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Con lenguas ajenas

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(Ayer, en La Nueva España) CON LENGUAS AJENAS Me van a permitir que hoy hablen otros por mí. LA NUEVA ESPAÑA lleva tiempo realizando una serie de magníficos reportajes que firma Eduardo Lagar en los que se entrevista a diversos personajes incardinados en concretos conceyos asturianos. En los últimos días, Aller y Mieres han sido los concejos representados; hace tiempo, Llangréu. Recojo las palabras de Luisa Fernández Alonso (Aller), Ánxel Álvarez Llano (Aller), Margot Castañón (Aller), Ana Esther Velázquez (Mieres), Francisco Palacios (Llangréu). Además de las de esas personas, anoto las de Carlos Paniceres, el presidente de la Cámara de Comercio de Uviéu, en una entrevista del último día del 2023. Son las palabras de ellos, no las mías, pero coinciden en sus ideas con lo que vengo escribiendo en este periódico y en mis libros desde hace décadas, aunque, seguramente, las suyas tienen algo más de precisión o de certeza. Sobre nuestra incapacidad para unirnos y nuestro negativismo "En Asturias existe el frente del no: se quejan de todo, pero no quieren que nada cambie". “En Asturias siempre hay unión en contra de algo y nunca a favor”. “Esto y los localismos son los problemas de Asturias” (Carlos Paniceres). "Tenemos en Asturias productos excelentes, nos falta venderlos". “Y aquí, además de no saber vendernos, creo que tenemos otro hándicap importantísimo y es que en Asturias no nos unimos” (Luisa Fernández). Nuestro conservadurismo “Hay inmovilistas de izquierdas e inmovilistas de derechas” (Carlos Paniceres). "No se puede estar en contra a la vez de térmicas, nucleares, eólicos y fotovoltaicas" (Paniceres). “Aquí, en Aller, el futuro fiábase a la minería cuando ya sabíamos que la minería iba a acabar. En les últimes movilizaciones que hubo yo ya decía: esto no tien vuelta atrás. La gente todavía seguía muy machaconamente diciendo que había que mantener la minería, que era lo que verdaderamente nos iba a dar el futuro” (Ánxel Álvarez Llano). El desprecio de lo propio “Hoy en día tenemos munches marques de calidá en Asturies. Y a veces duelnos muchísimo tener que leer determinaos nombres en castellano que no-y peguen nada al producto. Pero estamos viendo que marques de fuera sí utilicen el asturiano pa promocionase. Aquí hasta decir ‘quesu gamonéu’ parez que cuesta trabayu». “No sé por qué esi rechazu. Esto, lingüísticamente, estúdiase: hay un autoodio, un prejuiciu lingüísticu. Tovía queda gente con el estigma esi: de que ye ‘hablar mal’” (Ánxel Álvarez Llano). La ensoñación del pasado. El ensueño de depender del Estado y de fiarlo todo a él. La dificultad del cambio de mentalidad “Se va despoblando porque no hay alternativas. Y no hay ese germen de autónomos y emprendedores que ya hay en otros sitios. Pero eso necesita años. Es una cultura que precisa tiempo” (Luisa Fernández). “Mira, yo voy decite una cosa y que lo respete quien quiera. Yo solo veo que hay xente vaga. El cuerpo humano ye una máquina pa trabayar, pa divertite, pa reír, pa comer, pa obtener comida. Y obtener comida solo la consigues trabayando. Pues a la gente no-y gusta trabayar, solo-y gusta pintar la uña y quejase, a ver cómo vive del mundo subvención”. “Que no me vengan a decir que les Cuenques van mal. Aquí sólo se necesita gente emprendedora” (Margot Castañón). “La minería forma parte de nuestra historia, y debemos conservarla. Pero una cosa es conservar la memoria de la minería y otra cosa es la nostalgia. No podemos quedarnos anclados en la nostalgia porque paraliza” (Ana Esther Velázquez). Sobre el efecto negativo de las prejubilaciones y la escasa eficacia de los fondos mineros “Ahora aquí estamos en una situación muy difícil [en Mieres], en buena medida, de descomposición social, económica”. “Cuando empiezan las prejubilaciones, empieza a haber alumnos que dicen: ‘Yo de mayor quiero ser prejubilado’ [y tienen los peores resultados en los estudios]” (Ana Esther Velázquez). “Les carreteres que se ficieron con los fondos mineros valieron pa que la xente viniera, pero también pa que marchara” (Ánxel Álvarez). “Con la reconversión, aquí hubo muchas promesas. Pero ¿dónde fueron los fondos mineros, qué resultados tuvieron?” (Francisco Palacios). "¿Sabes lo que hicieron con les prejubilaciones la mayoría de la gente? Comprar un pisu en Gijón. Y el guaje, al paro. Decíen: ‘El mi guaje non va a trabayar por 600 euros’. Pero luego el guaje con un buen coche de marca y fumando, echando fumo atrás. Y en casa: ‘Habla suave, que vino el nenu a las siete de la mañana’” (Ana Margot Castañón). Respecto al resultado de las prejubilaciones y los fondos mineros, las opiniones son unánimes. No obstante, los invito a ver la entrevista que LA NUEVA ESPAÑA publica el último día del 2023 con Antonio Hevia, el cabezaleru de CC OO entonces, en que explica el proceso de la jibarización de Hunosa y se queja de que no se reconozca el papel de los fondos mineros en Les Cuenques: https://www.lne.es/asturianos/mieres/2023/12/31/hay-bajar-buracu-noche-cambio-96401857.html

UN PICO PARA POCO

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Es un buen pico. Los 213 millones de euros que el Gobierno central debe restituir a las arcas de Asturies, tras la sentencia de la Audiencia Nacional que obliga al Ejecutivo de Madrid a reponer los convenios de los fondos mineros de 2011 que, con motivo de las restricciones del presupuesto para el 2012, se anularon. En principio, pues, una buena noticia para este territorio entre la Cordillera y el Cantábrico.
Ahora bien, esta decisión del tribunal, semejante, por ejemplo, a otras del Constitucional luso declarando ilegales medidas económicas del Gobierno de aquel país atingentes a la paga de los funcionarios y jubilados y a algunos recortes en el seguro de desempleo (no olvidemos que en las fechas sobre las que actúan las sentencias, España, con un déficit del 11%, estaba a punto de ser intervenida, y que Portugal estaba aplicando mandatos de la UE a cambio del crédito que le habían concedido) nos incitan a realizar una profunda reflexión sobre la democracia, la administración de justicia y la realidad. En primer lugar, ¿deposita el ciudadano su parte alícuota de soberanía en los parlamentos y los gobiernos o en los tribunales? En segundo lugar, ¿existen derechos sobre devengos cuando no existe la riqueza que pueda satisfacer esos derechos? Porque es obvio que, en situaciones de normalidad económica, los tribunales están para exigir el cumplimiento de los acuerdos y los derechos, así como otros elementos de justicia política y moral o social. Pero y en situaciones de grave riesgo o quiebra del Estado, es decir, de su economía, ¿también? Los tribunales deciden sobre a quién ha de darse dinero y a quién no puede quitarse, ¿pero dictan ellos, asimismo, de donde sale la riqueza o cómo se produce? Imaginemos un caso extremo de quiebra del Estado, por la razón que fuere, catástrofe, guerra, aislamiento, ¿seguirían dictando los tribunales obligaciones fiduciarias sobre los derechos escritos en la Constitución o en las leyes particulares? ¿Debería el Estado en ese caso emitir belarminos para hacer como que cumplía?


Pero vayamos  a nuestros 213 millones de euros restituidos. En principio representan un motivo de satisfacción. Pero cuando contemplamos de cerca la cuestión, la alegría queda notablemente mermada. Pues si repasamos la lista de los proyectos a que van a destinarse esos fondos, encontramos un número escasísimo de actuaciones que vayan destinadas a lo que era el objetivo fundamental de aquellos fondos: la generación permanente de actividad económica y empleo. Y, efectivamente, encontramos vestuarios para un campo de fútbol y otras instalaciones deportivas, dinero para el Ecomuseo del Valle de Samuño, muchos paseos peatonales y actuaciones urbanísticas, junto con saneamientos, algunas carreteras, y un puñado de obras sin las cuales se podría haber pasado magníficamente. Esto es, nada que no hayan venido siendo hasta ahora esos dineros procedentes del Estado (como otros provenientes de Europa) con destino a las comarcas carboneras: útiles para hacer la vida más agradable a los ciudadanos en sus viviendas o entorno; necesarios para mejorar o constituir algunas infraestructuras; innecesarios, costosos o inútiles, otros; unos pocos, adecuados a su fin; todos ellos, aprovechados para retener o ganar votos municipales, autonómicos o estatales y mantener una red clientelar.
Pero el fiasco principal de esos dineros es que poco ayudan a resolver el problema principal de Asturies, que es un problema de muy distinta índole: no solo nuestra incapacidad para crear actividad económica y empleo (recuérdese que, en los mejores tiempos del pasado, rondamos los setenta mil parados): impuestos altos (tanto los municipales como los autonómicos, piénsese en el «céntimo sanitario» o en nuestro IRPF), que entorpecen a las empresas y cargan en exceso a los individuos; dificultades de toda índole para crear empresas o para funcionar las mismas; dilación en los plazos de resolución de la Administración; despilfarros en las obras gestionadas por los sucesivos gobiernos; ocurrencias variadas, que van desde la puesta en marcha de obras disparatadas en su concepción, como la de El Musel, a prohibiciones de todo tipo para los habitantes de las zonas rurales, tal como la de la normativa de espacios protegidos, actualmente en trámite, semejante a otras del pasado; ausencia de presencia social de la empresa media y pequeña.
En general, parece que la política de los gobiernos asturianos (casi siempre socialistas, pues la asombrosa capacidad de la derecha asturiana para dividirse como las amebas —que se destacará, sin duda, en los anales—, la ha incapacitado para períodos largos de Gobierno, ¡y la que te rondaré, morena!) consiste únicamente en recaudar y en gastar lo más posible en el ámbito de los servicios y de la asistencia social, dejando para el Gobierno central las cuestiones efectivas en el ámbito de la economía, sin tener en cuenta, además, las repercusiones negativas sobre el empleo de la maximización de sus prioridades políticas.
Lo endemoniado es que, además, existe en Asturies un amplio consenso social y mental en nuestra forma de ver el mundo. Sindicatos y partidos de izquierda son su punta de lanza, pero una parte no pequeña de la derecha y de los «ciudadanos neutros» forman parte de ella: esa idea de que nosotros no somos los responsables de lo que nos pasa; de que todas nuestras carencias son una injusticia que se nos ha de reparar; de que el Estado ha de subvenir siempre a lo que necesitemos o se nos ocurra pedir. Todo ello, unido todavía a un escaso aprecio por la iniciativa empresarial y un cierto menosprecio por la excelencia; pero pensando que somos nosotros lo moderno y lo normal, y el resto del mundo, lo arcaico y lo atrasado.
Por ahí anda nuestra extravagancia histórica, algo que perciben al instante nuestros visitantes. Por eso, el pico de los 213 millones, como cualquier otro pico, será siempre poco pico, aunque algunos den mucho el pico por el logro.