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Güei, en LA NUEVA ESPAÑA

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)

De aquel día al mañana

24.10.2016 | 03:54
El día que admitieron la primera bandera republicana en sus mítines, el PSOE empezó a trazar la senda que lo llevó al atolladero de hoy y al escabroso camino de mañana. O, quizás, ya el día que presentó una enmienda republicana de pega a la Constitución. A partir de ahí ha ido construyendo un discurso constituido por una papilla emocional que tiene tres componentes fundamentales: la nostalgia de una inventada república paradisíaca; la identificación de la derecha con el mal absoluto y con el franquismo; la ficción de que entre la socialdemocracia real y la dictadura comunista existe un ente de razón llamado socialismo. Naturalmente, cuando la realidad ha llamado a las puertas, muchos de quienes se habían alimentado con esas gachas se han ido o, de permanecer, lo han hecho renuentes.
Ahora, tras varios meses de comulgar con ese alimento, la propia dirección del partido se ha visto obligada a plegarse a la realidad. Por el interés general, en parte, y porque, de no hacerlo, el batacazo en las próximas podría ser tremendo.
(Por cierto, ¿alguno de los resistentes del no se ha preguntado qué ocurriría si en unas próximas elecciones se viesen obligados, en función de su discurso izquierdoso, a votar a Podemos, si este quedase por delante?)
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El problema del PSOE y de la sociedad española

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(Este artículo se publicó en LNE del 02/11/12, hace algo más de tres años. En él se señalaba cuál era el principal problema del PSOE y de la voluntad ciudadana que lo nutre. Ayer, igual que hoy).

                              ¿RENOVACIÓN DEL PSOE O DE SUS VOTANTES?


               El nuevo desastre electoral del PSOE, esta vez en Galicia y en Euskadi, ha hecho que muchos analistas se pregunten por su inmediato futuro y por su porvenir. Y ello por tres razones, la primera porque es y sigue siendo un partido capaz de formar mayorías o de articularlas en todo el Estado; la segunda porque constituye, junto con el PP, el único partido que, con posibilidad de gobernar, aparecía, hasta ahora al menos, como una formación del conjunto de España; la tercera porque, de hecho, y pese a algunas proclamas ocasionales, se ha venido comportando como un partido de centro o, si se prefiere, estabilizador o del sistema.
Los votantes que han causado defección en sus filas lo han hecho en tres direcciones: hacia el PP (en número limitado, poco más de 700.000 en las últimas generales), hacia la abstención, en la más amplia mayoría, hacia opciones radicales o nacionalistas (en Euskadi y Galicia, en este caso). Las que se han señalado como causas de esa deserción de confianza han sido varias y contradictorias: su excesivo nacionalismo en Cataluña y Galicia y, a la par, su escaso entusiasmo por él; el que diga cosas distintas en cada sitio y el que haya abandonado su esencia obrera, unitaria e igualitaria a favor de políticas minoritarias y «vanguardistas»; que no haya profundizado lo suficiente en este ámbito; que se haya vendido al capitalismo y a los bancos; la «herencia de Zapatero». Un ejemplo individual lo encontramos en Félix de Azúa, quien el 21 de enero de este año manifestaba a La Nueva España que «El PSOE, a menos que se produzca un cambio brutal y podamos volver a votarlo, nunca más va a regresar al poder». Y señalaba que el PSOE ha abandonado todos los principios —éticos, políticos, estéticos y morales—  que lo caracterizaban como un partido de izquierdas y serio, es más, «los había traicionado».
No vamos a analizar la coherencia de esos argumentos con la realidad. Solo señalar que fueron los gobiernos de Zapatero los que suscitaron el entusiasmo popular durante ocho años, así que invita a la meditación el pensar cómo lo que provocó el éxtasis pueda ser la causa de la desafección posterior.
Pero quizás un punto de vista más acertado para entender el proceso sea indagar en el tipo de personas que suelen constituirse en votantes del PSOE. El núcleo fundamental de los mismos lo constituyen aquellos para quienes las siglas son su única iglesia, a tuerto o a derecho, y sean cuales sean las políticas del PSOE. Un segundo amplísimo grupo lo constituyen quienes aúnan el rencor por la memoria de la guerra civil y el franquismo (vivida o aprendida en las narraciones de los mayores), la consideración de la derecha como la encarnación del mal y, por tanto, como el enemigo permanente, la visión de los empresarios como explotadores y un anticlericalismo más o menos militante. En el tercero se agrupan aquellos que podríamos etiquetar como los del «por qué me quieres, Andrés», los que entienden que el socialismo constituye, sobremanera, reparto, en especial si se «quita» a los ricos y a los poderosos. Naturalmente, son las tres variables que se reparten en mayor o menor medida en los individuos, aunque formen acúmulos estadísticamente cuantificables. A ello ha de sumarse un discurso generalizado que busca la igualdad y la justicia, aunque, con frecuencia, no actúa en meridad de altruismo, sino que encubre otras pulsiones o voluntades.
De este tipo de votantes es fácil que los del segundo grupo abandonen la referencia socialista cuando el PSOE aparece como demasiado «centrado»; los del tercer grupo, cuando ya no hay «daqué» y llegan las políticas de austeridad.
Es evidente que, en el futuro, la desafección y el cansancio que el tiempo irá trayendo con respecto al PP, la mala conciencia de los fieles de la iglesia socialista por haber permitido que gobernase la derecha y un discurso que les haga creer que escuchan lo que quieren oír en cuanto parezca atisbarse la posibilidad de volver al poder concitarán otra vez en torno a sus filas a los suyos. Ahora bien, el problema va más allá.
Como la mayoría de los partidos —no todos— de la izquierda democrática europea, el discurso del PSOE sobre la realidad del mundo y las soluciones que para corregirla daba se basaba sobre una análisis que nunca había sido cierto y, por lo tanto, proponía unas recetas que nunca habrían sido certeras. En las últimas décadas las realidades de que se hablaba se habían evaporado por completo y lo que se decía sobre el mundo era como el eco de un eco. Ahora bien, esa evanescencia daba la impresión de que funcionaba por dos razones: la primera porque existía un numeroso grupo de seres humanos a los que se había instruido desde su juventud en que esa era la única sólida realidad, y, de ese modo, las palabras que convocaban ese constructo ficto suscitaban la adhesión (capitalismo, mercados, bancos, empresarios, explotación…) incondicional hacia quienes las pronunciaban. La segunda, y principal, porque la existencia de un potente capitalismo de estado (propiciado, por cierto, por las dos sucesivas dictaduras españolas: ENSIDESA, CAMPSA, HUNOSA, INI, TABACALERA…), una moneda propia y un ámbito económico nacionales, posibilitaban manipular los precios, trasladar costos al futuro, empobrecer ocasionalmente a todos sin gran dolor, entregar parte de la riqueza del conjunto de los españoles a los favorecidos con el trabajo en las empresas públicas o en la administración, etc. Pero es evidente que nuestro marco económico —globalización mercantil y financiera, moneda europea, transferencia de soberanía a ámbitos supranacionales— ya no permite todo eso.

          El problema es que muchos de los que piden la renovación del partido de Pablo Iglesias, piden precisamente eso: que vuelva lo que ya no puede ser y aun lo que nunca pudo haber sido.

Don Pedro empieza con una zapaterada

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La "orden" a los eurodiputados del PSOE para que no voten al candidato de la derecha, Juncker, porque es "responsable de tanto sufrimiento para los españoles durante estos años" (¡como si una grandísima parte de ese sufrimiento no lo hubiesen causado el PSOE, los gobiernos de Zapatero y el mismo Sánchez, socialista y cargo del partido durante tantos años!).
Una zapaterada, don Pedro lo mismo que don José Luis: al primer tapón, zurrapas. Igual que este salió de Irak sin avisar a los aliados, igual este con la "orden" del voto.
Es la pulsión de adolescente o, tal vez, la astucia aldeana, de ambos. Porque el voto a Juncker proviene de un acuerdo entre los socialistas europeos y los populares, en virtud del cual, tras estas elecciones, se iba a votar al candidato de la fuerza con más apoyos entre los ciudadanos. Y lo mismo que los socialistas europeos -en general- votan a Juncker, la derecha votará al candidato socialista. ¿Qué tal si ahora el PP rompe su pacto para no dar el voto al candidato socialista?
La mentalidad adolescente cree que el yo puede imponerse al mundo y que se puede andar por el mundo con la sola antorcha de la voluntad del yo, como el pirata de Espronceda. La mentalidad adulta sabe que el mundo se construye sobre los acuerdos y el cumplimiento de los mismos: sobre la negociación y el mantenimiento de la palabra dada.
Pero estos adolescentes eternos, don Pedro y don José Luis, andan así: "Que yo tengo aquí por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie puso leyes". Al señor Jáuregui, que ha superado la mentalidad adolescente y cree que el mundo llega más allá del patio de su casa (que es "particular", como los niños saben"), la "orden" le ha resultado un trago amargo.


La Francia socialista recorta pensiones, sueldos y gasto social

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Como les anunciaba hace algunas semanas, la Francia socialista recorta 50.000 millones de euros en pensiones, sueldos de funcionarios y gastos sociales. Y es que, como dice el refrán castellano, "cuando no lo han los campos no lo dan los santos"; claro que siempre puede sacarse el santo en procesión para impetrar el agua o que cese de llover.

O, en otras palabras, que la realidad es la realidad, y las procesiones apotropaicas solo valen para engañar a quien quiere dejarse engañar o a quien es incapaz de ver, oír y entender.

Claro que organizar procesiones y montar actos rituales sirve, sobre para engañar a los fieles, para que los levitas o sacerdotes funcionarios rituales vivan de llevar al pueblo de fantasía en fantasía.

Francia congela las pensiones, los sueldos de los funcionarios y las prestaciones sociales

"El cambio es ahora", decía el lema de campaña. ¿Les suena?