Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
¡Hala!
(Ayer, en La Nueva España)
¡HALA!
Pensaba comenzar con un titular menos de andar por casa, en concreto, con el «Alea jacta est», que, se dice, pronunció César al cruzar con sus tropas el Rubicón, teniendo en cuenta, además, la afirmación de muchos de que, según el resultado electoral, entraríamos en terrenos hasta ahora no pisados en nuestro sistema político. Pero, en realidad, ese «¡Hala!» responde mejor al tono populachero y de pocos vuelos con que se va a desenvolver esta campaña.
¿Cómo se va a votar el día 29? ¿Se va a juzgar la labor del gobierno durante estos cuatro años? ¿Se van a valorar las propuestas electorales de cada uno de los partidos? Pues, mayoritariamente, no. Para los ciudadanos enganchados a algunas de las fidelidades políticas no existen más que los aciertos de los suyos y los desastres -producidos o presumidos- de los rivales.
El balance al final de una legislatura debería ser sobre la actuación del Ejecutivo durante esos años, sus aciertos o fracasos, sus promesas incumplidas. Hagamos un repaso sucinto de estos cuatro años. Están, de un lado, por ejemplo, las subidas del salario mínimo, la mayor protección de los trabajadores en los contratos, ciertos derechos relativos a la mujer o la familia, la subida de las pensiones de acuerdo con el IPC; de otro, el incumplimiento de las promesas electorales de tipo político (pactos con Bildu, pactos con Junts y amnistía, que se juró no se iban a producir), económico (184.000 viviendas que se iban a construir en régimen de alquiler asequible, sólo 120.000; en marcha, unas, otras, entregadas), social (acabar con los desahucios, más de 246.804 a lo largo de su mandato). Y otros tres asuntos de extrema gravedad: la corrupción de sus más directos auxiliares desde el comienzo de su carrera hacia la presidencia y en ella -dejemos a un lado los asuntos familiares-, la desastrosa gestión de los asuntos de Ceuta y, un hecho sin precedentes, la pretensión de acallar, amenazando a su entorno, a la juez Beatriz Biedma, quien juzgó a su hermano David Sánchez.
Pues bien, para unos enfotaos solo contarán los datos negativos de la presidencia de Sánchez, mientras los otros son preteridos o desdeñados; para los otros enfotaos, los hechos negativos serán invisibles, desdeñables o falsos. El único juicio para los enfotaos de una u otra bandería, es el temor o la fobia al enemigo. Para unos, a Sánchez, fundamentalmente; para otros, al posible gobierno PP-Vox, indeseable y temible de todo punto. Si ustedes miran las redes sociales ahí se describe el infierno en que se convertiría esa alianza gobernante: supresión de las libertades, poco menos que reducción de las mujeres a sus casas, privatización de la sanidad, pérdida de derechos de los trabajadores, disminución -cuando menos- de las pensiones… El señor Sánchez ha añadido otro vector a esa llegada del maligno: frente al pueblo, un gobierno al servicio de los poderosos.
Hasta ahora, todas las encuestas vienen dando una mayoría holgada a la conjunción PP-Vox. ¿Seguirá siendo así? El gobierno, las fuerzas de izquierda y sus adláteres creen haber encontrado una palanca para revertir esa tendencia en la cuestión de la vivienda, que reventó con el asunto de la dama expropiada recientemente (víctima de las leyes franquistas y del machismo, según el Panfletín General del Estado) y se acrecentó con los dos decretos aprobados en Consejo de Ministros antes de ser redactados y posteriormente sometidos a votación en el Congreso y rechazados.
Esa vía hacia la movilización y pretendidamente hacia el éxito electoral va a ser ampliada y reforzada en estas semanas hasta el 29 de noviembre. En primer lugar, llevando los decretos a la Diputación Permanente para nueva votación y presumible aprobación, en evidente fraude democrático, pero no de ley. Después, mediante la movilización del subvencionado Sindicato de Inquilinas (3,7 millones de euros) y los siempre dispuestos sindicatos UGT y CC.OO. La lucha se presentará, así, como la del pueblo (y la gente que vive de su trabajo), frente a los ricos y explotadores. ¿Será ello suficiente -junto con otras “bombas” o “regalos” que aparecerán de aquí a allá para revertir el resultado que predicen las encuestas?
Bien, apuntemos que, pese a lo que parecen representar las movilizaciones y acampadas, no todo el mundo -no solo las víctimas de los decretos expropiatorios de la propiedad, ni siquiera los inquilinos, así, en general- está de acuerdo ni con las medidas, ni con los diagnósticos y la historia que sobre la vivienda se pregonan desde los acampa-movilizados y el gobierno.
Y cabe hacerse alguna pregunta más sobre cómo ven el mundo y cuál es la voluntad de voto de los millones de ciudadanos -acaso no muchos millones- que no acampan en ninguno de los dos aduares permanentes de izquierda y derecha. Otra incógnita: todas las encuestas vienen manifestando que un número no muy pequeño de jóvenes repugnan de las doctrinas identitarias de la izquierda y del adoctrinamiento indesmayable a que se los somete.
Tal vez exista un indicativo más del pensamiento de un sector de la población. ¿Se han dado cuenta de cómo aumenta la instalación de alarmas en las casas? Es un indicio silencioso, pero, tal vez, importante: tiene que ver con la inseguridad, objetiva o marlaskianamente subjetiva.
Y una curiosidad personal. Hay personas que afirman que antes de votar quieren ver los programas de los partidos políticos, para ver qué prometen o a qué se comprometen. ¿De verdad? Ignoran aún que pertenecen al género de la literatura fantástica.
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