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EL MUSEL: DESPILFARRO Y RESPONSABILIDAD

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El asunto de El Musel trae en estos días aún más cola de la que en sí mismo traía. ¿Cuál es la cola actual, o mejor dicho, los problemas antiguos que ahora se manifiestan en toda su virulencia? Pues son, de un lado, los económicos, de otro, las sospechas de un fraude múltiple, cuyos indicios son ahora fehacientes y que, tras haber sido investigados por la Oficina Europea de Lucha Contra el Fraude, han sido enviados a las autoridades judiciales españolas.
                Como el lector recordará, los costes de la obra del puerto xixonés se dispararon y, a la vez, existe una reclamación económica de quienes realizaron la obra y una cantidad pendiente de cobrar de subvenciones europeas, sin que sea descartable el que, asimismo, haya que devolver fondos europeos ya recibidos. Estos son los números: 710 millones, en total, de los que 124 son de sobrecostes y 85,67 de actualización de precios; a ellos habría que añadir los 350 de costes adicionales que la empresa constructora reclama ante los tribunales (y pocas veces gana la Administración un pleito). De ese dinero, 531 millones fueron puestos por España, y la UE puso 247,5, de los que 49,5 están retenidos. La citada Oficina recomienda ahora que tanto el Estado Español como la UE recuperen lo puesto, por fraude. El asunto, a examen, enjuiciamiento y pleito.
                Pero no podemos olvidar que la «cola» principal de este asunto estaba en la propia concepción del proyecto, la idea de que un puerto enorme atraería por sí solo actividad portuaria, cuando es la vitalidad económica del área donde se ubica el puerto la que genera actividad. Dentro de esos límites, la gestión comercial puede llevar a un óptimo el aprovechamiento de todas las potencialidades o, por el contrario, aprovecharlas apenas. Esto último era lo que había ocurrido históricamente con la gestión del puerto, pues, amparándose en la sopa boba de los tráficos cautivos, los gestores se habían limitado a poco más que a beneficiarse de las rentas funcionariales, empresariales o (desde el advenimiento de la democracia) sindicales que de por sí se generaban. (Por cierto, es muy difícil, sino imposible, recuperar esos tráficos que, por esa desidia aprovechada, se han ido a otros puertos).


                Al margen de esa visión errónea de lo que es un puerto, en la voluntad de su ampliación desmesurada (no olvidemos que la pretensión inicial era dar aún más amplitud a la misma) estaba ínsita la voluntad de realizar el mayor gasto posible, aprovechando fondos europeos, pidiendo al Estado, endeudándose. «Caballo grande, ande o no ande», podría haber sido el lema que guio el desatino. Si recordamos la época, la de la inflación de expectativas y endeudamiento del 2002 al 2008; los impulsores, el PSOE y Areces (a quien la opinión pública aclamaba como «El deseado», teniéndolo —recuérdese— ¡por un gran gestor!); la filosofía de tantos políticos, que podría ser el paulino «comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos» o el más vulgar «el que tire detrás que arree»,  entenderemos perfectamente cuál fue el clima en que se produjo el dislate .
                Llegados a este punto, se alzan por doquier voces contra los anteriores gestores del puerto y, especialmente, contra don Vicente Álvarez Areces, sus políticas y su responsabilidad al respecto. Ahora bien, seremos tremendamente arbitrarios, y contrarios a los propios intereses colectivos en el futuro, de no apuntar que sean cuales sean las responsabilidades del presidente y de otros, en el ámbito político esas responsabilidades se encuentra repartidas entre una parte importante de la ciudadanía asturiana. Porque debe recordarse cómo por aquel entonces una mayoría de los ciudadanos aprobaba con sus votos y con su entusiasmo la política del «comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos», como si el futuro no existiese, no ya para sus hijos o nietos, sino ni siquiera para ellos mismos a la vuelta de un lustro. Y de ese modo, cuando en una soledad casi absoluta algunos nos opusimos a aquella ampliación desmesurada del llamado «superpuerto» por inútil, porque no estaba ahí la solución de nuestra economía y empleo, porque los costos iban a empeorar aún más las opciones de captar tráficos en el futuro, no solo no nos vimos acompañados por ninguno de los partidos institucionales, sindicatos ni opinión pública, salvo una exigua minoría en este caso, sino que hubimos de soportar acusaciones e infamias. Así, por ejemplo, empresarios no ligados al negocio portuario ni a su ampliación llegaron a decirme personalmente que lo que yo hacía era «trabajar para Barcelona y los catalanes», acusación que nunca entendí plenamente y, menos, como me pareció que se me quería sugerir, no por incapacidad o ceguera, sino por algún motivo o estímulo inconfesable. Es cierto, por otro lado, que aquella ocasión me proporcionó instantes de hilaridad, como cuando sindicatos y patronal llegaron a decir, al sugerirles el problema de los créditos y los costos, que (no se me orinen, queridos lectores), si hiciese falta dinero, se venderían los terrenos portuarios antiguos para pisos.
                La democracia se caracteriza, entre otras cosas, por la irresponsabilidad de los electores, no solo porque ellos no sean responsables de los actos desacertados o delictivos que puedan cometer los electos por ellos, sino porque, en general, el ciudadano tiende a no establecer conexión entre su voto y las consecuencias del mismo, hasta el punto de que, cuando las cosas van mal, «se olvida» de a quién ha votado o para qué lo ha votado o dice creer que ha votado a otro partido.
                Y, sin embargo, si la democracia ha de acercarse a la perfección, hay que exigir que no solo el político (el chivo expiatorio del «Levítico») sea consciente y responsable de y por sus decisiones, sino que lo sea también el ciudadano, responsable último en su parte alícuota del conjunto del Estado y la Administración. Entre otras cosas, porque, si nunca toma conciencia del cuándo, cómo y por qué de sus errores, volverá a repetirlos, ya no en su voto, sino en la exigencia de que aquellos a quienes elige vuelvan a cometer los mismos dislates que hasta aquí nos trajeron.
                Y las calles están llenas ya de ciudadanos que están dispuestos a votar a los mismos para que hagan exactamente lo mismo. En olvido y desfiguración de aquello y en la irresponsabilidad de quiénes fueron los responsables, de quiénes sostenían la pancarta del «comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos», de la que únicamente les era visible la primera parte de la frase, sin ver que inevitablemente implicaba la segunda. O viéndola, sí,  quizás, sin percibir que la frase, cuyo sentido ellos entendían y entienden como pragmático y epicúreo, como un «carpe diem», les lanzaba un guiño admonitorio y sarcástico que eran y son incapaces de percibir, el de una consecuencia, el de un «memento».

Física humana y social (y III)

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Algunos analistas y sociólogos pronostican un gran descalabro de los partidos mayoritarios en las europeas, y el surgimiento de una o varias candidaturas "populistas" que sacarán más votos que ellos. Soy muy escéptico sobre esta última posibilidad y creo firmemente que, desde luego, y en todo caso,  en las próximas elecciones generales los dos partidos mayoritarios seguirán teniendo, con mucho, una cantidad aplastante de votos. 
Ahora bien, es posible que en las europeas se produzca algún resultado excepcionalmente novedoso. Por varias razones obvias: la gente está cabreada y desea dar "un castigo" "a los políticos"; pero, sobre todo, porque la gente no toma en serio las europeas, no son para ellos elecciones "de verdad". Así que es posible que candidaturas encabezadas, como dicen esos analistas y sociólogos arriba referidos, por el Gran Wyoming, Ada Coláu, el Gran Garzoning u otros "den un susto" a los partidos tradicionales. 
Ello no sería ninguna novedad. El pueblo soberano de derechas ya mostró en otra ocasión su desafecto en las europeas, otorgando dos escaños y 608.560 votos al Gran Ruiz Mateos. Pero si usted pregunta ahora quién lo votó no encontrará a nadie que se acuerde de haberlo hecho, como nadie se acuerda en Marbella de haber votado a Jesús Gil y Gil o a otros eiusdem furfuris en Marbella o en otra ciudades. Que así es el pueblo soberano: después de hacerla, proclama aquello de "a mi Plim" o "¿quien yo?".
En todo caso y por buena que sea la voluntad de los Beppe Grillo, los Gran Wyoming, las Ada Colau, por grande que sea su capacidad, por cerrada y disciplinada y preparada que sea su organización, todos van a encontrarse con la cruda realidad: "nihil educitur ex nihilo", "de donde no hay no se puede sacar" o el más castizo de "una cosa es predicar y otra dar trigo".





Física humana y social (II)

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Y al socaire de la facecia de ayer, la del político que prometía puente para un río que no había y río después,  al ser advertido de que no lo había, otra facecia.

La del político primero, que ofreció construir un puente, a tuerto o a derecho, puesto que "¿por qué no vais vosotros a tener un puente, si otros ya lo tienen? ¿Es que no tenéis igual derecho? ¡Y si no hay dinero, es igual, se saca de donde sea!"

Y el político segundo ofreció también un puente, pero dijo que, primero había que trabajar y ahorrar para ello, y que, puesto que el dinero actual solo daba para cubrir ciertas necesidades, quizás habría que subir los impuestos.

¿A quién creen que votó el pueblo soberano?

Pues eso.

Física humana y social

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Es conocida la facecia del político que, en el fervor del mitin, propone un puente para el río del pueblo. Desde el público una voz le anuncia que no existe río en el puente. Impertérrito, el orador responde: "-es igual, os pondremos un río".
La gracieta se celebra mucho como ejemplo de la demagogia incontinente de los políticos. Lo que no suele contarse es que fue ese, precisamente, y no otro, el político más votado.


Los peligros de Google y d'interné

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Invítolos a lleer la información. Titúlase "Los peligros d'una Google-democracia" (Manipulación n'interné) y señala'l riesgu de que pequeñes manipulaciones nos parámetros de búsqueda de los candidatos y la información sobre los mesmos, lleve a manipular el votu, na medida que -y eso ye "física humana"- les persones inclinámosnos a ser del Madrid o del Barcelona, esto ye, de los que ganen, y eso ocurre nes simpatíes del fútbol y nes del votu. Como, además, la mayoría les elecciones dedídense sobre un electoráu mui pequeñu (fundamentalmente los "non adscritos" y los "indecisos de verdá coyunturales"), mover un pelín los parámetros de búsqueda y posición llevaría a decidir les elecciones.




TAMBIÉN PREOCUPANTES Y DOLOROSAS

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                El panorama parece enteramente ocupado por la situación económica (con su fundamental de nuestra estructura productiva y su coadyuvante de la financiación y la deuda) y por el independentismo catalán, pero hay otros muchos aspectos de la realidad que, siendo de menor resonancia o alcance,  son importantes, por preocupantes, significativos o dolorosos; a veces, por cómicos.
                Preocupante es, por ejemplo, la decisión de Dolores de Cospedal de quitar el sueldo a los parlamentarios de Castilla-La Mancha. He citado en ocasiones a san Pablo («el obrero es merecedor de su salario») o a periodistas de comienzos del XX (Adeflor) para señalar que si quien no tiene riquezas no cobra por su trabajo en la política, esta queda solo en manos de los señoritos. Vayamos más allá: si los parlamentarios no cobran en la cospedaliana comunidad no puede haber entonces control del Gobierno de la doña. Y, una de dos, o es que la doña no quiere que controlen su acción de gobierno o gasto o es que cree que el parlamento no vale para nada porque para nada valen gobierno y autonomía. En ese caso, lo honrado es que devuelva las competencias y disuelva la institución.
                Hacia poniente, el presidente de la comunidad extremeña, el señor Monago, vino estos días a añadir una pieza más en la exhibición de torpeza y de falta de finura democrática de una parte importante de la derecha española. Comparar el hipotético referéndum de Cataluña sobre la soberanía con otro que él pudiere realizar para «declarar oficial el traje de lagarterana» es de una tal tosquedad intelectual, manifiesta una tamaña falta de sensibilidad hacia las emociones de los demás, que tal parece que el señor Monago estuviese actuando con la única finalidad de atizar aún más las pasiones de aquel territorio.
                No hablemos únicamente de los políticos, hablemos de las instituciones. ¿Qué les parece a ustedes que el FMI, que viene reclamando desde hace años una política de austeridad y recortes para España y otros países, proclame ahora que los recortes y la falta de inversión ponen en peligro la recuperación económica? ¿Les parece de alguna seriedad? ¿No habría que unvialos a tostar guiaes, como dice nuestra expresión? Al menos, lancémosles aquel «¿por qué no te callas?» real. Pero menos serias son aún las estimaciones que, una y otra vez, se realizan sobre los asistentes a las manifestaciones. Por solo poner un ejemplo: se anunciaba el otro día una concurrencia multitudinaria (de 10.000 o 15.000 personas) en Avilés a una manifestación en pro de la reindustrialización. Pues bien, miren ustedes la fotografía del avilesino Parche con los allí reunidos al final del paseo: son unos escasos cientos. ¡Un poco de respeto, señores!
                O hablemos, mejor, de nosotros mismos, de nuestros conciudadanos. El 20 de noviembre de 2011, el 44,62% de los votantes entregaban su voto al PP; nueve meses después, en el Barómetro de septiembre del CIS, solo un 28,5% «recordaba» haberlo hecho. Según he dicho muchas veces, la democracia se basa en la irresponsabilidad absoluta de los votantes, no porque acierten o no al votar aquello que deseen, sino porque se desentienden a continuación de sus actos, hasta el punto de venir a decir, con su olvido, «que ellos no han sido».
                Pero para I(ncompetencia)+D(espilfarro)+I(incapacidad) la del PSOE asturiano y sus sucesivos gobiernos. Por tercera vez sentencias o informes jurídicos han echado atrás la llamada carrera profesional de los enseñantes, un complemento salarial que venían cobrando desde 2007, al igual que el resto de los funcionarios. Durante todo este tiempo, estos fenómenos socialistas y sus compinches de IU y sindicalistas, han sido incapaces de elaborar bien un documento administrativo. Ahora se pone en peligro esa percepción económica (que, repito, disfrutan todos los funcionarios del Principado) y aun se corre el riesgo de que existan repercusiones retroactivas. Todo ello en un sector que ha perdido el 20% de sus haberes en tres años, que carga este año con dos horas más de trabajo en clase y dos más de permanencia en los centros, y que nunca tuvo la rebaja de 37,5 horas a 35 que sí tuvieron los demás funcionarios por regalo de anteriores gobiernos.
                ¡Ah!, y a la cabeza de todo este dislate, aquel egregio don Vicente Alberto Álvarez Areces, aquel a quien pueblo y élites aclamaban y reclamaban como el mejor gestor del universo.
                Pues los demás, todos iguales: maestros en el I+D+I.

         

En defensa de la política y los políticos

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Invítolos a lleer esti artículu de José María Izquierdo n'El País del 16/10/12. Trescribo-yos la metada y doi dempués l'arreyu pa que lu sigan nel llugar orixinal.

No parece necesario insistir en la existencia ambiental de ese huracán de desafección a la política —y a los políticos— que impregna, como una sustancia viscosa que todo lo cubre y ensucia, tanto sesudos artículos como despejadas charlas de café. Leemos y oímos que la maldad intrínseca de cuanto personal se dedica al ejercicio de la representación política solo es comparable al nivel de su corrupción. Hablamos de las élites extractivas que dicen algunos intelectuales y esos chorizos que nos cuentan algunos taxistas. Que son los mismos: los políticos. ¿Pero lo son algunos? ¿Pocos, muchos, o quizá lo son todos? Todos, todos ellos sin excepción. Y por eso debe ser que el pueblo no los quiere. Así, al menos, lo dice hasta el CIS y algún que otro juez.
Son unos inútiles y unos ladrones el concejal del pueblo más pequeño y el alcalde del municipio más poblado, el diputado de Izquierda Unida en el Parlamento asturiano o la consejera de Cultura de cualquier comunidad autónoma. Los peores son los de mayor rango, los diputados, ministros y equivalentes al frente de la procesión, hilera que debería convertirse, nos dicen las almas angelicales de tanto movimiento ciudadano, en siniestra cuerda de presos, tocados con el vergonzante capirote y el cartel de “Soy político, golpéenme” colgado del cuello. ¡Cuánta justicia habría en esa reata de desgraciados pasando entre la multitud por un estrecho pasillo, recibiendo los merecidos golpes de una ciudadanía engañada y masacrada por esos seres sin escrúpulos! ¡Qué canalla ese edil, qué miserable ese director general de Sanidad, qué vileza la de esa diputada de siglas indeterminadas, que ya se sabe que todos los partidos la misma mierda son!
No importa que esos políticos hayan sido elegidos, hace apenas 10 meses, por quienes ahora les vituperan. El 20 de noviembre de 2011 votó el 68,94% del censo, exactamente 24.666.392 ciudadanos. Ciudadanos, por lo que se ve, que votaron a unos corruptos e inútiles para ocupar los escaños que posteriormente desembocarían en la elección de los cargos más representativos del Estado. Esto pasó en noviembre del año pasado, y cuando vamos a soplar la vela del primer aniversario de este Gobierno nos encontramos con la ominosa desafección...(En defensa de los políticos. Y de que cambien)


Sobre la responsabilidad ciudadana en la crisis

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Hace pocas fechas publicaba aquí un artículo titulado "¡Lo que nos prestaba a todos!", donde examinaba la complaciente actitud de la mayoría de nosotros durante la época de bayura en que se gestó la crisis, artículo que ahora repito unas líneas más abajo. Ayer, en El País, con bastante menos claridad y valentía y, desde luego, con menos gracia, Fernando Vallespín coincidía en con ese punto de vista. Los invito a leer el artículo de Vallespín (¿Súbditos o ciudadanos?), luego a releer o leer el mío y, por supuesto, a meditar sobre ellos.

      

                                         ¡LO QUE NOS PRESTABA A TODOS!

El pensamiento progreprisaico reduce a dos las causas de nuestros males económicos. El terremoto bancario, cuyo epicentro habría tenido origen en el codicioso mundo de Wall Street (y, naturalmente, durante el mandato de Bush), con su codicia y sus fraudulentos productos financieros; la decisión de Aznar de «declarar urbanizable todo el territorio español», que habría impulsado la construcción sin tasa, la especulación y la burbuja inmobiliaria. Como pensamiento mágico que es, el discurso progreprisaico hace desaparecer los ocho años del gobierno socialista posterior a Aznar para no preguntarse por qué en ese tiempo el gobierno socialista no modificó la legislación o controló la expansión crediticia.

                Pero, al margen de señalar responsabilidades políticas —en España, en China o en EEUU—, convendría que rememorásemos, en parte al menos, lo que ocurrió aquí entre el año 2002 y el 2010, y lo bien que nos fue a todos nosotros con ello.

                Recordemos, en primer lugar, que, como consecuencia del mantenimiento sustancial de la legislación socialfranquista a favor de los inquilinos, hubo en este país siempre poca oferta de alquiler y, en consecuencia, los precios mensuales de los alquileres eran iguales o ligeramente superiores al devengo mensual de la hipotecas. ¿Quién en su sano juicio, en una situación de progresiva expansión económica y de empleo, iba a preferir  tirar el dinero en un alquiler a ir haciéndose con una propiedad? En el ámbito de la política, los crecientes ingresos  que la construcción aportaba a los ayuntamientos hacían que estos cada vez tuviesen más dinero para gastar (subvenciones, voladores, espectáculos, fiestas patronales); para emular a los vecinos (¿qué alcalde iba a resistirse a construir una piscina climatizada si el ayuntamiento aledaño ya la tenía?, ¿qué vecino iba a tolerárselo?); para contratar más personal —muchas veces, de entre los conmilitones y próximos— y comprometerse en servicios que no tenían ninguna obligación de prestar y, a través de ello, afianzar su poder y el de su partido, aumentar la fidelidad de sus votantes, ampliar el número de estos; para endeudarse. Y, naturalmente, el ciudadano encantado: su pueblo progresaba y hermoseaba, podía satisfacer algunos caprichos o necesidades gratuitamente, veía cómo se creaba empleo público que, tal vez, algún día le tocase a él o a los suyos.

                Mientras, el dinero fluía a su vez desde Europa en forma cuantiosa: abríamos autopistas, parques infantiles, casas de la cultura, museos, aeropuertos, ampliábamos puertos: mejorábamos. Y uno y otro permitía crear varios millones de empleos; prejubilar muy anticipadamente con magníficas pagas; ganar dos mil, tres mil y más euros en la construcción a cientos de miles de personas sin apenas cualificación; quedarse disfrutando de un buen paro o de una prestación social sin trabajar, mientras dos millones de emigrantes venían a hacer las tareas que nosotros no queríamos realizar. Al tiempo, el numerario barato del Banco Central Europeo nos proporcionaba créditos millonarios para la primera comunión de los niños, para las bodas, para cambiar de coche, para viajar, para comprar el piso y para adquirir bienes extranjeros, de mejor calidad o más prestigiosos que los nuestros. Bancos y cajas, por su parte, especialmente estas, abrían una oficina en cada esquina, pagaban mejor a sus empleados, financiaban todo, acrecentaban la expectativa de sus ganancias.

A su vez, al político de las instituciones autonómicas y al del Gobierno Central le permitía dar gratis los libros de texto, regalar ordenadores, ampliar servicios en la sanidad,  anunciar que a cualquier persona con dificultades físicas o psíquicas el estado le iba a prestar una nueva atención, en metálico o con prestaciones, quitar dos horas y media semanales a todos los funcionarios,  como si a nadie costasen.

¿Que todo ello se hacía pensando que el crecimiento seguiría creciendo y el empleo manteniéndose indefinidamente? ¿Qué no reparábamos en que nos endeudábamos en lo que, de haber problemas, no podríamos pagar? ¿Qué lo hacíamos con bancos que, a su vez, pedían el dinero fuera? ¿Qué nuestra balanza comercial presentaba un déficit escandaloso, lo que suponía que arruinábamos nuestras empresas en beneficio de las ajenas? ¿Quién lo iba a ver? ¿Quién iba a querer verlo? Y si lo veía y lo decía, ¿quién lo iba a escuchar? ¿Quién iba a votar al político que no competía en gasto o que nos quería amargar el presente? ¿A quién prefirió siempre el pueblo?, ¿a Jesús o a Barrabás?; ¿a quién dio crédito?, ¿al antipático de Pizarro o al Solbes que nos prometía que todo seguiría igual? «Comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos», con esa frase paulina podría sintetizarse la actitud común de la época, si no fuese porque en ella hay, al menos, la conciencia de término y límite, lo que entonces no había.
               
Cuando miremos atrás, pues, no veamos solo lo que queremos ver. Recordemos las cosas tal como fueron. No echemos solo la culpa a los que nos prestaron o a lo que nos prestaron.  Acordémonos también de lo que a todos nos prestó.

¡LO QUE NOS PRESTABA A TODOS!

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                El pensamiento progreprisaico reduce a dos las causas de nuestros males económicos. El terremoto bancario, cuyo epicentro habría tenido origen en el codicioso mundo de Wall Street (y, naturalmente, durante el mandato de Bush), con su codicia y sus fraudulentos productos financieros; la decisión de Aznar de «declarar urbanizable todo el territorio español», que habría impulsado la construcción sin tasa, la especulación y la burbuja inmobiliaria. Como pensamiento mágico que es, el discurso progreprisaico hace desaparecer los ocho años del gobierno socialista posterior a Aznar para no preguntarse por qué en ese tiempo el gobierno socialista no modificó la legislación o controló la expansión crediticia.


                Pero, al margen de señalar responsabilidades políticas —en España, en China o en EEUU—, convendría que rememorásemos, en parte al menos, lo que ocurrió aquí entre el año 2002 y el 2010, y lo bien que nos fue a todos nosotros con ello.

                Recordemos, en primer lugar, que, como consecuencia del mantenimiento sustancial de la legislación socialfranquista a favor de los inquilinos, hubo en este país siempre poca oferta de alquiler y, en consecuencia, los precios mensuales de los alquileres eran iguales o ligeramente superiores al devengo mensual de la hipotecas. ¿Quién en su sano juicio, en una situación de progresiva expansión económica y de empleo, iba a preferir  tirar el dinero en un alquiler a ir haciéndose con una propiedad? En el ámbito de la política, los crecientes ingresos  que la construcción aportaba a los ayuntamientos hacían que estos cada vez tuviesen más dinero para gastar (subvenciones, voladores, espectáculos, fiestas patronales); para emular a los vecinos (¿qué alcalde iba a resistirse a construir una piscina climatizada si el ayuntamiento aledaño ya la tenía?, ¿qué vecino iba a tolerárselo?); para contratar más personal —muchas veces, de entre los conmilitones y próximos— y comprometerse en servicios que no tenían ninguna obligación de prestar y, a través de ello, afianzar su poder y el de su partido, aumentar la fidelidad de sus votantes, ampliar el número de estos; para endeudarse. Y, naturalmente, el ciudadano encantado: su pueblo progresaba y hermoseaba, podía satisfacer algunos caprichos o necesidades gratuitamente, veía cómo se creaba empleo público que, tal vez, algún día le tocase a él o a los suyos.

                Mientras, el dinero fluía a su vez desde Europa en forma cuantiosa: abríamos autopistas, parques infantiles, casas de la cultura, museos, aeropuertos, ampliábamos puertos: mejorábamos. Y uno y otro permitía crear varios millones de empleos; prejubilar muy anticipadamente con magníficas pagas; ganar dos mil, tres mil y más euros en la construcción a cientos de miles de personas sin apenas cualificación; quedarse disfrutando de un buen paro o de una prestación social sin trabajar, mientras dos millones de emigrantes venían a hacer las tareas que nosotros no queríamos realizar. Al tiempo, el numerario barato del Banco Central Europeo nos proporcionaba créditos millonarios para la primera comunión de los niños, para las bodas, para cambiar de coche, para viajar, para comprar el piso y para adquirir bienes extranjeros, de mejor calidad o más prestigiosos que los nuestros. Bancos y cajas, por su parte, especialmente estas, abrían una oficina en cada esquina, pagaban mejor a sus empleados, financiaban todo, acrecentaban la expectativa de sus ganancias.

A su vez, al político de las instituciones autonómicas y al del Gobierno Central le permitía dar gratis los libros de texto, regalar ordenadores, ampliar servicios en la sanidad,  anunciar que a cualquier persona con dificultades físicas o psíquicas el estado le iba a prestar una nueva atención, en metálico o con prestaciones, quitar dos horas y media semanales a todos los funcionarios,  como si a nadie costasen.
   

¿Que todo ello se hacía pensando que el crecimiento seguiría creciendo y el empleo manteniéndose indefinidamente? ¿Qué no reparábamos en que nos endeudábamos en lo que, de haber problemas, no podríamos pagar? ¿Qué lo hacíamos con bancos que, a su vez, pedían el dinero fuera? ¿Qué nuestra balanza comercial presentaba un déficit escandaloso, lo que suponía que arruinábamos nuestras empresas en beneficio de las ajenas? ¿Quién lo iba a ver? ¿Quién iba a querer verlo? Y si lo veía y lo decía, ¿quién lo iba a escuchar? ¿Quién iba a votar al político que no competía en gasto o que nos quería amargar el presente? ¿A quién prefirió siempre el pueblo?, ¿a Jesús o a Barrabás?; ¿a quién dio crédito?, ¿al antipático de Pizarro o al Solbes que nos prometía que todo seguiría igual? «Comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos», con esa frase paulina podría sintetizarse la actitud común de la época, si no fuese porque en ella hay, al menos, la conciencia de término y límite, lo que entonces no había.
               
Cuando miremos atrás, pues, no veamos solo lo que queremos ver. Recordemos las cosas tal como fueron. No echemos solo la culpa a los que nos prestaron o a lo que nos prestaron.  Acordémonos también de lo que a todos nos prestó.

Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias

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Yá saben, pa pactar n'Asturies, esto ye, pa solucionar los problemes de los asturianos. ¿Fue pa eso pa lo que votaren a UPyD los 18.000 ciudadanos que lo ficieren? Pues, a lo meyor, sí, ¡vete a saber!

En fin, como toi fartucu de repetir, somos lo que queremos ser. ¿Que nun somos naide? ¿Que nun pintamos  nada? Eso ye, xustamente lo que queremos ser.

Porque, na democracia, a los políticos nun los manda'l cielu, como-yos pasó a les ranes que, na fábula, pidieren rei a Xúpiter y mandó-yos una trabe que los achapló, nin son dictadores qu'asalten el poder a golpe d'urna. Non, ye la xunta xeneral d'accionistes, toos y caún de los ciudadanos, los que ponen ehí a los políticos qu'ellos quieren poner. Eso, xustamente, ye la democracia.

Lleer más en: "Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias (ABC del 28/03/2012)"

Una reflexión sobre el voto

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Incursos ya deen plena campaña electoral, inserto aquí una reflexión sobre el voto y la responsabilidad de los votantes. Me ha parecido bien hacerlo en verso:

Y si habéis sufrido desastres por vuestra ruindad,
no achaquéis a los dioses las culpas de éstos.
Porque a esos señores los alzasteis vosotros al darles
sus guardas y por eso lograsteis infame esclavitud.
Y es que cada uno de vosotros camina con pasos de zorro,
pero en todos reunidos reside un espíritu huero.
Pues atendéis a la lengua y palabras de un hombre artero,
y no reparáis en su acción, como si nada pasara.