Juan Luis Álvarez del Busto: Semeya y agradecimientu

(Ayer, en La Nueva España) JUAN LUIS ÁLVAREZ DEL BUSTO: SEMEYA Y AGRADECIMIENTU El sábado 17 de octubre, LA NUEVA ESPAÑA publica una entrevista con Juan Luis Álvarez del Busto. El motivo, el final de la Fiesta Literaria de la Mar, un concurso y encuentro literario nacido en 1974, que fue poco a poco progresando desde su dimensión inicial, y que, a lo largo de las décadas, convocó a notables figuras del periodismo y la literatura. Hablaré después de Juan Luis, pero van a permitirme ahora un largo paréntesis al que me empujan sus palabras en un momento de la entrevista: “Cudillero perdió su esencia más conocida, más pura”. Y recuerda aquel pueblo pesquero: “el movimiento de las embarcaciones, la llegada de los pescadores a puerto, las partidas de cartas y las conversaciones en las tabernas”. “Antes eran embarcaciones, ahora son coches”. Y señala que la transformación de su economía y de sus costumbres alteró profundamente el carácter del pueblo: “Ese Cudillero mágico ya no existe”. Álvarez del Busto constata en su pueblo lo que millones de ciudadanos de unas edades parecidas advertimos, que nuestro mundo, aquel mundo en que habíamos crecido, nos habíamos formado y vivido, ha desaparecido prácticamente de hecho. Y ese mundo tenía, aunque ya en transformación, bastantes puntos en común con el mundo que había permanecido apenas sin cambios durante generaciones, de modo que el universo de los abuelos tenía bastantes puntos de contacto con el de los nietos. Ahora, en unas pocas décadas, todos esos ámbitos que parecían inmutables se han evaporado. Queda su recuerdo y, para muchos, la señardá de ellos. Y perdonen que me extienda en la consideración de las palabras de Juan Luis y en el excurso. Me dedico está temporada a releer monólogos, clásicos de monólogos, ese género de la literatura asturiana dominante y triunfante durante décadas. Otro día tal vez hable del género, pero, en todo caso, quiero hoy referirme a un monólogo concreto, «Preba de cultura», de Antonio García Oliveros. Examina un interlocutor a otro que ha ido por primera vez a Uviéu y le pregunta qué ha aprendido allí, qué aprovechó en la capital para robustecer su cultura. Y así empieza su interrogatorio: “¿Y vienes tan ufanu / dempués d’una semana, / sin dir a visitar / La Perla ni El Carrilu […], Noriega, La Gran Via / Constante, Casa Tuto, / Modesta, el Bar Antón? … La Paloma, El Manantial, Lobatu, Fermín, La Quirosana, el Covadonga, el Bar Pelayo… ¿Qué ¡cordio! deprendisti / naquella capital? […] ¿Cuadrábate más cerca/ la Casa la Morriña, / o bien el bar Paredes / de xunta’l Campoamor? ¡Quiciavis que te juera / miyor La Caleyina, / Faldetes, o Cechini, / o pue que’l Bar Sport!” […] En Ca Bango, ¿Tuvisti? / ¿O dibes a Ca Amparo?”. Y, así, en 48 versos cita 61 establecimientos entonces de éxito en la capital. A los que ya disfrutamos de un carné con ciertas cifras desde nuestro nacimiento, y hemos vivido en la capital, estudiado o comerciado allí, trabajado, paseado sus calles, nos invade un sentimiento de señardá al ver que ha desaparecido para siempre un mundo que fue nuestro, donde bebíamos, discutíamos, gozábamos de compañía, ligábamos acaso, disfrutábamos de la excentricidad de algunos propietarios de esos establecimientos. Y no es únicamente que hayan desaparecido los establecimientos, es que, asimismo, han desaparecido las formas de vivir aquel mundo y relacionarse en él. Ese Uviéu mágico -si se me permite aprovechar la frase de Juan Luis-, como tantos otros «lugares» del pasado, ya no existe. Pero este artículo no tiene como objeto esa meditación del sic transit, sino la persona de Juan Luis Álvarez del Busto. Dice él, al final de la entrevista que Ana M. Serrano le hace, que le gustaría que lo recordasen como “un hombre bueno”. Efectivamente lo es, subrayémoslo, bueno, educado, modesto, generoso, culto y, especialmente, entusiasta y emprendedor. Juan Luis es de esos pocos ciudadanos que ponen su persona, su tiempo y su quehacer en realizar tareas útiles para la sociedad, sin más recompensa que la satisfacción por el trabajo realizado y, si acaso, por el reconocimiento. A lo largo de décadas, no solo a través de la Fiesta Literaria de la Mar, también con otras iniciativas, ha engrandecido a Cuideiru -él dice siempre Cudillero- y Asturies, ha promovido en toda España la imagen de su villa y la de todos nosotros, ha sabido atraer a escritores, periodistas y artistas; ha movilizado en torno a él y sus iniciativas a políticos, empresarios, gentes de las letras o las artes, vecinos del concejo; y ha convertido en amigos y admiradores a unos y a otros. Por todo ello, Juan Luis, muchísimas gracias. Tu labor ha sido fecunda y su poso permanecerá.

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