Si quieren tener una idea aprosimada de lo que somos pueden buscar la información d'una encuesta de recién de la Fundación BBVA o pinchar equí: Müller. L'artículu de Müller, que resume la encuesta, tresparenta una idea de lo que los españoles piense sobre los impuestos, los servicios del Estáu, el trabayu y el méritu de caún. Como en tantes coses, estremamos del restu los europeos: pagaríamos más impuestos (toi seguru que la mayoría los encuestaos lo que dicen ye que tien que pagalos otru) pa caltener l'estáu del bienestar, y quieren que los alministren los mismos políticos de los que dicen que roceen (lo que quier decir ye que'l discursu escontra los políticos ye, na práctica, un tópicu social, y que, cuando llegue'l momentu caún va volver votar a los que siempre votara). Pero, sobre too, apunten: la xente quier que seamos toos iguales, y que'l que más s'esfuerce, trabaye o estreme nun seya meyor retribuíu (solo quier que sea asina un 41,5% los encuestaos, escontra lo qu'opinen los ciudadanos con un estáu del bienestar más fuerte que'l nuestru y de llarga tradición socialdemócrata: asina, en Dinamarca el 79,1% y en Suecia, el 64,2%). Pues nada, asina somos: ¿Igualitarios? ¿O, más bien, providencialistes o totalitarios?
Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Una sociedá providencialista (o totalitaria): retratu de nós
EL COMPLEJO DE ATLAS
Los asturianos. Padecemos complejo de Atlas. Nos parece, al pueblo llano y, especialmente, a sus élites, que sobre nosotros reposan la armonía y la estructura del Estado y de España toda. Ejemplos, a miles. Por venir a la era política actual. Años treinta. Ahí los políticos y los intelectuales asturianos negándose a plantear ninguna cuestión asturiana, ningún estatuto de autonomía, porque eran primordiales los asuntos de vascos, catalanes o gallegos, y aun los del conjunto de la península. Después, corriendo a salvar a España y a ser luminaria del mundo en un movimiento suicida al que (al margen ya de sus inaceptables voluntad e intenciones) nos arrastran sin planificación y nos dejan solos. Curiosamente, muchos asturianos aun siguen gloriándose de aquel disparate que tanto costó en vidas, dolor y destrucción y cuyas consecuencias negativas en la estructura social tuvieron una larga descendencia. Curiosamente también, o no tan curiosamente, nadie ha pedido aun cuentas a sus responsables si no por el disparate ideológico, sí por el dislate estratégico.
En los fiensos más cercanos de nuestra historia, he aquí a un partido, el socialista, que se apresura a suscribir con entusiasmo la marginación de Asturies a través de Cataluña, a impulsarla y aplaudirla. Al conjunto de ellos, que corren a suscribir restricciones a la autonomía asturiana, que permiten que no se desarrolle su estatuto, que apoyan lo que sucede en otras regiones en detrimento de la nuestra. He ahí que aparece uno nuevo cuya pretensión es limitar la autonomía asturiana, y aun jibarizarla, y recibe el refrendo de una parte de la población. Esa mentalidad, lo he contado otras veces, la ilustran sendas exposiciones —allá por los 80 del pasado siglo— sobre los pueblos prerromanos en Cantabria y Asturies. Mientras allí la exposición era «Cántabros, los orígenes de un pueblo», aquí «Pueblos bárbaros en la frontera del imperio». Y agradecidos de que nos viniesen a esclavizar, saquear, violar y civilizar.
Y es que una parte importante de la ciudadanía y todos los partidos políticos de una cierta entidad en Asturies —aunque alguno padezca tercianas, al menos en su discurso, y algunos otros ostenten una trayectoria semejante a la del «ayer mujer maldita y hoy hábito de santa Rita»— no tienen del mundo otra imagen que esa ficción que se han creado de que son los Atlas de quienes depende el cosmos. ¿Y cómo es posible, se preguntarán ustedes, que forzados a inclinar la cabeza hacia el suelo para sostener la bola no vean la miserable realidad sobre la que se asientan? Pues es fácil que, al ser este un país tan lluvioso, la laguna que anega sus pies les impida ver otra cosa que el reflejo del lejano cielo y la imagen del globo que creen sostener sobre sus espaldas.
Pero ese complejo de Atlas no agota la descripción de nuestro conjunto social. Es preciso decir que nuestro gigante tiene ojos facetados, como los insectos, y miopes. En virtud de ello, nuestra mirada no puede percibir nuestra realidad más que como múltiple y, al mismo tiempo, solo lo más próximo. De ahí que pasemos de lo colectivo y pensemos solo en nuestra cuerria llariega. Para los asturianos, en general, lo importante de lo inmediato es la localidad de cada uno, Illas, Tapia, Llanes, Uviéu, Xixón, Llangréu…, y ahí volcamos toda nuestra pasión y nuestros esfuerzos sociales. De ese modo, por ejemplo, llevamos décadas intentando lo imposible, mantener el empleo y la población en los valles mineros del centro, lugares en donde, si hubo tanto empleo y población, fue solo porque los talleres estaban abajo y los hogares se apiñaban a orillas del río o subían monte arriba. A diez minutos, con mejores comunicaciones, con otra mentalidad social, con terreno abundante, había mucho mejores opciones para que los habitantes de esas zonas encontrasen ocupación laboral. El ojo facetado y miope —y su condicionamiento cerebral— impidieron esa posibilidad y obligaron a tirar dinero y oportunidades a manos llenas.
¿Y hemos conseguido algo los asturianos a cambio de esa continua renuncia a lo nuestro para sacrificarnos por el resto? No miren el paro, ni la población ocupada, ni la emigración. Atiendan al culebrón minero: cuando unos gobiernan avanzan hacia el cierre y los de la oposición protestan; al cambiar el poder invierten los papeles. Rememoren las infraestructuras, las que quieran: ocurre exactamente igual. Y aun en aquello que podría depender más de nuestra voluntad, el turismo, fracasamos por nuestro mimetismo con lo estatal, por nuestra renuncia a ofrecer una imagen particular, no sea que se venga abajo España.
Es posible que, a estas alturas, piensen que este cronista percibe la realidad de forma errónea debido algún particular condicionamiento de su retina. Acaso. De todas formas, examinen ustedes su conciencia y los resultados históricos de su voto. «Su» «de él», naturalmente, es decir, del votante de la acera de enfrente. ¿No es cierto que, en lo relativo a la retribución que de «su» voto ha recibido de Madrid, lo han engañado siempre?
Como si el benemérito Areces no nos hubiese ilustrado (¡loado sea!) suficientemente de la realidad en que consiste la política en Asturies, con esa alegoría que enseñorea el Museo del Jurásico en Colunga, mediante un dinosaurio que desde atrás, esto es, por la espalda, introduce a uno menor y dominado el cetro de su dominio. Probablemente, en agradecimiento por el respaldo que, en su día, el sometido le diera en las urnas dinosauriescas.Puesto que no queremos ser
Abro la Nueva España del 02/11/2012 y me encuentro reunidos en un solo día tres ejemplos iluminadores de nuestro problema particular, nuestro problema de ser asturianos, que es un elemento permanente de nuestra continua decadencia y destrucción como sociedad y constituye una variable independiente de las otras que hoy nos afligen, la financiera y la productiva. Porque, desde hace décadas, cuando las cosas van bien en España a nosotros nos van regular; cuando mal, peor. ¿Hace falta recordar acaso que nuestras altas tasas de paro en comparación con otras regiones industriales, nuestra baja tasa de actividad y las enormes dificultades de empleo de nuestra juventud no son fruto de esta coyuntura?
Pero vengamos a esas epifanías dolorosamente iluminadoras del segundo día de mes. He aquí un artículo de mi amigo Emilio Serrano Quesada, «La industria agroalimentaria en Asturias». ¿Qué nos dice? Pues que «ni los comerciantes, ni los ciudadanos ni la Administración apostamos por nuestros productos, como hacen otras autonomías». Y se pregunta: «¿Por qué seguimos en el tiempo con esa consigna indiferente en no dedicarle atención a nuestros productos?» (Un paréntesis: vayan ustedes a un restaurante de la comunidad menos «identitaria» de España, al menor de sus pueblos, intenten que les pongan con la comida agua que no sea de allí, no lo verán. Vayan ustedes a la mayoría de las casas de comidas de esta región, será inútil que pidan agua del país: no la tendrán).
En otra página, el propietario de un vino de Cangas prestigiado por su calificación en una afamada guía de vinos se queja y habla de su producto y de los de Cangas en general: «Dicen que nadie es profeta en su tierra, y en este caso no puede ser más verdad. En Asturias, en general, no se creen este vino [el de Cangas], y bajas a Madrid, o sales a sitios como Mallorca o Suiza y todo son alabanzas».
Veamos otra cara del problema. Sección local. He aquí un Erasmus estadounidense, George Delgado, que estudia en Vigo. Se encuentra de visita y afirma: «Nunca había oído hablar de Oviedo, y eso que conozco los premios Príncipe de Asturias». ¡Anda!, ¿pero no nos era tan útil ese acontecimiento anual? ¿No nos servía para proyectar en el mundo la imagen de Asturies y de la capital? Pues, como he dicho siempre, no: con respecto a nosotros, los premios suceden en un no-lugar de España. Y uno recuerda, al respecto, cómo, puestos a dotar al acto de su color local, quienes lo retransmiten por la televisión suelen hablar de los «gaiteiros» y de la «sidriña».
Es entonces cuando recuerdo que, justo el día anterior, el día de Todos los Santos, Pola recibía en su programa, «La quintana de Pola», a Maxi Rodríguez, para hablar de un libro de este, «¿Cómo ye lo nuestro?». En él cuenta que, con ocasión de estar en un bar en Madrid, el camarero se empeñó en que Maxi era gallego; cuando, al final, a regañadientes, aceptó que era asturiano, le dijo en un intento de empatizar: «lo sé, “vaquiña”, “sidriña”, “coroña”». Y Pola concluía, en el estilo Pola: «nun nos conoz ni Dios».
He ahí otra parte de lo que nos pasa: pese a nuestra babayería de que «Asturias es España y lo demás tierra reconquistada» o de nuestra presunción de singularidad por Pelayo o el 34, nuestra existencia para los demás es ninguna, somos unos perfectos desconocidos en España, y no digamos ya en el mundo.
Y lo somos porque lo queremos ser. Nuestras elites juegan, en general, el papel de vicarias de Madrid, repiten sus discursos, eructan sus tópicos, siguen sus consignas, sin importales el daño o trastorno que aquí puedan causar o su absoluta inutilidad para nuestra tierra. Más penosa es aún su actitud cuando creen ser la conciencia intelectual del Estado o se comportan, incluso, como la «reserva espiritual» de su ideología o facción (por poner, creo que era Arcadi Espada quien recordaba hace poco que el PSOE ya solo era tal en Asturies, que constituía el único lugar donde no era «Partido socialista de…», sino FSA) o cuando corren a «salvar el mundo», por ejemplo, a Cataluña, traicionando los intereses de los asturianos. La gente común, por lo demás, se limita a interiorizar los tópicos que les insuflan («No pintamos nada, somos menos que un barrio de Madrid») y a humillarse en el conformismo o a culpar a los demás de que «no nos ayudan». En todo caso, en todos ellos, una actitud común: borrar cualquier peculiaridad de nuestra historia, ocultar nuestras singularidades culturales, acallar cualquier cosa que nos pueda hacer diferentes; sino burlarse de todo ello o menospreciarlo.
Las consecuencias están a la vista, no son un vector menor de nuestra permanente y progresiva ruina económica. ¿Por qué, pongamos, creen ustedes que nuestro turismo presenta cifras alarmantes de descenso frente a otras comunidades de la España Verde, como Galicia o el País Vasco? Pues, entre otras razones, porque ellos exhiben su diferencia, como entidad política colectiva y como poseedores de peculiaridades, desde las culturales a las gastronómicas, y nosotros las ocultamos o menospreciamos.
Díganme, ¿a causa de qué nadie iba a poner sus ojos en un lugar que no ve y, a verlo, no le ofrece nada distinto, salvo quizás su enorme parecido con la Madrid profunda, de cuyos museos y riqueza cultural y social, por otro lado carece?
No queremos ser y eso es lo que somos. Y así nos va.
Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias
Yá saben, pa pactar n'Asturies, esto ye, pa solucionar los problemes de los asturianos. ¿Fue pa eso pa lo que votaren a UPyD los 18.000 ciudadanos que lo ficieren? Pues, a lo meyor, sí, ¡vete a saber!
En fin, como toi fartucu de repetir, somos lo que queremos ser. ¿Que nun somos naide? ¿Que nun pintamos nada? Eso ye, xustamente lo que queremos ser.
Porque, na democracia, a los políticos nun los manda'l cielu, como-yos pasó a les ranes que, na fábula, pidieren rei a Xúpiter y mandó-yos una trabe que los achapló, nin son dictadores qu'asalten el poder a golpe d'urna. Non, ye la xunta xeneral d'accionistes, toos y caún de los ciudadanos, los que ponen ehí a los políticos qu'ellos quieren poner. Eso, xustamente, ye la democracia.
Lleer más en: "Rosa Díez exigirá a Rajoy y Rubalcaba cambios sobre Amaiur y la Ley Electoral por su apoyo en Asturias (ABC del 28/03/2012)"
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Gracies a los corresponsales de "La función identitaria de la lengua"
Vía FACEBOOK apórtenme delles anotaciones, comentarios y aportaciones de corresponsales a propósitu del mio "La función identitaria de la llingua". Gracies a toos ellos. Póngoles equí. Al marxen, do-y les gracies a Miguel Nava, que nun facía aportación pero sí reconocencia.
- Fendro escribió: "Quien nun diga l.lume, l.leite, l.linu ya l.lamuerga nun ya asturianu de pura cepa (Valdés)"
- Javier escribió: "chume,cheite y chana .UN VAQUEIRO"
- Manolín escribió: "Sí, ho. Ya más completu entovía: Quien nun diga l.lobu, l.lume, l.linu, l.leite ya l.lana nun yía del Val.le de L.laciana. Nin de Degaña, nin de Palacios, nin de Cangas, nin de....."
- Asun escribió: "En Cangues: Quien ñon diga ñon, ñabos y ñavalla que a mio casa ñon vaya."
- Triskelo escribió: "Yo conocíalu asina: Quien nun diga nin l.lume, nin ll.inu, nin l.leite nin l.lana nun ya del val.le de L.laciana"
¿conocéis más versiones?
«Disparen sobre nosotros»
Sostiene un amigo mío, lúcido asturianista, que la famosa frase que se habría emitido desde el Simancas en los últimos momentos de su resistencia, “Disparen sobre nosotros, el enemigo está dentro”, no contenía en realidad ningún mandato épico en castellano (“Disparen sobre nosotros, el enemigo está dentro”), sino una pura constatación en asturiano (“Disparen sobre nosotros, el enemigu está dentro”). Más allá de cuál haya sido la realidad, lo cierto es que la propuesta de mi amigo es plenamente coherente con la situación de marginación histórica de nuestra lengua: rechazado su derecho a existir, cualquier manifestación de la misma es negada como tal o convertida en otra cosa.Supongo que el perspicaz lector ya se habrá dado cuenta de las causas que hicieron aflorar a mi consciencia, en su día, esta propuesta interpretativa: la prohibición del Real Instituto de Estudios Asturianos de que, en unas jornadas denominadas “I Congreso de Estudios Asturianos”, se presentasen ponencias en asturiano. Así, la lectura en clave lingüística asturiana del enunciado simanquino tiene una doble utilidad: por un lado, nos recuerda, una vez más, la general manipulación a que se someten los hechos lingüísticos de una parte importantísima de nuestro pueblo o la negación que de ellos se hace; por otro describe perfectamente el significado del episodio rideíno.
No quiero enumerar aquí la larga lista de prohibiciones y ataques que la institución ubicada en Porlier ha venido realizando contra el asturiano desde su fundación —en ese sentido no acaba de hacer otra cosa que ser coherente con su tradición—, pero sí me interesa señalar que la mayoría de las personas que forman parte de la institución, y especialmente sus directivas, padecen una grave hemiplejía afectiva con respecto a nuestro país y nuestra cultura. Yo no dudo que todos ellos sentirán un profundo amor hacia muchos de los rasgos o datos culturales asturianos. Ahora bien, esa empatía convive en ellos con una profunda antipatía o menosprecio para la lengua asturiana, pasión que los lleva a actos de hostilidad como el de estos días.Hagámonos una pregunta: ¿se ama de verdad un país o sus gentes si se conlleva una tan visceral animosidad contra una parte de él o contra el ser y manifestarse de sus habitantes? ¿Se puede ser asturianista despreciando una parte de la cultura asturiana? Ciertamente, un asturiano no está obligado a tener un hórreo ni una fonoteca de tonada, de la misma forma que tampoco es exigible que le guste ese bien mueble o que acuda a exhibiciones del canto nacional. Ahora bien, ¿qué opinaríamos de un conciudadano nuestro que quisiese eliminar los hórreos y la asturianada o que prohibiese su posesión o audición por los demás? ¿Lo dejaríamos seguir disfrutando del título de asturiano afectivo o cultural?
Esa animosidad contra lo asturiano –tan asimilable a lo que sociólogos y antropólogos califican como “autoodio cultural”— la conocemos en primera persona quienes tenemos un nombre en nuestra lengua. No transcurre día sin que tengamos que soportar como lo castellanizan o se niegan a emitirlo en asturiano con los más variados pretextos: “no he estudiado asturiano”, “no sé pronunciarlo”, “no es oficial”. Y, sin embargo, las mismas personas recitan con absoluta impasibilidad, y aun con unción, el nombre “extranjero” más reciente o insólito, ya sea ruso, búlgaro, inglés, malgache o extraído del último serial televisivo. Sólo los nombres en asturiano les revuelven las vísceras y les provocan el funcionamiento espontáneo de la “máquina justiciera automática”, esto es, de traducción al castellano. Y no suele ser infrecuente que, al pretender ofender a quien tienen enfrente, junto con los argumentos antes expresados, añadan, a modo de justificación de su conducta, su acendrada asturianidad, su nacimiento a orillas del Cantábrico y la riestra de apellidos asturianos que poseen, sin que uno llegue a comprender nunca el porqué –en el entender de esas personas— el ser asturiano justifica el ser mal educado para con el otro.Algunos han pretendido censurar la conducta del RIDEA desde un punto de vista político, señalando las obligaciones derivadas del artículo cuarto del Estatuto o la Ley de Uso y Promoción del Asturiano. Otros han silogizado que, si hubiera cooficialidad, esto no habría pasado. A mi entender —y sobre los argumentos de tipo sociológico y conductual arriba expresados, tan comunes— no hace falta acudir al ámbito jurídico o político para evaluar los actos rideenses, se pueden enfocar el juicio desde un campo más básico, más elemental. “Manca finezza” ha señalado, a propósito del enguedeyu, José Luis García-Martín, en la Nueva España del domingo 14 de mayo. ¿Falta de habilidad o inteligencia? Yo diría, más bien, que sobra de grosería y mala educación. Simplemente.
No crean ustedes que este suceso es una anécdota o se agota en sí mismo: es trascendente. Representa una parte sustancial del problema de nuestra sociedad: una Asturies que menosprecia e infravalora lo que somos, que está poco dispuesta, en consecuencia, a mirar por lo suyo y a laborar por el prójimo y en lo próximo. Es como una Asturies que corriese siempre hacia fuera para dejar atrás su sombra o su reflejo, con los que nada quiere saber. Esa mentalidad, tan extendida, no se limita al ámbito de la cultura: condiciona la economía, la política, la sociedad toda.Para explicar lo inextricable de situaciones de compleja crisis social suele citarse aquella famosa frase de Ortega, referida a España, de que “no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa”. En Asturies sí sabemos lo que nos pasa, es palmario. Lo que ocurre es que eso que nos pasa, nuestro problema de menosprecio y displicencia hacia lo nuestro, algunos lo tienen por el non plus ultra de la civilidad, de la buena educación, de la modernidad y del amor a la patria.
Disparen sobre nosotros. El enemigo está dentro.
Elogio de la canción asturiana

La canción asturiana por excelencia, la canción tradicional que conocemos por “asturianada” o “tonada”, es un canto que entraña una enorme dificultad y requiere, por tanto, un especial virtuosismo para su interpretación, no tanto en las condiciones del cantor cuanto en el sentimiento y la agógica de su expresión.
Una parte importante de la canción asturiana, además, la llamada “asturianá al altu la lleva”, la de los melismas o “vueltes”, constituye un patrón muy singular en el panorama musical del continente, equiparable, en gran medida, a algunos de los modelos de lo que llamamos flamenco.
E inevitablemente, hecha esta constatación, surgen las comparaciones entre el tratamiento que la sociedad andaluza da a su folklore y el que proporciona al suyo la sociedad asturiana; entre el respeto y reverencia con que se trata a una música por parte de intelectuales y capas cultas y la indiferencia o desprecio hacia la otra. El corolario de todo ello es la desaparición casi absoluta de la música cantada tradicional de nuestros medios de comunicación públicos desde hace décadas y, naturalmente, el completo ninguneo que hacia ella manifiesta la TPA, la Teleprisa Asturiana (otros traducen “Todo por Areces”), cuyo ideario, por cierto, tiene dos premisas fundamentales: la de la repetición de los modos y tópicos del imperio (con un punto de especial mimo en su versión antiyanqui); la de la evitación y marginación de todo cuanto conecte con la tradición identitaria y cultural asturiana.
Pero dicho esto, que no es sino una manifestación más del sistemático proceso de desasturianización política y cultural a que estamos sometidos, desde el franquismo al menos, vamos a señalar en los próximos párrafos algunos temas de especial calidad o emoción, de entre los muchos que pueblan nuestra lírica identitaria, en los ámbitos de la expresión de la señardá de la soledad o el hambre y en los del amor.
Es obvio, naturalmente, que lo que aquí apuntamos se produce en un contexto musical y de ejecución al que se remite, aquél que viene constituido por las concretas interpretaciones de los maestros históricos de la música asturiana o sus seguidores, El Gaiteru Lliberdón, El Maragatu, La Busdonga, Claverol, Botón, Juanín de Mieres, y un largo etcétera. A él y a su conocimiento por el lector apelamos implícitamente.Nuestro acervo presenta algunos momentos de enorme intensidad lírica, donde la señardá (la soledad del hombre ante el mundo, el destino o el paisaje) del emisor parece vehicular el desvalimiento universal del ser humano. Así aquel L´aire m´apagó la vela, / al pasar L´Agüeria, madre, / l´aire m´apagó la vela, / yá pa mí siempre ye nueche, en que la voz anónima que emite ese desvalido llanto en sordina adquiere dimensiones que van más allá de la estricta literalidad. Semejante sentido de desvalimiento universal alcanza, pese a sus elementos de saludo y despedida de un lugar concreto comunes con otros cancios, al Al pasar La Colladona / di la vuelta al mio sombreru. / ¡Adiós, pueblu de Collanzu, / pedacín del mismu cielu! En A la Pipiona, madre, a la Pipiona / porque me dan castañes, llechi y boroña, a la murnia de la soledad y el desgarro individuales parecen unirse el grito omnipresente del hambre, de la afamiada, esa plaga universal de la sociedad asturiana que todavía en 1857 provocaba el Manifiesto del hambre, del Marqués de Camposagrado.
Esa presencia de la gazuza y la miseria tiene en una de nuestras más famosas composiciones (Debaxu d´una panera / mio madre echóme a la vida: / de papilla, les farrapes; / y de biberón, la sidra...) un tono como alegre o de mera constatación conformista, pero en otra –cuyo raigañu compositivo distinto, por cierto, se advierte, no sólo en la música, sino en la condensación textual-, Mio madre como era probe / nun tenía pan que me dare / fartucábame de besos / y lluegu rompía a llorare, se une esa presencia de la fame con una señardá experiencial de un extraordinario lirismo, en que, sutilmente, se traslada “la pena” desde el emisor (o emisora) a la empatía retrospectiva con el sufrimiento de la madre.(Señalemos tangencialmente, que, aunque no exclusivamente, la estrofa de cuatro versos, emitida por un “yo” anónimo que la dice sin ninguna contextualización –forma literaria, por otro lado, inserta en las tradiciones más antiguas de la lírica peninsular- constituye el modo más genuino de expresión de nuestra canción tradicional.)
En el ámbito erótico existen magníficas expresiones de la malicia ligada al sexo, como los de María si vas al monte / cierra bien la portiellera: / Tengo´l toru bramando / por entrar na to praera o aquellos otros, más populares, en que el símbolo de lo masculino es el caballo -una extendida tradición, a propósito, en la que inserta Lorca muchas de sus imágenes-, como el Mio caballu s´alborota / cuando paso per to puerta. / Tien la culpa la to yegua, / que al pasar me lu prevoca. En otras ocasiones es la inquietud sexual y amorosa de la moza la que se expresa de forma lírica, dentro, en este caso, de la tradición occidental de la albada: Canta´l gallu, canta´l gallu, / canta´l gallu y amanez; / la neña que tien amores / tarde o nunca s´adormez. Otras veces es la expresión del dolor de la ruptura la que se sugiere magníficamente: Amante míu del alma, / yá nun me conocerás, / qu´acaba más una pena, / qu´un añu d´enfermedá. Destacadamente, ese dolor adquiere el carácter de llaga de expiación autoimpuesta en el Anda, y señálame un sitiu / onde yo me pueda ir, / solina a llorar mios penes, / que contigo cometí, en que la misma estructura lógico-sintáctica de los dos últimos versos parece subrayar la desesperación de la culpa. Pero, sin duda, la cantida de más éxito histórico, la que ya era un número uno en el XIX y que une una preciosa musicalidad con la sugerencia literaria, es aquella versión de La Soberana que dice: ¡La Soberana! ¡La que va pela pradera / cómo ximielga la saya! / ¡Y, si yo fuera con ella, / munchu más la ximielgara!Preguntémonos: ¿qué no harían otras sociedades con una riqueza musical como la nuestra? Volvamos a interrogarnos: ¿Cuáles son las raíces de esta nuestra anomalía, que desprecia e ignora cuanto es? Indaguemos: ¿No son, estos y otros, síntomas de una enfermedad social plurinuclear que nos impide ser un grupo humano moderno, creativo, proyectado hacia el futuro, enfotáu nes sos capacidades y colocado en la hora de España, de Europa y del mundo?
P.S. En el ámbito que nos ocupa, Oscar Roces Arboleya, un yerbatu de pro, acaba de sacar un magnífico libro, La asturianá (de la magia a la desolación), cuya lectura les recomiendo. Mi amigo Carlos Rubiera, asimismo, ha dado a luz un estupendo disco, Canciones de Xixón, a cuya audición invito.
Por cierto, y a propósito de las indagaciones de Fernando Manuel de la Puente Hevia sobre el Asturies, patria querida, su origen y evolución (que es posible haya de complementarse con la música popular cántabra, al menos para la parte del “tengo de subir al árbol...”), ¿no les sugiere a ustedes alguna reflexión el que esa historia de letras incongruentes y músicas transpartituradas y trasterradas haya acabado por ser el himno oficial de nuestra “patria”.
Preciado sienta cátedra
| Preciado sentando cátedra |
—¡Aquí, aquí! Mira. Lee. ¿Lo ves?
Sigo su dedo: «Aquí la gente aguanta más de lo normal», dice el de El Astillero.
—¿Qué te parece?: ni políticos, ni sociólogos ni periodistas, Preciado ha captado perfectamente el tipo de sociedad que sois: un grupo humano que, como tal, es incapaz de reaccionar aunque le quiten el plato de la boca. «Aquí la gente aguanta más de lo normal», ¡perfecto!
—¡No te pases! —le respondo.
Pero mientras observo, primero, su mirada displicente y, luego, cómo, con ojos rijosos, pasa morosamente su larga uña del dedo índice por los anuncios de contactos, pienso en lo que me ha dicho. «Algo de razón acaso tiene» —me digo—. Y recuerdo que llevamos décadas de estancamiento económico, con un paro altísimo, con una notable emigración de los jóvenes, con salarios bajos en los sectores punteros, con una población activa muy escasa. Repaso otros datos: la ingente cantidad de dinero que se ha gastado en proyectos inútiles y en subvenciones de «coge la capa y escapa»; los proyectos dependientes del Estado que se atascan durante décadas, tal la autovía del Cantábrico, o se paralizan, como la autovía a La Espina o los enlaces de la AS-I; los que impulsa la autonomía que tardan lustros, así el Hospital Central, para ser, al final, cosa menor que la prometida inicialmente; los proyectos «emblemáticos» que, con costo opaco pero altísimo, se ponen en marcha sin saber muy bien cuál será su finalidad o su utilidad o que quedan frenados, como el Palacio de Justicia del Vasco; aquellos otros que cuestan pero a los que no se sabe sacar fruto, al modo de lo que ocurre con La Laboral; la sumisión abyecta a Madrid de los partidos centralistas; su falta de pudor a la hora de apoyar proyectos y estatutos que benefician a otros y nos perjudican a nosotros; su desafección, cuando no su enemiga, hacia nuestra cultura y nuestras señas de identidad; su capacidad de engaño, «compromintiendo» cada vez que prometen; sus altas prestaciones en i (incompetencia) + d (despilfarro) + i (incuria)…
«Y que todo ello suceda como si nada ocurriese» —concluyo—. «Que no haya una reacción ciudadana vigorosa, que haga sentir sus razones e imponga su razón; que los responsables de tanto desastre sean premiados y aclamados una y otra vez como gestores eficaces…, sí, quizás tengan razón Abrilgüeyu y Manuel Preciado: aquí la gente traga más de lo normal; tragamos, porque tú, sin duda, eres el primero en ello».
Lo observo. Me observa. Ha dejado el periódico y se abanica con la montera. Me mira ahora maliciosa, luciferinamente.
—Y esa es la razón por la que, de tarde en tarde, ocurren vuestros episodios de «rauxa». Os levantan de cascos, os cascabelean, ¡vamos! Y entonces corréis en busca de un salvador. Porque creéis que os podrá solucionar aquello que vosotros ya no es que no hayáis solucionado es que ni siquiera habéis pensado en poneros a solucionarlo. A falta de «seny» social, acudís a la milagrería. ¡Yo le daría a Preciado una cátedra de sociología, por su clarividencia!
La vista de Preciado

Paño la Nueva de Xixón y atopo na primera una semeya de Preciado con un pie, que vienen a ocupar casi un cuartu de páxina. La frase destacada nesi pie ye esta «AQUÍ LA GENTE AGUANTA MÁS DE LO NORMAL». Preciado refierse a Xixón y al fútbol, pero, anque él nun lo sepia, la suya ye una definición perfecta de la sociedá asturiana y de la xente asturiano. Treslládenlo al campu de la sociedá y la política, a la de décades qu'Asturies sigue diendo cuesta embaxu, ensin atopar salida: «AQUÍ LA GENTE AGUANTA MÁS DE LO NORMAL».Perfecto, sí señor, eso ye güeyu sociolóxicu.
Y agora van sumame esti análisis a esti otru, que yo allugaba equí nun ensiertu ayer a primera hora, el que me mandaba per facebook un amigu al que fae munchu tiempu que nun veo:
gracies por agregarme amigo en facefook, aunque hace muchos años que te sigo y voto, y desde 1998 tengo carne de militante del pas, orgullo asturiano, pero te pregunto que nos pasa en esta región que la gente enseguida muestra la bandera, canta el Asturias patria querida, dan muestras de su orgullo de Asturiano, pero deja que Madrid decide nuestro destino,toas las autonomías en el norte, que no dan tanta muestra de patriotismo como el que tenemos nosotros, tienen representaciones de partidos regionales, menos nosotros se nos va la fuerza por la boca con tanto asturiano de pacotilla, bueno xuan ya quede agusto saludos SEGUIREMOS PELEANDO POR NUESTRO FUTURO Y EL DE NUESTROS HIJOS.
Hai materies nes que, pa saber, abonda con querer ver y escuchar.
Asturianos: toos d'estrema psoa

Ayer ponía equí dos ensiertos sobre les palabres de don Fernando Lastra (alma del alma del PSOE asturianu) a propósitu de que "tener orgullo de ser asturiano es de extrema derecha". Güei remítolos al blog de "Rapiega", para que vean otres opiniones sobre el rutiu de don Fernando Lastra.Pinchen EQUÍ pa dir a "Rapiega: L'arguyu y la derecha estrema"
Asturianos: todos de extrema derecha

Muchos de mis amigos de FACEBOOK y/o lectores de este blog me han llamado estos días para comentarme las palabras de don Fernando Lastra (sentir orgullo de ser asturiano «Es un discurso de extrema derecha, clara y duramente»).-¿No te parece mal? -me han dicho-. ¿No te enfadas? -me han preguntado.
-No, solo me hace gracia. Me da la risa.
-¿Entonces?
-Pues mirad, en primer lugar, corrijamos: eso no son únicamente las palabras de don Fernando Lastra -hombre inteligente y brillante, por otra parte-: son las palabras del PSOE, de todo el PSOE, especialmente del PSOE asturiano.
-Bueno, y, al margen de eso, ¿por qué razón te hace gracia?
-Pues mire, el señor Lastra y el PSOE -y eso incluye desde Zapatero a Lastra, pasando por Javier Fernández- han impulsado, apoyado y votado la declaración de Cataluña como una nación y de Andalucía como una nacionalidad histórica, por ejemplo. Apoyan a Montilla, que se siente más catalán que español. Votan el estatuto de Cataluña que discrimina a las comunidades que no son Cataluña, en virtud de que los catalanes se sienten más importantes y más valiososos que el resto de los habitantes del Estado... Y así podríamos seguir, con una larga ristra de actos en los que han apoyado políticas identitarias o discriminatorios en otras comunidades, por entender que son más importantes o por "comprender" que sus habitantes se sientan orgullosos de pertenecer a esa comunidad y distintos por ello.-Eso sí, estar orgulloso en esas comunidades de pertenecer a ellas no es de derechas ni de extrema derecha, es de "izquierdas, socialista y progresista".
-¿Y esa falta de coherencia, esa discriminación legal y de facto, ese entendimiento de que lo que es bueno y "progresista" fuera es aquí reaccionario, te hace gracia?
-Pues sí, pero no porque el PSOE y el señor Lastra no se den cuenta de lo que dicen y no vean sus incoherencias, que las ven, sino porque creen que sus votantes y conmilitones son tan tontos que no se dan cuenta sus incoherencias. Eso es lo que me hace gracia, de eso es de lo que me río.
-¿Y eso es todo?
-Bueno, tampoco deja de suscitarme emociones que me hacen mover el músculo risorio la actitud de los votantes y conmilitones -no todos, sin duda- que ríen esas gracias con las que se ríen de ellos y les sacan el dinero del bolsillo.-Me causan la misma sonrisa que me entra al ver el placer con que los castigados por el rebenque del ama dominatriz reciben los golpes que esta les da.
Una opinión sobre Asturies

A través del mio facebook, un amigu al que nun veía en persona dende fai munchu tiempu -y del que nun doi'l nome porque nun tengo autorización pa ello, yá que nun-y la pedí- mándame esto que pongo abaxu y qu'invita a reflesionar:gracies por agregarme amigo en facefook, aunque hace muchos años que te sigo y voto ,y desde 1998 tengo carne de militante del pas, orgullo asturiano, pero te pregunto que nos pasa en esta región que la gente enseguida muestra la bandera ,canta el Asturias patria querida, dan muestras de su orgullo de Asturiano, pero deja que Madrid decide nuestro destino,toas las autonomías en el norte, que no dan tanta muestra de patriotismo como el que tenemos nosotros, tienen representaciones de partidos regionales , menos nosotros se nos va la fuerza por la boca con tanto asturiano de pacotilla, bueno xuan ya quede agusto saludos SEGUIREMOS PELEANDO POR NUESTRO FUTURO Y EL DE NUESTROS HIJOS.
Y yá se ve: hai xente que nun descubrió Asturies en viésperes de les doce campanaes del añu nuevu.
¡Un migayín d'humildá!

En puridad, una teoría científica no vendría a ser más que un error provisional al que un futuro error vendría a convertir en obsoleto, lo que debería llevarnos a considerar todos nuestros saberes con una cierta prudencia y un tanto de modestia. Ahora bien, la ciencia y la técnica traen consigo cada día novedades tan admirables — muchas de ellas inconcebibles hace poco—, nos hacen avanzar de tal modo en el conocimiento y dominio del mundo, que tendemos a creer que nuestras teorías y saberes constituyen un absoluto que ha concluido todo lo que se puede averiguar de ciertos campos. De ese modo, lo que son en la práctica conjeturas se presentan como hechos incontrovertibles o como explicaciones definitivas, especialmente, en los ámbitos de la divulgación y la enseñanza. Es más, en ocasiones, alguno de esos constructos vienen a constituirse en una especie de «discurso políticamente correcto» que tacha o ningunea las hipótesis alternativas o nuevas. Me referiré, a continuación, a algunos recientes datos que vienen a refutar las certidumbres que hasta ahora —aunque solo fuese en el ámbito divulgativo— se mantenían como «las fetén».
He aquí que habitualmente teníamos a nuestra especie (el Homo sapiens) por el culmen de una evolución progresiva, de la cual seríamos el ápice, provistos de todas las cualidades, mientras que las anteriores especies vendrían a ser toscos rudimentos de la nuestra, quizás más primates que «hombres». Por otra parte, nuestros antepasados habrían salido de África y no habríamos convivido más que con el Homo neanderthalensis, con quien nunca nos habríamos cruzado. Pues bien, en el lapso de poquísimos años han aparecido datos que han puesto todo esto en cuestión. Aparte del discutido Homo floresiensis, acaba de encontrarse en Denisova, Siberia, un tipo de Homo emparentado, al parecer, con el neandertal. Del mismo modo, nuestras absolutas mixtura e inmiscibilidad con éste último acaban de ser negadas por un inmediato estudio que afirma que compartimos con él entre un 1% y un 4% de los genes. Incluso, la cuna del género Homo la ponen en cuestión no solo teorías no plenamente aceptadas, como la de la poligénesis, sino excavaciones recentísimas en Tel Aviv, que podrían situar el origen del hombre moderno en Asia, y no en África.
En cuanto a ser —frente a nuestros «primos»— un dechado de innovación y «virtudes», recientes evidencias nos obligan a apearnos de nuestro pavés de soberbia específica. Así, hemos sabido que los neandertales ya controlaban el fuego y cocinaban vegetales (y quién sabe si, puestos a ello, deconstruirían sus platos y tendrían guías michelín); que hace 500.000 años el Homo heildebergensis cuidaba ya de sus impedidos y tenía con ellos piedad y caridad; el lenguaje mismo, que nos parecía una reciente adquisición del género, uno de los rasgos más notables de nuestra «humanización», podría remontarse a, por lo menos, hace 1,2 millones de años y ser ya un constituyente del Homo antecessor.La teoría evolutiva no dice en realidad más que una cosa, que las especies no son inmutables y que derivan unas de otras (e, implícitamente, desecha que exista alguna teleología, algún plan divino en el devenir del mundo, salvo obviamente, que ese plan fuese un no-plan y, por tanto, ni interviniente ni cognoscible). Esa evolución, y el triunfo de unas formas sobre otras, se produce de muchas maneras, algunas puramente accidentales. Ahora bien, una de ellas, la de la competencia entre rivales en un medio escaso y la supervivencia del «más apto», entendido como «el más fuerte», ha sido privilegiada, acaso, como la más común o propia, y ha traído consigo derivaciones como el llamado «darwinismo social» o «espencerismo», justificando la eliminación o el sometimiento del otro como un inevitable producto de la implacable teleología evolutiva. En cualquier caso, confiere, de forma inconsciente, al hombre actual, la idea de ser un fruto evolutivo «superior» a sus antecesores. Pues bien, como nos proponía el paleontólogo Clive Finlayson en LA NUEVA ESPAÑA del 27/12/2010, habríamos llegado aquí como especie, no por ser los más fuertes, sino los más débiles, no los más adaptados en un medio determinado, sino los menos. Una cura de humildad semejante a aquella a la que nos invitan los profesores del Instituto de Neurociencia Cognitiva del University College de Londres cuando nos señalan (quizás con voluntarista optimismo) que nuestro cerebro no madura hasta los treinta o los cuarenta años.
Podríamos ahora pasar a otros campos, como el de la cosmología, donde cada año aparecen nuevos datos o hipótesis que desdicen o contravienen lo sabido, o le dan una interpretación diversa. Baste aquí señalar que, junto al «pensamiento políticamente correcto» del big-bang, conviven otras teorías cosmológicas, como la que de que ha existido un universo previo a este, del cual habría evidencias, o la de que nunca ha habido una gran explosión inicial desde un punto de densidad «infinita», sino que el cosmos no ha tenido inicio ni tendrá final.Pero no es mi voluntad ahora la de caleyar esos caminos, sino la de señalar, simplemente, que nos es necesario un migayín más de humildad al respecto de nuestro ser y saber, y que sería conveniente que científicos, divulgadores y enseñantes no tendiesen a presentar los «últimos» datos o teorías, como «los datos definitivos» o como teorías concluyentes, sino únicamente como lo que son: verdades contingentes descubiertas por seres que, si únicos, no son en muchas cosas más capaces o mejores que sus parientes extintos.
La sidra como síntoma

«Sobre nuestra incapacidad para poner en valor lo que producimos»
Una serie de noticias sobre el desconocimiento de la sidra asturiana publicadas en mi blog (tras las alertas que, al respecto, levantara desde Alemania Eduardo Coto) dieron origen en los últimos tiempos a una encendida discusión pública, a una serie de artículos y, especialmente, a un estupendo serial de José A. Ordóñez en LA NUEVA ESPAÑA sobre la industria de la sidra, su producción y sus innovaciones. Todo ese conjunto de informaciones y polémicas ha dejado traslucir algunas otras cuestiones, más generales, de nuestro ser y actuar colectivo.
Pero vengamos antes a los orígenes del debate. Han sido tres, fundamentalmente: una información del 14 de abril en «The Guardian» sobre las mejores diez sidrerías/lagares de España, que las situaba todas en Euskadi; un artículo relativo a la historia de la sidra confeccionado por la Asociación de Lagareros del Estado de Hessen (Alemania), en que se afirma que «... en el siglo XI desarrollan los vascos en el norte de España la presa de aceite, que será el primer lagar con el que se produce la "zagardua" (sidra) que los pescadores transportaban como medicina contra el escorbuto. Poco a poco consiguió llegar la sidra a ser bebida en la Bretaña....», con evidente desconocimiento de la sidra en nuestro país y su más temprana presencia documental; un reportaje de «The New York Times», del 15 de noviembre, el cual, en un repaso a las sidras del mundo, únicamente menciona en España la «sagardoa», o sidra vasca.
Ese desconocimiento exterior de nuestra sidra puede implicar para muchos -con razón- una afrenta a nuestra honra patria, y es natural que así sea. Representa, además, un grave problema de tipo económico, pues, como ha dicho en las páginas de este periódico el profesor David Rivas, de un lado, la aparición de un sector productivo en un medio como «The New York Times» significa «millones de euros»; y, de otro, «en una economía globalizada donde todo se uniformiza sólo es posible sobrevivir si encontramos nuestra ventaja competitiva, la cual, en el caso de productos asociados al territorio, es la diferencialidad».
Esa falta de noticias de nuestra bebida nacional en el exterior es, a su vez, síntoma de nuestra incapacidad absoluta para poner en valor nuestros productos, para beneficiar nuestras potencialidades, para exportar nuestra economía. Porque lo mismo que ocurre con la sidra ocurre, por un poner, con el turismo. Etiquetamos la sidra como «Spanish cider», o participamos en campañas genéricas de promoción de la misma, favoreciendo así a los vascos; promocionamos la España de sol y toros, o la muy genérica «España verde», ayudando así a quienes tienen asentada su imagen en el exterior. Esa permanente actitud de rechazo a ser y a «venderse» no es una cuestión de tamaño de país o de recursos. Responde a dos vectores que caracterizan a nuestras élites y al discurso dominante: uno, un profundo provincianismo; otro, un profundo sucursalismo, pues, en efecto, la «inteligentsia» patria (partidos, empresarios, sindicatos, comunicadores en general) no cree que Asturias sea una realidad sustancial, primaria, sólida, sino una especie de entidad de segundo grado, vicaria, mero reflejo subordinado de otra más importante, la española o la mundial. Prosélitos entusiastas de los ángeles del bien, creen siempre que las luchas contra las fuerzas del mal han de producirse en campos extranjeros y bajo banderas foráneas (o universales), y miran con desdén o condescendencia su territorio cierto y sus gentes reales.
La polémica, hemos dicho, ha suscitado reacciones de honra herida en muchos ciudadanos asturianos. Otros, sin embargo, se han mostrado desdeñosos ante el desconocimiento foráneo, manifestando que «ellos se lo perdían» o que «mejor, así no nos exportan la mejor sidra, y la bebemos aquí». Esa especie de autismo o encapsulamiento que mira con displicencia el mundo exterior y prefiere preterir lo que nos jugamos fuera es también un rasgo muy común de un sector de la opinión asturiana y de su comportamiento político. Responde, en parte, a una especie de antañón sentimiento de hidalguía. De otro lado, ese individualismo indiferente está conformado, a medias, por la resignación ante la impotencia política y por la carencia de un discurso colectivo que nos haga entender que nuestra sustancia y nuestro interés pasan antes, inevitablemente y dada la naturaleza de las cosas, por ser asturianos que por ser españoles y, desde luego, nunca por ser sólo nosotros mismos, un obvio imposible.
Asoleyose en La Nueva España del 30/12/2010
Ps.: P'ampliar información pueden dir EQUÍ
Pero vengamos antes a los orígenes del debate. Han sido tres, fundamentalmente: una información del 14 de abril en «The Guardian» sobre las mejores diez sidrerías/lagares de España, que las situaba todas en Euskadi; un artículo relativo a la historia de la sidra confeccionado por la Asociación de Lagareros del Estado de Hessen (Alemania), en que se afirma que «... en el siglo XI desarrollan los vascos en el norte de España la presa de aceite, que será el primer lagar con el que se produce la "zagardua" (sidra) que los pescadores transportaban como medicina contra el escorbuto. Poco a poco consiguió llegar la sidra a ser bebida en la Bretaña....», con evidente desconocimiento de la sidra en nuestro país y su más temprana presencia documental; un reportaje de «The New York Times», del 15 de noviembre, el cual, en un repaso a las sidras del mundo, únicamente menciona en España la «sagardoa», o sidra vasca.
Ese desconocimiento exterior de nuestra sidra puede implicar para muchos -con razón- una afrenta a nuestra honra patria, y es natural que así sea. Representa, además, un grave problema de tipo económico, pues, como ha dicho en las páginas de este periódico el profesor David Rivas, de un lado, la aparición de un sector productivo en un medio como «The New York Times» significa «millones de euros»; y, de otro, «en una economía globalizada donde todo se uniformiza sólo es posible sobrevivir si encontramos nuestra ventaja competitiva, la cual, en el caso de productos asociados al territorio, es la diferencialidad».
Esa falta de noticias de nuestra bebida nacional en el exterior es, a su vez, síntoma de nuestra incapacidad absoluta para poner en valor nuestros productos, para beneficiar nuestras potencialidades, para exportar nuestra economía. Porque lo mismo que ocurre con la sidra ocurre, por un poner, con el turismo. Etiquetamos la sidra como «Spanish cider», o participamos en campañas genéricas de promoción de la misma, favoreciendo así a los vascos; promocionamos la España de sol y toros, o la muy genérica «España verde», ayudando así a quienes tienen asentada su imagen en el exterior. Esa permanente actitud de rechazo a ser y a «venderse» no es una cuestión de tamaño de país o de recursos. Responde a dos vectores que caracterizan a nuestras élites y al discurso dominante: uno, un profundo provincianismo; otro, un profundo sucursalismo, pues, en efecto, la «inteligentsia» patria (partidos, empresarios, sindicatos, comunicadores en general) no cree que Asturias sea una realidad sustancial, primaria, sólida, sino una especie de entidad de segundo grado, vicaria, mero reflejo subordinado de otra más importante, la española o la mundial. Prosélitos entusiastas de los ángeles del bien, creen siempre que las luchas contra las fuerzas del mal han de producirse en campos extranjeros y bajo banderas foráneas (o universales), y miran con desdén o condescendencia su territorio cierto y sus gentes reales.La polémica, hemos dicho, ha suscitado reacciones de honra herida en muchos ciudadanos asturianos. Otros, sin embargo, se han mostrado desdeñosos ante el desconocimiento foráneo, manifestando que «ellos se lo perdían» o que «mejor, así no nos exportan la mejor sidra, y la bebemos aquí». Esa especie de autismo o encapsulamiento que mira con displicencia el mundo exterior y prefiere preterir lo que nos jugamos fuera es también un rasgo muy común de un sector de la opinión asturiana y de su comportamiento político. Responde, en parte, a una especie de antañón sentimiento de hidalguía. De otro lado, ese individualismo indiferente está conformado, a medias, por la resignación ante la impotencia política y por la carencia de un discurso colectivo que nos haga entender que nuestra sustancia y nuestro interés pasan antes, inevitablemente y dada la naturaleza de las cosas, por ser asturianos que por ser españoles y, desde luego, nunca por ser sólo nosotros mismos, un obvio imposible.
Asoleyose en La Nueva España del 30/12/2010
Ps.: P'ampliar información pueden dir EQUÍ
Argandenes: l'Asturies eterna
Pocos pueblos tienen el privilexu de tener esistencia y nome como talos enantes de la llegada de los romanos. N'Hispania, solo los cántabros y nosotros, los asturianos o astures. Y, a cada pocu, apaecen escatafinos d'esi pasáu nuestru, grandiosu yá solo por esistir, esto ye, por qu'hai memoria d'él.Estos díes desurden restos d'una ocupación romana n'Argandenes, L'Infiestu, Piloña (ver por exemplu, equí). Conocíamos del pasáu una lápida de los Astures Argaenticeni, y camentábamos que'l so ñiciu taba nel Argandenes de L'Infiestu. Agora, además de los rastros toponímicos, tenemos indicios d'una importante ocupación romana, que, como otres, ha ser un asentamientu de los "vencedores" sobre l'antigu pobláu o castru astur de los nuestros antepasaos, los Asturi Argaenticeni.
Pues, agora, a esperar y ver lo que sal de les escavaciones. Y, sobre tou, a esperar que los piloñesos nun fagan, como ficieren en Xixón, una estatua al romanu esclavizador, como-y llevantaren en Xixón a Augustu. A Augustu, el que vieno equí a cortar manes y cabeces, esclavizar y vender paisanos, sometenos a toos, llevanos el oro y violar muyeres y doncelles.Al que Xixón, yá digo, agradecíu, púnxo-y una estatua nel Campu Valdés, como "civilizador" nuestru. ¡Velo pa creelo! Asina somos.
Un país extraordinario
O extravagante. El nuestro. Asturies. Tenemos un gobierno que es responsable de lograr un porcentaje de paro que empeora mes tras mes (en noviembre, por ejemplo, alcanzamos la mayor subida del paro interanual —tras Castilla-La Mancha—); de que ocupemos uno de los puestos más “destacados” de desempleo entre las regiones europeas (el 16, sobre 314); tengamos una tasa de paro juvenil del 35,4%, cuando la media europea está en el 19,9%; seamos la comunidad española con menor tasa de actividad y una de las que consigue una incorporación menor de la mujer al trabajo. Eso, a pesar de las inversiones multimillonarias del Estado y de Europa aquí. Y sin embargo y con ello, los sucesivos gobiernos del PSOE o del PSOE con IU pasan por ser gobiernos “progresistas”, entregados a la causa de los trabajadores y de la mayoría.Y “doquier mi arrebatada mente inquieta dichas y triunfos encontrar creía” ocurre otro tanto de lo mismo: las obras del Estado son eternas, sin que se atrevan nuestros gobernantes (cual sumisos dominados) a levantar siquiera la vista ante el rebenque castigador de sus jefes madrileños. Las que dependen de nosotros se eternizan (y ni siquiera somos capaces de hacer que las empresas cumplan los plazos que decimos han suscrito, como en el Hospital Central), sus costos se disparan (como, también, en El Musel), o hay que revisar los contratos para “ayudar” a las empresas, como sucede con el de la A-II, para lo que se va a suplementar de manera abierta el presupuesto del 2011, a fin de ayudar a Viastur, participada por Sacyr y Sánchez Lago, empresas del “Tuya, mía, cabecina y gol”, pues son también accionistas del Hospital Central, del Palacio de Calatrava y de la operación del Vasco.
Y, a todo esto, los progresistas nos mienten año tras año en los presupuestos. Deben 400 millones del 2008 y 2009 a la Hacienda estatal. Inflan los ingresos (que, obviamente, nunca se recaudan) para hacer ver que IU “lucha por lo social”. Acuden a trampas contables de forma escandalosa, de manera que, si lo hicieran otros, los acusarían de “pignorar Asturies” o de empobrecer a la población. Ellos, en cambio, hacen como que nos vendemos a nosotros mismos nuestro parque inmobiliario público para recaudar dinero y saltarse, así, las restricciones de gasto a que la crisis ha obligado a todas las administraciones. Más aún, como afirma un titular de la Nueva España del viernes 3, «El Principado compensará con el salario social la paga suprimida a los parados», abriendo a tal fin una partida ilimitada con la que se contravendrá lo decretado por el Gobierno central y se saltarán, nuevamente, los límites de la deuda.Y todo eso, además, en unos presupuestos, los del 2011, que ponen en marcha dos medidas sorprendentes: la rebaja de la sanidad en un 5,5% y el aumento de las partidas de Bienestar Social, una de las consejerías que lleva IU, todo ello con el objetivo único y principal de solventar y mantener el «negocio» de ambos socios de Gobierno: su poder, su capacidad de influencia y favor, sus empleos y los de sus adláteres.
Y lo extraordinario no acaba aquí. He aquí que la historia se repite. Semejantemente a aquel Construyendo Asturies del 2007, de generosísima munificencia anónima, El país publicaba el día primero de este mes un suplemento de cien páginas a todo color sobre Asturies, que, como es lógico, subvencionaremos nosotros. No satisfecho con ello, el aspirante a desastre, el socialista Javier Fernández, nos invitaba, desde su blog, a pagarlo dos veces, comprándolo. A usted, parado sin empleo, a usted joven o mujer que no encuentra trabajo, a usted funcionario a quien le han rebajado notablemente el sueldo, pensionista a quien han congelado la pensión. Y, ello, hasta ahora, y que yo sepa, ante el absoluto silencio de nuestra sociedad.De modo que no son únicamente ellos los extraordinarios, los extravagantes. También nosotros, que lo vemos, lo escuchamos y lo dejamos pasar como si lo normal en la vida y lo aceptable fuese el eterno i+d+i de nuestros sempiternos gobiernos: la ineptitud, el despilfarro, la incuria.
Nota: asoleyóse na Nueva del 09/12/10.
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