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Dos Ceutas y ningún gobierno

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(Ayer, en La Nueva España) DOS CEUTAS Y NINGÚN GOBIERNO Ya saben ustedes que desde el 30 de julio existen dos Ceutas: la Ceuta A, constituida por la miseria, el desarraigo, el desamparo de unos cuantos miles de emigrantes (entre los cuales, un número de menores), los supérstites de aquella tropa de setenta u ochenta mil que aquel día irrumpió en la ciudad. La Ceuta B, la de 84.208 conciudadanos nuestros, que pagan el mismo IVA o IRPF que nosotros, españoles, en una palabra, gran parte de los cuales están atemorizados, tienen miedo de ir a comprar o de mandar sus hijos a la escuela; que, de ser mujeres, han de andar con suma precaución por las calles y nunca por la noche… La Ceuta A es la única que ven, a la que dan importancia o con la que empatizan, algunos españoles; sospecho que con la Ceuta B lo hace una mayoría considerable. Yo no sé realizar la traducción de los sentimientos de cada uno de los individuos de la Ceuta A: sin duda, algunas de sus emociones o sus miedos serán terribles, y alguna luz de esperanza los moverá. Pero sí se hacer la de un habitante de Versalles, La Luz, La Tenderina, Ventanielles, Roces, Pumarín…, que, de pronto, ha visto convertirse sus calles en difícilmente habitables, sus hábitos diarios trastocados, sus negocios rotos, sus familiares próximos en un peligro más o menos cierto, pero existente. Y sé también establecer el orden del conflicto. Está primero la ciudad mansueta, en que conviven personas de cuatro culturas y religiones, más los no creyentes. Y esa ciudad mansueta resulta invadida de un día para otro por ochenta mil personas que ocupan sus espacios sin picar a la puerta e interrumpen las vidas de esos ciudadanos de Versalles, La Tenderina, Roces… Algunos miembros de esa tropiella lo harán, sin duda, acuciados por la necesidad, el miedo, el hambre y la esperanza de un futuro mejor, pongamos que bastantes. ¿Y los setenta mil que se volvieron a los dos días, sin más ni más? ¿De dónde salieron y cómo llegaron a la ciudad tantos miles de individuos, “todos juntos y en unión defendiendo la bandera de la santa tradición”? Pues, si me lo permiten, yo creo que ahí tiene razón el Gobierno: no había informes taxativos que evidenciaran con suficiente anticipación ese multitudinario desplazamiento. Ahora bien, respecto al otro punto, del que todavía se sostienen dudas, esto mantenía yo el 5 de agosto, cinco días después de la marea invasora, aquí, en LA NUEVA ESPAÑA: “¡Qué milagrosa rapidez! El 8 de julio se publica la sentencia. 20 días después, una marea humana de 50.000 o 60.000 personas, mozos en su mayoría, invaden Ceuta por el lugar donde la sentencia señala que se puede entrar. Es cierto que se comunican por las redes -casi no hay, por cierto, pobre que no tenga un móvil-, ¿pero quién les da la señal y la ruta? Algunos apuntan a camiones llenos de futuros invasores orientados por policías de Marruecos. The New York Times, incluía en sus informaciones el testimonio de un joven marroquí de 26 años, Youssef Alaoui, quien les contó que, cuando estaba cerca de la frontera, fueron los propios agentes de la policía marroquí los que le indicaron la dirección correcta para entrar en España. “No paraban de decir: ‘Ve por ahí, ve por ahí’”, contó Alaoui”. A los cinco días de la entrada multitudinaria. Nada que rectificar, salvo el número. Y es que el que no quiere saber, ni ve ni sabe. El señor Sánchez ha realizado una comparecencia en el Congreso, se ha sometido a un debate posterior en una sesión de control y ha lanzado sus opiniones, justificaciones y mensajes por la radio y la televisión. No quiero juzgar aquí lo que han hecho o no han hecho o dicho el Gobierno y su presidente durante el mes de agosto. Solo sé que no han pronunciado ni una palabra sobre lo sustancial: debemos modificar nuestra legislación de forma inmediata. En primer lugar, enmendando la Ley 4/2000 en su adicional décima que dio lugar a la “creativa” sentencia del Supremo de 8 de julio de 2026, y modificando toda la legislación sobre asilo y nacionalización que permita la devolución inmediata de todo aquel que traspase la frontera (y cualquier límite de soberanía es una frontera) o se adentre de forma ilegal en el territorio español. Porque, pónganse a meditar ahora. Nos han invadido de golpe y en un día 80.000 personas, 10.000 aproximadamente de las cuales se han quedado malviviendo y mal-estando. ¿Y si se repite mañana una invasión semejante, y otra pasado mañana? Ya no en Ceuta o Melilla, en Las Canarias, en Murcia, en cualquier parte. ¿Cuál es nuestra posibilidad de evitarlo? ¿Hay que seguir atendiéndolos a todos, como hasta ahora, y abriendo un expediente individual a cada uno para expulsarlo? Ese es el gran problema a que nos enfrentamos, y que nos impide solventar nuestra legislación. Muy hábil, como siempre, don Pedro ha preguntado: “¿En qué hubiera diferido su gestión de la nuestra? El señor Feijóo y el señor Abascal han venido a decir que no hemos protegido nuestras fronteras. ¿Qué es lo que habrían ordenado? ¿Habrían ordenado a la Policía Nacional y a la Guardia Civil que se encontraban en el Tarajal disparar a la población civil? ¿Habría preferido ese Gobierno del PP con Vox matar a cientos, quizá miles de jóvenes, muchos de ellos menores, para evitarse tener que gestionar una crisis de acogida al otro lado de la frontera?”. Pero no es esa la cuestión capital, sino la que acabamos de formular: ¿Qué hará usted, don Pedro, ante la próxima hipotética pero posible invasión? ¿Nada, como ahora? ¿Ha convocado usted y apremiado a todas las fuerzas parlamentarias para realizar la tarea más urgente de las Cortes, más aún que la de entretenerse insultándose y culpándose, la de modificar nuestra legislación? Respuesta: no, no lo ha hecho, y me temo que por interés propagandístico, aún más que por ceguera. He escrito arriba: “Y ningún Gobierno”. Ni el actual, el del PSOE y sus pegollos, ni el hipotético futuro del PP / VOX. Porque tanto Feijóo como Abascal se han dedicado en los debates a sus insultitos, amenazas, juicios y profecías. Cuando lo sustancial es la modificación de la legislación. Y si el Ejecutivo no ha hecho un llamamiento para ello deberían haberse quedado sentados en el hemiciclo hasta conseguir sentarlo para negociar sobre esa materia. Porque nos ha caído un bastiazu que ha anegado calles, destrozado locales y sigue imposibilitando la vida normal, pero caerán más. Sobre todo, si alguien nos ha tomado la medida.

Minucias ceutíes

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(En La Nueva España, el 05/08/2026) MINUCIAS CEUTÍES Los legisladores y los jueces de creatividad a partir de la literalidad. La Ley 4/2000, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España, establece quién es español, cómo se puede adquirir esa condición, la residencia en España y otras circunstancias. Al tiempo, establece cuáles son las condiciones de entrada y asilo. Sin duda por un exceso de precaución, la disposición adicional décima (introducida en 2015) añadió: “Los extranjeros que sean detectados en la línea fronteriza de la demarcación territorial de Ceuta o Melilla mientras intentan superar los elementos de contención fronterizos para cruzar irregularmente la frontera podrán ser rechazados a fin de impedir su entrada ilegal en España”. Lo que no tiene más que una traducción: la entrada por zonas que non son las establecidas para el tránsito es ilegal y permite el rechazo inmediato. ¡Ah! Pero he aquí que un juzgado de Ceuta discurre en 2024 que la mar y la playa, es decir, la frontera natural, no es un “elemento de contención fronterizo”, por lo tanto, quien entre por ahí no puede ser expulsado. Se recurre la sentencia y el 8 de julio de 2026 el Supremo ratifica la sentencia y confirma que, efectivamente, la mar, la playa, no son elementos de contención fronterizos y que a quienes lleguen por esa vía no se los puede rechazar de inmediato, no se pueden utilizar las devoluciones en caliente. ¡Como si la costa no fuese la frontera natural de cualquier país, es decir, su borde de contención! ¿Entre 2024 y 2026, el Gobierno y el Parlamento podrían haber hecho algo, por si triunfaban las tesis ad pedem litterae de los juristas literalistas? Sí, pero nada hicieron. ¡Qué milagrosa rapidez! El 8 de julio se publica la sentencia. 20 días después, una marea humana de 50.000 o 60.000 personas, mozos en su mayoría, invaden Ceuta por el lugar donde la sentencia señala que se puede entrar. Es cierto que se comunican por las redes -casi no hay, por cierto, pobre que no tenga un móvil-, ¿pero quién les da la señal y la ruta? Algunos apuntan a camiones llenos de futuros invasores orientados por policías de Marruecos. The New York Times, incluía en sus informaciones el testimonio de un joven marroquí de 26 años, Youssef Alaoui, quien les contó que, cuando estaba cerca de la frontera, fueron los propios agentes de la policía marroquí los que le indicaron la dirección correcta para entrar en España. “No paraban de decir: ‘Ve por ahí, ve por ahí’”, contó Alaoui. En todo caso, al otro lado de la frontera nadie hizo nada por impedir la invasión. ¿Se trataba de una maniobra urdida por el régimen marroquí? Muchos sostienen que sí. El Gobierno español lo niega y agradece su colaboración posterior. Don Pedro sostiene que la llamada y la incitación fueron una iniciativa de “las mafias”. No se sabe de un solo caso de cobro hecho por mafia alguna ni de medio de transporte puesto por ellas. Dos noches terribles, y el miedo o la rocea permanecen. En cualquier caso, durante dos noches y dos días los ciudadanos de Ceuta se vieron inquietos y asediados, encerrados en sus casas ante la turbamulta, desasistidos por estar cerrados los supermercados o los bancos. Con 6.000 o 5.000 de los llegados de esa forma todavía en la ciudad, la vida se va normalizando, pero prosigue la inquietud. Frente al Centro de Estancia Temporal para emigrantes, por ejemplo, se agolpan y pelean centenares de ellos. Europa, inquieta, pide una reunión extraordinaria y acusan a las políticas del PSOE y sus aliados en el Gobierno de provocar un efecto llamada con sus iniciativas de regularización de emigrantes. ¿Es así? El caso es que el Gobierno estimaba que habría 500.000 emigrantes beneficiarios de esa regularización y hoy en día van cerca de un millón doscientos mil solicitantes. Algunas fuentes sostienen que parte de esos demandantes imprevistos no estaban en España, sino que han llegado después de la puesta en marcha de la regularización. No olvidemos que quien regularice su estancia en España puede después circular por Europa. ¿A qué venían a Ceuta esas decenas de miles de personas? La mayoría, como podrán haber observado en las imágenes, jóvenes, con un traje de baño y una camisa encima, y poco más, salvo el móvil. ¿Qué esperaban? ¿Qué les habían dicho que encontrarían aquí? ¿Ropa, abrigo, comida y dinero gratis nada más poner pie en tierra? Porque eso sí sería el “efecto llamada”. Ahora bien, la mayoría han vuelto ya a Marruecos. ¿Cuántos de ellos decepcionados? ¿Cuántos porque no ha sido más que una aventura, entrar en Ceuta sin que nadie pudiese impedirlo? Yo, la verdad, acaso poco informado, echo en falta una labor minuciosa de investigación por los medios de comunicación, cientos, miles de entrevistas a esos ciudadanos, ¿a qué vienes?, ¿qué esperas?, ¿quién te va a alimentar y vestir?, ¿qué oficio o saberes profesionales tienes? Porque esas entrevistas hubiesen sido un bisturí, un escalpelo preciso sobre la inmigración, lo que de ella podemos esperar, sus problemas o beneficios. Ya que, permítanme decirlo, uno de los argumentos más insistentes del discurso de “todos bienvenidos” (aparte del de que nosotros hemos sido también tierra de emigrantes, ¡vaya risa con la comparación!) es el de que vienen a trabajar para pagar nuestras pensiones futuras. Hace falta cubrir miles de empleos, en la construcción, en la metalmecánica, en el transporte, en hostelería, entre otros. ¿Creen ustedes que esos jóvenes tienen la formación adecuada para ello? ¿Vienen a ello todos? Y, por desgracia, la conspiración, la tolerancia al otro lado de la frontera, el juego y el impulso juvenil, el reto, tal vez, la creatividad jurídica o sus lecturas ad pedem litterae, la inacción del Gobierno, se han unido a la ilusión y la esperanza de tantos jóvenes para provocar cerca de 100 muertos.

LA ESTÉTICA DE LA AMORALIDAD

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En el estado absoluto de naturaleza o en mítica Edad de Oro de los poetas no existen los actos morales. El hombre no posee otras opciones de actuación que las que le son dadas o le son posibles. Pero en cuanto el hombre se constituye en sociedad política comienza a verse obligado a tomar decisiones entre alternativas, decisiones que entrañan consecuencias para él o para los demás. Y a medida que la sociedad es más compleja y que el individuo dispone de más opciones y de más conocimientos, el ámbito de lo moral se ensancha como un universo en expansión. De modo que nuestros actos, nuestros juicios o nuestros silencios son siempre morales o deberían serlo. Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos se han instalado en lo amoral, en la ausencia de juicio o en el juicio solo aparente, en un metajuicio que evita el juicio, y, por tanto, el acto moral, el cual entraña responsabilidad y es un rasgo de nuestro proceso de no-naturaleza, de humanización.

Un ejemplo. Comparece el señor Juan Rosell, presidente de la CEOE, y enuncia las acciones que debería realizar de forma inmediata el Gobierno en materia fiscal, acciones que se sustancian en la bajada de impuestos a los ciudadanos y las empresas, eliminar definitivamente los de patrimonio y sociedades y no subir el IVA. Y a continuación comenta: «bueno, esto es lo que a nosotros nos parece oportuno, otra cosa es lo que el Gobierno pueda hacer, porque desde el Gobierno pueden verse las cosas de otra manera». Esto es, la patronal sabe de sobra que si se bajan los impuestos y no se recauda más, hay que ir a más deuda, reducir las pensiones, invertir menos, etc. Es decir, que lo que ellos proponen solo podrá hacerse en ciertas circunstancias. He ahí una forma de amoralidad: se habla a sabor sabiendo que lo que se dice es imposible (de momento, al menos) o que sus consecuencias son deletéreas; pero no importa, se queda bien, se enuncia un precioso desiderátum y después… Después la culpa es de la maldita realidad, o del Gobierno, que ya se sabe que «cuando llueve y fai aire tola culpa ye de l’alcaldre; cuando llueve y fai sol, tola culpa del gobernador». Y eso la CEOE y su presidente, que se supondrían un poco más responsables o serios. ¡Pero queda uno tan bien!

Donde ha habido una auténtica ciclogénesis explosiva de amoralidad ha sido recientemente a propósito de la inmigración, con motivo de los muertos de Ceuta. Dejo a un lado las miserables víctimas y lo que hubo de explotación partidista de la desgracia y me centro en las cuestiones relativas a la entrada de inmigrantes sin control en nuestra tierra. La mayoría de los partidos y de los comunicadores han montado un festival de lamentos sobre la frontera y las prohibiciones de entrada apelando a los derechos humanos, la miseria de África, la explotación de ese continente, la Europa rica; pidiendo, de forma explícita o implícita, la supresión de controles (o los controles sin controles) y la emigración sin límites de la paupérrima África a la rica y egoísta Europa. A cada uno de quienes opinan así podría preguntársele, empleando el mismo discurso demagógico: ¿y usted a cuántos está dispuesto a acoger en su casa? No lo hagamos. Limitémonos a escucharlos: ¿Cuántos dicen que pueden venir? ¿30.000? ¿300.000? ¿30.000.000? Habrá que darles, suponemos, casa, alimentos, sanidad. ¿O vagarán por las calles sin nada? ¿Cuáles serían los efectos de toda esa gente sobre el paro y sobre los salarios de los trabajadores? ¿Cuál el monto del déficit y la deuda, cuál la subida de impuestos? Escuchémoslos: ni una palabra. He ahí un ejemplo perfecto del pensamiento amoral: se enuncia una proposición, se formula un mandato, se exige una actuación. Pero de las consecuencias de ello nada se quiere saber, es más, se rechaza siquiera discutirlas en nombre de los principios. He ahí un ejemplo perfecto de pensamiento amoral. Eso sí, suena muy agradable, luce mucho socialmente.

Una de las manifestaciones ubicuas en lo contemporáneo de esa conducta amoral es la permanente invocación al diálogo que realizan opinadores, políticos, personalidades religiosas…, porque la palabra «diálogo» se ha convertido en una de las palabras sacras y vacías del mundo moderno. ¿Son recomendables el diálogo, el acuerdo, la tolerancia? Sí. ¿Lo son siempre? No. Si alguien pretende asesinar a otro o robarle lo suyo, por ejemplo, ¿qué diálogo cabe? ¿Qué lo asesine solo un poco, que le robe únicamente un tanto? El diálogo con los tiranos con crímenes a sus espaldas, por ejemplo, es imposible. Pero no por razones morales, sino por razones prácticas: él no se rendirá puesto que no le esperan más que la muerte o la ruina. Por tanto, sufrirán sus víctimas o ganará él.

Recordemos solo dos ejemplos notorios de «diálogo» trágico. El primero, el de las potencias democráticas con Hitler. Visualicemos el triunfal regreso de Chamberlain de Munich y su tragicómico «peace in our time» para subrayar las virtudes del diálogo. El segundo, el de Ernest Lluch, el soñador socialista, desgañitándose pidiendo diálogo con ETA y su mundo a fin de solucionar el conflicto vasco, para terminar siendo él una más de las hostias que la banda puso sobre la mesa sacrificial para conseguir el diálogo que ellos querían.

No, la palabra «diálogo» no es muchas veces más que una escusa para mantenerse equidistante de víctimas y verdugos, para no responsabilizarse de los juicios propios, para evitar caer mal a alguien; para investirse, en todo caso, de esa túnica sagrada de lo simpático y correcto que, siendo estéticamente exitosa, representa una actuación radicalmente amoral.