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La muerte de Carlos Tuero Morán na Iglesiona de Xixón (avientu, 1930)

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Asina contaba la prensa de la época los sucesos, que vinieren afalaos pol fusilamientu de Fermín Galán Rodríguez y Ángel García Hernández, que'l 12 d'avientu intentaron dar un golpe d'estáu ("pronunciamientos", llamábense d'aquella) contra la Monarquía y a favor de la República. El golpe fracasó y el 14 fusilárenlos.

En toa España ficiérense movimientos de protesta polos fusilamientos.

Sigue agora lo que diz la prensa xixonesa de la época (tómase del reportaxe de J.M. Ceinos en La Nueva España del 14/11/2019:


La ejecución de los dos militares republicanos desencadenó una huelga general en toda España desde el lunes 15 de diciembre, a la que el Gobierno de la nación respondió declarando el estado de guerra en todo el país. 

El lunes los periódicos no salían a la calle, por lo que de lo acontecido en Gijón dieron cuenta el viernes, día 19, tras tres jornadas sin poder acudir a su cita con los lectores. Así, en la primera plana de «La Prensa», que se adjetivaba como «diario independiente», vemos un editorial con el título «Deplorables jornadas de violencia», en el que se censuraba el incendio de la Iglesiona, «un atentado deplorabilísimo, que hemos de rechazar, como intérpretes del estado de opinión que, en natural consecuencia, hubo de formarse en toda la provincia y a estas horas, para daño del buen nombre de Gijón en toda España. Fue un hecho tristísimo que convirtió el centro de la población en escenario de los más locos desmanes». 

¿Qué ocurrió? Vamos ahora a las páginas del 19 de diciembre de 1930 de «El Noroeste», el antiguo rotativo republicano que en 1930 se declaraba «diario democrático independiente», para refrescar la memoria: «Ya en las últimas horas de la noche del domingo (14 de diciembre) comenzó a difundirse por Gijón el rumor de que al día siguiente se iría al paro general, como protesta por los fusilamientos de los sublevados en Jaca». Así fue: «La unanimidad en acatar la orden fue absoluta, sin precedentes en la historia de la organización obrera gijonesa, prueba del espíritu de societarismo de nuestros proletarios». 

El lunes, los primeros sucesos tuvieron lugar en la plaza de abastos de la calle de Jovellanos, el mercado que ocupaba el actual solar de la plaza del Instituto, que fue derribado durante la Guerra Civil dentro del plan de mejoras del Consistorio, que presidía el anarquista Avelino González Mallada. 

«Sin saber cómo ni quién, alguien dijo: "Lo primero que hay que hacer es quitar esta placa", señalando la que daba el nombre de Primo de Rivera a la antigua del Instituto». El general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja había sido el principal espadón del golpe de Estado palaciego de 1923, que instauró una dictadura de la que España acababa de salir. 

Entonces, proseguimos con las páginas de «El Noroeste», algunos «comenzaron por arrojar piedras y almadreñas, pero en aquel momento llegaron fuerzas de seguridad (...) y despejaron aquellos alrededores simulando una carga». Pero al retirarse las tropas, «los grupos volvieron a concentrarse ante la placa de Primo de Rivera, arrancándola y haciéndola pedazos. Ya dueños de la situación, prosiguieron gritando y de pronto varios dijeron: "Ahora, con éstos". En forma tumultuaria penetraron en la iglesia de los jesuitas, en uno de cuyos laterales estaba fijada la placa, unos cientos de personas, en su mayoría muchachos de corta edad, y a los pocos momentos salían al exterior conduciendo bancos, confesionarios, sillas, estandartes e incluso una imagen, todo lo cual depositaron en el centro de la calle (de Jovellanos), haciendo una gran hoguera» frente a la entrada principal del Instituto de Jovellanos. 

«Mientras tanto», prosigue el relato de «El Noroeste», «otros también provocaban el fuego en el interior, donde continuaban los destrozos. De pronto, sonaron dos disparos, cayendo un hombre al suelo mortalmente herido (...). Algunas personas acudieron en auxilio de la víctima, llevándola con toda urgencia a la Casa de Socorro. Depositada sobre la mesa de operaciones, se vio que toda intervención facultativa era inútil, pues era ya cadáver». 

El fallecido fue identificado como el joven de 25 años Carlos Tuero Morán, vecino de la Carretera de Oviedo. «Presentaba una herida por arma de fuego en la región escapular izquierda y otra, incisa, en la cadera derecha». Enterados los manifestantes de la muerte, «los ánimos se excitaron aun más, y a los pocos momentos la iglesia aparecía envuelta en llamas». 

Por su parte, «La Prensa», que constató en el fallecido «una herida por arma de fuego en la región escapular izquierda, con salida por la cadera derecha», contó: «Cuando el incendio provocado en el interior del templo era más imponente, llegaron a la calle de Jovellanos y sus inmediaciones fuerzas de caballería de la Guardia Civil, disolviéndose los grupos inmediatamente (...). Los trabajos de extinción del pavoroso incendio fueron muy duros, consiguiéndose en las últimas horas de la tarde dejar sofocadas las llamas». 

Y arreyo agora lo que cuenta Carlos Martínez Martínez nes sos memories (Al final del camino, páx. 170) [tamos nel 1930 avanzáu, yá cayera Primo de Rivera]:

Al término de su cursillo se obsequió a Llopis [Rodolfo Llopis, socialista) con una cena en el restaurante Mercedes. La conversación sobre política fue muy animada. La sobremesa se prolongó mucho. De pronto, a alguien se le ocurrió la idea de ir a arrancar la placa de mármol, con letras y escudo en bronce, que en homenaje al general Primo de Rival se había colocado en una de las fachadas laterales, casi esquina de la calle de Jovellanos, de la iglesia agresivamente pétrea, domi nante, levantada por los jesuítas en dicha calle. Y allá nos fuimol todos desde el Mercedes para poner en práctica la idea. Aun cuando casi todos nosotros pasábamos por aquel sitio diariamente, no te­níamos idea de la altura a la que la placa estaba colocada. Vimos que se precisaba una escalera, y no pequeña, para tratar de arran­carla. Algún buen observador de los que nunca faltan nos dijo que en el portal del edificio de El Noroeste había visto muchas veces una escalera de las características que debería tener la que necesitábamos. Efectivamente, la encontramos allí. Desiderio Martín, subido en ella, dio con fuerza unos cuantos martillazos sobre la lápida sin resultado positivo alguno. Estaba en plena faena cuando llegó un sereno que hacía su ronda y amigablemente nos pidió que no lo metiéramos en líos. El vigilante prosiguió su ronda. Desiderio hizo nuevas tentativas sin ningún resultado y la lápida quedo tan firmemente sujeta como antes al muro de la Iglesiona. Si aquel intento de arrancar la lápida hubiera tenido éxito se habría evitado el sangriento suceso que no mucho tiempo después ocurrió, al pretender una multitud de personas hacer lo que nosotros no había­mos logrado.


Y, pa terminar, esto ye lo que pon la wikipedia sobre los daños nel interior la basílica:

 Los problemas de los jesuitas en Gijón alcanzaron un nuevo nivel el 15 de diciembre de 1930. A media mañana, con ocasión de una huelga general por el fusilamiento de los sublevados en Jaca, hubo una concentración en torno al templo para quitar la placa que daba el nombre del caído dictador Miguel Primo de Rivera a la calle conocida, antes y después, como del Instituto; la placa estaba instalada en el lateral de la iglesia.
Viendo la deriva de los acontecimiento, el padre superior de la residencia, Pascual Arroyo telefoneó al alcalde, al cual le parecía que el tumulto no pasaría a mayores. También telefoneó a la fuerza pública que se retiró, tras una carga con varios heridos, entre ellos dos guardias, dejando dueños de la situación a los revoltosos que, tras destrozar a pedradas la placa de mármol con el nombre de la calle, apedrearon las vidrieras, forzaron la puerta lateral —tapiada años después— y entraron en turba en el templo. Ese mismo día también hubo un intento de quemar el Colegio de la Inmaculada.
Los hijos de San Ignacio, más conscientes de su deber y de la realidad que las autoridades de la ciudad, evitaron la profanación del Santísimo retirándolo poco antes del asalto, por mano del padre Pedro Fernández. También se refugiaron en el tercer piso de la residencia, hasta donde llegaron algunos asaltantes.
En poco tiempo los asaltantes causaron numerosas profanaciones y grandes daños.
Unos asaltantes hicieron una hoguera en la calle, avivada con gasolina, con bancos, confesonarios y la imagen de la Virgen de Covadonga. Otros asaltantes se dedicaron a incendiar y destrozar dentro de la iglesia, hasta que sonaron dos disparos; en concreto, uno de los disparos parecía proceder del coro y se produjo cuando una persona intentó desclavar el Cristo de la Paz; ese disparo mató a Carlos Tuero Morán, de 25 años, en el interior del templo. Nunca se determinó mediante una investigación policial y judicial fiables el origen ni autor de los disparos.
En el interior rociaron con gasolina pavimento, bancos y confesonarios, lo que dio lugar a un fuego concentrado, principalmente, bajo la primera bóveda del templo, bajo el coro, que quedó destruido junto con el órgano, cancel y tribunas, de las que cuatro quedaron completamente destruidas. Los ventanales del coro se rompieron y por allí se formó tiro evitando que el fuego se extendiese todavía más por el templo. De los ocho grandes vidrierascirculares solamente se salvaron dos, que hubo que desmontar. También fueron quemados: la imagen del Sagrado Corazón que se sacaba en las procesiones, las de San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka,candelabros y paños de altar. Quedó destruido el Viacrucis, pintado en lienzos por los hermanos Immenkamp, y sufrió daños el Cristo de la Paz. El sagrario fue arrancado, arrastrado por la iglesia y algunas de sus estatuitas robadas. Se derritieron los colores de los muros laterales y los medallones, quedó muy dañada la pintura de la primera bóveda y todas las demás ahumadas y rebajadas de color. Nadie intentó evitar ni apagar el incendio.

Sobre l'asturianu: marxinalización

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Pongo equí un artículu asoleyáu en Ríu Nalón sobre les persecuciones y prohibiciones que l'asturianu y otres llingües d'España sufrieren nos caberos tiempos. L'artículu -y esi ye'l so contestu- asoleyóse inicialmente en La Nueva España del 31/05/03.




                 DELICIAS CASTELLANAS

            Las palabras del Rey en la entrega del Cervantes, afirmando que el castellano nunca había sido lengua de imposición, y las posteriores de la ministra Pilar del Castillo, a El País, reiterando la misma idea, han tenido la virtud de despertarnos la memoria histórica a los demócratas y nacionalistas, porque a los demócratas centralistas no les ha provocado recuerdo alguno. Hemos apuntado recientemente[1] cómo el castellano ha venido actuando en Asturies a modo de instrumento de dominio de clase social y cómo, igualmente, la escuela ha sido un artefacto de persecución del asturiano, en beneficio tanto de una determinada idea uniformista de España cuanto de una concreta estructura social.
            Pero, al margen ya de esta continua maquinaria, el castellano ha tenido también la legislación y otras instituciones como mecanismo de arrasamiento o marginalización de otras lenguas, entre ellas la nuestra. Convendría repasarlo.
            En la Gaceta del 19 de septiembre de 1923, Manuel Primo de Rivera y Orbaneja firmaba un decreto que, amén de otras cosas, manifestaba: “en los actos oficiales de carácter nacional o internacional no podrá usarse por las personas investidas de autoridad otro idioma que el castellano, que es el oficial del Estado español” y que las corporaciones de carácter local o regional están “obligadas a llevar en castellano los libros oficiales de registros, actas, aun en los casos de que los avisos y comunicaciones no dirigidas a las Autoridades se hayan redactado en lengua regional”. La Gaceta del 9 de junio de 1930 anula la anterior disposición, pero reitera que las corporaciones antedichas “llevarán los libros oficiales de registros y actas en castellano y emplearán este idioma en todas las comunicaciones oficiales”.
            La siguiente dictadura, la franquista, toma diversas medidas uniformadoras a favor del castellano. Algunas perlas: La Orden del 20 de mayo de 1940 prohíbe la inclusión en el Registro de la Propiedad Industrial de “razones sociales, títulos o denominaciones constituidas por palabras extranjeras o pertenecientes a dialectos del idioma castellano, que están en pugna con el sentimiento nacional y españolista proclamado por el Nuevo estado y que debe ser expresión y norma de conducta de todos los buenos españoles” (es esta voluntad, por cierto, la que se lleva por delante el nombre de “Sporting” para el team xixonés). La Orden de 18 de mayo de 1938 prohíbe los nombres en lengua no castellana, los que no estén en el santoral y los extranjeros. Y dice cosas como esta: “Debe señalarse también como anomalías registrales la morbosa exaltación en algunas provincias del sentimiento regionalista, que llevó a determinados registros buen número de nombres que no solamente están expresados en idioma distinto al oficial, castellano, sino que entrañan una significación contraria a la unidad de la Patria”, y “La España de Franco no puede tolerar agresiones contra la unidad de su idioma”. Y el 21 de mayo de 1938, en relación con las cooperativas, el Ministerio de Organización y Acción Sindical publica una orden en la que expresa que “Queda terminantemente prohibido el uso de otro idioma que no sea el castellano en los títulos, razones  sociales, Estatutos o Reglamentos y en la convocatoria y celebración de Asambleas o Juntas de las entidades que dependan de este Ministerio”. Y una orden del 9 de abril de 1939 lleva el celo a manifestar que “queda prohibido el empleo de idiomas distintos del español para la nomenclatura de los hospedajes en España”. Orden del 4 de agosto de 1939: “Se prohíbe el uso de dialectos y de idiomas distintos del castellano” (Y si ustedes tienen dudas de la significación de “lengua” y “dialecto”, los fascistas no la tenían. Así decían las profesoras en Cataluña a los niños que hablaban en catalán: “Habla en cristiano, niña: eso ni siquiera es un dialecto”; de modo que pueden realizar la traslación a Asturies). La relación podría seguir, pero estimamos que es suficiente.
            El IDEA, una institución franquista dirigida desde el principio por el representante del nacionalcatolicismo Sabino Álvarez Gendín, pone, cómo no, en práctica los principios de la nueva dictadura. Y así, al convocar concursos de narrativa, prohíbe el uso del asturiano y sólo por excepción permite su uso en los diálogos, cuando hablen los “marginales”. De la misma forma, quienes utilicen el asturiano en el teatro han de tener una censura adicional. Así, el 13 de mayo de 1946, aparece este anuncio en la prensa asturiana: “Se pone en conocimiento de las compañías profesionales y de aficionados que, por orden del ilustrísimo señor director general de Cinematografía y Teatro, de fecha del día 29 del pasado abril, las obras que han de ser representadas en lenguas vernáculas deberán someterse al visado de esta delegación provincial, requisito que ha de estimarse previo a los trámites generales ante la Dirección General”.
Pachín de Melás
            Toda esta actuación institucional tuvo su traducción en nuestra literatura (su práctica desaparición) y en la estimación sociológica de nuestra lengua, que, sobre venir siendo la de los marginales y la de los pobres (estigmatizada por ello), pasaba a ser también la lengua de los derrotados en las guerras civiles, acrecentándose, así, sus connotaciones sociales negativas.
            En relación con ello, no se ha señalado, que yo sepa —y merece la pena hacerlo—, cómo un buen número de escritores en asturiano, de forma principal u ocasional, han formado parte del bando de los derrotados en nuestra segunda guerra civil. Por ejemplo, “Pachín de Melás” (el homenajeado este año en el Día de les Lletres) expira en 1938, en la cárcel del Coto, en Xixón; el republicano Rufino Alonso García escapa a Barcelona, donde muere en 1938;  al exilio emigran Emilio Palacios (autor de Llinguateres), Matías Conde (Sol en los pomares), Celso Amieva, María Josefa Alonso Álvarez, Rufino Alonso Álvarez, José Antonio Naves y Enrique Pérez Álvarez (éste ve fusilados a su padre y hermano en las tapias del cementerio de Villaviciosa en 1937); Jesús Arango Álvarez y Manuel García Pardo ven la cárcel y la depuración.
            Como se ve, pues, el castellano no ha sido nunca lengua de imposición, ni lo es hoy, como nuestro Rey y nuestra Ministro han dicho. Porque todo lo antecitado no son más que una dulce confitura: delicias castellanas.


[1] Ver el artículo posterior (aquí mismo) “El castellano sí es una lengua de imposición”.

Entre el señoritismo y el autoritarismo

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ENTRE EL SEÑORITISMO Y EL AUTORITARISMO

                               A José Antonio Fidalgo

En 1908 Adeflor publicó un delicioso libro titulado «El Concejal». En realidad la materia del mismo no es únicamente la actividad concejil stricto sensu, sino la ocupación política en general, las reacciones de la gente ante ella y la interacción entre políticos y medios de comunicación. Todo ello, escrito con un punto de humor y con un atinado conocimiento del hombre y de la sociedad, perfectamente aplicable a nuestros días. Pues bien, en el capítulo titulado «El proletariado y la concejalía», Alfredo García, tal su nombre de pila, estima que se debe retribuir al concejal proletario, y ello por dos razones: la primera porque, si no, solo los ricos podrían dedicarse a la política; la segunda, porque, aunque, pese a no cobrar, los proletarios accediesen a cargos de representación, su tarea no tendría valor alguno, pues no podrían preparar y examinar las cuestiones que se debatiesen.
  
En realidad Adeflor no hace otra cosa que aplicar la máxima que san Mateo (10:9-10) testifica al respecto de la necesidad de que quienes se entregan al servicio de los demás sean retribuidos por su trabajo, máxima que, posteriormente recogerá san Pablo en la epístola primera a Timoteo. Que doña Cospedal y doña Aguirre, al proponer ahora que los parlamentarios autonómicos no cobren salario, no hayan tenido en cuenta las palabras del xixonés Alfredo García es comprensible, pero que desconozcan los argumentos del Nuevo Testamento resulta un tanto escandaloso. Y es que esa propuesta de las populares damas populares entraña, inevitablemente, que solo quienes tengan dinero puedan dedicarse a la política o que, si acaso alguien sin bienes de fortuna lo hiciere, pase por las instituciones sin enterarse de lo que en ellas se cuece. Señoritismo puro el de esas dos damas, sí, pero también una fuerte pulsión antidemocrática, cercana al autoritarismo.
Porque no únicamente es esa evidente veta de segregación según la riqueza lo que está presente en la propuesta. También lo está la idea de que los parlamentos no valen para nada —efectivamente, si no hacen falta los parlamentarios o basta con que dediquen a la tarea de control un mínimo de tiempo, ¿por qué no suprimirlos?— y que sobraría con los gobiernos para ejercer la administración de las cosas (y de los presupuestos). Idea, por cierto, muy cercana a la de Primo de Rivera, quien estimaba que, en realidad, con los secretarios de ayuntamiento sobraba para llevar estos, lo que sería la implicación última de la vehemente propuesta cospedaliana: fuera los políticos, ya me disfrazaré yo de administrador.
Pero lo más grave de esa propuesta es que viene a echar gasolina en un ambiente emocional y discursivo que ya he comparado más veces con el ambiente que precedió a las mareas antiparlamentarias y antipartidos con cuyo viento a favor navegaron los regímenes autoritarios y dictatoriales a partir de los años veinte del pasado siglo. Si ustedes se toman la molestia de comparar discursos y argumentos verán que son muy semejantes: el egoísmo y corrupción universal de los políticos, la inutilidad de los parlamentos, lo superfluo de la política, la incapacidad de los gobiernos para solventar el paro y los problemas económicos y, especialmente, el deseo de un «arreglador» milagroso, de alguien que corte por lo sano y pegue un puñetazo en la mesa (¿les suena a algo esto en lo inmediato?). Pero la ausencia de la política —con sus cargas, sus errores, sus defectos, sus demasías— no lleva al mundo de la perfección, sino, inevitablemente, al del dominio de unos pocos sobre todos.
Que nadie se llame a engaño. Esas actitudes, esas voluntades antipolíticas y proautoritarias no son exclusivas de la derecha. Las encontrarán ustedes en todos los sectores sociales, en todas las profesiones, en todas las edades, quizás con tanta frecuencia o más aún en aquellos grupos que convencionalmente vinieron considerándose como más próximos al proletariado o adictos a él; en esa gran masa de ciudadanos irritados, malhumorados, maldecidores que pueblan hoy nuestras ciudades.
Pero no es únicamente el discurso transparentemente antipolítico el que crea ese clima y entraña esos riesgos que estamos señalando. Hay otro más sutil, más ladino, que conduce por la misma vía hacia la misma estación: es aquel que, disfrazado de defensa de los ciudadanos, de política «buena» y «de los buenos», niega la evidencia, hace ver como factible lo que no lo es, y propone soluciones que nunca nadie podrá poner en marcha. Es posible que, en algunos casos, estos discursos partan de esa visión del mundo entre alucinatoria y adolescente que es tan propia de tantos políticos y habitual en algunos partidos. En otros —en la mayoría, me temo—, responde a que los emiten gentes que manipulan al pueblo con el pretexto de sus intereses para conseguir, sin embargo, los de ellos. Demagogos, esas personas de las que Henry Louis Mencken decía: «Un demagogo es aquel que publica doctrinas que sabe falsas a hombres que sabe que son idiotas».