Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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La Constituciona
(El miércoles, en La Nueva España)
LA CONSTITUCIONA
De igual manera que cuando llega el Día d’Asturies, el 8 de septiembre, se produce en el hemiciclo asturiano una especie de Pentecostés y algunos diputados discursean en una lengua que no hablan en el resto del año, el día 6 de diciembre, Día de la Constitución Española, un notable plantel de próceres con escaño y opinadores rasos se sienten invadidos por el discurso de que -tras tantos años de vigencia o por sus defectos o carencias- es necesario modificar la Constitución.
Digamos antes que para modificar la Constitución de forma legal y formal, si es la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Titulo preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II, se hace necesario proceder a «la aprobación del principio por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes». A continuación: «Las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras». Y, finalmente: «Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación».
Dejémoslo, de momento. Vayamos a los proponentes. La mayoría de ellos plantean reformar el texto del 78 para ir hacia un Estado Federal. ¿Qué quieren decir con eso? ¿Va cada comunidad a recaudar los impuestos de su territorio y hacer después una aportación «negociada» a las arcas comunes»? ¿Cómo se coordinarán entre sí las distintas policías autonómicas, de haberlas, y con la estatal? ¿Su relación con las instancias policiacas internacionales? ¿Qué competencias, legislativas, de coordinación, de compras se reservará la administración central? No quiero aburrirlos a ustedes, pueden multiplicar las preguntas ad infinitum: sanidad, educación, relaciones internacionales, UE, infraestructuras.... ¿Han oído a alguien hablar de una sola de estas sustanciales cuestiones? A nadie. ¿Saben los discurseantes de qué hablan? Lo dudo, puesto que no dicen aquello de que dicen hablar, se limitan a expresar una especie de vago recitado sagrado.
Pero aceptemos su propuesta, que enuncian como la solución de todos los problemas, políticos al menos, de España. Cuando hablan de una reforma constitucional en sentido federal del Estado español, ¿piensan que PNV, Junts, Bildu, ERC, Aliança Catalana, BNG, quieren un estado federal español? ¿O, más bien, les importa un comino cómo sea el Estado español, unitario, federal o autonómico, y lo que quieren es no formar parte de él? ¿Manifiestan algo sobre esta cuestión los «reformantes»? ¿Es ello aceptable para ellos? ¿Está en su propósito? A ver, expláyense.
Y, en fin, bailan también otras reformas, como la de someter el nuevo texto o el actual al progrecursilés, ya saben, diputados, diputadas, diputades, etc. No me extrañaría que, incluso, alguien propusiese llamar al nuevo texto «Constituciona», no por ponderar, en lengua asturiana, su valor mediante un aumentativo, sino por salvar la dolorosa disonancia de que una palabra de género (¿o sexo?) femenino tenga esa terminación en «on», tan masculina, como «varón».
Pero, coñas o no tan coñas aparte, ¿hacen los «reformadores», tan siquiera, alguna mención al complejo proceso de reforma que la vigente Constitución impone para su modificación, como se dice arriba, en el párrafo segundo? ¿Lo hacen? No, ¿verdad?
Por sus palabras no dichas los conoceréis.
Dos testimonios: transición, alcuerdu y la Constitución (1)
Esti primeru. D'Avelino Pérez. Socialista fugáu a Francia nos años 60, escapando por poco de la policía.
Por ciertu, un abrazu cariñosu, Avelino.
(El testu ta tomáu de La Nueva España del 05/12/18).
Exdiputado socialista
Por ciertu, un abrazu cariñosu, Avelino.
(El testu ta tomáu de La Nueva España del 05/12/18).
Exdiputado socialista
Una historia de convivencia en libertad fraternal
Una anécdota con el Rey que refleja el espíritu gestado junto con la Carta Magna
Avelino Pérez 05.12.2018 | 01:37

Una historia de convivencia en libertad fraternal
Al inicio de la transición de la dictadura a la democracia se funcionaba a base de pactos y, más bien, de compromisos entre personas, grupos políticos y sociales opositores, ya tolerados por el Gobierno de Adolfo Suárez, que hábilmente posibilita esta situación y posibilita la legalización de éstos, prepara y aprueba una Ley de amnistía general, tanto para represaliados como para represores, aunque los auténticos beneficiarios fueron éstos últimos. Todos estos hechos permitieron la preparación y celebración de las primeras elecciones al primer Congreso o Legislatura constituyente, que se encarga de redactar y aprobar la Constitución, ratificada por el pueblo español en referéndum el 6 de diciembre de 1978.
A partir de ahí, pensábamos muchos que la situación política de España quedaba encarrilada para la consolidación de un Estado de Derecho plenamente democrático, homologable con el entorno europeo y en el que podíamos y debíamos convivir todos los españoles. Pero había muchas dudas. El terrorismo, los asesinatos del grupo de abogados laboralistas en su despacho de la calle Atocha, la intentona de golpe militar "operación galaxia" y el frustrado golpe del 23 de febrero de 1981 con el asalto al Congreso y secuestro de todos los diputados en plena votación para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. Adolfo Suárez ya no podía más, pusieron de nuevo en serio peligro la convivencia democrática de todos los españoles. Afortunadamente, estos atentados al Estado de Derecho fueron neutralizados y el sistema democrático se fue consolidando.
El dilema república-monarquía archivado? y prevalece la monarquía parlamentaria contemplada en la Constitución, que define que la soberanía radica en el pueblo español y éste delega su representación en el poder legislativo, que asimismo promueva y controla el poder ejecutivo y ampara la independencia del poder judicial. El Rey es la figura que da el visto bueno a todas las decisiones y resoluciones que adoptan los mismos. Los países nórdicos, de los que aún tenemos que aprender mucho en transparencia democrática, tienen un sistema similar muy anterior al nuestro y dicen que les resulta menos complicado y más económica la celebración de unas elecciones cada cuatro años.
Allá por los años noventa fuimos, la Mesa de la Junta General, en visita protocolaria al Rey Juan Carlos I en La Zarzuela y al final de la recepción protocolaria el Rey se sentó con nosotros a hablar de todo, nos preguntó hasta por los osos. Alguien dijo: "Habrá cuatro o cinco, yo no veo por allí ninguno". Le dice: "Está usted equivocado: hay ciento diez y seis..." Y ya, sin venir a cuento, otra representante le dice: " Yo soy republicana y marxista y estoy aquí por obligación". Nos dejó estupefactos, Adolfo Barthe Asa se echó las manos a la cabeza. Intervengo yo: "Majestad, perdón, está aquí porque quiere; y yo también". Podía venir el Presidente solo representando a la institución. Yo, por ubicación política, también tengo inclinación republicana, pero conocedor y víctima de ese pasado siniestro que supuso la Guerra Civil y la dictadura franquista, con más de medio millón de muertos y miles de represaliados y exiliados, le digo: "Mientras el invento funcione y garantice la convivencia pacífica y en libertad de todos los españoles, ¡viva la república coronada!". "¡ Avelino, choca esos cinco?" Ocurrió en la Zarzuela, en el Pardo fue imposible.
No nos lo creíamos y por primera vez en la historia de España, llevamos cuarenta años conviviendo y fraternizando todos juntos en una sola España, libre y democrática, integrados en la Unión Europea con personalidad propia y demostrando al mundo entero que la Guerra Civil y los casi cuarenta años de dictadura franquista fueron la mayor y más siniestra atrocidad cometida contra España y la dignidad de todos los españoles.
Güei, en LNE y xuanxose.net: La nave de los locos (reforma de la Constitución)
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
La nave de los locos
El actual discurso de la reforma constitucional
Xuan Xosé Sánchez Vicente 20.01.2018 | 04:05
La nave de los locos
Ante la comisión parlamentaria de la (hipotética) reforma constitucional comparecieron a principios de mes los tres ponentes vivos del actual texto fundamental, Herrero de Miñón, Pérez-Llorca y Miguel Roca, y los tres vinieron a decir lo mismo: no existe una necesidad ineludible de modificar la Constitución, no hay clima ni consenso para ello. Añadiré yo un argumento más: algunas de las reformas propuestas, como las realizadas para aplacar a los independentistas, nunca cumplirán su objetivo, aún en el caso de llevarse a cabo.
"La nave de los locos" he titulado. El famoso cuadro de Hieronymus Bosch, el Bosco. En él una nave arbolada con un árbol de follaje esplendoroso se dirige a la aventura, sin que nadie la guíe y entregado cada uno de sus pasajeros a la satisfacción de sus pasiones. Mutatis mutandis, tengo la impresión de que se podría aplicar esa misma parábola, la de la nave sin rumbo ocupada por gente entregada ciegamente a sus pasiones (ideaciones, acaso mejor) e intereses, al actual discurso de la reforma constitucional, cuya pancarta tantos agitan. Examinemos de cerca, como venimos haciendo aquí hace varios años, sus contenidos y sus propósitos.
En primer lugar señalemos lo que nadie va a querer reformar: ni anular los sistemas fiscales vasco y navarro, generadores de desigualdad, ni la recentralización de servicios como la educación y la sanidad. Y, sin embargo, ambas propuestas gozarían de un amplio apoyo. No es, pues, la pura voluntad popular lo que rige la cuestión, sino otros criterios.
Apuntemos ahora algunos propósitos, como el de contentar a catalanes y vascos independentistas. Ninguna reforma les va a ser suficiente, salvo, tal vez, reformas de cosoberanía o el establecimiento del derecho a escindirse a través de un referéndum. Pero no parece, por más que se diga, que ninguno de estos dos mecanismos pueda implantarse sin una enorme convulsión en el sistema de partidos y el conjunto de la sociedad española. En todo caso, ni siquiera aceptarían un referéndum condicionado a un razonable quórum de participación y de mayoría.
Algunos discursos, como el de la plurinacionalidad del PSOE, son meramente risibles, no tanto por lo que proponen, sino porque, simplemente, no saben de qué hablan. Seguramente, deducimos, no es ello más que una actualización de aquel de 2003 de Santillana, el del "federalismo asimétrico", que implicaba mayores beneficios para Cataluña y Euskadi. Y ello nos lleva a otro de los abismos a que podría conducirnos la nave de los locos, a la mayor desigualdad entre ciudadanos y comunidades. Porque una reforma de ese tipo, como la de la cosoberanía, llevaría a mayores desigualdades políticas entre territorios y a menores recursos para los "de segunda". Desigualdad, pues, e injusticia conllevaría.
Y no olvidemos los efectos agravio e imitación, la dinámica del dominó. Una concesión, de referéndum por ejemplo, a Cataluña para arreglar el "problema catalán" llevaría inmediatamente a su demanda por Euskadi y, con menos fuerza pero no menos insistencia, a otros muchos territorios, donde se convertiría en bandera permanente. (Por cierto, ¿modificaciones para arreglar las demandas de los ciudadanos de Lleida y Girona o de los de Tabarnia?).
No es problema menor el de la lealtad al sistema de los partidos. Pues si bien sería posible que PP, PSOE y Cs alcanzasen acuerdos para una propuesta de modificación constitucional, no debe contarse para ese consenso con Podemos y los nacionalistas vascos y catalanes, instalados, desde motivos diversos, en una actitud antisistema o de marginalidad con respecto al mismo. (A propósito, ¿no lo dice todo el que de la comisión de reforma constitucional impelida por el PSOE para intentar contentar a los catalanistas -y vascos- estén ausentes aquellos a los que se trata de contentar?).
Otra cuestión son las reformas propuestas hasta ahora a lo largo del tiempo. Algunas son contradictorias: por ejemplo, unos tratan de suprimir el Senado, otros de reforzarlo. Pero, en cualquier, caso se manejan proposiciones relativas a la soberanía nacional, al papel de las fuerzas armadas, la sindicación en las mismas, las relaciones con la Iglesia, la sucesión en la Corona, el tribunal Constitucional? Sin olvidarnos de las propuestas de Jauja o de lecho de Procusto más recientes: la garantía de que las pensiones no pierdan valor, la instalación de una renta mínima universal, la igualdad de la mujer con el hombre en los puestos directivos de las empresas, etc.
Y, por supuesto, se abriría con plena virulencia en debate entre Monarquía y República.
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República: ¿A Zapatero o a Aznar?
Como
era previsible, la abdicación de don Juan Carlos no solo ha excitado a los
doctrinarios y predicadores habituales de la república, sino que ha causado
profundo desasosiego en una parte del PSOE: en unos porque les ha provocado la
reviviscencia de su antiguo discurso republicano, en otros, porque la
competencia con otras manifestaciones partidarias de la autodenominada
izquierda, el ansia de estar a la última, el miedo a ser tildados de
reaccionarios y lo insatisfactorio de sus resultados electorales han suscitado
en ellos un incontrolable desasosiego. Así, pues, la decisión real ha levantado
una polvareda de manifestaciones, reclamos, proclamas y banderas republicanas
que irá a más en los próximos meses.
Ahora
bien, el griterío de las proclamas republicanas contiene más de emoción que de
razones —como, por otra parte, es lo propio de todas las demandas políticas
primarias, esto es, las que tienen como argumento central la emoción— y, sobre
todo, va acompañado de argumentos absolutamente vacuos, si no conscientemente
falaces, e, incluso, una parte de sus razones emocionales se basan en una
fabulación o un mito. Porque, si bien es cierto que la elección por sufragio
universal de todos los cargos del Estado contiene un punto teórico más de
quintaesencia democrática que una monarquía, no es cierto que una monarquía sea
menos democrática que una república. Miren ustedes a la antigua URSS, a China,
a Cuba, a donde quieran, y —a no ser que entiendan como don Gaspar Llamazares
que «Cuba no es una dictadura, es otra cosa»— compárenlas con Holanda o el
Reino Unido y, salvo que no quieran ver, lo verán con claridad. Pero es que,
además, una gran parte de la demanda republicanera se basa, según hemos dicho,
en una fabulación doble: la que se trama sobre la historia de la propia II República
y la que se teje sobre sus contenidos institucionales. Acerca de estos últimos,
díganme ustedes un punto, un solo punto —salvo obviamente, el de no ser una
monarquía—, en que la Constitución de aquella mejore a la actual; es inferior
en todos los aspectos: sociales, institucionales, de libertades. Y en cuanto a
su realidad histórica (esa fábula con que se engaña en escuelas y tertulias)
fue un auténtico desastre: en su gestión económica y social; en el sectarismo
de todos; en su desorden callejero y en su violencia; en el matonismo como
forma de actuación política; en la nula voluntad democrática de muchos,
incluidos los que formaban la parte más sustancial de ella, que aspiraban a la
dictadura y practicaron el golpe de estado. Un desastre absoluto al que solo
vino a rehabilitar, convirtiendo la memoria de la II República en lo que no fue
ni quiso ser, el golpe de estado de Franco y su posterior dictadura.
Falacia
histórica y argumental a la que acompaña lo huero de algunos clichés, como el
de «las virtudes republicanas», que se tratarían de resucitar. ¿Qué son las
virtudes republicanas? ¿Alguien lo sabe? ¿Son las de aquella República?
¿Contienen alguna cualidad más de las que se tienen en nuestra democracia?
Silencio: el mito necesita de oscuridad y confusión. Llama más la atención aún
el que el sintagma nos remita a aquel otro episodio de nostalgia del «cualquier
tiempo pasado fue mejor» con que los antiguos romanos añoraban lo pretérito,
aun antes de la llegada de los cesarismos.
Y
ello sin contar con que muchos de los que reclaman la III República sobre el
cadáver momificado de la II no piden, como muchos de los que lo hacen, una
república democrática semejante a nuestra actual monarquía, pero sin monarca;
sino una como la de Cuba, la de la Venezuela actual (donde se encarcela a los
opositores sin juicio y por orden del presidente del Gobierno) y, si se
atreviesen, como la de la antigua URSS, a la que tanto alabaron.
Para
que unos cuantos cesasen en su prurito bastaría probablemente, y sin tener en
cuenta lo anteriormente dicho, con hacer una doble apelación a aquellos que
Churchill llamaba «el hombre corriente», a aquellos que, sin ser doctrinarios o
añorar eso que se llamaban y llaman eufemísticamente «democracias populares»,
están enfadados con el Rey porque caza elefantes, es viejo, parece haber tenido
líos de faldas o cualquier otra razón que soliviante su humor. A los de un
bando: ¿qué le parecería a usted, además de tener como jefe de Gobierno a Rajoy,
tener como presidente de la república a Aznar? Y a los del otro: ¿sobre
soportar a diario a Rubalcaba —o su sustituto— en la Presidencia, cómo llevaría
ver a Zapatero en la Jefatura del Gobierno? Estoy seguro de que, ante tales
perspectivas, muchos detendrían su mano
antes de echar a rodar los dados sobre el verde tapete.
Cerrando
ya, aparece en mi pantalla mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Veraniego
aprovechando estos días de ábrego, viste un horrible tanga rojo, calza madreñas
y, sempiternamente sediento, escancia sidra en amplio y cristalino vaso.
—Has
titulado mal —me dice con un punto de trastabilleo en su voz.
—Sí,
¿y tú cómo lo harías, so listo?
—Pues
yo pondría: «¿Se llama usted José, Gregorio o Ramón?
—¿Y
eso que significa?
—Ya
sabes, son los promotores de la Agrupación al Servicio de la República. En
cuanto vieron el parto que habían traído gritaron «No es eso, no es eso», y
salieron corriendo, literalmente, en todas direcciones.
Se
aleja por el aire tras echarme el sobrante del vaso sobre la alfombra —¡buena
la tendré con mi mujer!— y lo oigo cantar la coplilla infantil. «San José
bendito, cuando te quemaste, si estaba caliente, ¿por qué no soplaste?»
NI MÁS NI MENOS
Una
constatación, en primer lugar: los casi cuarenta años de la monarquía de don
Juan Carlos han sido los de más estabilidad y prosperidad de nuestra historia
en los dos últimos siglos. No han sido fruto exclusivo de su persona ni de la institución,
ni muchísimo menos. Pero sin la Corona, seguramente no hubiese sido posible una
transición pacífica de la Dictadura a la democracia y, sin duda, no se hubiese
detenido el 23F. Ni más ni menos.
El
segundo dato incontrovertible es el de que hay que ir, seguramente, hasta la
abdicación de otro Carlos, Carlos I, en otro Felipe, Felipe II, para encontrar
una renuncia al trono que se haya producido sin alteración grave del orden
social. Los más próximos desistimientos o remociones, la de Isabel II, Amadeo
de Saboya y Alfonso XII trajeron como resultado el que trajeron. ¿Quiere decir
ello que es probable que se produzcan situaciones semejantes? No,
evidentemente. Pero quiere decir que los precedentes históricos son los que
son. Ni más ni menos.
Lo
que es fácilmente previsible es que se produzca un período de tensiones y
reivindicaciones. La principal causa de ello, a mi juicio, tiene como eje la
visión del mundo de las cohortes de población más jóvenes. Dejando a un lado
los doctrinarios y los que aspiran a ganar en lo personal en un vuelco político
y social, mi impresión es que una gran parte de las generaciones nuevas (quizás
de menos de cuarenta años) creen que todo es gratis, esto es, que los actos
sociales y políticos se realizan sin consecuencias; que, por ejemplo, la
independencia de Cataluña no tiene consecuencias (en los salarios, en las
pensiones, en el empleo) o que sustituir la monarquía por la república es como
ir a IKEA a cambiar el mueble que ha pasado de moda por otro más mono. Muchos de
ellos no son conscientes, además, de que ni la libertad ni la paz ni, sobre
todo, sus derechos económicos, asegurados hoy por hoy por sus padres o por el
Estado, están dados por la naturaleza; que no son una obligación irrenunciable de
«alguien» para con ellos.
Y finalmente, hay que señalar
que la pieza clave de la estabilidad institucional en los próximos dos años, y
especialmente en los próximos meses, la constituye el PSOE. Sus sucesivos
resultados electorales, la búsqueda de un secretario general y/o un futuro
candidato, su inseguridad ante su propio porvenir lo convierten en una
estructura extremadamente endeble. Todas esas circunstancias pueden provocar
una carrera entre los candidatos por demostrar quién es el más joven, el más
progresista y el que mejor sintonizaría con el dictamen —siempre caprichoso y
engañoso en su representatividad— de las redes sociales y las tertulias,
tenidas por el total de la opinión pública. Y en los militantes (¡qué rara
suena hoy la palabra!), la tentación de no dejarse aventajar por nadie en la
carrera de «¡puto el último!» (que dijo nuestro Quevedo) y el remozamiento de
las viejas pulsiones republicanas, acalladas con el voto de las Constituyentes.
La pieza más endeble. Ni más ni menos.
¿Reformar la Constitución? Que nun nos tomen el pelo
¿Que si se tien que modificar la Constitución? Nun sé. En cualquier casu, peor pa los asturianos en cuantes habitantes d'Asturies (pola nuestra debilidá o inesistencia política). ¿Que si se puede? ¡Pa fartucase de risa!
Equí tienen ún que lo desplica, Gonzalo Barreño, na Voz de Galicia del 10/12/13. Y, dempués, vuelvo a desplicá-yoslo yo. De la qu'acaben, y si tienen un migayín de bona voluntá y mui pocos prexuicios o mui poca fe, díganme qué piensen.
Prefiero una Constitución coja antes que rota de Gonzalo Bareño en La Voz de Galicia (10/12/2013)
MARCHEMOS TODOS, Y YO EL PRIMERO
Vos sola lo escribisteis, yo lo leo tan solo
Pero no «por la senda de la Constitución», como mentía el Rey Felón, sino por la de la reforma de la misma, que anda ahora más transitada que la Senda del Oso ante el anuncio de un romance entre Furaco y Tola. Me limito a darles una lista de reformas y reformadores.
Sobre el 1.3, en torno a la monarquía, proponentes varios, entre otros, IU y algunos partidos nacionalistas. Evidentemente una rectificación del 1.3 conllevaría la eliminación entera del título II, el relativo a la Corona.
En lo concerniente a la Corona, aun sin la pretensión de eliminarla, existe una amplia corriente a favor de la rectificación del 57.1, tocante a la prelación del varón sobre la mujer en la sucesión regia. Últimamente, asimismo, suenan trompetas con respecto a la responsabilidad del Rey (56.3). Sobre el Título Tercero, el relativo a las Cortes Generales, existen diversas propuestas. La que tiene una proyección más atronadora, casi unánime y, desde luego, permanente en el tiempo, es la relativa al Senado. Ahora bien, las voces se emiten aquí desde dos órganos fonadores distintos: unos piden, lisa y llanamente, eliminar el Senado; otros convertirlo en «una cámara de representación territorial», sin que, en concreto, lleguemos a saber qué rayos quiere decir con ello cada uno de los fonantes.
Por no perdernos en minucias (las propuestas, por ejemplo, de reformas referentes al poder judicial o al Tribunal Constitucional), señalemos que el Título Octavo, el relativo a la organización territorial, es de los que provoca en mayor medida la salivación enmendadora. Es tan multiforme que necesitaría un largo párrafo para incluir todas las ocurrencias, que van desde el derecho a la independencia al cierre de la posibilidad de transferencias, pasando por la propuesta de supresión de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, dicho en unos casos de manera vociferante, en otros, vergonzante.
Corren por ahí, asimismo, los derechos de jauja, como el derecho a una renta mínima para toda la vida, se trabaje o no, y otros derechos a devengos, exista o no fuente que produzca los recursos para efectuar dichos devengos. A tal propósito, mi trasgo particular, Abrilgüeyu, y yo, hemos elaborado también una lista de derechos jáujicos o nefelibáticos, como el derecho a no envejecer y a ser siempre guapo, de la cual, hoy, les hacemos gracia.

La última concurrencia a la lista es la del PSOE y Rubalcaba para incluir en la Constitución no la igualdad de la hembra con el varón, que ya existe, sino su igualdad en los puestos directivos de la empresas, en las listas electorales y… ¿Y qué más? Pues no lo sé, porque a don Alfredo Pérez todavía no lo ha discurrido todavía, así que cómo quieren ustedes que yo lo sepa. Y evito a ustedes guiarlos por la ruta del «ahora se me ocurre, ahora lo vomito» y del «ahora lo ingiero, ahora lo regüeldo» que son las llamadas «redes sociales».
Ya saben ustedes, por otra parte, que «cuando se propusiere la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Título preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II, se procederá a la aprobación del principio (seguramente quiere decir «de principio») por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes. Posteriormente, las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras, y, finalmente, aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación». Esto es, cosa de poca monta y dificultad, como cascar un huevo o sonarse los mocos.
¿Yo qué quieren que les haga? ¡Este son el paisaje y el paisanaje! ¡Y tan felices ellos! (O tan malhumorados).
MARCHEMOS TODOS, Y YO EL PRIMERO
Vos sola lo escribisteis, yo lo leo tan solo.
Pero no «por la senda de la Constitución», como mentía el Rey Felón, sino por la de la reforma de la misma, que anda ahora más transitada que la Senda del Oso ante el anuncio de un romance entre Furaco y Tola. Me limito a darles una lista de reformas y reformadores.
Sobre el 1.3, en torno a la monarquía, proponentes varios, entre otros, IU y algunos partidos nacionalistas. Evidentemente una rectificación del 1.3 conllevaría la eliminación entera del título II, el relativo a la Corona.
Sobre el 1.2, en variadas formas: implícitamente por don Rodríguez Zapatero y el PSOE, al cuestionar el valor del término «nación», y, por tanto, el concepto de «soberanía nacional»; explícita y eufemísticamente, por todos cuantos defienden el «derecho a decidir» (partidos nacionalistas, parte del PSOE, IU), esto es, el derecho a la independencia (que yo espero que, puestos a ello, no sería únicamente para catalanes y vascos, sino también para el resto de «nacionalidades y regiones», ¿o es que somos menos los demás?); confusamente, por quienes desde el PSOE propugnan un «estado federal», que me temo que no saben lo que es, por lo que no les puedo yo decir qué proponen exactamente sobre el 1.2. Obviamente quienes proponen modificar el 1.2 apuntan sus grandes Bertas argumentales hacia el 2, «Nación española y autonomías». Evidentemente, y del mismo modo, modificaciones en el 1.3, la monarquía, conllevarían para muchos trastrueques en el 4.1. y 4.2., relativos a la bandera y a su uso, enfermedad emocional que sacude permanentemente las entrañas de gran parte de la izquierda y de la mayoría de los nacionalistas. En alguna de estas derivadas, evidentemente, el artículo 8 (papel de las fuerzas armadas) debería también alterarse, así como todo el Capítulo Primero referido a aquellos de quienes la humorada de Cánovas decía que eran «quienes no podían ser otra cosa», esto es, los españoles.
No son pocos (IU y PSOE, entre otros) quienes desean una modificación del artículo 16, bien para estatuir explícitamente de la laicidad del estado, bien para eliminar las referencias a la Iglesia Católica, y en consecuencia, denunciar el Concordato. Ello entrañaría el artículo 27.3, relativo al derecho de los padres a escoger la formación religiosa de sus hijos. De forma minoritaria, por ser menos excitantes, existen algunas propuestas sobre el 28 y 29, atingentes a las limitaciones de sindicación y otras en las fuerzas, institutos y cuerpos armados.
En lo concerniente a la Corona, aun sin la pretensión de eliminarla, existe una amplia corriente a favor de la rectificación del 57.1, tocante a la prelación del varón sobre la mujer en la sucesión regia. Últimamente, asimismo, suenan trompetas con respecto a la responsabilidad del Rey (56.3). Sobre el Título Tercero, el relativo a las Cortes Generales, existen diversas propuestas. La que tiene una proyección más atronadora, casi unánime y, desde luego, permanente en el tiempo, es la relativa al Senado. Ahora bien, las voces se emiten aquí desde dos órganos fonadores distintos: unos piden, lisa y llanamente, eliminar el Senado; otros convertirlo en «una cámara de representación territorial», sin que, en concreto, lleguemos a saber qué rayos quiere decir con ello cada uno de los fonantes.
Por no perdernos en minucias (las pr
opuestas, por ejemplo, de reformas referentes al poder judicial o al Tribunal Constitucional), señalemos que el Título Octavo, el relativo a la organización territorial, es de los que provoca en mayor medida la salivación enmendadora. Es tan multiforme que necesitaría un largo párrafo para incluir todas las ocurrencias, que van desde el derecho a la independencia al cierre de la posibilidad de transferencias, pasando por la propuesta de supresión de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, dicho en unos casos de manera vociferante, en otros, vergonzante.
opuestas, por ejemplo, de reformas referentes al poder judicial o al Tribunal Constitucional), señalemos que el Título Octavo, el relativo a la organización territorial, es de los que provoca en mayor medida la salivación enmendadora. Es tan multiforme que necesitaría un largo párrafo para incluir todas las ocurrencias, que van desde el derecho a la independencia al cierre de la posibilidad de transferencias, pasando por la propuesta de supresión de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, dicho en unos casos de manera vociferante, en otros, vergonzante.
Corren por ahí, asimismo, los derechos de jauja, como el derecho a una renta mínima para toda la vida, se trabaje o no, y otros derechos a devengos, exista o no fuente que produzca los recursos para efectuar dichos devengos. A tal propósito, mi trasgo particular, Abrilgüeyu, y yo, hemos elaborado también una lista de derechos jáujicos o nefelibáticos, como el derecho a no envejecer y a ser siempre guapo, de la cual, hoy, les hacemos gracia.
La última concurrencia a la lista es la del PSOE y Rubalcaba para incluir en la Constitución no la igualdad de la hembra con el varón, que ya existe, sino su igualdad en los puestos directivos de la empresas, en las listas electorales y… ¿Y qué más? Pues no lo sé, porque a don Alfredo Pérez todavía no lo ha discurrido todavía, así que cómo quieren ustedes que yo lo sepa. Y evito a ustedes guiarlos por la ruta del «ahora se me ocurre, ahora lo vomito» y del «ahora lo ingiero, ahora lo regüeldo» que son las llamadas «redes sociales».
Ya saben ustedes, por otra parte, que «cuando se propusiere la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Título preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II, se procederá a la aprobación del principio (seguramente quiere decir «de principio») por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes. Posteriormente, las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras, y, finalmente, aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación». Esto es, cosa de poca monta y dificultad, como cascar un huevo o sonarse los mocos.
¿Yo qué quieren que les haga? ¡Este son el paisaje y el paisanaje! ¡Y tan felices ellos! (O tan malhumorados).
CANTAMAÑANES, BOCAYAES, DEMAGOGOS, FRAILES
PELÍCULA, con cantamañanes en el reparto, les bocayaes como argumento y la demagogia como música enajenadora de los votantes: 2001, Ley de estabilidad presupuestaria del PP. Limita el déficit del Estado central y de las comunidades. Si acuden ustedes a las hemerotecas, verán cuándo dijeron contra ella IU, PSOE, la progresería, PNV, CiU y muchos de los que ahora piden estabilidad presupuestaria. 2004, el PSOE, con el apoyo de los anteriores y jaleado por la progresería, deroga la citada Ley. 2010, Zapatero: «Nunca pactaré con el PP, por razones ideológicas» (bocayada, por cierto, que, en cualquier país serio, hubiera bastado para que sus votantes vomitasen y sus conmilitones lo echasen a patadas de La Moncloa). En el tránsito hacia el 2011, el PP vuelve a plantear la normativa en las Cortes, pretendiendo introducirla en la Constitución, Rubalcaba se burlaba: «Como todos sabemos, la Constitución es una ley que se cambia fácilmente y en un plis, plas nos arregla la crisis», y preguntaba a Rajoy si «tiene algo más que decir, además de la idea genial de cambiar la Constitución». 2011, inopinadamente y en horas veinticuatro, Zapatero pacta con Rajoy la modificación de la Constitución para introducir en ella la estabilidad presupuestaria. Rubalcaba lo apoya, y hasta presume de ser ahormador del texto definitivo. Y, otra perla, también de Alfredo Pérez: «¿Quién ha dicho que sea de izquierdas endeudarse?». Pues, a juzgar por lo que hasta ahora ha hecho el PSOE y lo que glayen quienes que dicen que son la izquierda verdadera —sindical y política—, tal parece.
ENCICLOPEDIA DE LES BOCAYAES. Es evidente que, si se hubiera mantenido una cierta estabilidad presupuestaria, la modificación constitucional no se hubiese planteado; pero, dicho eso, ¿por qué se hace? Porque el BCE está comprando deuda española para evitar nuestra quiebra o unos intereses excesivamente elevados. El BCE incumple así su única función constitucional —la estabilidad de los precios—, y, de forma indirecta, aumenta el dinero en circulación y, por tanto, introduce variaciones en el valor de la moneda y, a la larga, potencialmente, inflación e inestabilidad que alguien tendrá que pagar si falla España. ¿Podría haberse resuelto la cuestión de la estabilidad sin modificar la Constitución? Sí, pero evidentemente, nuestros avalistas, Francia y Alemania, quieren las máximas garantías, la inclusión en la Carta Magna.
Por otra parte, ¿qué es lo que han aprobado PP y PSOE? Pues, salvo ese gesto, poca cosa. La concreción de la limitación se fía a una ley posterior que se puede cambiar por mayoría simple; en todo caso, los límites del déficit y de la emisión de deuda se enmarcan en los generales de la UE; existen excepciones a la horma de déficit y deuda para supuestos extraordinarios; los presupuestos futuros se podrían presentar como equilibrados falsificando las cifras; la entrada plena en vigor de las limitaciones es para el 2020, y, de hoy a esa fecha, puede pasar de todo, etc. Es decir, poca cosa para tanto ruido.
¿La limitación del déficit ataca al estado del bienestar, a las prestaciones sociales? Para nada. Se pueden subir los impuestos, por ejemplo —a propósito, lo que nos vienen reclamando hace tiempo—, para garantizar esas prestaciones; con los mismos ingresos, otra opción, se puede priorizar el gasto social sobre otros, etc. De modo que todo el ruido que forman UGT, CCOO, IU, ERC y tantos otros —incluidos los palafreneros callejeros de IU, los del aduar—, nada significa, ni por unas razones ni por otras. Es una pura bocayada, producto de los vapores adolescentes que llaman ideología y que no es más que un discurso alucinatorio sobre la realidad. ¿Pero lo creen de verdad? Pues es posible que, en parte, sí: una vez recibidas las aguas bautismales de una ideología en edad temprana, aquellas imprimen carácter (alucinatorio) para siempre.
Y, de paso, han aprovechado muchos para sumarse a esta fiesta generalizada que incluye un concurso de bocayaes y otro de competición demagógica, siguiendo la máxima frailuna, «¿Arde el convento?, calentémonos todos». Unos han pedido la autodeterminación, otros la república, los de más allá han aprovechado para considerarlo un ataque a su nación, etc. Llaman la atención, especialmente, las palabras del señor Durán de CiU: «Si el señor Zapatero hubiese hecho las cosas bien en estos años, ahora no sería necesario este trágala». Pero hombre, ¿no ha sido CiU —a través precisamente del señor Durán i Lleida— quien, junto con el PNV, ha mantenido en el poder a Zapatero estos años? ¿No han sido ellos los que han aprobado unos presupuestos con unas previsiones de ingresos ficticias y con un déficit y una deuda altísima? ¿No lo han hecho a cambio de prebendas para sus respectivos negocios y naciones? ¿O es que me falla la memoria?
En resumen: bocayaes, demagogos (el espécimen puede definirse, según me recordaba el otro día Abrilgüeyu, mi trasgo particular, mediante una cita, como «Aquel que publica doctrinas que sabe falsas a hombres que sabe que son idiotas») con la moral frailuna del refrán y cantamañanes.
Y, además, y sobre todo, ni la deuda (ni la del estado ni la de los particulares y empresas), ni el déficit, ni los problemas de la banca son nuestros problemas: la cuestión fundamental es nuestra economía productiva: la competitividad, el crecimiento, la exportación, las decisiones de inversión y contratación de los particulares y las empresas, sus ganancias, etc. En marcha todo ello, las demás dificultades estarán todas en vías de solución y nuestros prestamistas concurrirán con menos exigencias y en mayor número. Pero, en esa dirección, no hemos tomado una sola medida —como he venido diciendo desde el 2008— ni, al menos mientras siga gobernando el PSOE (lo del PP está por ver), la tomaremos. Dan ganas de reiterar el grito de Clinton a Bush padre durante la campaña electoral de 1992: «¡Ye la economía, so tochu!»
Acabado el artículo y ya a punto de firmarlo, se me aparece Abrilgüeyu, con una punta de malicia en sus ojos azules:
—¿Por qué los llamáis «cantamañanes», si nun abocanen nin durmiendo?
No sé qué contestarle.
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