Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Más sobre "Cuando a la peste la llamamos gripe"
Ayer, en El Español, Miguel Sebastián, embaxo'l títulu "¿A la séptima va la vencida?,
dicía satamente lo mismo que yo nel mio "Cuando a la peste la llamamos gripe":
https://www.elespanol.com/invertia/opinion/20220501/balance-abril-septima-va-vencida/669313063_13.html
Cuando a la peste la llamamos gripe
(Ayer, en La Nueva España)
CUANDO A LA PESTE LA LLAMAMOS GRIPE
El Gobierno central, como ustedes saben, decidió a mediados de abril eliminar la obligatoriedad de las mascarillas en interiores, salvo en los centros sanitarios y sociosanitarios y en el transporte. Al mismo tiempo, se han modificado radicalmente tanto el registro de los enfermos de covid como la notificación del número de infectados, con la intención de dar la impresión de que el riesgo es leve y la situación está más o menos controlada. El covid vendría a ser, en lo personal y lo social, como una gripe.
Pero la realidad es muy otra, lo único que se ha hecho ha sido lo que denominé en LA NUEVA ESPAÑA del 19/03/2022 la “ocultación de la pandemia”. En primer lugar, controlando estadísticamente solo a los mayores de 60 años y a las personas especialmente vulnerables y, eventualmente, a quienes presenten una afección notable (fiebre alta, problemas respiratorios). De modo que quienes no tengan esos síntomas y no se hallen en los dos grupos citados, una gran mayoría, no tienen existencia estadística, aunque estén infectados.
El Gobierno sabe que, de todas maneras, la decisión que ha tomado presenta muchos problemas en la práctica, y, así, recomienda un “uso responsable” de la mascarilla en interiores donde se permanezca mucho tiempo, en “eventos multitudinarios”, “en el entorno familiar y en eventos privados” según los participantes; siempre en ámbitos sanitarios y sociosanitarios; cuando aún estando en espacios abiertos no se pueda mantener la distancia de 1,5 metros con otras personas durante un tiempo (¡Y quién habla con otro a una distancia superior a 1,5 metros?). En el ámbito laboral, deja las decisiones en manos de los departamentos de prevención riesgos laborales.
Esa negación de la realidad lleva a que no se de la baja laboral a quienes no tienen síntomas graves. Deben por lo tanto acudir al trabajo a pesar de poder infectar; eso sí, con la responsabilidad de llevar mascarilla, aunque se les recomienda el teletrabajo (por ejemplo, si usted es dependiente en un comercio o trabaja delante de un torno).
Es curioso que, por una parte, el Gobierno sacuda sus responsabilidades en las empresas (¡a cuántos problemas y pleitos puede dar origen esa decisión!), que ya se han quejado por ello y por la imprecisión de la norma, y que, por otro, no permita a los Gobiernos regionales tomar sus propias decisiones en virtud de la situación de la pandemia en sus lugares. Así, Ejecutivos como los de Asturies, Galicia o Cantabria, en desacuerdo con la medida, tienen que limitarse a pedir responsabilidad a los ciudadanos, es decir, a invitarlos a que hagan caso omiso de la norma del Gobierno central. El de Galicia ha pedido que las mascarillas se sigan usando en las escuelas.
Y la realidad es que los datos empeoran semana tras semana en casi toda España, tanto en infectados (anotados estadísticamente) como en ingresos hospitalarios. En nuestro país vamos casi a la cabeza de España (¡triste registro!). En concreto, en una progresión continua, el domingo 24 de abril 395 personas permanecían hospitalizadas con confirmación de covid, de los que 384 estaban ingresados en planta y 11 en la UCI. Entre los días 21 y 24 de abril habían fallecido un total de 17 personas por el coronavirus, con edades comprendidas entre 44 y 99 años.
De modo que la comparación del covid con una simple gripe es una total falacia, entre otras razones porque la gripe es una enfermedad estacional, el covid no; el covid tiene en algunos casos efectos invalidantes permanentes, la gripe no; la gripe no causa tantas muertes.
Además, sobre el covid no sabemos muchas cosas, por ejemplo, ¿cuál es la prevalencia actual de ómicron y sus variantes? ¿Van a aparecer otras cepas para las que la población no esté vacunada? ¿Es suficiente la inmunidad temporal de las vacunas hasta ahora suministradas? ¿Lo es la autoinmunidad de los ya contagiados?
Y, por otro lado, no sabemos exactamente en qué momento del contagio actual estamos. ¿En el final de un proceso? ¿En el comienzo de otro, de otra “ola”? El caso es que las infecciones no paran de aumentar. Echar la culpa de ese aumento a la movilidad y aglomeraciones de Semana Santa no es más que una hipótesis. Y, si fuese así, ¿qué ocurrirá durante el verano cuando movilidad y atropamientos son más?
En todo caso, no olvidemos una cosa importantísima, los efectos inducidos: la ocupación hospitalaria retrasa visitas, tratamientos y operaciones, ya de por sí bastante retrasadas, con una espera desesperante y dañosa en muchos casos. En estos momentos ya estamos ante una semiparalización de operaciones en nuestros hospitales.
OCULTACIÓN Y APROVECHAMIENTO DE LA PANDEMIA
(Ayer, en La Nueva España)
OCULTACIÓN Y APROVECHAMIENTO DE LA PANDEMIA
El Gobierno central, no con la aquiescencia de todas las comunidades, se halla en un proceso tendente a eliminar en poco tiempo todas las restricciones que se habían establecido con respecto a la pandemia y los mecanismos de control e información sobre ellas.
A la esperpéntica eliminación de las mascarillas en exteriores (realizada menos de una semana después de haber sido prorrogada) y a la suspensión de la cuarentena para los contactos estrechos con infectados, seguirán ahora la información sobre los contagios únicamente dos veces a la semana, la eliminación de las pruebas de PCR a los casos que no sean graves o vulnerables (es decir, que estén previamente señalados como tales) y, muy pronto, la eliminación de las mascarillas en interiores.
¿Qué se logra con ello? Evidentemente, aumentar la sensación entre una gran parte de la población de que el peligro ya no existe y de que no son necesarias las precauciones.
Y, sin embargo, el peligro sigue existiendo. Es cierto que la cantidad de ingresados en los hospitales y en las UCIs disminuye en toda España, pero no es menos cierto que el número de afectados no baja, es más, sigue aumentando, leve pero insistentemente. Si, como parece verosímil, ello se debe a los encuentros masivos del antroxu, es de esperar que acontecimientos multitudinarios como la Semana Santa, en que es posible, además, que no se exijan ya mascarillas en colegios ni en interiores, los hagan aumentar.
Se habla de “gripalizar” el Covid, tratándolo igual que una gripe y como si lo fuera. Pero ello es una absoluta falacia. En primer lugar, porque sigue habiendo muertos de la pandemia todos los días, y no uno ni dos; en segundo lugar, porque mientras la gripe es estacional, el covid, en sus diversas variantes, nos frecuenta durante todo el año, luego el número de sus víctimas mortales es mayor; en tercer lugar, porque deja secuelas permanentes, graves algunas, que no deja la gripe.
De modo que a lo que vamos es, en realidad, a una ocultación de la pandemia, con las consecuencias ya dichas, entre otras, repito, la pérdida de conciencia del riesgo por una parte importante de la población. Y todo ello, si no aparece una nueva variante, ante la que tardaremos tiempo en reaccionar.
Por otro lado, la enfermedad y sus riesgos han servido para que en múltiples ámbitos del servicio al público, empezando por la Administración (oficinas, policía, juzgados, ambulatorios, Hacienda, ayuntamientos…) y siguiendo por bancos y otras oficinas, se haya aprovechado para prestar un servicio peor al ciudadano y para trabajar menos.
Les cuento solo un caso de hace dos días. Viuda. Se le exige un certificado de matrimonio en el banco (no vale el libro de familia). Ha de ir al juzgado. Va. Debe pedir cita previa. Se le da un teléfono. Dos días llamando. Nadie lo coge. Tendrá que acudir a un familiar para que demande la cita a través de interné.
No se trata únicamente del maltrato que se efectúa a quien no sabe moverse por interné o no tiene medios para ello (¿y desde cuándo es una obligación constitucional el saberlo o el disponer de esos medios?), sino que se ha aprovechado para trabajar menos en cada servicio. Se calcula un promedio temporal para despachar las citas y, en virtud de ello, se dan. Pero muchas veces las visitas llevan mucho menos tiempo y durante él el servicio permanece muerto y el oficinista folgáu. Y, además, ¿cómo es posible que ahora que se van retirando todas las restricciones no se retire la de la cita previa, verdadera incomodidad para el ciudadano, que, además, ha incrementado el tiempo que lleva resolver una gestión? Porque no se trata de que los ciudadanos vuelvan a agolparse ante los mostradores, no. Bien está que se guarden las colas y se mantengan las distancias, pero por qué no puede cada uno decidir en qué día y en qué hora aguarda su turno a las puertas de la oficina correspondiente.
La perspectiva es, pues, que la enfermedad va a “desaparecer”, pero sus efectos dañinos en el servicio a los ciudadanos, así como el aprovechamiento para un más descansado trabajo de empleados y funcionarios van a quedar, tal vez para siempre.
¿Qué les parece, uno y otro?
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