Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Reflexón resignada sobre la democracia
(Ayer, en LNE)
REFLEXÓN RESIGNADA SOBRE LA DEMOCRACIA
O “traxicómica”, si-yos gusta más. Ocurrió esta selmana. Dalgunos d’ustedes saben que la recoyida l’oriciu ta vedada dende fai casi siete años. Por parte’l conseyeru’l ramu hubo dalgún anunciu confusu de que diba llevantase la veda, pero, polo que paecía, solo pa profesionales (que son los que s’ocupen de que vayan disminuyendo tolos recursos).
Un montón de xente y dos asociaciones de pesquinos dedicámonos a recoyer firmes pa que la veda se llevantase tamién pal ciudadanu que nun vive de vender la pesca, ente otres coses porque los recursos de la mar son bienes mostrencos, non bienes privativos. Tampoco el Xénesis (I-28), cuando Dios manda enseñorase de los recursos de la mar, diz qu’esos recursos sean únicamente pa los profesionales. El 7 de payares presentamos cerca de setecientes firmes pidiendo que, cuando se llevante la veda, los ciudadanos comunes podamos, como siempre, atropar arcinos.
Y agora la escena d’esta selmana: una tienda onde se recoyeron, ente pescadores, firmes pa esi fin. Un pescador comenta a la propietaria: “Yá se va llevantar la veda del oriciu, tráxolo la prensa”. La propietaria niega que eso sea verdá, que, efectivamente, nun lo ye. “¿Vas decímelo a mi? Y encima nun vamos poder coyer oricios nosotros”. La rapaza comenta qu’eso ta por ver, que, precisamente, ella recoyó firmes y que les recoyó Xuan Xosé, que ta en contactu col establecimientu, y que presentó les firmes, y nun se sabe nada entovía. El veceru comenta: “Sí, sí, Xuan Xosé, esi lo que recoyó les firmes ye pa que nun podamos pescar; y diría que sí, pero sé yo que lu untaron per detrás pa que diga que nun podemos coyer oricios”.
Acasu, al marxen de la novela d’esti ciudadanu, podíen ustedes entrugase cuálu ye’l mio poder pa que convenza al conseyeru’l ramu (o que me tenga que pedir permisu a mi pa una autorización o una prohibición) y, además, pa que me tenga “qu’untar per detrás” (espero que con perres).
Y viénenme a les mientes otros casos asemeyaos de percepción tracamundiada de la realidá. A mediaos de los setenta, salí nel “Panorama regional” de la RTVE manifestándome a favor del asturianu. Díes dempués atopo nel merenderu El Puentín de La Guía, en Xixón, a un bedel del istitutu Xovellanos, onde yo diera clase. Gallego, buena persona, educáu. Avéraseme y dizme: “Vilu l’otru día na tele, y, sabe una cosa, yo, como usté, toi en contra del asturianu”. Nun yera una broma, nin pretendía ser una afrenta, sinón l’entusiasmu de compartir una visión del mundu. Nun dixe nada.
Una tercera, y tengo un sacu d’elles. El PSOE y doña María Luisa tán nel procesu d’ampliar el Parque de Covadonga a Parque los Picos. Oponémonos, fundamentalmente porque engloba poblaciones y va supone-yos munches torgues, sobre too, a los ganaderos. Fiesta del Pastor, allá subimos acompañaos d’Esteban Intriago de Diego, amigu y conceyal del PAS n’Amieva. Mitinea al micrófonu una pastora y, pa la nuestra sorpresa, ataca al Partíu, que, según ella, ta en contra los pastores.
¿Qué hai detrás de toa esa xente? Pues coses varies, a vegaes acorrompinaes: maníes personales, prexuicios, sectarismu -adscripición a una ilesia o partíu-, incapacidá de lleer o sentir, lleendo o sintiendo aquello que quieren ver o oyer y non lo que de verdá aporta a los sos sentíos, o, cenciellamente, formar parte d’aquella verdá que l’Eclesiastés (I-15) enunció enantes qu’Albert Einstein cuando esti, falando de les entidaes infinites, manifestaba la so inseguranza sobre la infinitú del universu: “Stultorum infinitus est numerus”.
Y siempre digo yo: toos voten. Y, munchos, hasta onde sé lleguen a diputaos y, dalgunos, a ministros.
¿Pero qué quieren que-yos diga?, en cualquier casu yo toi con Winston Churchill: “La democracia ye’l peor sistema de gobiernu, separtando toles demás formes de gobiernu que se probaren en dacuando”.
(Bueno, pero resignación nun quier dicir sometimientu nin silenciu: Pa esa ignominia bufa de los “verificadores” ente’l PSOE y los sos arrendadores de votu, ¿de qué partida concreta van salir les perres? Porque esos verificadores, sábenlo vustedes de sobra, cobren un montón de perres, un pastón).
Güei, en LNE: "Así la democracia, así el demos"
Güei, en LNE: "Así la democracia, así el demos" (dalgunes crítiques a los políticos, suponen, en realidá, una crítica a los votantes).
Democracia, populismu, demagoxa (una reflexón de Cicerón)
Nesti retayu d'un diálogu de Cicerón, Sobre la república, hai dalgunes reflexones sobre dalgunos de los problemes de la democracia: el populismu y la demagoxa.
Al mesmu tiempu, podemos ver que ningún de los problemes de güei son nuevos, de los nuestros díes.
ESCIP. - Ciertamente, después de haber dicho lo que pienso sobre aquella forma de gobierno que considero la mejor, me parece que debo ahora tratar más detenidamente de los cambios en las formas de gobierno, aunque no sea fácil que sucedan en aquella república. De la forma de gobierno de reyes sí que es natural y muy cierto siguiente cambio: cuando el rey empieza a ser injusto, pronto perece aquella forma, y el rey se convierte en tirano, forma pésima próxima a la mejor; entonces, si los nobles suprimen al rey, lo que ordinariamente ocurre, la república pasa a la segunda de las tres formas de gobierno: la que más se acerca al gobierno de reyes; o sea, el gobierno paternal de unos jefes que dirigen bien a su pueblo. Si es el pueblo, en cambio, el que por sí mismo mata o expulsa a un tirano, entonces el pueblo se comporta con mayor moderación mientras se da cuenta y valora su hazaña, y se alegra de ella, deseando conservar la república por él constituida; pero, cuando el pueblo mata a un rey justo o lo despoja de su reino, o también, como ocurre más frecuentemente, le toma gusto a la sangre de los nobles y somete la república entera a su propio capricho, entonces, por ello que no hay mar ni fuego que sea más difícil de aplicar que la muchedumbre desenfrenada por su insolencia, Sucede entonces lo que dice Platón admirablemente, si es que puedo decirlo en latín, cosa difícil de asegurar, pero que intentaré: «Cuando, secas por la sed de la libertad las fauces insaciables del pueblo, ha bebido éste por la maldad de sus servidores una libertad no templada por la medida, sino excesivamente pura, entonces si los magistrados y jefes no son muy complacientes y les procuran una amplia libertad, el pueblo insiste, acusa, discute y les llama déspotas, reyes, tiranos.» Creo que conoces el pasaje. LEL. - Me es muy conocido. ESCIP. -Y continúa diciendo Platón: «y a los que obedecen a sus jefes les acusa el pueblo y les insulta como esclavos voluntarios, en tanto alaba a los que, siendo magistrados, quieren parecer como si fueran particulares, y a los particulares que pugnan para que no haya diferencia entre un particular y un magistrado, y les colman de honores, de modo que resulta necesario en tal república que todo sea enteramente libre, y que no sólo toda casa privada quede libre de todo dominio, sino también que este mal alcance a los animales; en fin, que el padre tema a su hijo, y el hijo abandone a su padre; que no haya pudor alguno para que sean del todo libres, no haya diferencia entre un ciudadano y un extranjero, el maestro tema a sus discípulos y sea complaciente con ellos, los discípulos se burlen de sus maestros, los jóvenes asuman las funciones de los viejos, y los viejos desciendan a las diversiones de los jóvenes, para no hacerse odiosos y pesados frente a ellos. De lo que se sigue que también los esclavos se conduzcan como libres, las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres, y, en tan amplia libertad, incluso los perros y los caballos, hasta los asnos corran tan desenfrenados que haya que apartarse de su camino. Así, pues -dice Platón-, de este libertinaje sin límites resulta al fin que los ciudadanos acaban por hacerse de mentalidad tan desdeñosa y enervada que, en cuanto se produce el mínimo acto de gobierno, se irritan y no lo toleran; por lo que también empiezan a despreciar las leyes, para que nadie les mande.» LEL. - Has traducido muy bien lo que dice Platón. ESCIP.- Ahora para volver a la fuente de mi discurso, dice él que de este libertinaje, que ellos consideran como la única libertad posible, surge como de la misma raíz...
Fenómenos (I): L'embaxador de Cuba n'España
Gustavo Machín Gómez:
Entrúga-y l'entrevistador de LNE:
-¿El proceso de cambio debería ser hacia la democracia (en Cuba)?
Y arrespuende:
-Es un error encasillar la democracia en un único proyecto. Cada país tiene singularidades que determinan la forma en que allí se ejerce la democracia.
Pues banda, manín, ¿qué vamos decite? ¡Yá ganes bien el sueldu!
Güei en LNE: Tal como somos
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
L'aprecederu
Tal como somos
Episodios que empañan la imagen del ciudadano ejemplar: de los hurtos a las faltas de respeto
Xuan Xosé Sánchez Vicente 08.10.2018 | 00:54
A finales de septiembre anduve por Agropec y acompañé a un par de amigos, expositores de productos de la huerta. A través de ellos y de otros concursantes tuve noticia de la conducta de un cierto número de visitantes que, sin duda, poseían como certeza moral y política lo que dice el refrán asturiano: "Lo que ye del común ye de ningún". De nadie, pero sí de ellos, porque no tenían empacho en intentar llevarse alguno de los productos expuestos, aun en presencia de sus mismos expositores, y, desde luego, en su ausencia, a juzgar por las desapariciones en los mostradores. Salvo, claro, que en esas horas sin vigilancia las hortalizas hubieren decidido emprender el vuelo por su cuenta, tal vez para regresar a su tierra de origen.
Y ello me lleva a reflexionar sobre uno de los principios ficticios, pero inevitables, en que se asienta la democracia: en la de que el sujeto de la acción de elegir, esto es, todos y cada uno de los ciudadanos, es un individuo moralmente intachable, perfectamente informado, que, sobre mirar por sus intereses, tiene también en cuenta los del bien común, o, al menos, los del vecino.
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Güei, en La Nueva España: Hay más cosas en el cielo...
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
Hay más cosas en el cielo y en la tierra...
Los Estados Unidos que votaron a Trump y no supieron ver los expertos
Xuan Xosé Sánchez Vicente 11.12.2016 | 04:06
O lecciones, para nosotros, de las elecciones en Estados Unidos. En primer lugar, sobre la óptica de las previsiones. Se nos hacía ver que todas las prospecciones demoscópicas daban como triunfadora a Clinton. Y, sin embargo, no sólo no lo hacían todas, sino que la distancia entre un candidato y otro era tan escasa en la mayoría de ellas que entraba en lo que es el margen de error de un pronóstico. Pero como la mayoría de los medios occidentales y una cierta opinión anhelaban el triunfo de Clinton (o temían el de Trump) la interpretación de las encuestas tendió a convertirse en una especie de exorcismo propiciatorio.
Por otro lado, el triunfo de Donald no tiene nada de extraordinario: desde hace mucho tiempo, la sociedad estadounidense que vota (no lo hacen nunca casi la mitad de sus habitantes) está dividida en dos mitades aproximadamente iguales, aunque en ocasiones, es cierto, existen diferencias en el voto popular que, como en este caso, no se traducen en el voto del Colegio Electoral. Y, además, es frecuente que, según ocurre más o menos en Europa, ocho años sea el tiempo máximo en que el electorado "aguanta" a un partido en el poder, procurando tras ese período la alternancia.
(En todo caso, algunas anécdotas individuales nos ilustran sobre lo que es el voto y la democracia. Susan Sarandon, por ejemplo, decidió que "no votaba con la vagina" y que, por ello, no estaba obligada a votar a Hillary por ser mujer. En consecuencia, dio su voto a un candidato marginal, en la creencia de que Hillary ganaría. Después lloró sus consecuencias. Y es que el voto no es un concurso de guapos y feos, de buenos o malos. Votar consiste muchas veces en evitar que gane el que más daño pueda hacer, aunque nos repugne aquel a quien entregamos el voto.)
No olvidemos, por otro lado, que no fue sólo que triunfase el que estaba llamado a ello por su apellido, sino que los republicanos obtuvieron mayoría en el Congreso y en el Senado. Si a eso añadimos que el voto republicano se ha mantenido en los mismos niveles que hace cuatro años... [...............................................................................................................................................................]
Güei, en LNE: "Los chicos (y las chicas) de la banderita"
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
Los chicos (y las chicas) de la banderita
Izquierda Unida y sus añoranzas de la República
12.09.2015 | 05:05
Xuan Xosé Sánchez Vicente Aparece en la televisión Cayo Lara soltando sus nademas y sus obviemas, con esa voz grave y esa dicción cansina de que la naturaleza lo ha dotado para aburrirnos. Detrás de él, una bandera roja (la de su partido, el PC, que se traviste en IU) y una bandera roja, gualda y morada. De mano no entiendo qué representa. Después caigo en la cuenta de que acaso quiera ser la bandera de la II República. Me extraño, no lo entiendo. ¿Acaso Lara y su partido no son de hoy, sino de hace 85 años? Es posible, algo arcaicos sí son. Pero luego acudo a algunos textos, y veo que don Cayo y los suyos añoran aquella República, que tienen por modélica, y quieren volver a sus valores.
Es posible que no sepan historia (he visto contar tantas mentiras en las aulas y en la prensa sobre aquel periodo que es posible que hasta los autores de la ficción acaben por creer sus fabulaciones). ¿Quién añoraría un régimen que quiso empezar con un golpe fallido -el de Galán-, padeció varias intentonas golpistas -la de Sanjurjo, la del PSOE y la UGT en el 34- y concluyó con una guerra sangrienta entre hermanos, de tres años, a la que siguió una cruel dictadura? ¿O es acaso su clima de violencia en las calles y los campos lo que echa en falta, la disposición al enfrentamiento de una parte de los españoles contra otra parte?
Porque en lo tocante a libertades, garantía de las mismas, protección social, organización territorial compleja -ya no digo la riqueza, que depende esa de los tiempos-, ¿en cuánto no supera nuestra democracia a la de entonces? ¿Que aquello era una república, donde se elegía al jefe del Estado, pues, y esto una monarquía? Evidentemente.
Pero lo que más me llama la atención es que tanto él como todos esos chicos de la banderita, que cada vez que hay una manifestación sacan la bandera tricolor en procesión -en realidad, pendón, puesto que no es hoy más que una enseña identificativa de particulares-, cuelguen de ella y su exhibición tantos ardores y enfotos. [................] ¿Acaso la tercera república no lo sería con la misma bandera que ahora tenemos, al igual que lo fue la primera? ¿Perdería su virtud si no cambiase los colores? Hay mucho de mirada adolescente en todas esas simplificaciones. [............................].
República: ¿A Zapatero o a Aznar?
Como
era previsible, la abdicación de don Juan Carlos no solo ha excitado a los
doctrinarios y predicadores habituales de la república, sino que ha causado
profundo desasosiego en una parte del PSOE: en unos porque les ha provocado la
reviviscencia de su antiguo discurso republicano, en otros, porque la
competencia con otras manifestaciones partidarias de la autodenominada
izquierda, el ansia de estar a la última, el miedo a ser tildados de
reaccionarios y lo insatisfactorio de sus resultados electorales han suscitado
en ellos un incontrolable desasosiego. Así, pues, la decisión real ha levantado
una polvareda de manifestaciones, reclamos, proclamas y banderas republicanas
que irá a más en los próximos meses.
Ahora
bien, el griterío de las proclamas republicanas contiene más de emoción que de
razones —como, por otra parte, es lo propio de todas las demandas políticas
primarias, esto es, las que tienen como argumento central la emoción— y, sobre
todo, va acompañado de argumentos absolutamente vacuos, si no conscientemente
falaces, e, incluso, una parte de sus razones emocionales se basan en una
fabulación o un mito. Porque, si bien es cierto que la elección por sufragio
universal de todos los cargos del Estado contiene un punto teórico más de
quintaesencia democrática que una monarquía, no es cierto que una monarquía sea
menos democrática que una república. Miren ustedes a la antigua URSS, a China,
a Cuba, a donde quieran, y —a no ser que entiendan como don Gaspar Llamazares
que «Cuba no es una dictadura, es otra cosa»— compárenlas con Holanda o el
Reino Unido y, salvo que no quieran ver, lo verán con claridad. Pero es que,
además, una gran parte de la demanda republicanera se basa, según hemos dicho,
en una fabulación doble: la que se trama sobre la historia de la propia II República
y la que se teje sobre sus contenidos institucionales. Acerca de estos últimos,
díganme ustedes un punto, un solo punto —salvo obviamente, el de no ser una
monarquía—, en que la Constitución de aquella mejore a la actual; es inferior
en todos los aspectos: sociales, institucionales, de libertades. Y en cuanto a
su realidad histórica (esa fábula con que se engaña en escuelas y tertulias)
fue un auténtico desastre: en su gestión económica y social; en el sectarismo
de todos; en su desorden callejero y en su violencia; en el matonismo como
forma de actuación política; en la nula voluntad democrática de muchos,
incluidos los que formaban la parte más sustancial de ella, que aspiraban a la
dictadura y practicaron el golpe de estado. Un desastre absoluto al que solo
vino a rehabilitar, convirtiendo la memoria de la II República en lo que no fue
ni quiso ser, el golpe de estado de Franco y su posterior dictadura.
Falacia
histórica y argumental a la que acompaña lo huero de algunos clichés, como el
de «las virtudes republicanas», que se tratarían de resucitar. ¿Qué son las
virtudes republicanas? ¿Alguien lo sabe? ¿Son las de aquella República?
¿Contienen alguna cualidad más de las que se tienen en nuestra democracia?
Silencio: el mito necesita de oscuridad y confusión. Llama más la atención aún
el que el sintagma nos remita a aquel otro episodio de nostalgia del «cualquier
tiempo pasado fue mejor» con que los antiguos romanos añoraban lo pretérito,
aun antes de la llegada de los cesarismos.
Y
ello sin contar con que muchos de los que reclaman la III República sobre el
cadáver momificado de la II no piden, como muchos de los que lo hacen, una
república democrática semejante a nuestra actual monarquía, pero sin monarca;
sino una como la de Cuba, la de la Venezuela actual (donde se encarcela a los
opositores sin juicio y por orden del presidente del Gobierno) y, si se
atreviesen, como la de la antigua URSS, a la que tanto alabaron.
Para
que unos cuantos cesasen en su prurito bastaría probablemente, y sin tener en
cuenta lo anteriormente dicho, con hacer una doble apelación a aquellos que
Churchill llamaba «el hombre corriente», a aquellos que, sin ser doctrinarios o
añorar eso que se llamaban y llaman eufemísticamente «democracias populares»,
están enfadados con el Rey porque caza elefantes, es viejo, parece haber tenido
líos de faldas o cualquier otra razón que soliviante su humor. A los de un
bando: ¿qué le parecería a usted, además de tener como jefe de Gobierno a Rajoy,
tener como presidente de la república a Aznar? Y a los del otro: ¿sobre
soportar a diario a Rubalcaba —o su sustituto— en la Presidencia, cómo llevaría
ver a Zapatero en la Jefatura del Gobierno? Estoy seguro de que, ante tales
perspectivas, muchos detendrían su mano
antes de echar a rodar los dados sobre el verde tapete.
Cerrando
ya, aparece en mi pantalla mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Veraniego
aprovechando estos días de ábrego, viste un horrible tanga rojo, calza madreñas
y, sempiternamente sediento, escancia sidra en amplio y cristalino vaso.
—Has
titulado mal —me dice con un punto de trastabilleo en su voz.
—Sí,
¿y tú cómo lo harías, so listo?
—Pues
yo pondría: «¿Se llama usted José, Gregorio o Ramón?
—¿Y
eso que significa?
—Ya
sabes, son los promotores de la Agrupación al Servicio de la República. En
cuanto vieron el parto que habían traído gritaron «No es eso, no es eso», y
salieron corriendo, literalmente, en todas direcciones.
Se
aleja por el aire tras echarme el sobrante del vaso sobre la alfombra —¡buena
la tendré con mi mujer!— y lo oigo cantar la coplilla infantil. «San José
bendito, cuando te quemaste, si estaba caliente, ¿por qué no soplaste?»
DEMOCRACIA PARA MÍ
Realizar
reformas en el sistema electoral es actualmente uno de los tópicos sociales más
habituales y que se realiza con unción extremada, como si ello fuese el
universal bálsamo de fierabrás de nuestra sociedad. Yo siempre he sido muy
escéptico con todo ello, porque creo que nuestros problemas están en otra parte
y porque, en general, muchas de las cuestiones que se proponen no tienen
efectividad en ningún sitio del mundo, o no la tienen, practicándolas ya, entre
nosotros o, finalmente, la tienen en un sistema sociomental que ni es el
nuestro ni nosotros aceptaríamos.
Detengámonos,
por ejemplo, en la propuesta de circunscripciones uninominales, que, en teoría,
incentivarían la independencia de los elegidos frente a los partidos, ora se presentasen
fuera de unas siglas, ora dentro de estas. Pongamos ya no un distrito electoral
de 100.000 habitantes, el necesario para un escaño al Congreso de los diputados,
sino uno pequeño, en una ciudad mediana, de 10.000. Es claro que, fuera de las
listas de los partidos, para darse a conocer y sostener una cierta maquinaria
electoral, no cabría más que la concurrencia de millonarios o de aquellos a los
que apoyasen concretos intereses económicos o empresariales. En el primer caso,
estaríamos ante una democracia censitaria de origen, en el segundo ante una
especie de representante popular con mandato imperativo oculto. Y si fuesen los
partidos los que designasen, apoyasen y financiasen a los candidatos de
distritos uninominales, ¿no sería ello lo mismo? ¿Mejora todo eso la
democracia? A mi juicio la empeora, en algún caso muy notablemente.
La reciente
propuesta de la Ley electoral asturiana, suscrita por PSOE, IU y UPyD nos
permite realizar algunas otras reflexiones. Reparemos en primer lugar en una:
la imposición de que los partidos realicen elecciones primarias (no las hacen
en casi ningún país democrático, pero eso no importa: la jaculatoria se ha
impuesto y pobre del que no la recite con gesto pío). Es ello una muestra más
de la permanente vocación arbitrista y paradictatorial de nuestras élites, como
la obligación de las listas paritarias según sexo. En primer lugar, consiste
ello en entrometerse en la organización interna de los partidos y en la libre
decisión de sus afiliados. Pero, sobre todo, supone el reconocimiento de que el
discurso no tiene nada que ver con la realidad. ¿Que los ciudadanos desean de
verdad primarias en los partidos o listas paritarias? Castigarán a quienes no
las tengan. Pero como ello no es así, aquí estamos nosotros para imponer la
voluntad (ni manifestada ni esperable) del pueblo.
Novedad
también las listas abiertas. ¿Sirve ello para algo? Solo para retrasar el
escrutinio, provocar el malhumor en las mesas electorales, y aumentar los
recursos judiciales. Porque, por lo demás, la gente vota globalmente a su
iglesia (permanente), o a su opción, ilusión o pozo del malhumor contra su
antigua querencia (coyunturales), como ocurre aquí y en el resto del mundo. Ya
que el voto «por objetivos finos» requeriría más atención y tiempo dedicados a
la política real (no al malhumor contra los políticos) del que realmente
estamos dispuestos a dedicar ninguno de nosotros. Háganse una pregunta: ¿A
cuántos ministros —solo nombre, foto y cartera— del Gobierno del Estado conocen
los ciudadanos? ¿A cuántos diputados asturianos —solo nombre y partido? ¿A
cuántos concejales de su pueblo —solo nombre? ¿Creen ustedes que con ese bagaje
informativo la libertad de elegir, marcando o tachando significa mucho? Es más,
puede que lleve ventaja el cebollón que nunca hace nada —y sea, por tanto,
desconocido—, sobre el activo, que siempre suscitará rencores o envidias.
Un
par de últimas consideraciones. Es sabido que la ley electoral asturiana
vigente premia a los partidos mayoritarios por tres vías. La primera, común a
España, es la ley d’Hondt o del reparto del voto efectivo; la segunda mediante
la «ficción» de tres circunscripciones, que, prácticamente, aseguran más de
cinco escaños, elección tras elección, a cada uno de los dos habituales
partidos mayoritarios.
Pues bien, la
propuesta del tripartito asturiano (el mismo, por cierto, que, en lo que les
cabe, les sube a ustedes los impuestos en los presupuestos) aminora en alguna
medida los efectos de la ley d’Hondt y de las tres circunscripciones,
estableciendo un pequeño número de restos que se computarán, por así decir, en
circunscripción única.
Pero
permítanme decirles, antes de seguir, que la ley d’Hondt, tan denostada, no es
una ley mala en sí: atribuye una pequeña y razonable prima a los partidos
mayoritarios, a fin de poder formar gobiernos. La ley asturiana sigue esa línea
y la lleva al extremo. Pues no habría problemas si esta sociedad tuviese
voluntad de acuerdo y cultura de pactos, pero eso ni existe ni ha existido (ya
Cánovas señalaba que «aquí todo el mundo prefiere su secta a su patria»). Y no
es solo que los partidos se nieguen a llegar a acuerdos, es que la sociedad se
lo impide. Porque todo el mundo pide diálogo y consenso a las organizaciones
políticas, pero lo que en realidad se desea es que los demás se plieguen a los
designios de la secta y discurso propios. Cuando se pacta, eso se castiga casi
siempre. Si es un partido pequeño quien lo hace, se le castiga duramente. Hagan
ustedes un repaso a la historia lejana y reciente y lo comprobarán.
No se me
olvida la tercera de las razones. No es la ley d’Hondt la que tiene efectos
perversos sobre la representación y el voto, sino el tamaño de los distritos
electorales y los umbrales de entrada en el cómputo para los escaños (otra vez,
una especie de democracia censitaria). El umbral del 5% o del 3% necesario para
que a un partido se le cuente entre el número de «agraciados», hace inútiles
los votos de muchos ciudadanos y, sobre todo, disuade de forma casi absoluta de
votarlos para «no tirar la papeleta». Y, sin embargo, por ahí muchos ciudadanos
se quedan sin opción de representación y la sociedad pierde la posibilidad de
otras voces y otras ideas. ¿Eliminan IU y UPyD ese umbral del 3% para aumentar
la democracia, anhelo que dicen desear tan fervientemente? ¡Naturalmente que
no! Se trata de su negocio. Esto es, «más democracia pero para mí». ¿O acaso
piensan que están locos?
Por cierto, y
es lítote, no he oído muchas veces hablar de esto a los esforzados paladines de
las reformas electorales.
PERRY, LA RED, LA DEMOCRACIA Y NOSOTROS
Un amigo me recomendó, para los ocios ligeros veraniegos, la lectura de las novelas policiacas de Anne Perry, una autora con decenas de libros y un gran éxito de ventas. Como forma de orientación, me dirigí a la Wikipedia y lo que allí vi me dejó sorprendido y horrorizado. He aquí la primera línea del artículo: «Anne Perry (nacida como Juliet Marion Hulme en Blackheath, Londres. El 28 de octubre de 1938) es una escritora inglesa, autora de historias de detectives además de una asesina sentenciada por el Caso Parker-Hume». No hará falta que les explique a ustedes las razones de mi reacción, al ver, por un lado, que en los datos iniciales se daba la misma importancia a su condición de escritora policiaca que a su circunstancia de asesina (a los quince años de edad, en compañía de una amiga, de la madre de esta). Tampoco mi creciente indignación al ver que el grueso de lo que viene a continuación se centra en ese episodio y en el juicio y la prisión posterior. Únicamente al final se entra en la información literaria, que se limita a darnos una lista de las 73 obras que Perry publicó entre 1990 y 2013, eso sí, aclarando con despegado escrúpulo que la lista se proporciona «según el sitio de internet de la autora». ¿Qué tiene que ver con la literatura toda esa cháchara de periódico de sucesos? ¿Acaso juzgamos, por ejemplo, a Pound como literato por su filofascismo, a Quevedo por su misoginia y aristocratismo, a Cela por su experiencia como censor? Y, en todo caso, ¿es ello la médula de su creación literaria?
Esta reflexión nos puede llevar a otras consideraciones sobre la producción de información y la recepción de la misma en la plaza pública inmaterial que llamamos la red. Es sabido, por ejemplo, que algunos de los datos que por ella circulan son puras ficciones inventadas con mera voluntad eutrapélica o demostrativa. Así, se han dado casos de informaciones falsas creadas ad hoc, que después se han repetido una y otra vez como una cita de un hecho o dicho realmente existente. En otras ocasiones, la manipulación es expresamente malintencionada y se hace con ánimo de degradar a un rival personal o a un «enemigo» ideológico. Yo mismo he sido objeto de alguna manipulación de ese tipo, aunque bienintencionada, en la Wikipedia, al afirmarse allí, en vísperas de unas elecciones, que las encuestas nos daban magníficos resultados electorales, falsedades palmarias ambas, encuestas y resultados magníficos, como ustedes saben de sobra, al menos en lo relativo a estos últimos. Pero, que conste, aquella mentira preelectoral a la que yo era ajeno me produjo un malestar que hoy, aunque atenuado, aun dura.
Volvamos a la información sobre Anne Perry de la Wikipedia. ¿Qué hay ahí, aparte de la inadecuación informativa? Pues muchas de las cosas que caracterizan la red: rencor, envidia, voluntad de encono, y, sobre todo, una autoritaria y anempática actitud de superioridad moral por parte del juzgador, esto es, las mismas pulsiones y actitudes que se dan en el comadreo de la plaza del pueblo, solo que ahora la plaza es universal e inmaterial. Y si, aunque difícilmente, los enjuiciadores del ágora clásica podían temer alguna consecuencia por sus palabras o el enfrentamiento físico con sus ofendidos, ahora esa posibilidad es prácticamente ninguna, lo que acentúa la inmunidad del ofensor.
Se ha señalado en muchas ocasiones que la red hace la vida social más democrática. Es cierto ello en sentido positivo: enriquece el conocimiento del mundo y de los otros; facilita la comunicación entre las personas; permite a los individuos no solo la recepción de información, sino su creación; posibilita el conocimiento veraz y científico. Pero potencia, asimismo, todos los defectos que son parte constitutiva de la democracia. No olvidemos que los inventores de la misma, los griegos, produjeron aquel mecanismo de enjuiciamiento anónimo, el ostracismo, mediante el cual, muchas veces, la manipulación de unos pocos volcaba la envidia y el rencor de los más contra los mejores. Esos elementos —la capacidad de manipulación, la excitación de la envidia y el rencor, la maledicencia—, haciéndolos pasar por justicia que emana de una posición moral de superioridad, y, sobre todo, la irresponsabilidad de los actores —no olvidemos que la condición de irresponsables de los actores de primer grado, los votantes, es uno de los fundamentos de la democracia— han sido fortalecidos exponencialmente en la plaza inmaterial y pública del comadreo. Si pensamos que en general, además, internet goza en su recepción del crédito cuasi sacro y acrítico de que en el pasado gozaron otros medios y protagonistas sociales, completaremos el panorama.
Una última consideración. La sociedad se ha esforzado, a lo largo de siglos, en eliminar los sambenitos de sobre las personas, en lograr que el cumplimiento de las penas se limite estrictamente al tiempo de las mismas; de ese modo, por ejemplo, se eliminan los antecedentes penales del individuo, para que, a partir del término de la condena, pueda empezar de cero, sin que su castigo llegue «hasta la tercera o cuarta generación». Pero he aquí que eso no cuenta en la red. La «superioridad moral» del redactor de la Wiki ha decidido que los pecados de Anne Perry, como los de tantos condenados en le plaza inmaterial del cotilleo, nunca serán borrados.
He ahí una forma paradójica de inmortalidad que nos proporciona la red: la permanencia de nuestra memoria, de nuestras virtudes, de nuestra grandeza y generosidad, de nuestros defectos y yerros, más allá de nuestra vida, mucho más allá de la cuarta generación. Y por desgracia, habrá muchos más interesados en colgar lo malo —en «colgarnos», en realidad— que lo bueno; muchos más fascinados por ver nuestro culo que nuestras témporas, que así somos los humanos.
SAMBENITOS Y LEY DE LYNCH
Ignoro si ustedes tienen, como yo, la impresión de que nuestra sociedad se está encanallando, de que, progresivamente, la cacocracia se va convirtiendo en el discurso y modos dominantes.
«Odia el delito y compadece al delincuente», formuló Concepción Arenal en lo que significó un paso más en el concepto moral de las penas, tras las modificaciones en los castigos y en los medios de obtención de las pruebas que siguieron a la Ilustración y a su concreción en el Beccaria de De los delitos y las penas. Lo que hoy parece acompañar a la justicia mediático-popular, a lo que algunas veces he denominado «la moral justiciera de Tele5», es, más bien, el emblema de «Odia y vilipendia al delincuente, aunque, en realidad, no te importe el delito».
Para esa justicia mediático-popular, que incluye, no solo a tertulianos alineados y pueblo llano, sino, asimismo, el discurso de los políticos hacia los imputados o encausados que no son de su cuerda, los conceptos «presunción de inocencia» y «presuntamente» son solo salvaguardias formales, bajo las que uno puede preservarse de querellas ulteriores. «Fulano» —se dice— «es un ladrón». «Ha robado (o violado o prevaricado o…) de esta y de otra manera». Y se añade «Bueno, presuntamente». O se realizan semejantes o más graves aseveraciones como hechos probados, para añadir al final: «Respetando, claro es, la presunción de inocencia». Es más, si alguien ha sido juzgado y condenado por esa justicia mediático-popular (en realidad, solo condenado, pues el solo hecho de ser puesto alguien en la picota implica ya, desde el primer momento, su condena), es absolutamente indiferente que, al final, la justicia institucional lo absuelva o lo castigue con penas menores. Ya se sabe que la justicia está al servicio de los poderosos, que el acusado se ha librado por suerte o por tener buenos abogados, etc. Todo, menos aceptar que la justicia es algo distinto al prejuicio del dictador/juzgador popular; cualquier cosa menos creer en la presunción de inocencia, que supone el esperar a enjuiciar hasta que la ley dicte sentencia y en aceptar ésta como la única verdad objetiva en una democracia (al margen, evidentemente, de los recursos jurisdiccionales ante un fallo con el que no se está conforme, porque la aceptación de la inocencia jurídica no entraña, obviamente, el allanamiento).
¡Qué lejos está el espíritu de esa generalizada actitud de colocar a los demás indelebles sambenitos, justificados o gratuitos, de las palabras de Cervantes a través de Alonso Quijano!: «Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones». «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia».
«Odia el delito y compadece al delincuente», formuló Concepción Arenal en lo que significó un paso más en el concepto moral de las penas, tras las modificaciones en los castigos y en los medios de obtención de las pruebas que siguieron a la Ilustración y a su concreción en el Beccaria de De los delitos y las penas. Lo que hoy parece acompañar a la justicia mediático-popular, a lo que algunas veces he denominado «la moral justiciera de Tele5», es, más bien, el emblema de «Odia y vilipendia al delincuente, aunque, en realidad, no te importe el delito».
Para esa justicia mediático-popular, que incluye, no solo a tertulianos alineados y pueblo llano, sino, asimismo, el discurso de los políticos hacia los imputados o encausados que no son de su cuerda, los conceptos «presunción de inocencia» y «presuntamente» son solo salvaguardias formales, bajo las que uno puede preservarse de querellas ulteriores. «Fulano» —se dice— «es un ladrón». «Ha robado (o violado o prevaricado o…) de esta y de otra manera». Y se añade «Bueno, presuntamente». O se realizan semejantes o más graves aseveraciones como hechos probados, para añadir al final: «Respetando, claro es, la presunción de inocencia». Es más, si alguien ha sido juzgado y condenado por esa justicia mediático-popular (en realidad, solo condenado, pues el solo hecho de ser puesto alguien en la picota implica ya, desde el primer momento, su condena), es absolutamente indiferente que, al final, la justicia institucional lo absuelva o lo castigue con penas menores. Ya se sabe que la justicia está al servicio de los poderosos, que el acusado se ha librado por suerte o por tener buenos abogados, etc. Todo, menos aceptar que la justicia es algo distinto al prejuicio del dictador/juzgador popular; cualquier cosa menos creer en la presunción de inocencia, que supone el esperar a enjuiciar hasta que la ley dicte sentencia y en aceptar ésta como la única verdad objetiva en una democracia (al margen, evidentemente, de los recursos jurisdiccionales ante un fallo con el que no se está conforme, porque la aceptación de la inocencia jurídica no entraña, obviamente, el allanamiento).
¡Qué lejos está el espíritu de esa generalizada actitud de colocar a los demás indelebles sambenitos, justificados o gratuitos, de las palabras de Cervantes a través de Alonso Quijano!: «Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones». «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia».Quien indague lo que hay debajo de esas actitudes, implacables siempre e injustas muchas veces, encontrará ahí muchas de las pasiones más abyectas de ser humano, muchos de sus valores más asociales: el odio hacia los que son más o distintos, la envidia, el afán de humillar a quien ha destacado, una voluntad igualadora que consiste no en elevar lo bajo sino en pasar el rasero para eliminar lo que se distingue. ¿Efectos de la crisis? No, la humanidad de siempre que ahora ha encontrado la ocasión de proyectar sus pasiones a través de interné y de tertulias, y que ha encontrado hodiernamente el halago —interesado de muchas formas— de determinados líderes o vehiculadores de opinión.
Esa especie de ley de Linch ha dado un salto cualitativo en los últimos tiempos hacia el matonismo y la amenaza física. Ocurre a las puertas de los juzgados, sucede por las calles cuando los adeptos de Coláu cercan ayuntamientos, señalan al sambenitado, amedrentan con su presencia. Porque si se pueden entender los nervios de quien pierde su casa o su dinero, es difícil de justificar la acción de profesionales de la asonada y de la ley de Linch moral.
Ahora bien, lo más inaceptable reside en otros lugares. En la complacencia en que tantos opinadores y políticos ven esos movimientos como la expresión pura de la democracia, como la manifestación por excelencia de la voluntad popular, tal que si Dios o la mano invisible de la historia se hiciesen patentes a través de ese acendramiento de la verdad que serían los alborotadores o sus agitadores; como si unas decenas o unos miles de ciudadanos en algarada fuesen más «pueblo» que millones expresándose en las urnas. Hay en ello, desde luego, mucho odio, a veces, a la derecha; hay también una enorme inseguridad y miedo en políticos y opinantes, miedo a quedar mal, miedo a no ser «simpáticos», miedo a ser sambenitado con un «ex illis es»; pero, asimismo, en muchos, un infantilismo añorante de la «revolución pendiente», ese impenitente fantasma que persigue el fracaso personal de los miembros de tantas generaciones, falangistas, comunistas, socialistas, milagreros sociales en general.
¡Contra la opinión general!
Si usted tiene una alta opinión de sí mismo, de los demás y de los conocimientos de todos, no vaya al enlace que le ofrezco; si usted cree en que las mayorías son "la voz de Dios" o su variante laica "la voz de la razón", no vaya al enlace siguiente; si usted cree que la crisis no tiene solución y que todo va a ir peor, no vaya al enlace siguiente.
Pero si tiene alguna duda o, al menos, tiene curiosidad por el mundo, ¡vaya! Es un artículo de Hugo Ferrer en Cotizalia, el 19/07/12.
Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias
Yá saben, pa pactar n'Asturies, esto ye, pa solucionar los problemes de los asturianos. ¿Fue pa eso pa lo que votaren a UPyD los 18.000 ciudadanos que lo ficieren? Pues, a lo meyor, sí, ¡vete a saber!
En fin, como toi fartucu de repetir, somos lo que queremos ser. ¿Que nun somos naide? ¿Que nun pintamos nada? Eso ye, xustamente lo que queremos ser.
Porque, na democracia, a los políticos nun los manda'l cielu, como-yos pasó a les ranes que, na fábula, pidieren rei a Xúpiter y mandó-yos una trabe que los achapló, nin son dictadores qu'asalten el poder a golpe d'urna. Non, ye la xunta xeneral d'accionistes, toos y caún de los ciudadanos, los que ponen ehí a los políticos qu'ellos quieren poner. Eso, xustamente, ye la democracia.
Lleer más en: "Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias (ABC del 28/03/2012)"
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Llección d'historia (especialmente pa mozos)
Enantes de pasar a la llectura del artículu que vien a continuación convendría recordar un par de coses:
a) la primera, un chiste que circulaba na España de Franco sobre Pilar Primo de Rivera. Decíase d'ella que yera la muyer más curiosina d'España, porque d'una camisa vieya del hermanu ficiera un sostén pa tola vida.
b) la segunda, aquella frase del doctor Johnson: "la patria ye, a vegaes, l'últimu abellugu de los canallos".
Y agora llean, y, sobre too, llean los mozos de menos de trenta años, pa saber cómo yera'l mundu nel iniciu.
L'artículu, d'Antoni Puigverd, asoleyóse na Vanguardia del 05/03/12: "No habrá perdón para los privilegiados"
Democracia, Ortografía, Pueblo
Uno de los sucesos que más han elevado mi buen humor en las últimas semanas ha sido el fallo del jurado popular que ha declarado al expresidente Francisco Camps «no culpable». Como probablemente sabrán, el acta de la voz del pueblo empezaba diciendo que «el jurado, a deliberado» y, a continuación, a lo largo de dieciséis folios, sin prácticamente tildes, aparecían cosas como «faborable», «hallan» (de «haber»), «tubiera» y otros.
No ha sido, ciertamente, el fallo no condenatorio lo que me ha excitado, como tampoco lo hubiese sido un fallo en contrario, pues, en los juicios de sonadía, procuro atenerme a la presunción de inocencia (nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario) y a la cognición pragmática (son las sentencias las que deciden sobre la culpabilidad o inocencia en lo encausado, no nuestra opinión sobre el asunto). Tampoco me hago cruces sobre la agrafia del jurado: a fin de cuentas, todos sabemos que somos un país con un alto índice de fracaso escolar, parámetro compuesto por quienes abandonan sus estudios (el guarismo oficialmente computado) y por quienes pasan a través de los mismos como un cuerpo glorioso, sin ser apenas manchados o afectados por ellos. Incluso, mi yo cínico podría querer recordar que, aunque ahora va a menos, una corriente pedagógico-progresista viene dando la lata desde hace décadas señalando que «lo importante no es la ortografía, sino entenderse», y aun podría traer a colación a intelectuales y políticos que señalan que la ortografía es «un instrumento burgués de opresión del pueblo».
No, lo que me ha suscitado un ánimo jocundo han sido las reacciones contrarias a la sentencia del jurado, muchas de las cuales han apoyado sus críticas, precisamente, en la patente condición de escasa cultura de los sentenciantes. Y la gracia está en que son precisamente las gentes de condición progresista, aquellos que siempre han sido partidarios de la institución del jurado, aquellos que afirman que dicha institución «acerca la justicia al pueblo» (frase, por cierto, tan vacía como esta otra: «alabú daluisba caloboba») los más que han renegado en esta ocasión de ella. «No se puede tolerar esto, no se puede poner a juzgar a gente prácticamente analfabeta» ha sido el concepto que vendría a resumir su pensamiento.
Ante esos razonamientos, uno no puede dejar de preguntarse por el conocimiento que de la realidad tienen estas gentes, y, en consecuencia, por lo que para ellos se encapsula bajo la palabra «pueblo», que con unción tan reverencial pronuncian cuando no se encuentran con su evidencia. Porque, en términos objetivos, el pueblo, esto es, el conjunto de los ciudadanos de un estado o nación, incluye a todos esos fracasados escolares y analfabetos funcionales de los que las estadísticas dan cuenta; también a todos esos ciudadanos que tienen escaso o ningún interés por la vida pública y por la organización social, excepto para sus «derechos», esto es, para los beneficios que de la sociedad obtienen; a aquellos que, por sistema, desprecian la política y los políticos. Ellos son, como los demás, «el pueblo». Y son ellos también quienes votan en las urnas, con igual desconocimiento, con iguales prejuicios, con idéntico desinterés por la realidad. Claro que, en la medida en que los votan a ellos y a los suyos, esa gente ignara debe parecerles homóloga a esa entidad sacro-vacua que les remueve de placer las entrañas cuando pronuncian «pueblo», palabra que articulan y paladean habitualmente como si ingiriesen la hostia sagrada de la llave secreta de la historia o, tal vez, la untuosidad golosa de un tocinillo de cielo.
Pero el pueblo es muchas cosas. Quien quiera mirar su parte turbia puede verlo en Atenas expulsando a los mejores bajo la incitación de los demagogos y corrompido por las dádivas; allí mismo, defendiendo su modo de vida frente al bárbaro persa. Puede comprenderlo en los análisis y pronósticos de Tocqueville señalando como el peor mal de la democracia futura el igualitarismo envidioso e igualador hacia abajo. En el levantamiento contra Napoleón sacrificándose por conceptos como la patria, la nación o el rey, o desjarretando y destripando por el mero placer de la sangre. En la guerra civil asesinando por el odio o la envidia o sacrificando su vida por los suyos o por sus ideales.
El pueblo, en una palabra, son muchos conjuntos de comportamientos distintos, e incluso, alguna vez, alternantes. Hoy, unos, por ejemplo, los forman individuos altruistas que trabajan gratis por los demás, en las aldeas de África, en los comedores de España; otros, la turbamulta de envidiosos linchadores carentes de toda piedad, a los que, anhelosos y jadeantes, convocan las vuvucelas justiciero-recaudatorias de ciertas cadenas televisivas.
Y, naturalmente, entre ellos, entre ese último subconjunto de pueblo, hay gentes con muchas carreras, las hay analfabetas y las hay, incluso, que exhiben banderas republicanas como prueba de su impoluta y distinguida moralidad ciudadana.
Llegados a este anterior punto, se me aparece mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que lleva la montera adornada con un par de jacintos de color azul violáceo.
— ¡Pero ven acá, alma cándida! ¿Crees tú que si el fallo les hubiese dado la razón condenando a Camps se hubiesen metido con el jurado y puesto en duda la institución? Al revés, habrían afirmado cómo, a pesar de la ignorancia en que lo ha sumido siempre la explotación capitalista y la derecha, la voz del pueblo encuentra siempre el camino hacia la luz y la verdad. Esto es, que el pueblo, como el Dios del proverbio, escribe derecho aunque fuere con grafías erróneas o ignorantes, y que eso sería, precisamente, lo que confirmaría la excelencia del jurado popular.
¡Acabáramos!
¡Vaya llistos, los del aduar! (O: ¡a por les minoríes!)
Los del aduar (autodenomaos del 15-M) y los periodistes que ven nellos el viagra revolucionariu perdíu na xuventú (nesti país siempre hai daquién con una revolución pendiente) anden toos entusiasmaos coles sos propuestes (coles sos babayaes, en realidá) sobre la reforma democrática, les reducciones de diputaos y cargos públicos, etc.
Naturalmente, los llistos cuerren apuntase a esi carru. Asina, PP y PSOE tán d'alcuerdu en reducir los escaños del Congresu; Esperanza Aguirre va a facir llistes abiertes en distritos uninominales, etc. ¿Saben a ónde lleva too ello? A poner entá más difícil la entrada de les minoríes nos parlamentos, a poneles a piques d'esapaecer. Asina qu'aprovechando l'impulsu de los "llistos" (de picu) los llistos de verdá faen el so agostu y engorden la so cuenta resultaos.
Y, mentestantu, PSOE y PP pactaren hai pocos meses (camiento que col sofitu d'IU, pero nun lo sé) que los partíos que nun tengan representación parllamentaria tengan que recoyer firmes pa poder presentase a les elecciones. Esto ye, un nuevu obstáculu pa eliminar la perda de votos y concentralos nos "gochos gordos" (yá se sabe lo que diz el refrán asturianu. "al gochu gordu, untá-y el rau").
¿Importa too esto a los del aduar y a los sos palanganeros mediáticos? ¡Qué va! Ellos tan contentos con sentir l'ecu de los sos rutios parademocráticos y metafísicos nos medios de comunicación.
Recréu condicional

El pasáu martes 26 d'ochobre, la Comisión d'Igualdá del Congresu aprobó la propuesta del PSOE pa solicitar al Gobiernu eliminar los "xuegos sesistes" y los "estereotipos" de los patios de los colexos, implantando protocolos que fomenten unos xuegos que nun distingan por xéneru:
«se elaboren e impulsen protocolos de juegos no sexistas para que se implanten y desarrollen en los espacios de juego reglado y no reglado en los colegios públicos y concertados de Educación Primaria»
Pal promotor de la iniciativa, José Alberto Cabañes (PSOE):
«se trata de realzar e impulsar el principio de igualdad entre mujeres y hombres .... ...especialmente durante el recreo en los patios de los colegios, ya que constituyen instrumentos de transmisión de valores y principios en esta etapa educativa" y "casi todos los juegos y actividades de ocio están impregnados de violencia y sexismo»
«Los juegos y juguetes tradicionales y también los modernos, contienen sesgos sexistas y de violencia, que es lo que hay que tratar de eliminar para que verdaderamente tengamos una educación en igualdad que tenga en cuenta a niños y niñas»
«O sea, "ñeñes, ñeños, nun xuguéis a lo que vos preste, vais xugar a lo que vos mandemos, pa ser bonos ciudadanos educaos na "formación del espíritu nacional"».
Y de xixilar y correxir, ¿quién se va encargar? ¿Un coordinador? ¿Un tutor? ¿El "profe" de patio? ¿Un segurata?
Porque la llucha contra'l sesismu ta perbién, pero la voluntá de construir el mundu según los sueños y d'ordenar lo que los demás deben facer y pensar pa ser "bonos" ye otra cosa. Y, además, el que quier ver lo que quier ver ve lo que quier ver, que nun ye que vea lo qu'hai.
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