Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
OCULTACIÓN Y APROVECHAMIENTO DE LA PANDEMIA
La desgobernanza: un país de irresponsables
Metímonos nuna...
¿Cuántos muertos pondrá el Goberno?
Ayer, en La Nueva España: Certezas, incertidumbres, alfilerazos.
CERTEZAS, INCERTIDUMBRES, ALFILERAZOS
Es un clamor en la calle y en las redes sociales: “teníamos que haber cerrado en el verano, cuando estábamos bien, para que no viniese nadie a contagiarnos”. Es un hablar por hablar: ningún Gobierno puede cerrar su territorio si el Gobierno central y el Congreso no instituyen esa posibilidad. De modo que el señor Barbón no podía cerrar Asturies, aunque quisiese. Pero esa optación irrealista parte de una ensoñación, la de que el dinero nos cae del cielo y que existe con solo desearlo o apuntarlo en los presupuestos: si no hay actividad económica no podrán pagarse empleos, ni, a la larga, pensiones, ni sueldos de funcionarios, ERTES o subsidios de paro. ¿De dónde iba a salir? Ya lo ven ustedes con este cierre último: los empleos y las empresas cayendo como moscas. Así que todo el verano… Sin olvidar que, en esa época, Europa incitaba a no cerrar las fronteras de ningún país.
Pero hay, además, en esa tesis un doble error de percepción, el primero el que los contagios vienen del verano, y no: el crecimiento de los mismos viene de mediados de octubre. En segundo lugar, no es ese brutal incremento de los contagios una cuestión asturiana ni española, es europea: ha pasado lo mismo en todos los países y desde las mismas fechas, con un crecimiento exponencial, consecuencias graves y medidas de cierres drásticas. En todos los países.
Desconocemos casi todo del virus. No solo cuáles son los mecanismos internos por los que infecta unos órganos u otros; por qué cesan sus efectos una vez dado de alta el afectado o le deja secuelas permanentes; cuál es la razón de que unos infectados lo padezcan sin síntomas o con síntomas leves y a otros los lleve a la UCI o a la muerte. Se van elaborando hipótesis que son, de ser ciertas, explicaciones parciales: la herencia neandertal, el grupo sanguíneo, las patologías previas, el potencial inmunitario personal… Pero tampoco conocemos con precisión las causas de su contagio: primero era a través de la saliva y el tacto, ahora parece que, fundamentalmente, se transmite por aerosoles; antes no se exigían las mascarillas (y no solo en España), ahora sí, y aun parece que algunas de las recomendadas, las más recomendadas, son ineficaces, al menos en interiores. Desconocemos igualmente la razón de que en unas mismas fechas y en muchos territorios al mismo tiempo la expansión se produzca de forma brutal. ¿Es el clima? ¿El cambio de relaciones sociales del verano a otoño? Parece probable que, en cualquier caso, haya variables que se nos escapen, probablemente inherentes al propio virus y a su evolución.
Lo que sí tenemos la certidumbre de que esto va para largo, y que, domada esta ola, volverán otra u otras. Incluso, producida una vacunación masiva —que no es lo mismo que tener dispuesta la vacuna (que el Gobierno nos aseguró primero para diciembre, después para mayo y ahora Pfizer para más o menos pronto)—, tendremos que seguir con precauciones un período largo. Tampoco sabemos la duración de la inmunidad de la vacuna, y si habrá que vacunarse de tanto en tanto. Desconocemos, asimismo, si el virus va a seguir siempre ahí o vamos a conseguir eliminarlo.
Lo que son ciertos son sus efectos devastadores en la salud y en lo económico, con la amenaza de una grave crisis social y de empleo que no va a poder seguir aliviándose y ocultándose mediante la emisión ilimitada de “belarminos”.
Y, por cierto, la situación actual demuestra que en Asturies no éramos tan buenos en lo que hacíamos como presumíamos, sino que tuvimos suerte, sin quitar méritos a nuestra sanidad. Y que no fuimos capaces de prepararnos para este segundo ataque, al menos no tanto como debiéramos.
Por cierto, cuando Madrid estaba en el pasado inmediato en aquella tan mala situación y todo el mundo venía a echar la culpa de ello a la derecha y los recortes, y aun a insinuar o proclamar que eran Madrid y la derecha los culpables de lo que ocurría en media España (García-Page: “Madrid es una bomba radioactiva vírica”), era atronador el vocerío progresista (político, mediático, ciudadano, de las redes sociales) contra Madrid-Ayuso, vocerío en el que participó nuestro Presidente, don Adrián. Si ustedes quieren disponerse hoy arrectis auribus, coles oreyes llevantaes, notarán el atronador silencio que se produce ahora que Madrid ha mejorado mucho y presenta progresivamente mejores datos que otras comunidades.
Pues bien, aprovechando la situación, la Presidenta Ayuso devuelve a Barbón las caricias y le ofrece “toda la ayuda de Madrid”. Este a su vez le contesta y no se limita a darle las gracias, sino que le propina otro alfilerazo: “Con cuanta mayor contundencia actuemos todos, mayores males evitaremos”, palabras en las que hay una evidente crítica a la gestión (exitosa, de momento y a lo que parece, de Ayuso).
¿Qué quieren que les diga? A mí todo esto me parece…, pongan ustedes la palabra.

Ayer, en La Nueva España: Al nivel tradicional de ineficacia, porfa.
AL NIVEL TRADICIONAL DE INEFICACIA, PORFA
No se les escapa que la Administración, con sus demoras, su papeleo inútil, sus requisitos caprichosos, sus normas tantas veces en superfetación es causante no solo de nuestra pérdida de tiempo y nuestro cabreo, de molestias innúmeras, sino también de mayores costos para los usuarios, demora en los proyectos o retirada por cansancio, esto es, en último término, menor creación de empleo o destrucción del mismo.
Esos efectos han sido reconocidos, por ejemplo, recientemente por el Gobierno al prometer modificar la normativa que, en el entorno del Camino de Santiago, retrasaba meses o años el arreglo de un canalón, una muria o una acera. Pero dejaremos esta materia, la del encarecimiento de las cosas y la disminución del empleo para otro día.
Lo que ahora quiero señalar es algo que vienen padeciendo miles de asturianos desde que el virus chino nos invadió: el empeoramiento exponencial de la tradicional ineficacia de la Administración. Les pondré solo dos ejemplos de los muchos que conozco de primera mano. Una construcción terminada. La conducción y empalme al alcantarillado concluso, pero ha de pasar un técnico del Ayuntamiento para dar el conforme. Llamadas, nadie se pone. Intentos de visita, no se puede pasar sin cita previa. La mitad de los funcionarios, en teletrabajo. Lo que antes era un paseo por los despachos y dar la lata es ahora un imposible. Total, más de dos meses de retraso y sus consecuencias, con los compradores, con los proveedores, con los trabajadores.
El segundo, más de un mes para averiguar la cuantía de una pensión. Nadie al otro lado del teléfono. Al cabo, desplazamiento hasta las oficinas. Ante las quejas, el guardia de seguridad tiene a bien darle a la ciudadana “el número bueno”. A partir, de ahí, la web, etc. ¿Por qué no está ese número a disposición del público? Sin duda, para que no molesten.
LA NUEVA ESPAÑA ha venido denunciando en los últimos tiempos una larga lista de casos de ciudadanos desesperados que se encuentran con la muralla de una Administración muda y sorda, ineficaz. «Una ganadera polesa, Dolores Vigil, no puede trabajar ni jubilarse: “Me piden trámites que ni ellos mismo saben hacer”». «El caos de la Seguridad Social deja sin pensión a un ovetense, Ramón Rivera. Le revocaron la pensión por error “y no hay con quién hablar”». Miles de casos así, en Asturies y en toda España. En septiembre el actor Antonio Resines denunciaba en Madrid: “No atienden en persona, ni en los teléfonos que nadie descuelga ni en la página web de la Seguridad Social”. Algunas personas no conseguían saber si estaban o no en un ERTE, a otras nadie les contestaba cómo devolver el dinero del ERTE que se les había transferido indebidamente. En determinados casos, el buscador con el que se ha de entrar en una página de internet no funciona... Y no digamos ya lo que ocurre en los ambulatorios, donde uno puede estar llamando día tras día —con síntomas de Covid, con sospecha de insulto o de enfermedad grave— sin que encuentre una oreja al otro lado de la línea.
Así ha venido funcionando y funciona la Administración en estos últimos tiempos. Y no es eso únicamente lo que provoca la irritación del ciudadano. Le da a este la impresión de que los funcionarios están teniendo unos privilegios que no tienen el resto de los ciudadanos: en sus casas muchos, dedicados al no muy evaluable teletrabajo; en todo caso, con una notable escasez de atención presencial. Esa falta de atención presencial tiene seguramente la finalidad de preservar la salud del empleado público y el funcionamiento del servicio. Pero es inevitable que el ciudadano común se pregunte por qué, por ejemplo, los empleados de los supermercados pueden estar frente al público hora tras hora (¿se han fijado, por cierto, en cuán escasos son los contagios en esos centros de trabajo?) y no los servidores públicos de la Administración general.
El clamor, la exigencia a los gobernantes es que mejoren radical e inmediatamente el servicio público. Cuando menos, que lo vuelvan al nivel de ineficacia previo a la pandemia.
Porfa.