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Güei, en LNE: Una lupa sobre las brechas

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)

Una lupa sobre algunas brechas

Tras el enorme éxito de la manifestación-huelga del Día de la Mujer

16.03.2018 | 03:48
Una lupa sobre algunas brechas
La manifestación-huelga del Día de la Mujer ha tenido un enorme éxito. Las causas han sido complejas: a las razones objetivas se ha unido un cierto clima emocional, determinadas prédicas e, incluso, una coyuntura discursivo-emocional de carácter internacional, la del "Me too".
Uno de los parámetros que han creado ese clima ha sido el de la llamada brecha salarial. Pongamos la lupa sobre ese argumento. ¿Existe diferencia entre los salarios de hombres y mujeres por el trabajo realizado? Existe si consideramos lo cobrado por el conjunto de varones y hembras. Pero cuando analizamos objetivamente las razones de esa diferencia no encontramos discriminación concreta entre portadores del cromosoma Y frente a los del cromosoma X. En otras palabras, tanto en la Administración como en el ámbito de la economía privada las personas que realizan el mismo trabajo tienen exactamente el mismo salario. ¿Dónde se producen las diferencias? En primer lugar, en el tipo de trabajo, en segundo lugar, en el tipo de complementos, especialmente en los de antigüedad y dedicación. Diferencias que se producen del mismo modo entre varones que difieran en esos parámetros.
Un caso muy especial lo representan los vectores de la maternidad y del cuidado de los mayores. Son ellos los causantes de un alto porcentaje de las diferencias salariales dentro del mismo ámbito de trabajo. Es posible que aquí la legislación pudiese introducir alguna variable que paliase esas diferencias, pero el centro de la cuestión no radica en el empleo, sino en las relaciones sociales y de pareja: es una cuestión fundamentalmente cultural. Que conste, además, que el problema, desde el punto de vista social, colectivo, no es tanto el de las mujeres que ven mermada su proyección por tener hijos, sino el de las que deciden no tenerlos, o restringen su número, por poder seguir su vocación o asegurar su independencia económica.
Hay, de todas maneras, que subrayar que una parte del discurso en torno a este parámetro de la diferencia causada por razones de la atención familiar tiene una visión reduccionista e imperativa: se basa en la idea de que todas las mujeres deben preferir entregarse por completo al trabajo y lo prefieran, y que aquellas que no lo hicieren y eligiesen otras opciones son mujeres alienadas o no-mujeres. Pregunten ustedes en su entorno, fuera de la hora de los mítines. Verán cómo hay muchos proyectos vitales distintos, visiones del mundo y del yo variopintos.
En este clima discursivo-reivindicativo se introducen propuestas y análisis muy discutibles. Por ejemplo, si ustedes releen las páginas de LA NUEVA ESPAÑA de estas semanas se encontrarán con que en algunas profesiones, como la de bombero, es extraña o nula la presencia de mujeres porque no pueden superar las pruebas físicas. Pues bien, lo que los igualitaristas proponen es que se discrimine positivamente a las damas rebajando las exigencias de las pruebas. Pero entonces, ¿qué clase de igualitarismo es ese? Si esas exigencias son necesarias, demándense para todos; si no lo son, que se rebajen también para los varones.
Recientemente, al discurso sobre la brecha salarial ha venido a sumarse el de la brecha en las pensiones. Ciertamente, también aquí el conjunto de las pensiones medias de las mujeres es inferior al de los varones. Pero la causa no estriba, como parece sugerirse, en alguna conspiración chestertoniana, sino en las condiciones objetivas de la obtención de una pensión: el haber o no cotizado, los años de cotización y la cuantía por la que se cotiza, el cobrar la pensión propia (en el caso de las mujeres) o la del cónyuge, una vez fallecido éste, etc. Individualmente, existe la misma brecha entre el ciudadano varón que ha cotizado pocos años o que lo ha hecho en escasa cantidad y otro que tiene parámetros distintos a la hora de jubilarse. ¿Ha de subirse la pensión a todos o sólo a las mujeres? ¿Lo que se propone es una pensión igualitaria universal, al margen de la historia laboral de cada uno? ¡Quién lo sabe!
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Una medio verdar mal contada (la falseada "brecha salarial)

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Publico equí un artículu qu'asoleyé en La Nueva España del 03/03/16.

Pue complementase colos datos del artículu de Carlos Sánchez, ayer en El digital.com


             UNA MEDIO VERDAD MAL CONTADA

Un par de veces, al menos, al año, los medios se ven ocupados por titulares como estos: “Las asturianas deben trabajar 101 días más al año para igualar el sueldo de un hombre”, “el informe explica que las mujeres deben trabajar 88 días más que los hombres para cobrar el mismo salario”. ¿Qué es lo que entiende cualquier lector en una primera impresión? Pues que cualquier mujer, en cualquier trabajo o categoría, cobra menos, con esas diferencias, que un varón que realice idéntico trabajo en la misma empresa. ¿Es ello así? Pues permítanme que lo ponga en duda. Supongo que no habrá ningún caso de esos, esto es, que no hay un convenio distinto para mujeres y varones y que de haberlo, o de no cumplirse el existente para ambos sexos, no tardarían en acudir a los tribunales, ya los interesados, ya los sindicatos o, acaso, los fiscales.
Pero cuando uno pasa a leer la letra menuda de las informaciones, comienza a ver que esos titulares (que no son cosa del periodista, la mayoría de las veces, sino citas literales de los informantes) no corresponden al contenido de la información. De lo que hablan, en realidad, esos informes, de forma confusa o imprecisa en ocasiones, es de que, en promedio, el conjunto de las asalariadas cobra menos (en aquellas cifras) que el promedio del conjunto de los asalariados.
Ahora bien, cuando uno analiza con detenimiento los detalles, observa, en primer lugar, que las cifras son una estimación poco afinada, pues varía esa diferencia, la llamada “brecha salarial”, según se consideren o no los factores que intervienen en la diferencia. Por poner un caso, no es idéntica la cifra si se compara esa “brecha” entre personas de ambos sexos con el mismo nivel educativo y en la misma ocupación que si se hace entre personas de ambos sexos con el mismo nivel educativo y en la misma empresa (un 7% menos de diferencia en este último caso).
Y cuando el microscopio aumenta su lente, observamos que esas variables están compuestas por vectores múltiples: por ejemplo, son distintos los sueldos de los supermercados, donde abundan las mujeres, que los de la construcción, donde predominan los varones. En otros casos, las diferencias salariales dentro del mismo convenio, empresa y ocupación se deben a la antigüedad, a la jornada completa o parcial, al contrato permanente (ligado a la antigüedad, por lo general) o al temporal (que no acumula pluses), a los permisos, etc.
Es cierto que algunas de esas diferencias de dedicación se deben a que las mujeres suelen tener otras ocupaciones (las familiares) que no suelen tener los hombres, y que ahí sí, en la compensación de esas dificultades, se podría actuar.
No olvidemos, por otra parte, que esa diferencia salarial tiene una componente estructural universal, como es evidente al comprobar que es de un 19% en España, frente a la media europea, del 16%, si bien Alemania y el Reino Unido andan por el 20%; dato que suele silenciarse en la transmisión a la opinión pública de la cuestión.
En el discurso de la exigencia de igualdad de salarios entre la totalidad de los hombres y las mujeres hay —más allá del requerimiento de equidad donde hubiera desigualdad real injustificada— un discurso ideológico, que a veces dramatiza inventando conceptos que no tienen correlato alguno en la realidad (“hay que atacar la división sexual del trabajo”, proclamaba una dama hace poco) y que, en todo caso, participa de esa cierta tendencia al totalitarismo que caracteriza a muchos de los discursos de la modernidad. En claro: en el fondo, ese discurso igualitario señala cómo deben ser las mujeres y cómo deben actuar para equipararse en todo con los hombres en el trabajo, olvidando que acaso algunas no tienen la misma visión de la vida (desean, por ejemplo, trabajar menos horas, para cuidar a sus hijos) que la que se quiere que tenga.
Por otra parte, el discurso está amplificado por el interés político: sindicatos y partidos corren a proclamar la injusticia, no solo para denunciarla (¿por qué no van a los tajos o a los tribunales para arreglarlo?), sino para sacar ventaja de ello: como los esperteyos, las organizaciones que viven de la opinión pública se mantienen en vuelo al recibir de vuelta el eco de las ondas que emiten.
Y he aquí que, cómo no, nuestro Gobierno ya ha corrido a proclamar que vigilará para que las empresas eliminen la brecha salarial y elaborará un plan para ello. ¿Pero es que hasta ahora no funcionaba nada? ¿No actuaban los sindicatos, la inspección de trabajo, la misma fiscalía, los comités de empresa? ¿Y el propio Gobierno asturiano?

Ruido, mucho ruido, que, como los esperteyos, en política se abre uno paso con el ruido y sostiene la marcha con los ecos del ruido.