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Lladroniciu y Agropec

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Quéxense tolos espositores: hai un númeru non pequeñu de ciudadanos que pasen pelos puestos onde s'esponen hortalices y flores y arramplen colo que-yos dala gana. Faenlo cuando tán delantre los espositores, y más nes hores que nun hai naide.

Una del garrapiellu de calabaces premiaes n'Agropec



Toa esta xente cree que lo que ta a la vista ye d'ellos y tienen derechu pa llevalo. Naturalmente, pa lo suyo tienen otra consideración.

Simplemente, estes conductes nun son más que lladroniciu. Y con eso, cola realidá d'esa xente y mentalidaes,  ye colo qu'hai que contar si se quier actuar en sociedá y en política, y el que nun lo vea o nun quiera velo o ta tochu o engáñase pa engañar.

Y de xuru, la mayoría d'esos que se dediquen al lladroniciu pasen la vida esprecetando contra los políticos y llamándolos a toos lladrones.

El pueblu, la exemplar ciudadanía a la que siempre s'afalaga.







Güei, en La Nueva España: Hay más cosas en el cielo...

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)

Hay más cosas en el cielo y en la tierra...

Los Estados Unidos que votaron a Trump y no supieron ver los expertos

11.12.2016 | 04:06
O lecciones, para nosotros, de las elecciones en Estados Unidos. En primer lugar, sobre la óptica de las previsiones. Se nos hacía ver que todas las prospecciones demoscópicas daban como triunfadora a Clinton. Y, sin embargo, no sólo no lo hacían todas, sino que la distancia entre un candidato y otro era tan escasa en la mayoría de ellas que entraba en lo que es el margen de error de un pronóstico. Pero como la mayoría de los medios occidentales y una cierta opinión anhelaban el triunfo de Clinton (o temían el de Trump) la interpretación de las encuestas tendió a convertirse en una especie de exorcismo propiciatorio.
Por otro lado, el triunfo de Donald no tiene nada de extraordinario: desde hace mucho tiempo, la sociedad estadounidense que vota (no lo hacen nunca casi la mitad de sus habitantes) está dividida en dos mitades aproximadamente iguales, aunque en ocasiones, es cierto, existen diferencias en el voto popular que, como en este caso, no se traducen en el voto del Colegio Electoral. Y, además, es frecuente que, según ocurre más o menos en Europa, ocho años sea el tiempo máximo en que el electorado "aguanta" a un partido en el poder, procurando tras ese período la alternancia.
(En todo caso, algunas anécdotas individuales nos ilustran sobre lo que es el voto y la democracia. Susan Sarandon, por ejemplo, decidió que "no votaba con la vagina" y que, por ello, no estaba obligada a votar a Hillary por ser mujer. En consecuencia, dio su voto a un candidato marginal, en la creencia de que Hillary ganaría. Después lloró sus consecuencias. Y es que el voto no es un concurso de guapos y feos, de buenos o malos. Votar consiste muchas veces en evitar que gane el que más daño pueda hacer, aunque nos repugne aquel a quien entregamos el voto.)
No olvidemos, por otro lado, que no fue sólo que triunfase el que estaba llamado a ello por su apellido, sino que los republicanos obtuvieron mayoría en el Congreso y en el Senado. Si a eso añadimos que el voto republicano se ha mantenido en los mismos niveles que hace cuatro años... [...............................................................................................................................................................]

FÍSICA Y COYUNTURA

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                Tendemos a pensar que lo que sucede en el presente es inusitado y excepcional. Y, de esa manera, nos extraña, alarma o excita la esperanza de forma desmedida. Tal ha ocurrido, por ejemplo, con los resultados de las últimas europeas. Y, sin embargo, la mayoría de las cosas que acontecen, si bien no son reiterativas, responden siempre a lo que yo he dado en llamar la «física social y humana», y, con sujetos diversos, repiten constantes del comportamiento humano. Acudamos a la historia o a quienes han meditado sobre la sociedad en el pasado.
                ¿Se extraña usted de que quienes despidieron a patadas a Suárez fueran los mismos que lo colmaron de elogios póstumos? Pues recuerde esta anécdota, que ya conocerá: he aquí que de entre el pueblo que aclamaba fervorosamente a Alfonso XII a su vuelta del exilio, el monarca reparó en un mozalbete más exultante y más próximo, le dio las gracias y encomió lo extraordinario de la recepción. «Pues esto no es nada —retrucó el mozo— no sabe usted la que organizamos el día que echamos a la puta de la Reina».


                Que los pueblos se irriten contra los gobiernos es una de las piezas fundamentales de la constitución de la democracia, o, quizás mejor, de la física social. Decía Churchill que defendía el derecho del hombre común a levantarse una mañana de mal humor y derribar al gobierno con su voto, si con ello pensaba que iba a mejorar su ánimo. Pero la idea de que el hombre común entiende mal los actos del gobierno y de que está habitualmente irritado contra él por echarle la culpa de todos los males es algo que han señalado muchos teóricos de la política. He aquí a Jovellanos: «El pueblo, si tal nombre se quiere dar a la gran masa de gente ignorante y bozal, que nunca juzga por su propia razón sino por sugestión ajena, jamás profesa amor a su gobierno, nunca le hace justicia y siempre halla culpas o faltas en los que lo componen». Y Cellorigo: «La voz del vulgo es cuerpo de muchas cabezas y con nada se contenta». O Larra «[el público] es caprichoso y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen […] que es maligno y malpensado y se recrea con la mordacidad, que por lo regular siente en masa».
                Tal vez alguno se extrañará de que en la mayoría de los lugares donde más corrupción existe, la gente siga votando a los corruptos. Pues no es nada de extrañar, especialmente si esa corrupción no es personal, sino que se basa en una enorme red de beneficios para muchos a base de empresas más o menos ficticias, dinero fácil para cursos o subvenciones, empleos municipales o a través de empresas públicas, chanchullos para ayudas sociales, etc. Pericles, uno de los mayores estadistas de la historia, en la Grecia del siglo V, fue el primer socialdemócrata y el primer domesticador del pueblo mediante «chollinos y carguinos»: se apoderó del tesoro de las ciudades aliadas, multiplicó las obras públicas para tener ocupados a los ciudadanos y para imbuirles el orgullo de la ciudad, pagó espectáculos de forma continua, atribuyó salarios a los jurados y jueces, etc. De esa forma se garantizaba el apoyo de Atenas. ¿Necesitamos hacer la traducción?
                ¿Y por qué las promesas de los políticos son tantas veces humo y los mítines tienen ese olor a representación? Algunas explicaciones son tan crudas (como la del secreto del agitador que Oliverio Ponte di Pino da o la definición que del demagogo hace H.L. Mencken), que renuncio a transcribirlas. La «obligación» de decir a la gente lo que quiere oír para conseguir sus votos, la necesidad de «actuar» para ser visto y notado es lo que nos pone en el camino de entender cuánto de inevitable hay en ello. Oigamos las palabras del historiador marxista Eric Hobsbawm: «[con el advenimiento del voto universal] ¿Qué candidato estaría dispuesto a decir a sus votantes que los consideraba incapaces de saber […] que sus peticiones eran tan absurdas como peligrosas para el futuro del país? ¿Qué estadista rodeado de periodistas diría realmente lo que pensaba?». Y a Baroja: «Todo hombre que se levanta a hablar ante una multitud se convierte necesariamente en un histrión».
                Ya saben ustedes que cuando un partido pierde crédito una parte de sus votantes niega haberlo votado o no lo recuerda. Vieja zuna. Cuenta Tucídides que, hacia el año 415 A.C., habiendo enviado la asamblea popular al ejército a pelear a Sicilia, contra el criterio de algunos de los generales, una vez conocido el desastre de la aventura, «se encolerizaron contra los oradores que habían apoyado el envío de la expedición, como si no hubieran sido ellos mismos quienes la habían votado [y exigido, frente a los reticentes]».
                Una última consideración sobre esa palabra que a veces se pronuncia con unción mística —como si de él emanase una sabiduría infalible— y otras veces se lanza con voluntad demagógica de halago, «el pueblo». Quien habla es Jovellanos en su «Memoria en defensa de la Junta Central», tras haber sufrido los individuos de ella calumnias y trato ignominioso: «Pero estos juicios no nacen de malignidad suya [del pueblo contra el gobierno]; le vienen siempre de la ajena. Le vienen de los que, aspirando a mandar, tienen grande interés en desacreditar a los que mandan. Le vienen de los envidiosos y presumidos que, censurando al gobierno, quieren pasar por entendidos en el arte de gobernar. Le vienen de los quejosos y descontentos, que nacen del ejercicio mismo de la justicia, y, en fin, de los charlatanes y lenguaraces que por ociosidad o por vicio hablan de todo sin entender de nada». Y para reafirmar su juicio cita después a Giucciardini en su descripción de la «disposición ordinaria» del pueblo: «Tal es la naturaleza de los pueblos: inclinada a esperar más de lo que se debe, y a soportar menos de lo que es necesario, y a estar siempre irritada con las cosas del presente».
                Y eso que don Gaspar no llegó a ver al benemérito pueblo haciendo de tiro de la carroza del Deseado, ni, años después, volviendo a aclamar la constitución del 12 con el triunfo de Riego, y, solo tres años más tarde, vilipendiando su persona mientras lo arrastraban hacia la horca en un serón por las calles de Madrid.


Democracia, Ortografía, Pueblo

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Uno de los sucesos que más han elevado mi buen humor en las últimas semanas ha sido el fallo del jurado popular que ha declarado al expresidente Francisco Camps «no culpable». Como probablemente sabrán, el acta de la voz del pueblo empezaba diciendo que «el jurado, a deliberado» y, a continuación, a lo largo de dieciséis folios, sin prácticamente tildes, aparecían cosas como «faborable», «hallan» (de «haber»), «tubiera» y otros.

No ha sido, ciertamente, el fallo no condenatorio lo que me ha excitado, como tampoco lo hubiese sido un fallo en contrario, pues, en los juicios de sonadía, procuro atenerme a la presunción de inocencia (nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario) y a la cognición pragmática (son las sentencias las que deciden sobre la culpabilidad o inocencia en lo encausado, no nuestra opinión sobre el asunto). Tampoco me hago cruces sobre la agrafia del jurado: a fin de cuentas, todos sabemos que somos un país con un alto índice de fracaso escolar, parámetro compuesto por quienes abandonan sus estudios (el guarismo oficialmente computado) y por quienes pasan a través de los mismos como un cuerpo glorioso, sin ser apenas manchados o afectados por ellos. Incluso, mi yo cínico podría querer recordar que, aunque ahora va a menos, una corriente pedagógico-progresista viene dando la lata desde hace décadas señalando que «lo importante no es la ortografía, sino entenderse», y aun podría traer a colación a intelectuales y políticos que señalan que la ortografía es «un instrumento burgués de opresión del pueblo».

No, lo que me ha suscitado un ánimo jocundo han sido las reacciones contrarias a la sentencia del jurado, muchas de las cuales han apoyado sus críticas, precisamente, en la patente condición de escasa cultura de los sentenciantes. Y la gracia está en que son precisamente las gentes de condición progresista, aquellos que siempre han sido partidarios de la institución del jurado, aquellos que afirman que dicha institución «acerca la justicia al pueblo» (frase, por cierto, tan vacía como esta otra: «alabú daluisba caloboba») los más que han renegado en esta ocasión de ella. «No se puede tolerar esto, no se puede poner a juzgar a gente prácticamente analfabeta» ha sido el concepto que vendría a resumir su pensamiento.

Ante esos razonamientos, uno no puede dejar de preguntarse por el conocimiento que de la realidad tienen estas gentes, y, en consecuencia, por lo que para ellos se encapsula bajo la palabra «pueblo», que con unción tan reverencial pronuncian cuando no se encuentran con su evidencia. Porque, en términos objetivos, el pueblo, esto es, el conjunto de los ciudadanos de un estado o nación, incluye a todos esos fracasados escolares y analfabetos funcionales de los que las estadísticas dan cuenta; también a todos esos ciudadanos que tienen escaso o ningún interés por la vida pública y por la organización social, excepto para sus «derechos», esto es, para los beneficios que de la sociedad obtienen; a aquellos que, por sistema, desprecian la política y los políticos. Ellos son, como los demás, «el pueblo». Y son ellos también quienes votan en las urnas, con igual desconocimiento, con iguales prejuicios, con idéntico desinterés por la realidad. Claro que, en la medida en que los votan a ellos y a los suyos, esa gente ignara debe parecerles homóloga a esa entidad sacro-vacua que les remueve de placer las entrañas cuando pronuncian «pueblo», palabra que articulan y paladean habitualmente como si ingiriesen la hostia sagrada de la llave secreta de la historia o, tal vez, la untuosidad golosa de un tocinillo de cielo.

Pero el pueblo es muchas cosas. Quien quiera mirar su parte turbia puede verlo en Atenas expulsando a los mejores bajo la incitación de los demagogos y corrompido por las dádivas; allí mismo, defendiendo su modo de vida frente al bárbaro persa. Puede comprenderlo en los análisis y pronósticos de Tocqueville señalando como el peor mal de la democracia futura el igualitarismo envidioso e igualador hacia abajo. En el levantamiento contra Napoleón sacrificándose por conceptos como la patria, la nación o el rey, o desjarretando y destripando por el mero placer de la sangre. En la guerra civil asesinando por el odio o la envidia o sacrificando su vida por los suyos o por sus ideales.

El pueblo, en una palabra, son muchos conjuntos de comportamientos distintos, e incluso, alguna vez, alternantes. Hoy, unos, por ejemplo, los forman individuos altruistas que trabajan gratis por los demás, en las aldeas de África, en los comedores de España; otros, la turbamulta de envidiosos linchadores carentes de toda piedad, a los que, anhelosos y jadeantes, convocan las vuvucelas justiciero-recaudatorias de ciertas cadenas televisivas.

Y, naturalmente, entre ellos, entre ese último subconjunto de pueblo, hay gentes con muchas carreras, las hay analfabetas y las hay, incluso, que exhiben banderas republicanas como prueba de su impoluta y distinguida moralidad ciudadana.

Llegados a este anterior punto, se me aparece mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que lleva la montera adornada con un par de jacintos de color azul violáceo.

— ¡Pero ven acá, alma cándida! ¿Crees tú que si el fallo les hubiese dado la razón condenando a Camps se hubiesen metido con el jurado y puesto en duda la institución? Al revés, habrían afirmado cómo, a pesar de la ignorancia en que lo ha sumido siempre la explotación capitalista y la derecha, la voz del pueblo encuentra siempre el camino hacia la luz y la verdad. Esto es, que el pueblo, como el Dios del proverbio, escribe derecho aunque fuere con grafías erróneas o ignorantes, y que eso sería, precisamente, lo que confirmaría la excelencia del jurado popular.

¡Acabáramos!