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¿Renovación del ?PSOE o de sus votantes?

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Asoleyo equí esti artículu del 2012 (02/11/2012) en La Nueva España, que creo que desplica dalgunes de les claves de la desafección hacia'l PSOE.



                              ¿RENOVACIÓN DEL PSOE O DE SUS VOTANTES?


               El nuevo desastre electoral del PSOE, esta vez en Galicia y en Euskadi, ha hecho que muchos analistas se pregunten por su inmediato futuro y por su porvenir. Y ello por tres razones, la primera porque es y sigue siendo un partido capaz de formar mayorías o de articularlas en todo el Estado; la segunda porque constituye, junto con el PP, el único partido que, con posibilidad de gobernar, aparecía, hasta ahora al menos, como una formación del conjunto de España; la tercera porque, de hecho, y pese a algunas proclamas ocasionales, se ha venido comportando como un partido de centro o, si se prefiere, estabilizador o del sistema.
Los votantes que han causado defección en sus filas lo han hecho en tres direcciones: hacia el PP (en número limitado, poco más de 700.000 en las últimas generales), hacia la abstención, en la más amplia mayoría, hacia opciones radicales o nacionalistas (en Euskadi y Galicia, en este caso). Las que se han señalado como causas de esa deserción de confianza han sido varias y contradictorias: su excesivo nacionalismo en Cataluña y Galicia y, a la par, su escaso entusiasmo por él; el que diga cosas distintas en cada sitio y el que haya abandonado su esencia obrera, unitaria e igualitaria a favor de políticas minoritarias y «vanguardistas»; que no haya profundizado lo suficiente en este ámbito; que se haya vendido al capitalismo y a los bancos; la «herencia de Zapatero». Un ejemplo individual lo encontramos en Félix de Azúa, quien el 21 de enero de este año manifestaba a La Nueva España que «El PSOE, a menos que se produzca un cambio brutal y podamos volver a votarlo, nunca más va a regresar al poder». Y señalaba que el PSOE ha abandonado todos los principios —éticos, políticos, estéticos y morales—  que lo caracterizaban como un partido de izquierdas y serio, es más, «los había traicionado».
No vamos a analizar la coherencia de esos argumentos con la realidad. Solo señalar que fueron los gobiernos de Zapatero los que suscitaron el entusiasmo popular durante ocho años, así que invita a la meditación el pensar cómo lo que provocó el éxtasis pueda ser la causa de la desafección posterior.
Pero quizás un punto de vista más acertado para entender el proceso sea indagar en el tipo de personas que suelen constituirse en votantes del PSOE. El núcleo fundamental de los mismos lo constituyen aquellos para quienes las siglas son su única iglesia, a tuerto a derecho, y sean cuales sean las políticas del PSOE. Un segundo amplísimo grupo lo constituyen quienes aúnan el rencor por la memoria de la guerra civil y el franquismo (vivida o aprendida en las narraciones de los mayores), la consideración de la derecha como la encarnación del mal y, por tanto, como el enemigo permanente, la visión de los empresarios como explotadores y un anticlericalismo más o menos militante. En el tercero se agrupan aquellos que podríamos etiquetar como los del «por qué me quieres, Andrés», los que entienden que el socialismo constituye, sobremanera, reparto, en especial si se «quita» a los ricos y a los poderosos. Naturalmente, son las tres variables que se reparten en mayor o menor medida en los individuos, aunque formen acúmulos estadísticamente cuantificables. A ello ha de sumarse un discurso generalizado que busca la igualdad y la justicia, aunque, con frecuencia, no actúa en meridad de altruismo, sino que encubre otras pulsiones o voluntades.
De este tipo de votantes es fácil que los del segundo grupo abandonen la referencia socialista cuando el PSOE aparece como demasiado «centrado»; los del tercer grupo, cuando ya no hay «daqué» y llegan las políticas de austeridad.
Es evidente que, en el futuro, la desafección y el cansancio que el tiempo irá trayendo con respecto al PP, la mala conciencia de los fieles de la iglesia socialista por haber permitido que gobernase la derecha y un discurso que les haga creer que escuchan lo que quieren oír en cuanto parezca atisbarse la posibilidad de volver al poder concitarán otra vez en torno a sus filas a los suyos. Ahora bien, el problema va más allá.
Como la mayoría de los partidos —no todos— de la izquierda democrática europea, el discurso del PSOE sobre la realidad del mundo y las soluciones que para corregirla daba se basaba sobre una análisis que nunca había sido cierto y, por lo tanto, proponía unas recetas que nunca habrían sido certeras. En las últimas décadas las realidades de que se hablaba se habían evaporado por completo y lo que se decía sobre el mundo era como el eco de un eco. Ahora bien, esa evanescencia daba la impresión de que funcionaba por dos razones: la primera porque existía un numeroso grupo de seres humanos a los que se había instruido desde su juventud en que esa era la única sólida realidad, y, de ese modo, las palabras que convocaban ese constructo ficto suscitaban la adhesión (capitalismo, mercados, bancos, empresarios, explotación…) incondicional hacia quienes las pronunciaban. La segunda, y principal, porque la existencia de un potente capitalismo de estado (propiciado, por cierto, por las dos sucesivas dictaduras españolas: ENSIDESA, CAMPSA, HUNOSA, INI, TABACALERA…), una moneda propia y un ámbito económico nacionales, posibilitaban manipular los precios, trasladar costos al futuro, empobrecer ocasionalmente a todos sin gran dolor, entregar parte de la riqueza del conjunto de los españoles a los favorecidos con el trabajo en las empresas públicas o en la administración, etc. Pero es evidente que nuestro marco económico —globalización mercantil y financiera, moneda europea, transferencia de soberanía a ámbitos supranacionales— ya no permite todo eso.
          El problema es que muchos de los que piden la renovación del partido de Pablo Iglesias, piden precisamente eso: que vuelva lo que ya no puede ser y aun lo que nunca pudo haber sido.

                    (02/11/2012)

UNA PALADA HACIA EL PRESENTE

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La constitución de un Consejo Asesor del Presidente de Asturies, un apostolado de doce personas expertas en materias administrativas, económicas y empresariales es una buena noticia. Aunque, como todo lo de esta territorialidad tan arcaica y conservadora, llega bien tarde: baste con decir que un mecanismo semejante lo lleva uno proponiendo en los sitios adecuados desde 1995. Ese conocimiento de la materia me permite decir, asimismo, que seguramente un Consejo más «práctico», conformado en mayor proporción por empresarios que compiten en el mundo, hubiese sido más deseable; del mismo modo, un organismo más flexible, en que fuesen rotando los interlocutores, tendría también sus ventajas. Es cierto que es posible combinar la estructura del Consejo Asesor con encuentros sistemáticos de interlocutores de negocios variables, lo que enriquecería la información. Si de algo vale la sugerencia, ahí está.

Paralelamente, la asociación Compromiso Asturias XXI ha vuelto a realizar unas cuantas sugerencias de qué cosas deberíamos modificar en nuestro comportamiento o cuáles deberíamos hacer. Creo destacables tres de esas indicaciones: que deberíamos ser capaces de vender nuestra imagen colectiva fuera; que deberíamos abandonar la competencia y la visión localistas; que sería conveniente utilizar la potencia y multiplicidad de nuestra emigración para establecer una red de complicidades y «embajadas».

Magníficas sugerencias, como estupendas pueden ser las ideas que el Consejo Asesor traslade al Gobierno. Pero la pregunta es la de «¿cómo se modifica la realidad?», o, en otras palabras, «¿quién le pone el cascabel al gato?». Me explico, para que todo ello funcione, todas esas propuestas de cambio y modernidad, es necesario que el Gobierno escuche y que sea receptivo. ¿Es ello posible? Mi respuesta es que resulta casi imposible, y ello por muchas razones.

En primer lugar, porque un cuerpo social —en este caso el Gobierno— funciona de modo semejante al cerebro y percibe mejor y da su aserto solo a aquellas cosas que espera previamente oír y a aquellas que concuerdan con sus expectativas, mientras rechaza las que no lo hacen. Y, en segundo lugar, porque aquellos en quienes se apoya en primera instancia, fuerzas sindicales afines, líderes de opinión actuantes, organizaciones políticas sobre las que se constituye, tienen, como él, una visión del mundo y de la economía que es como la radiación de fondo del universo, los restos de una antigua conseja que, desde hace muchísimo, no tiene nada que ver —si es que tuvo— con el mundo real. Todos ellos esperan, pues, que las orientaciones vayan dirigidas a reiterar algo que se asemeje al pasado (y refuerce su poder personal, sindical, político, por cierto), no que lo destruya.

Algún ejemplo nada más, con respecto a algunas de las propuestas de Compromiso Asturias XXI. La idea de utilizar la emigración como una red de embajadas es vieja, así como la necesidad de proyectar una imagen singular y colectiva de Asturies (llevo proclamándolo también, y no creo ser el único, desde la lejana fecha de 1995). ¿Por qué no se hace? En primer lugar porque las gentes de ese discurso y entrega no creen que Asturies sea un sujeto colectivo de nada. En segundo lugar porque sus intereses, afanes y prioridades están siempre subordinados al discurso y órdenes de Madrid, a la pura distribución de consignas emanadas en la Casa Central de la franquicia que ellos representan. En cuanto a olvidar la rivalidad localista y el competir en gasto inútil a través del acuerdo, ¿alguien cree que van a dejar, precisamente, de aprovechar y cultivar el localismo —elemento complementario de la inexistencia de un sujeto colectivo—, que es lo que alimenta, en gran medida, sus votos, no solo los concejiles?

Pasemos ahora a otro ámbito. ¿Creen ustedes, realmente, que alguien tendrá interés (no digo ya «será capaz») de convencer a los Alfredo Landistas —esos sindicalistas que pasan el año pidiendo «un plan», como el Landa de las películas de los setenta— de que el mejor «plan» de un gobierno es intervenir lo menos posible en el diseño de la política económica y limitarse a eliminar obstáculos y ayudar a soplar en las velas que llevan viento favorable? No, ¿verdad? Pues ellos, Gobierno, fuerzas políticas mayoritarias y sindicatos, son quienes se realimentan, constituyen y reconocen en esos discurso y emocionalidad.

Sin olvidar, finalmente, que los políticos son como el gozquecillo que, cuando cree correr delante señalando el camino a su amo, descubre de pronto que se queda solo y ha de desandar el camino en busca de su conductor. O, en otras palabras, la política consiste fundamentalmente en decir a los tuyos lo que quieren oír y en esa realimentación consiste el éxito, la fidelidad y, con frecuencia, el fracaso social, aunque no el electoral.


«¿Quién le pone el cascabel al gato?», he dicho arriba. Es una pregunta errónea. Corrijamos: ¿Cómo pensar siquiera en ponerle el cascabel al gato si la mayoría de los ratones piensan que deben su vida y su mediano pasar al mismo, y que, desaparecido éste—que les hace creer que es su guardián mientras los diezma y consume—, su esperanza, su vida sería mucho más insufrible? Es más, la mayoría de los ratones están seguros de que la solución de sus problemas y angustias estriba en un aumento del tamaño del gato y, proporcionalmente, de su esencia actuante, de su gatesquidad.

Pero, en fin, en todo caso, en esas novedades arriba anunciadas, yo quiero ver una tímida palada de la piragua asturiana hacia adelante, hacia el presente, en la dirección correcta. Porque, hasta ahora, han venido practicando lo que ellos creían el descenso del Seya remando en realidad hacia Oseya de Sayambre.