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Fuera ratos, fuera sapos, fuera toa comición

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(Ayer, en La Nueva España) FUERA RATOS, FUERA SAPOS, FUERA TOA COMICIÓN. De la tragedia del Levante no le echen la culpa a la gota fría. Tampoco al llamado cambio climático. La causa real es la política de construcción en zonas inundables que, durante décadas, ha venido estimulándose por las sucesivas administraciones, y el “salvajismo” hidráulico. Ni gota fría ni cambio climático: la necedad y la imprudencia humanas. Pero no es sobre esas realidades sobre lo que quiero reflexionar, sino sobre algunas conductas. La primera, la inaceptable actuación de ciertos individuos durante la visita de los Reyes, Sánchez y Mazón; algunos, incitadores, otros, seguidores espontáneos. ¿Y esos gritos de “asesinos”? ¿Culpables de la dana? Dejemos eso también. En lo que quiero fijarme es en las manipulaciones, mentiras y babayaes que muchos medios de comunicación y periodistas lanzan al aire, al modo como algunos vecinos lanzaban fango durante la visita. Con frecuencia, con un discurso desviado a favor de la facción que defienden o de quien paga. Deseo, especialmente, subrayar dos manipulaciones de la política. La primera, del Gobierno de don Pedro y sus turiferarios, acusando de los disturbios de Paiporta al “empeño del Rey” en ir allí. Como si no fuese obligado el ir y, sobre todo, como si cualquier acto de la Corona no requiriese el refrendo del Gobierno. La segunda es al revés, contra Pedro Sánchez. Este nunca afirmó “si quieren ayuda que la pidan”, tan reiterada y tan criticada. Esto dijo tras anunciar el envío de un numeroso grupo de efectivos y un buque de la Armada: “... el Gobierno central está listo para ayudar. Si necesita más recursos [el señor Mazón, con quien acababa de hablar], que los pida”. Punto. Ante tanta basura personal, política y profesional uno desearía que el conjuro tradicional para alejar las pestes de los campos, “fuera ratos, fuera sapos, fuera toa comición”, valiera para algo. Lo recitaría mil veces y esparciría agua bendita hacia los cuatro puntos cardinales.

Una sorpresa real

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(Ayer, en La Nueva España) UNA SORPRESA REAL Sigo por la TPA la entrega del premio al “Pueblo ejemplar” de este año. En la pantalla pone “Pion”. Efectúa la lectura don Felipe. Lee “Arroes, Pion…” y, de repente, hace una pausa y una corrección: “Peón y Candanal”. ¿Qué es lo que ha pasado? El Rey está leyendo correctamente lo que la Fundación ha escrito y lo que refleja la página oficial de la Casa Real, Pion, pero ha debido de oír en su entorno reiteradamente “Peón” y cree que hay una errata: don Felipe no es tan asturiano como para corregir por prejuicio propio. Me viene una anécdota de los setenta. Excursión de Hunosa, gente de Les Cuenques. Y, de pronto, en la autovía, un panel: “A Coruña, Vigo”. Comentario censorio: “¡A Coruña! ¿Cómo no se van a perder?”. ¿Habrá algo más asturiano que esa incomprensión hacia lo diverso, que esa intolerancia hacia lo que no sea la rutina aprendida, que esa rendición al castellano? Y, después, nuestra diferencia con, por ejemplo, Cantabria. Allí, en las cartas de los restaurantes llevan poniendo desde siempre, sin ningún complejo, el nombre autóctono de sus peces y mariscos; aquí, lo ocultamos: “nécoras”, no vaya a perderse el turista o enfadarse el llariegu, y recientemente, si acaso, ponemos “nécoras” entre paréntesis, al lado de “andaricas”. El proceso mental es el mismo que el que se desata ante “A Coruña”, desconociendo, además, que ese punto de pintoresquismo puede ser un atractivo más de la carta. Recuerdo, mientras sigue la retransmisión, a doña Lydia Espina, la consejera de Educación, de un partido, el PSOE, que dice apostar por el asturiano, que dirige un ministerio en cuya oferta para todos los cursos está nuestra lengua. Entrevistada en sus primeros momentos: “Les neñes, perdón, las niñas”. ¡Perdón! Por hablar en vulgar, supongo. ¡Manda…! Miro ahora el discurso escrito de don Alejandro Vega, el alcalde de Villaviciosa, y alterna “Peón” y “Pion”. “Peón” es ilegal desde 2005. El único nombre real, es decir, legal, de esa parroquia es Pion. Así lo ha estatuido el propio Ayuntamiento. Es notable la insistencia de tantas personas en saltarse la legalidad en cuestiones de toponimia, de legislar por cuenta propia en esa materia. ¿Qué subyace en esa actitud? Pues un complejo de factores: el tener por menos lo propio frente a lo de Madrid; el avergonzarse de lo que son muchos de los rasgos peculiares de nuestra cultura, en una especie de autoodio; un profundo conservadurismo, que se pregona a veces como progresismo, y que oculta un cierto complejo de inferioridad frente a lo de fuera. En lo relativo al ámbito toponímico, eso se une a un solipsismo que, en contra de filólogos, la gente de la calle entrevistada y lo que, en último término, aprueban los ayuntamientos, exclama: “¿Me van a decir a mí cómo es de verdad?”. En materia de toponimia no son “de verdad” más que los nombres tradicionales, los que desde Roma, o desde antes, para acá han ido imponiendo los habitantes del lugar. Después pueden haber venido castellanizaciones, debido a todas esas razones antes expuestas y a la presión del Estado y la escuela, o, simplemente, de los responsables de carreteras. En el caso de “Peón”, que es una falsificación también, podría pensarse que hay detrás un “peón” (¿del Infanzón cercano, acaso?), que por vulgarismo se ha convertido en “Pion” y que, ahora, por una especie de “presión nacionalista”, se ha vulgarizado e impuesto como oficial. Pero su origen no tiene nada que ver con ningún “peón”: deriva del nombre de un propietario de los primeros siglos, Pelio o Paedio. No apelaré a mi conciencia lingüística personal de “pionesu” por una rama familiar. No. Dos testimonios: Gaceta de Madrid (el equivalente a nuestro BOE), número 176, 25/06/1865. Lista de algunas escuelas de Asturies: Escuela de Pion, Villaviciosa. Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo, número 204, 10/09/1901. Listado de cabezas de familia del Partido de Villaviciosa: D. José Sánchez Rendueles, de Pion. Podría citarles a Cuchichi, afirmando que una de sus canciones favoritas era Adiós, llugarín de Pion, pero temo que pueda servir de apoyo a los negadores de la evidencia: la fe no necesita más que un pequeño soplo para convertirse en huracán. No crean ustedes que esta negatividad nuestra hacia lo propio, este sometimiento y veneración a lo que viene de afuera, está únicamente relacionado con la lengua y la toponimia. Es parte de un complejo de valores y de falta de autoestima que nos hace no hacer nada por ser algo en el conjunto de España, que causa que ni nos veamos ni nos vean. Y, en el fondo, es que nos queremos poco. ¿O piensan ustedes que nuestra realidad, nuestra proyección, nuestro peso político, son otros? ¿Continuará nuestra sociedad en esa doble negación de la realidad y de la legalidad? Que eso cambiase sería para mí una verdadera real sorpresa.

República: ¿A Zapatero o a Aznar?

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                Como era previsible, la abdicación de don Juan Carlos no solo ha excitado a los doctrinarios y predicadores habituales de la república, sino que ha causado profundo desasosiego en una parte del PSOE: en unos porque les ha provocado la reviviscencia de su antiguo discurso republicano, en otros, porque la competencia con otras manifestaciones partidarias de la autodenominada izquierda, el ansia de estar a la última, el miedo a ser tildados de reaccionarios y lo insatisfactorio de sus resultados electorales han suscitado en ellos un incontrolable desasosiego. Así, pues, la decisión real ha levantado una polvareda de manifestaciones, reclamos, proclamas y banderas republicanas que irá a más en los próximos meses.


                Ahora bien, el griterío de las proclamas republicanas contiene más de emoción que de razones —como, por otra parte, es lo propio de todas las demandas políticas primarias, esto es, las que tienen como argumento central la emoción— y, sobre todo, va acompañado de argumentos absolutamente vacuos, si no conscientemente falaces, e, incluso, una parte de sus razones emocionales se basan en una fabulación o un mito. Porque, si bien es cierto que la elección por sufragio universal de todos los cargos del Estado contiene un punto teórico más de quintaesencia democrática que una monarquía, no es cierto que una monarquía sea menos democrática que una república. Miren ustedes a la antigua URSS, a China, a Cuba, a donde quieran, y —a no ser que entiendan como don Gaspar Llamazares que «Cuba no es una dictadura, es otra cosa»— compárenlas con Holanda o el Reino Unido y, salvo que no quieran ver, lo verán con claridad. Pero es que, además, una gran parte de la demanda republicanera se basa, según hemos dicho, en una fabulación doble: la que se trama sobre la historia de la propia II República y la que se teje sobre sus contenidos institucionales. Acerca de estos últimos, díganme ustedes un punto, un solo punto —salvo obviamente, el de no ser una monarquía—, en que la Constitución de aquella mejore a la actual; es inferior en todos los aspectos: sociales, institucionales, de libertades. Y en cuanto a su realidad histórica (esa fábula con que se engaña en escuelas y tertulias) fue un auténtico desastre: en su gestión económica y social; en el sectarismo de todos; en su desorden callejero y en su violencia; en el matonismo como forma de actuación política; en la nula voluntad democrática de muchos, incluidos los que formaban la parte más sustancial de ella, que aspiraban a la dictadura y practicaron el golpe de estado. Un desastre absoluto al que solo vino a rehabilitar, convirtiendo la memoria de la II República en lo que no fue ni quiso ser, el golpe de estado de Franco y su posterior dictadura.
                Falacia histórica y argumental a la que acompaña lo huero de algunos clichés, como el de «las virtudes republicanas», que se tratarían de resucitar. ¿Qué son las virtudes republicanas? ¿Alguien lo sabe? ¿Son las de aquella República? ¿Contienen alguna cualidad más de las que se tienen en nuestra democracia? Silencio: el mito necesita de oscuridad y confusión. Llama más la atención aún el que el sintagma nos remita a aquel otro episodio de nostalgia del «cualquier tiempo pasado fue mejor» con que los antiguos romanos añoraban lo pretérito, aun antes de la llegada de los cesarismos.
                Y ello sin contar con que muchos de los que reclaman la III República sobre el cadáver momificado de la II no piden, como muchos de los que lo hacen, una república democrática semejante a nuestra actual monarquía, pero sin monarca; sino una como la de Cuba, la de la Venezuela actual (donde se encarcela a los opositores sin juicio y por orden del presidente del Gobierno) y, si se atreviesen, como la de la antigua URSS, a la que tanto alabaron.
                Para que unos cuantos cesasen en su prurito bastaría probablemente, y sin tener en cuenta lo anteriormente dicho, con hacer una doble apelación a aquellos que Churchill llamaba «el hombre corriente», a aquellos que, sin ser doctrinarios o añorar eso que se llamaban y llaman eufemísticamente «democracias populares», están enfadados con el Rey porque caza elefantes, es viejo, parece haber tenido líos de faldas o cualquier otra razón que soliviante su humor. A los de un bando: ¿qué le parecería a usted, además de tener como jefe de Gobierno a Rajoy, tener como presidente de la república a Aznar? Y a los del otro: ¿sobre soportar a diario a Rubalcaba —o su sustituto— en la Presidencia, cómo llevaría ver a Zapatero en la Jefatura del Gobierno? Estoy seguro de que, ante tales perspectivas,  muchos detendrían su mano antes de echar a rodar los dados sobre el verde tapete.


                Cerrando ya, aparece en mi pantalla mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Veraniego aprovechando estos días de ábrego, viste un horrible tanga rojo, calza madreñas y, sempiternamente sediento, escancia sidra en amplio y cristalino vaso.
                —Has titulado mal —me dice con un punto de trastabilleo en su voz.
                —Sí, ¿y tú cómo lo harías, so listo?
                —Pues yo pondría: «¿Se llama usted José, Gregorio o Ramón?
                —¿Y eso que significa?
                —Ya sabes, son los promotores de la Agrupación al Servicio de la República. En cuanto vieron el parto que habían traído gritaron «No es eso, no es eso», y salieron corriendo, literalmente, en todas direcciones.
                Se aleja por el aire tras echarme el sobrante del vaso sobre la alfombra —¡buena la tendré con mi mujer!— y lo oigo cantar la coplilla infantil. «San José bendito, cuando te quemaste, si estaba caliente, ¿por qué no soplaste?»

NI MÁS NI MENOS

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                Una constatación, en primer lugar: los casi cuarenta años de la monarquía de don Juan Carlos han sido los de más estabilidad y prosperidad de nuestra historia en los dos últimos siglos. No han sido fruto exclusivo de su persona ni de la institución, ni muchísimo menos. Pero sin la Corona, seguramente no hubiese sido posible una transición pacífica de la Dictadura a la democracia y, sin duda, no se hubiese detenido el 23F. Ni más ni menos.


                El segundo dato incontrovertible es el de que hay que ir, seguramente, hasta la abdicación de otro Carlos, Carlos I, en otro Felipe, Felipe II, para encontrar una renuncia al trono que se haya producido sin alteración grave del orden social. Los más próximos desistimientos o remociones, la de Isabel II, Amadeo de Saboya y Alfonso XII trajeron como resultado el que trajeron. ¿Quiere decir ello que es probable que se produzcan situaciones semejantes? No, evidentemente. Pero quiere decir que los precedentes históricos son los que son. Ni más ni menos.
                Lo que es fácilmente previsible es que se produzca un período de tensiones y reivindicaciones. La principal causa de ello, a mi juicio, tiene como eje la visión del mundo de las cohortes de población más jóvenes. Dejando a un lado los doctrinarios y los que aspiran a ganar en lo personal en un vuelco político y social, mi impresión es que una gran parte de las generaciones nuevas (quizás de menos de cuarenta años) creen que todo es gratis, esto es, que los actos sociales y políticos se realizan sin consecuencias; que, por ejemplo, la independencia de Cataluña no tiene consecuencias (en los salarios, en las pensiones, en el empleo) o que sustituir la monarquía por la república es como ir a IKEA a cambiar el mueble que ha pasado de moda por otro más mono. Muchos de ellos no son conscientes, además, de que ni la libertad ni la paz ni, sobre todo, sus derechos económicos, asegurados hoy por hoy por sus padres o por el Estado, están dados por la naturaleza; que no son una obligación irrenunciable de «alguien» para con ellos.
                Y finalmente, hay que señalar que la pieza clave de la estabilidad institucional en los próximos dos años, y especialmente en los próximos meses, la constituye el PSOE. Sus sucesivos resultados electorales, la búsqueda de un secretario general y/o un futuro candidato, su inseguridad ante su propio porvenir lo convierten en una estructura extremadamente endeble. Todas esas circunstancias pueden provocar una carrera entre los candidatos por demostrar quién es el más joven, el más progresista y el que mejor sintonizaría con el dictamen —siempre caprichoso y engañoso en su representatividad— de las redes sociales y las tertulias, tenidas por el total de la opinión pública. Y en los militantes (¡qué rara suena hoy la palabra!), la tentación de no dejarse aventajar por nadie en la carrera de «¡puto el último!» (que dijo nuestro Quevedo) y el remozamiento de las viejas pulsiones republicanas, acalladas con el voto de las Constituyentes. La pieza más endeble. Ni más ni menos.