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Miembros del PP financian a Podemos

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Corre el rumor.
Como saben ustedes, Iglesias y Podemos han iniciado una suscripción popular para llevar a Esperanza Aguirre ante los tribunales, ignoro si por falsear la verdad o por decir cosas inconvenientes.
El caso es que en cinco horas recaudaron 13.000 euros.
El rumor es que ese dinero no proviene fundamentalmente de votantes de la formación que tiene por logotipo al tal Iglesias -que una cosa es votar a Podemos para que le quiten el dinero a los ricos y para que se lo den a uno y otra dar dinero del bolsillo propio-, sino que proviene de gente del PP que tienen ganas de que doña Esperanza deje de dar la lata o que tienen cuentas pendientes con ella.
Ello dirá, y si no, lo diré yo (que decía don Francisco).

RIESGOS MÁS ALLÁ DE LA PRIMA

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El diagnóstico es general, nos encontramos en una situación de un cierto riesgo, cuyos motivos son variados: la crisis económica, los problemas en la estructura del estado (voluntad independentista en algunos territorios, críticas a la Corona), la hostilidad aparentemente generalizada hacia los políticos y los partidos. Todo ello ha causado un, a lo que parece, generalizado estado de ánimo constituido por el malhumor, la desconfianza, el pesimismo, la intolerancia y una tentación larvada de actitudes radicales. Pero, sobre todo, diría yo, el elemento central de ese estado de ánimo es el que no se vislumbre nada que pueda emocionar, de alumbrar el camino hacia el futuro, ni en lo económico, ni en lo político.

Algunos elementos de ese combinado no son nuevos: la desconfianza y hostilidad hacia los políticos es la ganga inevitable de la democracia. Lo que ocurre ahora es que estamos en uno de los momentos en que esos elementos de difidencia alcanzan la altura de las mareas equinocciales, por la conjunción de muchos factores. Algunos de los parámetros que forman ese estado de opinión son objetivos y autónomos, como la crisis económica o los casos reiterados de sospecha o evidencia de estafa o robo por parte de políticos y personajes públicos. Pero no hay que olvidar que otros son inventados —no hay relación alguna de causa a efecto, por ejemplo, entre nuestra escasamente competitiva economía y las cuentas del señor Bárcenas o los ERES de Andalucía— o que vienen hinchados por razones de otro tipo. Entre estas, quiero señalar tres: la crisis de los medios de comunicación y la proliferación de tertulias, que hacen que, en general, un hecho nimio deba ser presentado como terrible, una apariencia como una evidencia; la existencia de un grupo de voluntades —institucionales e individuales— que ganan con que todo vaya peor o esperan ganar con un colapso institucional generalizado; las tramas que parten de la concupiscencia personal o la venganza, donde tal vez, y a propósito de algunas noticias de actualidad, debamos a incluir a doña Esperanza Aguirre o a Baltasar Garzón.

La noche anterior a la comparecencia de Rajoy tras su comité ejecutivo (el 2 de febrero), una persona de derecha tibia me preguntaba si el Presidente convencería con lo que dijese. Mi respuesta fue contundente: no convencería en ningún caso, dijese lo que dijese y mostrase lo que mostrase. La razón, le expuse, la falta de crédito de los políticos, especialmente si son de derechas. «Aun si Rajoy se declarase culpable y ladrón, no se le creería: la opinión pública pensaría que, puesto que confesaba siete, robaría diez, e, incluso, sería posible que ocultase delitos más graves».

El lector, avisado como es, ya habrá, a través del párrafo anterior, rememorado algunos datos de la realidad: que si fuese de izquierdas una parte importante de sus votantes habrían sostenido su crédito contra viento y marea; que un sector notable de los votantes de derechas tienen, como ha sido siempre, más desapego hacia los suyos, se sienten menos comprometidos con su iglesia. Y un dato fundamental que corresponde a la estructura emocional básica del ser humano: nadie va a quedar como tonto (ante sí, en primer lugar) diciendo que confía en un político, desconfiar de él lo hace aparecer a uno como «listo» y como «honrado». Quiero decir con ello que el valor de las encuestas en que se pregunta por valores o juicios de valor es muy escaso, puesto que el encuestado tiende a decir aquello que cree que está bien visto decir.

En traducción quiere esto significar que muchos de los que ahora reniegan de Rajoy y del PP y los volverán a votar, incluso aunque no mejorase en exceso la economía. Otro tanto ocurre con la difidencia que las encuestas parecen traducir hacia PP y PSOE. Que nadie se haga ilusiones (o desilusiones): cuando llegue el momento, y pese a todo y aunque nunca es descartable la emergencia de un fenómeno populista coyuntural, volverán a tener niveles de voto aproximados a los de siempre. Lo que ahora expresa el encuestado es su malhumor, su desorientación, pero, especialmente, la buena opinión que de sí mismo tiene.

En artículos de opinión y en los chigres etéreos, además de cultivarse por algunos el sansonismo, se viene proponiendo un puñado de recetas para superar la actual crisis. Algunas de esas propuestas traducen enfermedad, odio e ignorancia, y, en el fondo vienen a afirmar que no quieren políticos ni partidos políticos, y puesto que la política es la vida misma, lo que quieren expresar, en el fondo, es que no quieren democracia. Algunas otras, como la mayoría de las que proponen modificaciones de la ley electoral, o son inútiles en la práctica o tienden todas, al final y en sus efectos prácticos, a acentuar los peores aspectos de nuestro sistema representativo: disminuir la pluralidad, hacer inviable para la mayoría de la población con capacidades la presencia en cargos públicos. ¿Por qué será, por cierto, que nunca he oído a nadie, absolutamente a nadie, hablar de limitar el suelo de la ley electoral, suelo que perjudica gravemente el pluralismo? Pero de todo esto trataremos otro día.

Algunos auspician la reforma de la Constitución. Dejando aparte el discurso federalista que el PSOE nos viene endilgando desde el año 2003, y que no se sabe lo que dice, aunque, en parte, nos haya traído hasta el lío territorial actual, existen propuestas variadas. Unas plantean modificar la estructura territorial o institucional del Estado, otras las normas generales de representación política, algunas pretenden abrir el debate sobre la III República, aquellas permitir la independencia de los territorios, estas solo la prelación en la sucesión del Reino… Permítaseme decir que sería una auténtica locura abrir cualquier proceso sin un acuerdo cerrado entre PP y PSOE, y un acuerdo, además, con una fuerte voluntad política que resistiese las tensiones de las propuestas tendentes a revisar multitud de cuestiones. En el PSOE ello es en estos momentos imposible, pues perdería mucho, tanto en los desgarros internos como en el voto por su izquierda. Para el PP algunas cuestiones no pueden ser planteadas sin arriesgarse a la aparición de un partido más a su derecha y de emblema nacionalista.

Terminaré recordando que estos momentos de afecto álgido hacia la política ya se han dado en España. «El desencanto» fue el vocablo con que designó el desafecto surgido hacia la política tras los momentos entusiásticos de la restauración democrática, al ver que los políticos no eran capaces de solucionar los concretos problemas económicos y de paro de los ciudadanos. Y recordaré una anécdota que se me ha transmitido: II República, pocos meses después de su proclamación. Madres y esposas en la tienda, apuntando al fiado en la libreta, como antes; con sus maridos sin trabajo, como antes. «¿Y para esto hemos echado al Rey? ¿No nos habían dicho que echando al Rey todo se solucionaba?».

Y es que es relativamente fácil conmover a las gentes con palabras, y aun hacer revoluciones con ellas. Pero es más difícil hacer aparecer patatas y empleos con solo las palabras.

¡QUÉ TROPA!

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                La Comunidad de Madrid acaba de anunciar que pondrá en marcha un nuevo castigo a los bolsillos de los que menos tienen, la exacción de un euro por receta. Es cierto que dicho abuso tiene determinadas limitaciones, tanto en el total anual extraíble de los bolsillos individuales (no familiares, personales), como en la exención de la gabela para las rentas en el límite de la miseria y para una escasa tipología de enfermos; pero todo ello no elimina el carácter radicalmente injusto y abusivo de la medida, sobre todo porque carga especialmente sobre los jubilados (que suelen requerir más medicinas) y sobre los enfermos de tratamientos múltiples.
                Pero es que, además, ello va unido al mantenimiento de la cancelación de dos tributos que pesan fundamentalmente sobre las rentas altas, el de patrimonio (suspendida su aplicación desde que el Gobierno Zapatero, que lo había liquidado, volvió a recuperarlo en 2011) y el de sucesiones (eliminado por doña Esperanza en 2005). Es cierto que ambos impuestos representan una segunda carga impositiva sobre bienes que ya han tributado y que el de sucesiones conlleva problemas en la transmisión de la empresa familiar y es muy injusto por debajo de ciertos límites, como se ha venido aplicando generalmente en la mayoría de España. Pero no es menos cierto que la eliminación de ambos tributos, sin más, ha provocado graves problemas de competencia recaudatoria y distorsiones fiscales entre comunidades autónomas, al radicarse en Madrid, por esa razón, muchos sujetos tributarios. Con todo, no es menos cierto que la recuperación de esos dos impuestos —que vendrían a representar, se estima, unos 3.000 millones de euros— evitaría la injustísima medida del euro por receta.
                (Por cierto, ¿y quién piensa en los farmacéuticos, convertidos en recaudadores y gestores obligatorios del impuesto a pensionistas de Rajoy y, ahora, del de Ignacio González o, en Cataluña, del de Artur Mas? ¿No es ello un abuso flagrante?)
                Pero, a mayor abundamiento, la decisión se presenta bajo una no disimulada capa de cinismo. En efecto, decir que es una «medida no recaudatoria, sino meramente disuasoria», porque supone confiscar «apenas 83 millones» se hace al margen de la realidad. Por solo fijarnos en el dinero, apuntamos que Asturies, sumándose a la central estatal de compras de fármacos, piensa recortar «solo 20 millones»; que Murcia, imponiendo para el 2013 el «céntimo sanitario», espera recaudar «solo 25 millones»; que La Rioja lleva varios años intentando eliminar el peaje de la AP-68 y que para ello, pese a las promesas, el Estado no dispone de los «solos 2 millones» que representa la medida. ¡Qué tropa!
                En Cataluña, la Junta Electoral Central ha decidido prohibir una campaña institucional de CiU-Generalitat para pedir el voto. Más por razones formales de incumplimiento de la ley que por su contenido, escandalosa, patente y flagrantemente partidista. Los responsables de la Generalitat (con Mas y Homs a la cabeza) se han quejado de la «escasa calidad democrática de España» y de que «la ley española primase sobre la de Cataluña». ¡Qué escándalo de manipulación social y de despilfarro del dinero público! ¡Qué tropa!
                Y allí mismo, en el otro Principado, en el que no es Principáu, sino Principat, el PSOE apoya «el derecho a decidir para Cataluña» en el marco de un estado federal. Ya ven ustedes qué «estado federal»: los catalanes —y supongo que los vascos— con derecho a decidir. ¿Y ustedes, los asturianos y los demás españoles? A esos que les den, que les den el trato que merecen, en opinión del PSOE, de ciudadanos de segunda. Ese es el estado federal real para los fenómenos de Rubalcaba, Griñán  y Javier Fernández. ¡Qué tropa!
                Pasa por delante de mi despacho, de la que esto escribo, a primeras horas de la mañana del luctuoso día de Todos los Santos, mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Se desliza silencioso hacia su cubículo y sobrepasa la puerta de mi despacho. Pero, después, lo piensa mejor, se da la vuelta y se planta en el umbral. Viene halogüinesco: en vez de montera, una calabaza hueca con vela alumbrante dentro; en lugar de su capa roja, una armazón de lo que parecen huesos de santo, alguno de ellos mordisqueado y pintarrajeado de carmín; de su boca trasciende un inconfundible olor a sidra.
                —¡Atrévete a decir tropa de qué! ¡Átrévete! —Y se va levantando la calabaza a guisa de saludo.
                La verdad es que no me atrevo. Me lo impiden la educación con que me han adiestrado desde mi más tierna infancia y, por qué no decirlo, el Código Penal.

Esperancina y Nachín contra Rajoy

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Esperanza Aguirre vuelve a desafiar a Rajoy y apoya el euro por receta

Recuerda que al presidente «tampoco le gusta subir los impuestos y tuvo que subirlos».

Aguirre sobre el Madrid Arena: «Hay que llegar a la verdad, caiga quien caiga»
Pongo equí un titular de La Voz de Galicia p'apuntar una sospecha que ye más una certidume qu'una sospecha: Cuando Ignacio González y el PP de Madrid salieren anunciado'l cobru d'un euru per receta viéspora de les elecciones catalanes too paecía apuntar a que pretendíen "toca-ylos" a Rajoy, dientro esa batalla permanente qu'Esperanza y los suyos tienen contra l'actual executiva del PP (que nun s'escaeza a naide qu'Esperanza Aguirre nun anunció nunca la so retirada de la política, y que lo sorrayó).
Cuando agora apaez la doña sofitando de Ignacio González y l'euru por receta eso paez una seguranza. 
Si, además, tomamos nota de qu'acaba d'afirmar (ayer, martes 11, pela tarde, tamién) que nel casu del Madrid Arena hai qu'aportar el final "caiga quien caiga" y reiteró esi "caiga quien caiga" apuntando al equipu d'Ana Botella, esisten poques duldes de que na so dimisión al frente la comunidá doña Esperanza tarían cantando pa les sos coraes l'aleluya clásicu: "ce n'est qu'un début, le combat continue".

Entre el señoritismo y el autoritarismo

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ENTRE EL SEÑORITISMO Y EL AUTORITARISMO

                               A José Antonio Fidalgo

En 1908 Adeflor publicó un delicioso libro titulado «El Concejal». En realidad la materia del mismo no es únicamente la actividad concejil stricto sensu, sino la ocupación política en general, las reacciones de la gente ante ella y la interacción entre políticos y medios de comunicación. Todo ello, escrito con un punto de humor y con un atinado conocimiento del hombre y de la sociedad, perfectamente aplicable a nuestros días. Pues bien, en el capítulo titulado «El proletariado y la concejalía», Alfredo García, tal su nombre de pila, estima que se debe retribuir al concejal proletario, y ello por dos razones: la primera porque, si no, solo los ricos podrían dedicarse a la política; la segunda, porque, aunque, pese a no cobrar, los proletarios accediesen a cargos de representación, su tarea no tendría valor alguno, pues no podrían preparar y examinar las cuestiones que se debatiesen.
  
En realidad Adeflor no hace otra cosa que aplicar la máxima que san Mateo (10:9-10) testifica al respecto de la necesidad de que quienes se entregan al servicio de los demás sean retribuidos por su trabajo, máxima que, posteriormente recogerá san Pablo en la epístola primera a Timoteo. Que doña Cospedal y doña Aguirre, al proponer ahora que los parlamentarios autonómicos no cobren salario, no hayan tenido en cuenta las palabras del xixonés Alfredo García es comprensible, pero que desconozcan los argumentos del Nuevo Testamento resulta un tanto escandaloso. Y es que esa propuesta de las populares damas populares entraña, inevitablemente, que solo quienes tengan dinero puedan dedicarse a la política o que, si acaso alguien sin bienes de fortuna lo hiciere, pase por las instituciones sin enterarse de lo que en ellas se cuece. Señoritismo puro el de esas dos damas, sí, pero también una fuerte pulsión antidemocrática, cercana al autoritarismo.
Porque no únicamente es esa evidente veta de segregación según la riqueza lo que está presente en la propuesta. También lo está la idea de que los parlamentos no valen para nada —efectivamente, si no hacen falta los parlamentarios o basta con que dediquen a la tarea de control un mínimo de tiempo, ¿por qué no suprimirlos?— y que sobraría con los gobiernos para ejercer la administración de las cosas (y de los presupuestos). Idea, por cierto, muy cercana a la de Primo de Rivera, quien estimaba que, en realidad, con los secretarios de ayuntamiento sobraba para llevar estos, lo que sería la implicación última de la vehemente propuesta cospedaliana: fuera los políticos, ya me disfrazaré yo de administrador.
Pero lo más grave de esa propuesta es que viene a echar gasolina en un ambiente emocional y discursivo que ya he comparado más veces con el ambiente que precedió a las mareas antiparlamentarias y antipartidos con cuyo viento a favor navegaron los regímenes autoritarios y dictatoriales a partir de los años veinte del pasado siglo. Si ustedes se toman la molestia de comparar discursos y argumentos verán que son muy semejantes: el egoísmo y corrupción universal de los políticos, la inutilidad de los parlamentos, lo superfluo de la política, la incapacidad de los gobiernos para solventar el paro y los problemas económicos y, especialmente, el deseo de un «arreglador» milagroso, de alguien que corte por lo sano y pegue un puñetazo en la mesa (¿les suena a algo esto en lo inmediato?). Pero la ausencia de la política —con sus cargas, sus errores, sus defectos, sus demasías— no lleva al mundo de la perfección, sino, inevitablemente, al del dominio de unos pocos sobre todos.
Que nadie se llame a engaño. Esas actitudes, esas voluntades antipolíticas y proautoritarias no son exclusivas de la derecha. Las encontrarán ustedes en todos los sectores sociales, en todas las profesiones, en todas las edades, quizás con tanta frecuencia o más aún en aquellos grupos que convencionalmente vinieron considerándose como más próximos al proletariado o adictos a él; en esa gran masa de ciudadanos irritados, malhumorados, maldecidores que pueblan hoy nuestras ciudades.
Pero no es únicamente el discurso transparentemente antipolítico el que crea ese clima y entraña esos riesgos que estamos señalando. Hay otro más sutil, más ladino, que conduce por la misma vía hacia la misma estación: es aquel que, disfrazado de defensa de los ciudadanos, de política «buena» y «de los buenos», niega la evidencia, hace ver como factible lo que no lo es, y propone soluciones que nunca nadie podrá poner en marcha. Es posible que, en algunos casos, estos discursos partan de esa visión del mundo entre alucinatoria y adolescente que es tan propia de tantos políticos y habitual en algunos partidos. En otros —en la mayoría, me temo—, responde a que los emiten gentes que manipulan al pueblo con el pretexto de sus intereses para conseguir, sin embargo, los de ellos. Demagogos, esas personas de las que Henry Louis Mencken decía: «Un demagogo es aquel que publica doctrinas que sabe falsas a hombres que sabe que son idiotas».

¿Contra quién trabaja doña Esperanza Aguirre?

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Con el mismo título, hemos puesto dos insiertos en este blog en los últimos tiempos, "¿Contra quién trabaja doña Esperanza Aguirre?" Hoy volvemos a repetirlo, porque es evidente que su anuncio de que iba a bajar el IRPF, inmediato al del Gobierno Central, de que se lo iban a subir a todos los españoles, no tuvo, como se ha comprobado tras la retirada posterior del anuncio, otro motivo que "tocarlos" a Mariano y "enseñarle" cuál es el verdadero camino que debe seguir el PP (y proclamarlo ante los aguirreadictos y para los aguirredependientes).

Por cierto, estoy seguro de que, en privado, entre los suyos, doña Esperanza trata a don Mariano de "Marianito".

¿Contra quién trabaya doña Esperanza Aguirre?

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¡Home, eso de denunciar a los d'IU de Madrid pola venta de camisetes verdes ensin pagar l'IVA paez un poco yá demasiao!

¿Nun tendrán más que facer doña Esperanza Aguirre y el PP de Madrid? Porque nun ye que nun tengan razón, nun ye que nun-yos "los" toquen los d'IU y otros afalando les movilizaciones sindicales na enseñanza, que sí, ¿pero nun indica que ye un mísere'l millonariu que ye capaz de denunciar al probe que vende a la puerte so casa pirulís ensin pagar l'impuestu sociedaes? ¿Nun diz más de la miseria mental de doña Esperanza y de la so voluntá dañible esa denuncia de les "trampuques" -per otru llau habituales, más de funcionamientu d'asociación popular que d'empresa- de nun declarar l'IVA y les ganancies de les camisetes?

¿Será otru xestu más de los qu'empobina pa fastidiar l'ésitu (previsible) de Rajoy?

¿Contra quién trabaja doña Esperanza Aguirre? (Aguirre, hegeliana)

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¿Contra quién, con esa sonrisa que no se sabe si le falta piel para que dé de sí lo suficiente o si la sonrisa es un mordisco disimulado en sonrisa forzada?

Primero, apoyando a Álvarez-Cascos antes durante y después del parto (dicho sea con una frase un poco volteriana). Ahora, excitando a la gente con la idea de eliminar la gratuidad de la enseñanza (que es lo que queda en la calle, pónganse los matices que se pongan a la declaración inicial). Pues parece obvio que contra quien trabaja es contra don Mariano Rajoy, para que no gane las elecciones o para que su victoria sea insuficiente.

¿O acaso ese trabajo "contra" sea secundario y la intención primaria es "pro" o "a favor"? Esto es, pro doña Esperanza Aguirre, si se consigue que no triunfe don Mariano Rajoy en estas elecciones.

¿"Pro" o "contra"? A lo mejor, doña Esperanza es hegeliana: tesis, "contra"; antítesis, "pro", síntesis, "la Idea", o sea, doña Esperanza Aguirre.