nacionalidades y regiones”. A esa decisión inclinó fuertemente el predominio en Cataluña y Euskadi de fuerzas con mucho peso que exigían la autonomía y a las que había que integrar en el nuevo marco democrático. Esa fuerza y la necesidad de conseguir un voto favorable en el referéndum sobre la Constitución en esos territorios constituyeron el argumento decisivo para abrir la estructura del Estado a las autonomías y, con el sostén argumental de los viejos estatutos, introducir posteriormente el derecho de vascos y catalanes basado en ellos y, naturalmente, a rebufo, el de Galicia. Después, tras una intensa reivindicación, también Andalucía se sumó a la vía del 151. Las demás comunidades, las del “café para todos”, fueron acogidas en la llamada “vía lenta” del artículo 143, que se preveía muy limitado, tan limitado que, por ejemplo, en 1985 los señores Guerra y Quadra vinieron a Asturies a firmar algunas transferencias y a afirmar que, con aquello, la autonomía asturiana quedaba cerrada, como las otras, “para siempre jamás”. Se trató, pues, la obtención de un tipo u otro de autonomía, la conseguida, la del 151, o la otorgada, la del 143, fundamentalmente, de una cuestión de fuerzas, no de “derechos” históricos.
Pero convendría, acaso, echar un vistazo al panorama asturiano durante los años de la II República, el tiempo en que se gestan los estatutos “históricos”. En general, no hay aquí demasiado entusiasmo por dotarnos de un estatuto de autonomía. Hay, sí, algunas voces aisladas, curiosamente, entre otras, dos escritores de esa lengua inventada en 1974 que es el asturiano, Pachín de Melás y Fabricio; un ciudadano “ocioso” (creo que es así como lo califica, al respecto, don Bernardo Fernández), Sabino Álvarez Gendín, de quien, por cierto, cuenta una prestosa anécdota Leandro Benavides Gómez (https://www.lne.es/asturias/2026/08/17/profesor-universitario-leandro-benavides-gomez-133424992.html), fabricó un artefacto de ese género; la Juventud Republicana Federal, en palabras de Benigno Fernández, pregona la necesidad de autonomía…, pero nada de todo ello cuaja en nada concreto. Incluso, en 1931, la Diputación, presidida por Ramón González Peña, encarga la redacción de un anteproyecto de Estatuto regional de Asturias y nombra una comisión. De sus trabajos, como del pobre Fernández de los relatos radiofónicos de Pepe Iglesias, “El Zorro”, nunca más se supo. En las “Conclusiones” de su magnífico libro ¡Esperemos! Así nos lo mandan. El debate sobre l’estatutu asturianu na II República, Carlos Gordon sintetiza de este modo la cuestión: “Y lo cierto ye que nenguna de les principales corrientes polítiques del momentu dedicó militancia, recursos o vagar a concienciar y movilizar a la sociedá a favor de l’autonomía”.
Y si volvemos a un momento crucial de la segunda República, las actitudes de los que en octubre del 34 se sublevan contra el Gobierno legítimo lo dicen todo. Companys proclama la República Catalana. ¿El objetivo de los insurrectos asturianos? Estas son las palabras de Belarmino Tomás en Sama al anunciar la rendición: «Si Cataluña, Valencia, Madrid, Bilbao y Zaragoza hubieran respondido como hemos respondido nosotros, en estos momentos el socialismo se habría implantado en todo el país. Nosotros hemos vivido en régimen socialista desde el día 6. Nosotros, los asturianos, hemos cumplido».
Es difícil pensar, por tanto, que las fuerzas mayoritarias o la opinión pública asturiana en aquella situación bélica, tan indiferentes o remisas en tiempos de paz, se sintiesen impelidas a impulsar un estatuto de autonomía que viniese a sumarse a los ya aprobados de Cataluña, País Vasco o Galicia. Ahora bien, aceptémoslo, entre los documentos incautados al Consejo Soberano de Asturias y León, hay unos papeles donde se redacta un estatuto de autonomía.
Echémosle una mirada. Lo primero que sorprende es que el marco de esa autonomía pretende ser el del antiguo Reino de León: Asturies, León, Salamanca y Zamora. Parece una idea proveniente de una mente erudita. Hasta donde se me alcanza, en los discursos que durante la República se sucedieron se habló de una autonomía con Santander o con León, pero nunca con ese alcance. Algunos argumentan que era una idea para cuando en el futuro triunfasen las fuerzas republicanas. Aun así, y pasando por alto que la mayoría de ese territorio estaba entonces en manos de los sublevados, planteémonos una duda: ¿Un Estatuto hecho desde Asturies en que se incorporan como partes de esa autonomía los territorios de León, Zamora y Salamanca? ¿Contando con la opinión y voto de los ciudadanos de esos territorios o sin contar con ellos?
Existe un dato todavía más importante. Como el propio grupo que da a conocer el texto señala, “El testu, ellaboráu d'alcuerdu a la llegalidá de la Constitución de 1931, nun apaez firmáu nin fecháu [y con dalgún tachón, preciso]. Tovía nun pudo alcontrase un acta del Conseyu Interprovincial d’Asturies y Llión que demuestre que llegare a ser aprobáu oficialmente o unviáu al Gobiernu la República”. O que se llegase a encargar su redacción, tomar en consideración o discutir, añado. Estamos, pues, ante un texto que no se puede llamar ni siquiera anteproyecto de Estatuto propiamente dicho, oficial. Es un escrito que algún particular o grupo acercó o propuso y que nunca parece haberse tomado en consideración.
No quiero pasar, finalmente, sin señalar uno de los elementos constitutivos de esa hilazón de proyecto de Estatuto. El artículo 14 establece que “El Consejo Regional de Asturias y León estará integrado por las Cortes, el Presidente del Consejo y el Consejo de Comisarios”. Y en el apartado tercero de dicho artículo estatuye: “Las Cortes, depositarias de la función legislativa, serán elegidas por un plazo no mayor a dos años, por sufragio universal igual, directo y secreto entre trabajadores de ambos sexos que figuren en el Censo controlado de alguna de las centrales sindicales organizadas”.
Que algunos se entusiasmen con el contenido político del texto, no me extraña, es afín a lo que ellos discursean como el futuro ideal; que lo hagan quienes se dicen demócratas me extraña.
Y respecto a muchas de las conclusiones extraídas del hallazgo y manifestadas tras él, ¿qué quieren que les diga?, reitero las palabras de Mark Twain recordadas al principio: “Me parecen francamente exageradas”.
Xuan Xosé Sánchez Vicente
La falacia del consenso
(Ayer, en La Nueva España)
LA FALACIA DEL CONSENSO
O engañifla, o mentira, o trampa saducea. Creo que fue doña Teresa Fernández de la Vega, abriendo el ciclo de conferencias del RIDEA para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la aprobación del Estatutu, quien por primera vez lanzó la idea casi conminatoria: “la reforma del Estatuto ha de hacerse por consenso, como se hizo hace cuarenta años”.
Vengamos a un acuerdo reciente, el que firmaron, bajo los auspicios del Gobierno, sindicatos y CEOE. ¿Habría habido acuerdo si cada una de las partes hubiese mantenido todas sus exigencias sin caminar al encuentro de la otra? No. ¿Hablaríamos de consenso si una de las dos partes, digamos con el apoyo del Ejecutivo, hubiese impuesto sus exigencias en el texto final, sin considerar las demandas de la otra? Tampoco. En esos supuestos, y suponiendo que el Gobierno no hubiese legislado, ¿habría nueva legislación laboral? Ninguna. El consenso se produce porque cada una de las partes cede algo de lo suyo y acepta algo de la otra: se camina hacia el encuentro.
Pues bien, en la reforma estatutaria asturiana no cabe consenso alguno, porque una de las partes (PP, CS, Vox) no está dispuesta a dar ni un solo paso hacia uno de los dos elementos claves de la reforma, la oficialidad del asturiano (el otro, salvo locura de petición competencial disparatada, es el de la duración de cuatro años del nuevo mandato a mitad de período electoral). Ni quórum, ni tiempos, ni limitaciones, ni…, nada, pura y simplemente, “de ningún modo”.
Pues bien, para mi asombro, la idea del consenso como condición ineludible para la reforma estatutaria se ha convertido durante estos meses en un caudaloso e incesante torrente. Pero no nos engañemos, salvo algunos ingenuos o bienintencionados, lo que proclaman todas estas voces no es la exigencia de un consenso, sino una negativa a la oficialidad, pues, planteados los términos reales del debate como están, es lo que de facto, aquí y ahora, significa “consenso”: “Fuera el asturiano del espacio público”.
Pero es que una parte del argumento, la comparación con la tramitación del parto estatutario, es absolutamente falsa. El Estatu no se aprobó –por ejemplo, el artículo 4º– por consenso, sino por mayorías en cada uno de sus artículos. En lo que sí hubo consenso fue en la aceptación democrática de los resultados. Todas las fueras políticas votaron afirmativamente al conjunto del texto, fuera cual fuera su éxito o derrota en cada uno de los artículos controvertidos. (Hubo, es verdad, el detalle de AP, a través de Juan Luis de la Vallina, de abstenerse para que no hubiese un voto negativo al conjunto).
La falacia del consenso, de manera indirecta, o taimada, si lo prefieren, la ha utilizado Foro en la negociación. El 5 de noviembre publicaba yo en estas páginas un artículo titulado “Foro y su trampa saducea” en que manifestaba lo que era casi mi certeza de que el partido no pretendía llegar a ningún acuerdo sobre la oficialidad, pues planteaba cuestiones que sabía que, tal como estaban formuladas, en términos absolutos e inmodificables, eran inaceptables para las fuerzas de izquierdas. Es decir, Foro planteaba el consenso desde la exigencia de que los demás se moviesen de sus posiciones para realizar todo el camino hacia las suyas.
Esa posición le ha permitido ocupar durante meses un amplio espacio en los medios, espacio que, de otro modo, con su representación no hubiera tenido. Si esa campaña propagandística lo va a beneficiar o no es otra cuestión, pero así ha sido.
En todo caso, ya lo saben, cuando oigan la palabra “consenso”, si son parte de una negociación, miren a ver si su contrario tiene los pies clavados en el suelo para no moverse; si son oyentes, pónganse arrectis auribus, coles oreyes bien tieses, probablemente quieren decir otra cosa, y hasta es posible que los quieran engañar. Como dice el clásico, “latet anguis in herba”, un áspid se oculta bajo la hierba.
Por cierto, ahora que ha concluido la pirotecnia, es hora de que el Gobierno asturiano se ponga en serio a hacer por el asturiano lo que debería venir haciendo hace tiempo en lo que puede, donde puede, y para lo que no necesita más consenso que su voluntad.
Sin duda, mejor con autonomía
(En La Nueva España del 30/12/2021, nun estraordinariu dedicáu al cuadraxésimu aniversariu del Estatutu.
SIN DUDA. MEJOR CON AUTONOMÍA
Últimamente ha decaído en las encuestas el fervor por la autonomía, pero aún así siguen siendo mayoría los asturianos que apuestan por ella, frente a los partidarios de una vuelta a un sistema competencial centralizado. A estos últimos los mueven, en general, dos tipos de razones, una que consiste en un complejo emocional donde se junta la añoranza de supuestos mejores tiempos pasados con premisas ideológicas; otra, la de una hipotética mayor eficacia del centralismo, unida a un supuesto menor coste.
Quizás, antes de adentrarnos en debates tan abstractos, deberíamos tocar tierra con ejemplos concretos, videlicet, ¿existirian los hospitales de Xarrio (1989) y Les Arriondes (1987) de no existir la autonomía asturiana? Pues seguramente no, especialmente este último, fruto de la presión social y política de la zona. Ambos hospitales, con sus carencias, que se suplementan con los servicios del HUCA, prestan, sin embargo, un valioso servicio en sus respectivas zonas, tanto a los enfermos, ingresados o no, como a sus familiares. He ahí, uno de los frutos de la autonomía.
Alejémonos ahora del examen a ras de tierra. Pensemos en el conocimiento de los problemas reales de la población, en toda la extensión de nuestro territorio, de norte a sur, de este a oeste. ¿Sería más fácil su conocimiento para una Administración cuyo centro estuviese en Madrid y que aquí contase solo, como antaño, con delegados territoriales? La respuesta es obvia, tan patente como lo son sus limitaciones en el pasado. Démosle la vuelta: ¿podrían los ciudadanos trasladar con más facilidad sus exigencias o necesidades a un poder radicado en la capital del Reino a través de delegados de ese poder? Es difícil dar más que una contestación negativa a esa pregunta. Aún más: ¿presionarían sobre el poder central con más insistencia y fuerza unos subordinados cuya carrera depende fundamentalmente del agrado que causen a sus superiores de lo que lo pueden hacer, aun con todas las limitaciones que ustedes quieran, quienes dependen en parte de los ciudadanos que los votan?
Es sabido que en Madrid se postergan, a veces por décadas, las soluciones de los problemas de Asturies y se favorecen las inversiones en las comunidades más poderosas políticamente (AVE, cercanías, soterramientos de trenes, estaciones de los mismos, carreteras, obra pública en general), es cierto que, en parte, por la sumisión a Madrid de nuestros diputados cuando son los suyos los que allí mandan, ¿pero se imaginan lo que ocurriría si ni siquiera dispusiésemos de la presencia y capacidad de exigencia que supone el poder autonómico, por limitado que sea?
En algunos aspectos, es indudable que la existencia de la autonomía ha supuesto un elemento decisivo para defender e impulsar nuestra cultura: museos, monumentos, conocimiento en la escuela de nuestras tradiciones. Y, sobremanera, ¿sin la autonomía qué podríamos haber hecho a favor de nuestra lengua, aun con el incumplimiento del artículo tercero de la Constitución y la deficiente ejecución de la Ley de Uso? Es más, dentro de sus limitaciones y ramplonería, ¿cuánto no contribuye nuestra televisión al conocimiento de Asturies y de los asturianos entre sí y al refuerzo de la identidad colectiva?
No ocultaré que una de las razones contrarias a la autonomía es el de los costes de la Xunta y del Gobiernu, así como la de la poca utilidad visible de los parlamentarios, argumentos que se refuerzan en estos tiempos (como en casi todos) con el desprestigio de la política. A ello puede oponérsele razonablemente lo que vendría ser el “lucro cesante” de su inexistencia, al no poder ser receptores ni transmisores de los problemas y exigencias de los ciudadanos, y el de no ejercer, en caso de no existir, el control y censura del Gobierno y la Administración, operativos en todo caso, ya sitos en el Gobierno central, ya en las delegaciones territoriales.
La voluntad autonomista, que lo es de cercanía al ciudadano y de mejor gestión de las cosas, no debe, sin embargo, llevarnos a reclamar competencias indebidamente valoradas, como ha afirmado correctamente el Vicepresidente Cofiño a propósito de la de los ríos (“No aceptaremos esa competencia a cualquier precio”). No olvidamos que en el traspaso de Educación se nos “espetaron” 12.000 millones de pesetas de pufo y nada menos que La Laboral y su gestión, sin una sola perrona para su atención.
Tampoco deberíamos, por una vocación autonómica idealista o por mera imitación, reclamar competencias que nos serán de muy difícil gestión por nuestro tamaño y la debilidad social de control y transparencia que conlleva dicho tamaño, como la de prisiones o la de la creación de una policía autonómica.
Lo que sí parece absolutamente necesario modificar en la reforma estatutaria es nuestro sometimiento a la convocatoria general de elecciones de las “autonomías del 145” en caso de convocatoria anticipada de elecciones durante el cuatrienio posterior a una elección dentro del calendario general. Ese sometimiento al interés general de los partidos de ámbito estatal no solo es una negación de la autonomía, sino que supone un despilfarro económico injustificable, no únicamente por los gastos electorales, sino por la paralización administrativa y de ejecución de proyectos.
Bajemos a tierra otra vez. Concluyamos con una manifestación patente de la utilidad de la autonomía: la magnífica gestión que de la vacunación ha hecho durante la pandemia nuestro Gobiernu, es decir, nuestra autonomía.
El robu del Estatutu (contra Asturies, dende Madrid)
35 años d’un robu llegal a la llingua asturiana
15 Xineru, 2016 por Inaciu Galán
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N’avientu de 1981, pocos meses dempués del intentu de golpe d’estáu del 23-F, producíase nel mesmu escenariu un significativu robu a la integridá del testu del Estatutu d’Autonomía p’Asturies, un robu a les posibilidaes d’espoxigue del asturianu.
El testu aprobáu n’Uviéu llegaba a Madrid con una redacción del artículu cuartu, el dedicáu a la llingua asturiana, que diba desapaecer parcialmente na redacción final. Esti recorte de cinco pallabres, unes mui concretes y bien aclaratories, va suponer una importante torga al desarrollu llexislativu del idioma nos trentaicinco años siguientes.
Aquel artículu cuartu aprobáu n’Asturies pola segunda comisión que preparó l’Estatutu, “la de los venticuatro”, dempués de la enmienda del entós diputáu socialista Xuan Xosé Sánchez Vicente a la primer propuesta de testu de la nomada “comisión de los ocho”. Magar que nun declaraba la oficialidá, dexaba clara la categoría filolóxica (y polo tanto llegal) del asturianu:
- El bable, como lengua específica de Asturias, gozará de protección. Se promoverá su uso, su difusión en los medios de comunicación y su enseñanza, respetando en todo caso, las variantes locales y la voluntariedad en su aprendizaje.
- Una ley del Principado regulará la protección, uso y promoción del bable.
Pero nel Congresu de los Diputaos, la redacción orixinal desanició aquelles cinco pallabres, “como lengua específica de Asturias”, dexando al asturianu ensin una definición clara de lo que ye nel Estatutu d’Autonomía y polo tanto, fuera del amparu llegal que da a les llingües la Constitución. Mientres otres comisiones sobre l’Estatutu d’Asturies tienen colgaes les actes y hasta l’audiu de los conceyos na web del Congresu, d’esta discusión nun s’atopa nada.
La razón d’esta fras borrada del Estatutu ta clara. Si yá la redacción actual del Estatutu podría dar pie a inconstitucionalidá del testu por nun-y dar el rangu d’oficialidá a la llingua asturiana, tal y como afita la Constitución, non como posibilidá, sinón como mandatu, una redacción como aquella aprobada n’Asturies en 1981, diba permitir que’l Tribunal Constitucional pudiere reconocer, si esistiera una reclamación d’un terceru, la necesidá d’oficializar una llingua reconocida como tala, nel Estatutu.
Trentaicinco años más tarde d’aquel robu llexislativu que supunxo una indefinición llegal de gravísimes consecuencies pal asturianu, y que relegó la reconocencia llegal como llingua a la Llei d’Usu del asturianu de 1998, ye un bon momentu pa recordar la necesidá de camudar esta situación, de da-y al asturianu un rangu llegal en pie d’igualdá col restu de les llingües del estáu.
Entós robáronmos la posibilidá, pero la sociedá asturiana, que lleva trenta años movilizada a favor del reconocimientu del idioma, nun pue dexar pasar agora otru tren, que podría apaecer si se pon en marcha un procesu de reforma de la Constitución o del Estatutu d’Autonomía, como proponen cásique toles fuercies polítiques. La sociedá asturiana nun pue permitise siguir perdiendo oportunidaes de poner en valor l’asturianu y cualesquier procesu de reforma del estáu que pueda producise tendrá de reconocer la realidá llingüística d’Asturies y la plena igualdá xurídica de los ciudadanos, independientemente de la llingua qu’usen.
Presidente d'Iniciativa pol Asturianu
30 años del Estatutu d'Autonomía d'Asturies
Este fin de semana se cumplieron 30 años de la aprobación del Estatuto de Autonomía en el Congreso de los Diputados. El texto representó recuperar el nombre de Asturias para referirse a la hasta entonces Provincia de Oviedo y, además, por primera vez un documento legal reconocía la existencia y unidad de la lengua asturiana [RTPA].
De coríos y celebraciones pola llingua
Dos biltos de dos ensiertos anímenme a sendes coses: l'ún a una precisión, l'otru a una recordatoriu.
La precisión ye sobre el biltu al ensiertu del 10/11, a propósitu la coriada d'El Piles. Lo primero, agradece-y el guañu, coles sos anotaciones, al biltador. Ye verdá que tanto'l cortexu como'l guariar y el criar danse fundamentalmente na primavera. Pero pa lo que valga: nun fai más d'un mes o mes y mediu andaba una coría con 8 (satamente 8) coriinos. Estraño pero ye ansina. Per otra parte, la selmana pasada un coríu de los que tienen les plumes con más collor y el piscuezu ente verde y azul andaba enriba un coríu d'esos que son ná más que marrones, xingaba les esñales y mordíalu na parte enriba'l piscuezu. Cuando se quitó el d'enriba, el coríu marrón d'embaxu entamó mover les ales y facía como que llavaba les sos "partes". Fai, repito, solo una selmana.
El recordatoriu ye a propósitu del guañu al ensiertu sobre la clase que güei, 13, diba dar na Escandalera la Xunta pola Defensa de la Llingua. Invítame'l comunicante a recordar celebraciones. Pues, a propósitu la llingua, recuerdo dos, con muncha gayola. La primer, cuando propunxe y conseguí l'artículu cuartu l'Estatutu, que d'aquella taba yo nel PSOE, que lu propuse yo pola mio cuenta y consiguióse gracies a ello. Ye verdá que nun lo celebré tanto cuando en Madrid PSOE, UCD, IU y AP caparen la parte'l testu que decía "como lengua específica de Asturies".La segunda celebración fexímosla -el PAS- cuando, dempués de munchu esbrexar, delidiar y solliviar conseguimos l'aprobación de la Llei d'Usu y Promoción. Alcuérdome que, mentantu lo celebrábemos con una espicha nel restaurante Los Monumentos, nel Narancu, la tropiella corría detrás de los que los engañaben prometiendo-yos una oficialidá que yá sabíen que nun diben conseguir nin taben dispuestos a conseguir. Pero, eso sí, baillaben detrás de la gaita y el tambor, mientres glayaben "viva la bagatela", que-yos paecía muncho más guapo y amoriador.
Más sobre l'Estatutu

Dende'l puntu de vista de la "realidá de los partíos políticos" l'Estatutu nun ye más qu'un termómetru de coyuntura. L'atención que-y dean vien en función de la utilidá que pa otres realidades esternes a Asturies-yos pueda prestar como instrumentu d'afalamientu y ximielgamientu de les respectives parroquies de fieles (y de la rodiada les mesmes, pa ser esactos).
Dende'l puntu de vista de la xeneralidá de los ciudadanos asturianos (conscientes d'ello o non) l'Estatutu val por otres "realidaes instrumentales":
- La de la dignidá y la igualdá política nel conxuntu d'España (apreciada o non).
- La de la "capacidá" (cosoberanía) pa facer coses na propia realidá y pa empobinala nún o n'otru sentíu, aprovechada o non.
- Y, en términos identitarios y sociales, p'acabar de normalizar la cuestión llingüística y otres, aquélla mediante la cooficialidá. (Cabe, como se sabe, empeorar les coses: tala ye la redacción que tienen pactada nestos momentos PSOE (y, por implicación, IU) y PP).
La pregunta que nos podemos facer agora ye esta: Na prósima revisión estatutaria (verosímilmente, la prósima llexislatura, masque sea a finales y de mala gana) va haber modificación estatutaria, nesi casu ¿habrá ellí una fuerza (y fuerza, fuerza, non un solu diputáu o dos) que defenda de verdá los intereses asturianos o nun habrá dala? Seguiremos los asturianos sometíos al engañu d'IU y al estrapallamientu, embabiecamientu y enquillotramientu de PSOE, PP y IU?
Si vustedes faen cruzase apuestes, la posibilidá d'esta última opción seguro que se paga mui alta, y la d'una fuerza que defenda de verdá los intereses asturianos, perbaxa. Nun digo a cómo porque me salen los collores a la cara (póngome como una mazana "del llau que-y da'l sol", que diz el canciu).
¿Va ser asina, según dicen les apuestes o non? Yo pola mio parte, y lo que yo represento, vamos facer tolo que tea na nuestra mano pa que fracasen les predicciones (racionales). ¿Vamos ser pa ello?
A los asturianos, en xeneral, digo, y a dalgunos en particular.
¿Y l'Estatutu? ¿Úlu?
Nel 2007 y nel 2008, como nun berveneru, PSOE, IU y PP fervíen al rodiu de la palabra «Estatutu», L'Estatutu yera lo más importante qu'había pal futuru d'Asturies y corría una priesa enorme. Nun momentu determináu, inclusu, Ovidio Sánchez llegó a decir qu'ellos «queríen un estatutu con unes competencies como'l catalán».En realidá ningún tenía ningún interés nel Estatutu, como, en xeneral nun tienen dala esmolición polos asuntos de los asturianos (salvo los que son parte del so negociu o sofitu del so votu). Pa PSOE y IU tratábase, ná más, de cubrir la operación del Estatut y de dar cobertura al atropellu que, al través d'esi testu se nos facía; pal PP, seguir la estratexa xeneral d'oposición al PSOE que dende Génova-yos mandaben; esto ye, pa toos ellos la so esmolición yera cumplir col so papel, el qu'acostinen voluntariamente y el que-yos manden: «facer de palafreneros de los sos señoritos de Madrid y del restu d'España».
Y, agora, una vegada que'l testu catalán yá salió alantre (al marxen de lo que faga'l Constitucional) y que los sos intereses yá tán cumplíos al través del nuevu modelu de financiación que nos espetaren en contra del nuestru interés, ¿qué coño-yos interesa a PSOE, IU y PP l'Estatutu asturianu? Pues lo que siempre-yos interesó: nin un res.
Pero nun s'esmuelan, cuando-yos vuelva venir bien (cuando-yos lo manden o permitan, en realidá) van volver a ximielgar l'espantayu estatutariu. Y hasta, otra vegada, volverán sacar infelices y bona xente a la calle pa sofitar los sos intereses partidarios y tratar d'atropar votos.
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