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Güei en LNE: Escrúpulos de conciencia

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(Trescribo, como davezu, dalgunos párrafos)

Escrúpulos de conciencia

Las propuestas que tramita el Parlamento asturiano para modificar la ley Electoral y algunos tópicos de moda

29.10.2015 | 04:04
Escrúpulos de conciencia
En el Parlamento Asturiano anda tramitándose un acuerdo para modificar la ley Electoral. En sus discursos, los partidos que pretenden cambiarla -los recién llegados- aducen que pretenden hacerla más justa en cuanto a la distribución de escaños con respecto al voto y, sobre todo, dar más poder al ciudadano, más capacidad de decisión.
En general, la mayoría de esas propuestas responden a los tópicos que ruedan por toda España en torno a la política, los políticos y los ciudadanos. Por ejemplo, la propuesta de la limitación de mandatos está en relación con otra receta de moda, la de la renovación de los representantes (es decir, de su eliminación al cabo de un tiempo) y con una especie de pulsión admirativa hacia la juventud, en menoscabo de la edad.
He aquí uno de los curiosos misterios del pensamiento actual: mientras en todos los campos se prefiere la experiencia y el conocimiento a la inexperiencia o la inopia, aquí parece que será más salvífica para la nación la presencia de gente inexperta y sin conocimientos. Mas, por decirlo con claridad, para actuar sobre el mundo, para hacer política, es necesario un amplio conocimiento de aquello de lo que se habla y una cierta reticencia sobre la sabiduría de uno mismo. "No soy tan joven para saberlo todo", decía Oscar Wilde, apuntando a la ignorancia atrevida que acompaña inevitablemente a la juventud. [.....................................................]
Otra de las cuestiones sorprendentes es la pretensión de algunos de que sean los ciudadanos quienes carguen directamente con sus responsabilidades. No es otra cosa lo que pretenden cuando quieren que sean ellos los que tomen decisiones como la de la construcción de una depuradora mediante una consulta popular.  [.........................................................]
Entre otras propuestas parece que se baraja la de dar al ciudadano la posibilidad de cambiar los puestos dentro de la lista de un partido. Se trata de uno de los tópicos actuales más inútiles y que mayores complicaciones traerá. 
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DEMOCRACIA PARA MÍ

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Realizar reformas en el sistema electoral es actualmente uno de los tópicos sociales más habituales y que se realiza con unción extremada, como si ello fuese el universal bálsamo de fierabrás de nuestra sociedad. Yo siempre he sido muy escéptico con todo ello, porque creo que nuestros problemas están en otra parte y porque, en general, muchas de las cuestiones que se proponen no tienen efectividad en ningún sitio del mundo, o no la tienen, practicándolas ya, entre nosotros o, finalmente, la tienen en un sistema sociomental que ni es el nuestro ni nosotros aceptaríamos.
Detengámonos, por ejemplo, en la propuesta de circunscripciones uninominales, que, en teoría, incentivarían la independencia de los elegidos frente a los partidos, ora se presentasen fuera de unas siglas, ora dentro de estas. Pongamos ya no un distrito electoral de 100.000 habitantes, el necesario para un escaño al Congreso de los diputados, sino uno pequeño, en una ciudad mediana, de 10.000. Es claro que, fuera de las listas de los partidos, para darse a conocer y sostener una cierta maquinaria electoral, no cabría más que la concurrencia de millonarios o de aquellos a los que apoyasen concretos intereses económicos o empresariales. En el primer caso, estaríamos ante una democracia censitaria de origen, en el segundo ante una especie de representante popular con mandato imperativo oculto. Y si fuesen los partidos los que designasen, apoyasen y financiasen a los candidatos de distritos uninominales, ¿no sería ello lo mismo? ¿Mejora todo eso la democracia? A mi juicio la empeora, en algún caso muy notablemente.


La reciente propuesta de la Ley electoral asturiana, suscrita por PSOE, IU y UPyD nos permite realizar algunas otras reflexiones. Reparemos en primer lugar en una: la imposición de que los partidos realicen elecciones primarias (no las hacen en casi ningún país democrático, pero eso no importa: la jaculatoria se ha impuesto y pobre del que no la recite con gesto pío). Es ello una muestra más de la permanente vocación arbitrista y paradictatorial de nuestras élites, como la obligación de las listas paritarias según sexo. En primer lugar, consiste ello en entrometerse en la organización interna de los partidos y en la libre decisión de sus afiliados. Pero, sobre todo, supone el reconocimiento de que el discurso no tiene nada que ver con la realidad. ¿Que los ciudadanos desean de verdad primarias en los partidos o listas paritarias? Castigarán a quienes no las tengan. Pero como ello no es así, aquí estamos nosotros para imponer la voluntad (ni manifestada ni esperable) del pueblo.
               Novedad también las listas abiertas. ¿Sirve ello para algo? Solo para retrasar el escrutinio, provocar el malhumor en las mesas electorales, y aumentar los recursos judiciales. Porque, por lo demás, la gente vota globalmente a su iglesia (permanente), o a su opción, ilusión o pozo del malhumor contra su antigua querencia (coyunturales), como ocurre aquí y en el resto del mundo. Ya que el voto «por objetivos finos» requeriría más atención y tiempo dedicados a la política real (no al malhumor contra los políticos) del que realmente estamos dispuestos a dedicar ninguno de nosotros. Háganse una pregunta: ¿A cuántos ministros —solo nombre, foto y cartera— del Gobierno del Estado conocen los ciudadanos? ¿A cuántos diputados asturianos —solo nombre y partido? ¿A cuántos concejales de su pueblo —solo nombre? ¿Creen ustedes que con ese bagaje informativo la libertad de elegir, marcando o tachando significa mucho? Es más, puede que lleve ventaja el cebollón que nunca hace nada —y sea, por tanto, desconocido—, sobre el activo, que siempre suscitará rencores o envidias.
               Un par de últimas consideraciones. Es sabido que la ley electoral asturiana vigente premia a los partidos mayoritarios por tres vías. La primera, común a España, es la ley d’Hondt o del reparto del voto efectivo; la segunda mediante la «ficción» de tres circunscripciones, que, prácticamente, aseguran más de cinco escaños, elección tras elección, a cada uno de los dos habituales partidos mayoritarios.
Pues bien, la propuesta del tripartito asturiano (el mismo, por cierto, que, en lo que les cabe, les sube a ustedes los impuestos en los presupuestos) aminora en alguna medida los efectos de la ley d’Hondt y de las tres circunscripciones, estableciendo un pequeño número de restos que se computarán, por así decir, en circunscripción única.
Pero permítanme decirles, antes de seguir, que la ley d’Hondt, tan denostada, no es una ley mala en sí: atribuye una pequeña y razonable prima a los partidos mayoritarios, a fin de poder formar gobiernos. La ley asturiana sigue esa línea y la lleva al extremo. Pues no habría problemas si esta sociedad tuviese voluntad de acuerdo y cultura de pactos, pero eso ni existe ni ha existido (ya Cánovas señalaba que «aquí todo el mundo prefiere su secta a su patria»). Y no es solo que los partidos se nieguen a llegar a acuerdos, es que la sociedad se lo impide. Porque todo el mundo pide diálogo y consenso a las organizaciones políticas, pero lo que en realidad se desea es que los demás se plieguen a los designios de la secta y discurso propios. Cuando se pacta, eso se castiga casi siempre. Si es un partido pequeño quien lo hace, se le castiga duramente. Hagan ustedes un repaso a la historia lejana y reciente y lo comprobarán.
No se me olvida la tercera de las razones. No es la ley d’Hondt la que tiene efectos perversos sobre la representación y el voto, sino el tamaño de los distritos electorales y los umbrales de entrada en el cómputo para los escaños (otra vez, una especie de democracia censitaria). El umbral del 5% o del 3% necesario para que a un partido se le cuente entre el número de «agraciados», hace inútiles los votos de muchos ciudadanos y, sobre todo, disuade de forma casi absoluta de votarlos para «no tirar la papeleta». Y, sin embargo, por ahí muchos ciudadanos se quedan sin opción de representación y la sociedad pierde la posibilidad de otras voces y otras ideas. ¿Eliminan IU y UPyD ese umbral del 3% para aumentar la democracia, anhelo que dicen desear tan fervientemente? ¡Naturalmente que no! Se trata de su negocio. Esto es, «más democracia pero para mí». ¿O acaso piensan que están locos?
Por cierto, y es lítote, no he oído muchas veces hablar de esto a los esforzados paladines de las reformas electorales.


Don Juan Morano: discursos, realidad y cobardía

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El senador del PP por Castilla-León don Juan Morano ha tenido esta semana de atrás un cierto protagonismo, por su disposición a votar en contra de su partido en relación con algunas enmiendas a los presupuestos generales referidas al carbón. Esa actitud nos permite realizar algunas reflexiones en torno a una cuestión que suele debatirse con grandes tertulioaspavientos y con poco conocimiento, la de la libertad de voto dentro de los partidos en las instituciones (distinta a la libertad de voto en los actos propios de las organizaciones políticas).

Con una postura que tiene aún menos adeptos que la de hablar en serio de un tema dentro de las redes sociales o que la de pagar impuestos, reiteraré lo que siempre he manifestado: salvo que sea pactada, estoy en contra de la ruptura de la disciplina de voto; tampoco creo que las listas abiertas tengan interés alguno, y, menos aún, que tengan consecuencias prácticas. No voy a volver a exponer aquí mis argumentos, pero permítanme, en relación con ello, hacer algunas reflexiones acerca de los efectos reales de la postura «gallarda» (o libertaria) de don Juan Morano.

Recuerden ustedes que, el primer día de enmiendas en el Senado a esos presupuestos, don Juan se equivocó (o lo confundieron) y no votó a favor de las que se proponían sobre la minería. Pues bien, tanto las redes como las tertulias de los medios se llenaron de críticas acerbas y burlonas hacia su persona. Al día siguiente sí votó. Las rectificaciones a las críticas fueron cero, los aplausos por su postura, escasos. Y, yendo a las consecuencias efectivas de su acción, puramente testimonial o moral, ¿creen ustedes que ni uno solo de aquellos que han aplaudido la «valentía» de don Juan votará al PP por ello en las próximas elecciones? ¡Ni uno solo! Puede que, en cambio, provoque la deserción de alguno de los suyos.

Ocurre siempre igual con estas actitudes «morales» o «éticas» en política, con respecto a la realidad social, a la dinámica de apoyos hacia un partido, que obedece a otras reglas, al menos en los parámetros de voto que tienen alguna importancia. Al respecto, no me cansaré de repetir cómo, cuando el señor Aznar anunció que no sería presidente más allá de los ocho años de mandato, advertí, casi en solitario, que, por muy aplaudido que fuese el «beau geste» de don José María, no movería un solo voto a favor de su partido y, más aún, su ausencia podía hacérselos perder, como así fue —aparte, de otras circunstancias.

No, los actos arrogantes, las actitudes de responsabilidad moral deben llevar otro camino, el de la dimisión —como ejemplarmente hizo don Nicolás Salmerón y Alonso, en la primera República, al negarse a firmar penas de muerte—, o, al menos, ser seguidos de de la dimisión. Porque es absolutamente indecoroso salir elegido con los votos y el dinero de un partido y sus militantes para luego seguir en él y en su contra. Eso está más cerca del filibusterismo que de la responsabilidad, y a kilómetros de la ejemplaridad.

Pero cuando don Juan cae en lo patético es cuando anuncia que recurrirá ante los tribunales la sanción de 2.000 euros que su partido le impone por romper la disciplina. ¿Es que, ni siquiera, tiene la «hombría» —como se decía antes— de arrostrar las consecuencias de su acción? ¿Es que pensaba ponerse una medalla sin costo alguno? A mí esto me recuerda la actitud de tantos huelguistas que, tras vacar en su trabajo, se extrañan de que se les descuente lo no trabajado o se quejan de ello. Es como el que piensa en hacer la revolución armada y espera que, de perderla, se le perdone e, incluso, sea tenido por un héroe hasta por quienes ha pretendido liquidar (¿Les suena, por cierto, a ustedes esto a algún episodio reciente de nuestra historia?).

Lo que me parece cobardía y falta de valor en don Juan Medrano —ese quedarse en las filas de los partidos donde se está con falta de sintonía—no es tan infrecuente en la historia. Me acuerdo siempre de Fernando de los Ríos lloriqueando ante Azaña por la deriva revolucionario/golpista del PSOE, y, sin embargo, sintiéndose incapaz a abandonar la organización. O, más recientemente, de los señores Guerra y Bono despotricando contra el estatuto de Cataluña y el rumbo de las restantes reformas estatutarias para, después, llegada la hora, callar y comulgar con votos de molino.

Y es que, al menos, cuando uno sabe que va a tener que adoptar una postura genuflexa o prona, no debería hacerse ver, en los días previos, galleando y estirando cuello y cresta para parecer más alto.

La quimera de las listas abiertas

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Al modo en que don Carlos y don Federico proclamaron en 1848, un fantasma recorre las lenguas, las tertulias y los oratorios en que se han convertido últimamente las plazas de España, el fantasma de las listas abiertas. «Mi reino por una lista abierta», parece proclamar todo el mundo, a la manera en que Enrique III, a punto de expirar en Bosworth, pedía un caballo, pensando que ahí, en las listas abiertas, radica la solución a la mayor parte de los problemas del Reino de España.

Y, sin embargo, lo de las listas abiertas es más que nada un puro «flatus vocis», un tópico de discurso. En primer lugar, porque las listas abiertas -ya sean listas abiertas puras o listas abiertas donde se puede escoger sólo entre candidatos de un mismo partido; ora en distritos uninominales, ora de varios escaños- tienen una escasa efectividad en los sitios en que existen. Quien tenga experiencia, por ejemplo, en el recuento de votos para el Senado sabe de sobra que es muy exiguo el número de ciudadanos que opta por seleccionar candidatos de distintas fuerzas políticas, y que, incluso, la mera colocación preferencial en las listas arrastra un mayor número de votos. En una palabra, dondequiera que se dispone de algún tipo de mecanismo para personalizar candidatos, los electores desprecian en la práctica esa opción. Al respecto, puede ojear el lector, si tiene por ello avidez, «Sistemas electorales y gobierno representativo», de Joseph M. Vallès y Agustí Bosch (Ariel, Barcelona, 1997), o «La reforma del régimen electoral» (C.E. Constitucionales, Madrid, 1994).

Pero aceptemos la suposición de que sí vamos a tener listas abiertas. Hágase antes el culto lector un ligero examen. Averigüe si sabe el nombre de los ocho diputados asturianos en Madrid, extraiga de su memoria la identidad y la función de los ediles de su concejo, algunos de los cuales llevarán ya varios lustros en política. Una vez que tenga la respuesta, haga cábalas y calcule qué conocimiento tendrán la mayoría de sus vecinos, si ése es el que él posee, siendo, como es, una persona informada. Examine entonces qué significaría una lista abierta cuando se desconoce a los teóricos candidatos. Piense, además, si no podría darse la paradoja de que, en las listas abiertas y bloqueadas, la opinión castigase al hombre público conocido que labora mucho (bien y mal) y premiase al desconocido que no hace nada (ni bien ni mal). Y, ahora, calcule cuál sería la actitud de los aspirantes a candidatos: ¿no preferirían pasar desapercibidos antes que arriesgarse a caer mal por tratar de enfrentar los problemas?

La idea de listas abiertas y no bloqueadas en distritos uninominales pequeños (y con plena libertad de concurrencia al margen de los partidos, lo que es inusual en prácticamente todas partes) conllevaría otro tipo de inconvenientes. Para llamar la atención del elector sobre sus méritos individuales, El pretendiente debería realizar un esfuerzo propagandístico sostenido en el tiempo o/y disponer de una cuantiosa dotación económica para ello: la fama y el conocimiento público, en una palabra, son una costosa inversión que no está al alcance de cualquiera. De esa forma, el ser candidato independiente exige una fama (mediática) o una riqueza personal que excluye de esa opción, en la práctica, a la casi totalidad de la población.

Al margen de la buena voluntad del tópico, no hay que descartar el que en ese anhelo de las listas abiertas no se contenga también una justificación por la reiteración de errores. En efecto, es sabido que, pese al discurso que permanentemente denigra la política y a los políticos, a la hora de la verdad, los ciudadanos acuden a votar en número siempre igual, si no creciente. Y lo más significativo es que, en general (en Asturies ha habido una parcial excepción en las últimas elecciones), el voto no depende de lo que hayan realizado los partidos, sino de las adscripciones previas de los votantes, de su adhesión a la iglesia correspondiente, que es, en lo habitual, inamovible.

Cabe, pues, pensar si en esa exigencia de listas abiertas no se estará buscando por algunos aquello que el Levítico nos enseñó a conceptuar como «chivo expiatorio»: el trasladar la responsabilidad de la contumacia en el error del votante (esto es, la continuidad de su apoyo a una organización que siempre lo defrauda, pero que es incapaz de abandonar) a causas ajenas a sí mismo (el sistema que lo obliga a elegir a quien no quiere). Una conducta más guiada por la fe (llámese «adscripción emocional» o «ideología») que por la razón. Porque sólo en el ámbito de la política es el ciudadano capaz de reiterar conductas que en el resto de su vida social rechazaría, una vez vista su inutilidad, su falsedad o el perjuicio que para él y los suyos arrastran.

Y una de las causas de todo ello es la escasa inversión que el ciudadano realiza en una de las cosas que más debería preocuparle, la política. Porque nadie invierte un segundo en conocer candidatos o programas, y mucho menos en pensar la acción de los respectivos gobiernos y ponerla en relación con la responsabilidad de su voto en las urnas. Más bien nos movemos, en general, en el terreno del prejuicio (frente a los otros), de la fe (hacia los nuestros) y de la pasión (permanente o en llamarada coyuntural).

Una muestra más de ello son las proclamas que emiten los aduares que ocupan las plazas de España estos días. De forma nada sorprendente, se limitan a reiterar el discurso de intereses de IU, entreverado con las soflamas de las tertulias de derechas, esas a las que parece guiar la troquelación calvosoteliana de «Prefiero una España antes roja que rota». Esto es, un discurso centralista-madrileñista que ignora la realidad de los problemas electorales y la pluralidad de España.

Y desprecian, especialmente, un par de evidencias: que los ciudadanos, sobre no gastar un segundo en la información de la res publica, no quieren ser más que del Madrid o del Barcelona, o de los respectivos triunfadores locales o regionales. Y la de que así se expresan porque les da la real (equivocada o no) gana. Que tal es la esencia de la democracia.