Mostrando entradas con la etiqueta tracamundiu los tiempos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tracamundiu los tiempos. Mostrar todas las entradas

Más sobre Cantando el pío, pá o "El tracamundiu los tiempos"

0 comentarios
xugando cola peonzaNel mio artículu Cantando el pío, pá (ver nesti blog l'ensiertu del 03/05/09) comentaba cómo, dende'l neolíticu, nunca fuera tan grande la resquiebra ente xeneraciones y cómo, probablemente, yera imposible que faláremos la misma llingua (esto ye que nos refiriéremos al mesmu mundu real y emocional) les nueves xeneraciones y nós, yá que los datos inmediatos de la percepción (arreyaos durante sieglos al mundu natural y rural) y les emociones y saberes a ellos amestaos teníen desapaecío, yeren por completo desconocíos. Señalábalo a propósitu del total desconocimientu ente alumnos de diecisiete años de lo que ye un xugu o de lo qu`estrema "toru" y "güe" y de los valores esperienciales, simbólicos y emocionales qu`uníamos con ellos. Facía eses considerances a propósitu del poema «Vientos del pueblo», de Miguel Hernández, que, polo dicho enantes, yeren incapaces d`entender na so más elemental -y fundamental- significación.

Aporto agora un nuevu testimoniu, que me manda`l mio amigu y magníficu collaborador Lluis Ánxel, pegollu fundamental de tola nuestra presencia n`internet:

«Llevo tola selmana con ganes de facete un comentariu sobre l’escelente artículu qu’escribisti la selmana pasada.

La dixebra xeneracional, cultural, o de pasáu y presente ye un tema que llevamos falando en casa fai una temporada, por una riestra de anécdotes con Aida.

Cuéntote la última.

Taba lleendo con Aida «La pequeña cerillera» d’Andersen …y con seis añinos, ¡¡ nun sabe lo que ye “UNA CERILLA” !! …dexome ablucáu, pero espliquéselu y creo que lu entendió.

Pero una vez acabáu’l cuentu, volvió a sorprendeme con una entruga tan cenciella como interesante:

«Papá ya entiendo cómo son les cerilles … ¿pero? … ¿pa qué sirven? ¿pa qué diba querer comprales la xente?»

Porque sinceramente….. ¿por qué daquién normal (como nosotros por exemplu) dibemos querer facer fuego? ¿pa qué lo necesitábemos?

Pa rematar, en casa nun había cerilles ….. nin recordábemos la última vez que les hubo.

Da que pensar….como bien dices nel to artículu

Saludos,
Lluis»

Cantando el pío pá, carabí hurá.

0 comentarios
Xugando cola peonzaMuchos lectores de cierta edad, asturianos y no asturianos, habrán reconocido en el título el estribillo de una de las versiones del Mambrú se fue a la guerra, tan popular en los juegos infantiles a lo largo de siglo y medio. El texto es uno de los muchos recogidos por Braulio Vigón en el libro en que, en su día, la Biblioteca Popular Asturiana acollechó varios de los estudios etnográficos del autor colungués.

Si ustedes se acercan (requisito obvio, tener cierta edad) al citado volumen y hojean las extensas páginas dedicadas al folklore infantil, a sus pasatiempos, a sus cantares, se sentirán ligeramente invadidos por una cierta bruma de señardá al encontrar tantos juegos (Atapar la calle, el píu campu, la tángala, el pañuelu, a la una pica mi mula, alzo la maya…) y tantas formulillas, en asturiano o en castellano, que ustedes han recitado: —¿Qu`hai nesta arquina? ­—Pan y sardina; —Al engruñu. —Abri`l puñu; —Criáu. —Señor. —¿Cuántos panes hai en fornu? —Venticincu y un quemáu… Pero, más allá de esos instantes de melancólica evasión temporal, cabe realizar una primera reflexión: todo ese mundo está muerto o tiene una sobrevivencia apenas constatable. Y una segunda: que esa desaparición abrupta y casi absoluta de la cultura de las generaciones anteriores es una novedad histórica.

Es cierto que la idea del tracamundiu los tiempos, la impresión de que el presente supone una apreciable (y dolorosa, por lo general) ruptura con el pasado es tan vieja como el mundo. No otro concepto encierra el mito de la Edad de Oro, que Hesíodo enuncia, seguramente plagiándolo de otro plagiario. Pero dando eso por sentado, y centrándonos sólo en los juegos infantiles (cabría atender, asimismo, a la literatura oral, al cuento, a la leyenda, a los romances o baladas), podemos constatar que se ha roto una tradición de la cual algunos elementos tienen siglos o milenios (las tabas, la peonza, por ejemplo). En ese mundo del juego infantil se han producido, en sustancia, los siguientes fenómenos: ha perecido la transmisión intergeneracional, se ha reducido mucho el ámbito espacial en que esos juegos se realizaban (ya no es la calle ni la plaza, apenas el colegio), han desaparecido las invenciones locales para ser todas estatales o internacionales, los juguetes artesanales han dado paso a creaciones industriales de alguna o mucha tecnificación, las diversiones han dejado de ser colectivas e interpersonales para pasar a ser fundamentalmente individuales. ¿Es ello mejor o peor? En cualquier caso, lo que es indiscutible es que, entre otras cosas, resulta más caro.

Pero esta ruptura del presente con el pretérito es mucho más profunda y se da en muchos más ámbitos, en prácticamente todos. Hemos pasado de una sociedad donde los referentes inmediatos de la práctica totalidad de los ciudadanos eran los del mundo natural y rural —y, obviamente, donde también eran comunes e inteligibles los productos culturales, emocionales y lingüísticos construidos a partir de esos datos inmediatos— a otra donde se desconocen prácticamente por completo esos referentes agrarios y del mundo físico no urbano. Les pondré un solo ejemplo de lo que está ocurriendo. Leyendo con mis alumnos de segundo de Bachiller el poema “Vientos del pueblo me llevan”, de Miguel Hernández —un poema basado sobre la antítesis bueyes / toros y las asociaciones pertinentes de sumisión / valentía-rebelión—, sólo uno de entre más de setenta alumnos sabía lo que era un yugo (un segundo lo relacionaba de forma vaga con la bandera franquista), y, naturalmente, a todos se les escapaban las relaciones actitudinales y culturales engarzadas con esos animales y ese instrumento, con lo que el significado del poema, espontáneamente diáfano en esos constituyentes para las generaciones anteriores, venía a ser para ellos semejante a aquella definición que Churchill hacía de Rusia: “un acertijo metido en un misterio dentro de un enigma”.

Mas no se trata sólo de que, de repente, para las nuevas generaciones las cosas hayan dejado de existir y de que su significado se haya convertido en ininteligible (los profesores de arte, por cierto, se quejaban estos días de que la ignorancia de la historia religiosa por parte de les últimes fornaes convertía en opacos siglos de pintura y escultura), sino tal vez, de algo más hondo. Preguntémonos: ¿Serán comunicables nuestros valores, nuestras vivencias y nuestra visión del mundo para quienes han llenado la tenada de su saber y sus percepciones con elementos tan diferentes de los nuestros? ¿Estaremos diciendo lo mismo, ellos y nosotros, cuando nos pronunciemos sobre las mismas cosas? ¿Habrá dejado de ser posible para las generaciones futuras la inteligibilidad de una gran parte de la historia, de la cultura y del saber humanos en los propios términos en que fue concebida conceptual y emotivamente?.

Si así fuese, nos encontraríamos de verdad, y por primera vez en nuestro devenir al menos desde el neolítico, ante una real resquiebra histórica, ante un profundo y relevante tracamundiu los tiempos.

Nota: esti artículu asoleyósa na Nueva España , el 29/04/09