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Güei, en LNE: Aller ilumina Murcia

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(Trescribo, como siempre, los primeros párrafos.)


L'aprecederu

Aller ilumina Murcia

Dos realidades políticas paralelas con dimisiones de cargos de PSOE y PP de por medio

10.04.2017 | 05:11
Aller ilumina Murcia
No se ha comentado mucho en el resto de España, pero es uno de los escándalos del momento: el alcalde de Aller, el socialista David Moreno, y los cinco restantes concejales del PSOE en esa localidad se han dado de baja en el partido. 

La causa es que a David Moreno se le ha abierto juicio oral por un presunto delito de prevaricación por unas subvenciones; sin apropiación de dinero, al parecer. De acuerdo con el código ético socialista, se le ha pedido la renuncia al abrirle juicio oral. David Moreno, afirmando su inocencia, se ha negado a dimitir. Los otros cinco lo han seguido y se van a dar de baja en el PSOE. 

No es difícil ver las coincidencias con la situación de Murcia, donde el presidente de la comunidad, Pedro Antonio Sánchez, se ha visto obligado a dimitir al ser convocado como investigado en un procedimiento judicial. [...................]

Pero existe también otra forma de contemplar la cuestión: opinión pública y partidos se han dejado llevar por una histeria de presunta pureza que los ha llevado a condenar de hecho a los cargos públicos, antes que hayan sido juzgados. [.......................................]

Güei, en La Nueva España: Rodríguez Braga, inocente y bocazas

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)

Rodríguez Braga, inocente y bocazas

Sobre la necesidad de cuidar los actos, pero también las palabras

26.01.2017 | 03:53
Ya saben ustedes cómo fue. El 17 de enero la Guardia Civil irrumpía en los locales de la UGT en Uviéu y llevaba a la juez Carmen Blanco ordenadores y documentos incautados durante las siete horas de registro. Al mismo tiempo, detenía en sus casas a seis responsables del sindicato, entre ellos a su ex secretario general, Justo Rodríguez Braga. Tras una noche detenido y pasar por el juzgado, fue puesto en libertad sin cargos, al igual que los restantes sindicalistas. Cabe, si acaso, precisar que la UGT asturiana lleva siendo investigada dos años largos por cuestiones relativas a subvenciones y cursos de formación.
Déjenme, ante todo, afirmar la inocencia de don Justo y de los cinco restantes detenidos. Son inocentes al igual que lo son Bárcenas, Correa, Griñán, Chaves, la princesa Cristina de Borbón, o como lo era Rita Barberá. Y no entiendan esto como una provocación. No, se trata simplemente del respeto a una de las normas jurídicas y ético-políticas sobre las que se constituye la democracia, que debería tener vigor efectivo siempre, la presunción de inocencia. Todo el mundo es inocente, parézcanos lo que nos parezca, hasta que recae sobre él una sentencia firme. Y si esta lo proclamase así, deberíamos considerarlo tal incluso aunque nos constare su culpabilidad por otras vías.
Pero no quiero referirme ahora a la presunción de su inocencia, sino a la evidencia de su culpabilidad en otro aspecto, en el de ser un bocazas irresponsable. Fíjense ustedes en sus palabras en LA NUEVA ESPAÑA el día 19, una vez en la calle: "No entendemos este circo, por llamarlo de alguna manera, a no ser que sea un operativo mediático para tapar otras cosas que están saliendo en estos momentos en los medios de comunicación, ya sea el caso Gürtel o el del Yak-42", "Se monta una parafernalia tremenda para estar a las 24 horas en la calle; estas cosas vienen de muy arriba". ¿Ven ustedes las implicaciones de esas palabras? Son evidentes: o bien entiende don Justo que la juez del Juzgado de Instrucción número 4 ordena la actuación para aliviar la presión mediática sobre el Gobierno y el PP, o bien que el Gobierno da directamente órdenes a la juez para que lo haga.
Tomémoslo como que no sabe lo que dice. O mejor, que, como la mayoría del mundo político, sindical y tertuliero actual, dijo lo que le pareció, sin pensar en sus implicaciones y consecuencias. Seguramente alguien ha refrenado su lengua con posterioridad, así que en declaraciones a este periódico el día 22 cantaba la palinodia respecto a esas afirmaciones: [.........................................................................................................................................................]

Presunción d'inocencia (Chaves y Griñan)

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Pesie a les apariencies o les evidencies, pesie a que van ser procesaos, hai que suponer que, hasta que nun se demuestre lo contrario, esto ye, hasta que nun hebia sentencia, como cualquier acusáu o procesáu, Chaves y Griñán son inocentes. 




SAMBENITOS Y LEY DE LYNCH

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Ignoro si ustedes tienen, como yo, la impresión de que nuestra sociedad se está encanallando, de que, progresivamente, la cacocracia se va convirtiendo en el discurso y modos dominantes.

«Odia el delito y compadece al delincuente», formuló Concepción Arenal en lo que significó un paso más en el concepto moral de las penas, tras las modificaciones en los castigos y en los medios de obtención de las pruebas que siguieron a la Ilustración y a su concreción en el Beccaria de De los delitos y las penas. Lo que hoy parece acompañar a la justicia mediático-popular, a lo que algunas veces he denominado «la moral justiciera de Tele5», es, más bien, el emblema de «Odia y vilipendia al delincuente, aunque, en realidad, no te importe el delito».

Para esa justicia mediático-popular, que incluye, no solo a tertulianos alineados y pueblo llano, sino, asimismo, el discurso de los políticos hacia los imputados o encausados que no son de su cuerda, los conceptos «presunción de inocencia» y «presuntamente» son solo salvaguardias formales, bajo las que uno puede preservarse de querellas ulteriores. «Fulano» —se dice— «es un ladrón». «Ha robado (o violado o prevaricado o…) de esta y de otra manera». Y se añade «Bueno, presuntamente». O se realizan semejantes o más graves aseveraciones como hechos probados, para añadir al final: «Respetando, claro es, la presunción de inocencia». Es más, si alguien ha sido juzgado y condenado por esa justicia mediático-popular (en realidad, solo condenado, pues el solo hecho de ser puesto alguien en la picota implica ya, desde el primer momento, su condena), es absolutamente indiferente que, al final, la justicia institucional lo absuelva o lo castigue con penas menores. Ya se sabe que la justicia está al servicio de los poderosos, que el acusado se ha librado por suerte o por tener buenos abogados, etc. Todo, menos aceptar que la justicia es algo distinto al prejuicio del dictador/juzgador popular; cualquier cosa menos creer en la presunción de inocencia, que supone el esperar a enjuiciar hasta que la ley dicte sentencia y en aceptar ésta como la única verdad objetiva en una democracia (al margen, evidentemente, de los recursos jurisdiccionales ante un fallo con el que no se está conforme, porque la aceptación de la inocencia jurídica no entraña, obviamente, el allanamiento).

¡Qué lejos está el espíritu de esa generalizada actitud de colocar a los demás indelebles sambenitos, justificados o gratuitos, de las palabras de Cervantes a través de Alonso Quijano!: «Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones». «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia».

Quien indague lo que hay debajo de esas actitudes, implacables siempre e injustas muchas veces, encontrará ahí muchas de las pasiones más abyectas de ser humano, muchos de sus valores más asociales: el odio hacia los que son más o distintos, la envidia, el afán de humillar a quien ha destacado, una voluntad igualadora que consiste no en elevar lo bajo sino en pasar el rasero para eliminar lo que se distingue. ¿Efectos de la crisis? No, la humanidad de siempre que ahora ha encontrado la ocasión de proyectar sus pasiones a través de interné y de tertulias, y que ha encontrado hodiernamente el halago —interesado de muchas formas— de determinados líderes o vehiculadores de opinión.

Esa especie de ley de Linch ha dado un salto cualitativo en los últimos tiempos hacia el matonismo y la amenaza física. Ocurre a las puertas de los juzgados, sucede por las calles cuando los adeptos de Coláu cercan ayuntamientos, señalan al sambenitado, amedrentan con su presencia. Porque si se pueden entender los nervios de quien pierde su casa o su dinero, es difícil de justificar la acción de profesionales de la asonada y de la ley de Linch moral.


Ahora bien, lo más inaceptable reside en otros lugares. En la complacencia en que tantos opinadores y políticos ven esos movimientos como la expresión pura de la democracia, como la manifestación por excelencia de la voluntad popular, tal que si Dios o la mano invisible de la historia se hiciesen patentes a través de ese acendramiento de la verdad que serían los alborotadores o sus agitadores; como si unas decenas o unos miles de ciudadanos en algarada fuesen más «pueblo» que millones expresándose en las urnas. Hay en ello, desde luego, mucho odio, a veces, a la derecha; hay también una enorme inseguridad y miedo en políticos y opinantes, miedo a quedar mal, miedo a no ser «simpáticos», miedo a ser sambenitado con un «ex illis es»; pero, asimismo, en muchos, un infantilismo añorante de la «revolución pendiente», ese impenitente fantasma que persigue el fracaso personal de los miembros de tantas generaciones, falangistas, comunistas, socialistas, milagreros sociales en general.