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Too ye mentira

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Antecedentes Too ye mentira. Cuéntalo Ortega (1916). Sobre la I Guerra Mundial. El llocu de Cangues d'Onís: "Agora dicen qu'hai guerra, pero nun ye verdá. Fue verdá la francesada, fue verdá la carlistada. Pero esta guerra ye una cosa qu'inventaren los periodistes d'Uviéu contra los de Xixón". El que tenga oreyes pa pescudar que pescude.

¿Un préstamu a Ortega y Gasset?

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Valentín Andrés

Ortega y Gasset


N'El espectador, 1 (Revista de Occidente, Madrid, 1976, páx. 43) diz Ortega:
La frase más exacta sobre lo que esta guerra de tantos significa en la conciencia española la he oído a un loco, este verano, en la plaza de Cangas de Onís.
Era uno de esos dementes a quienes si se da un papel blanco finge leer y vertiginosamente pronuncian arengas incomprensibles. Entre sus palabras, como un súbito harapo de buen sentido, escuché esto:
—¡Ahora dicen que hay guerra! Pero no es verdad. Fue verdad la francesada, fue verdad la carlistada. Pero esta guerra es una cosa que han inventado los periodistas de Oviedo contra los de Gijón.
[El llibru ye de 1916]

Nun ye difícil que fuere una anécdota o facecia que-y tresmitió a Ortega y Gasset Valentín Andrés Álvarez, que munchos años más tarde contaba, no sustancial, el mesmu sucedíu o cuentiquín:

 Había en Gijón un loco de locura muy asturiana, pues sus disparatadas incongruencias eran como antivulgaridades desquiciadas. Decía con frecuencia: “No creo en el fútbol, porque el fútbol no existe; es una cosa que inventaron los periodistas de Oviedo contra los de Gijón"
[N'«Humorismo asturiano y seriedad castellana» (BIDEA, nº 63, Uviéu, 1968, páx.236)]
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El síndrome de Platón (intelectuales y política)

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              EL SÍNDROME DE PLATÓN

               En su biografía de Pérez de Ayala, cuenta mi estimado amigo, el historiador Florencio Friera, cómo el escritor regresó a España temporalmente desde su exilio argentino y estuvo esperando durante un mes a que Franco lo recibiese personalmente. El dictador no lo hizo y Ayala se volvió tremendamente irritado por aquel desprecio. No me interesa aquí analizar la antehistoria de este episodio, ni en lo que respecta al periodo previo a la Guerra Civil ni durante esta —en que Ayala prestó servicios a la España de Burgos—, sino únicamente señalar el hecho de que el asturiano se creyese poseído de la dignidad y del derecho de ser recibido como persona y como intelectual.
               También Ortega se quiso entrevistar con el dictador, para explicarle lo que le convenía a España y para, en un quid pro quo, ser él una voz discretamente crítica con el Régimen, dándole así autoridad y prestigio. Franco ni lo recibió ni quiso saber nada de tal monserga, ante lo que Ortega rebufó con un «¡Él se lo pierde!», que quería ser altivo desprecio, pero que era, más bien, patética reacción ante la humillación.
               De ambos episodios me interesa señalar solo algunos rasgos que tienen en común: la pretenciosidad de los personajes al creerse investidos de una autoridad o dignidad especial; su entendimiento de que representan una singularidad de que no disponen otros coetáneos; el convencimiento de que son ellos los más aptos para interpretar el mundo y aun para dirigirlo. Por cierto, y al respecto de esto último, si recordamos el «éxito político» de toda la generación del 14, el fracaso de su apuesta por la República, de la que se hubieron de arrepentir, resulta difícil entender cómo, tras la guerra y algunos años ya de dictadura, seguían enhiestas e incólumes en sus mentes la pretensión de que disponían de un elemento óptimo para escudriñar el mundo y dirigirlo hacia lo mejor y la soberbia de disponer de él en exclusiva.
               Esa actitud, simple en sus relaciones con el mundo, pretenciosa en el alcance de su eficacia, infatuada en el ego de quien la sostiene es propia de muchos de los llamados intelectuales u hombres de cultura. «Dadme un discurso y os moveré el mundo», puede decirse que sería el lema con que, en parangón con el de Arquímedes, vendría a sintetizarse su creencia y su vocación. Si las personas que encajan en ese modelo han existido siempre (Platón, en su intento fracasado de organizar política y socialmente la Siracusa del tirano Dionisio, sería el arquetipo), «la época de la razón», los siglos que van de la Ilustración hasta nuestros días, ha multiplicado exponencialmente su número, entre otras cosas, porque la riqueza social contemporánea les ha permitido gozar de medios de subsistencia más o menos al amparo del Estado y de numerosos altavoces en los medios o en las organizaciones sociales.
               Ese tipo de intelectuales iluminadores y salvadores con esa mezcla de falsa perspicacia y de hybris se erigen además, en el último siglo y con mucha frecuencia, en «funcionarios de causas», de las cuales predican que constituyen la única verdad en la descripción del mundo y para la solución de los problemas. Encajan, en muchos aspectos, en la denuncia que Julen Benda («La trahison des clercs») y Raymond Aron («L’opium des intellectuels») hicieron en el pasado de cierto tipo de «maestros del pensamiento».
               Quizás el mayor y más afamado pensador de ese tipo haya sido Carlos Marx. Su propósito de explicar el mundo y la historia toda desde un sistema; su voluntad profética; su creencia metafísica en una teleología de la historia, hacen de él uno de los más destacados ejemplares de ese tipo de intelectual que cree, mediante la idea, poder escudriñar el mundo en toda su complejidad y trazar el futuro, al tiempo que se muestra henchido de una vanidad apasionada. Su «Hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que se trata ahora es de transformarlo» tiene un referente implícito que es el ego del emisor.
               Esa idea de poseer la clave del futuro, ese engreimiento de que uno podría resolver los problemas sociales y de la humanidad, cuyas claves tiene, con solo con que lo pusiesen a él al frente de los destinos del Estado es lo que explica la pasión que tantos intelectuales, artistas y hombres de la cultura tienen por las dictaduras de izquierdas. Porque, en primer lugar, confían en que, si algún pequeño defectillo tuviesen en el presente esas sociedades —no su orientación estructural, que tienen por buena—, ellos lo solucionarían en la dirección que indican sus ideaciones, las legitimarían definitivamente; piensan que, naturalmente, llegada la ocasión, resultaría inevitable que se impusiese la evidencia y fuesen ellos los llamados a iluminar el camino; fantasean con la idea de que, si hubiese una convulsión social revolucionaria, ellos quedarían incólumes y serían colocados con presteza al frente de ella. ¡Ilusos!: ignoran que, de dar la lata o de pretender apropiarse de lo que otros ganasen por la violencia o por las armas, serían ellos prontamente eliminados o reducidos al silencio.
               «Rocamora, Rocamora, no se fíe usted de los intelectuales», le dijo el dictador Franco, al falangista y primer presidente del Ateneo tras la guerra, Pedro Rocamora, después de exponerle este las pretensiones de Ortega. Franco, a fin de cuentas, era un hombre de clase media, más o menos educado, moderado seguramente en sus hipotéticos malos modos militares por el amojamado brazo de Teresa de Jesús, con quien tendría sus soliloquios, y por los remilgados modales de la señorita de Llanera a la que desposara, quien tal vez lo haría objeto de sus monólogos. Vladimir Illich Uliánov, Lenin, de no peor tradición familiar pero más rudo, acaso por el frío de la estepa, acaso por el vodka, lo expresaba de otra manera: «Esos intelectuales de segunda fila (frente a los intelectuales de primera fila que son los obreros y campesinos, aclaro) y lacayos del capitalismo que se creen el cerebro de la nación. No son el cerebro de la nación. Son su mierda».

               Palabra del señor de la Revolución. Amén.

                (Asoleyóse na Nueva España del  30/03/14)

Derrotismu y negativismu como señes d'identidá

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                Oyendo hablar un hombre, fácil es               

saber donde vio la luz del sol               

Si alaba Inglaterra, será inglés               

Si os habla mal de Prusia, es un francés             

y si habla mal de España... es español.                                       Joaquín Bartrina




Tengo dicho munches vegaes qu'ún de los grandes defectos de la nuestra sociedá ye'l negativismu, que, xunto col derrotismu constituyen un prexuiciu que nos impide ver la realidá tala cuala. Y, per otra parte, tol mundu sabe que criticar y falar mal de los demás arranca aplausos; criticar, falar bien, sorrayar lo positivo provoca sordera.

L'ABC asoleyaba ayer una llarga y magnífica entrevista col sociólogu Emilio Lamo de Espinosa (fue Premiu Internacional d'Ensayu Xovellanos nel 1996 pola so obra Sociedades de cultura, sociedades de ciencia), que puede vese equí
Destaco nada más un retayu de la entrevista, el que tien que ver col derrotismu de la nuestra sociedá, el negativismu y la autovaloración negativa, les mayores d'Europa:


Uno de los defectos de España es que no confía en si mismo

—Uno de los defectos claros de este país es que no confía en sí mismo, que tiene una muy mala opinión de sí mismo, y lo puedo acreditar documentalmente. Y esa mala opinión espontánea que los españoles tienen sobre España es reforzada sistemáticamente por los medios, que tienden a ofrecer lo que piensan que la audiencia espera de ellos.
—Sus parroquianos.
—Claro, y como la audiencia espera malas noticias sobre España los medios se las ofrecen. El año pasado España era el país del mundo en el que la diferencia entre lo que los españoles pensaban de España y lo que los extranjeros pensaban de España era mayor. En sentido negativo, por supuesto, mientras que la opinión de los españoles era muy negativa, la de los extranjeros era bastante buena. Esta es una escala, un ranking, en el que llevamos mucho tiempo compitiendo los italianos y nosotros. Un ranking de autocrítica.
—¿De autocrítica y de autoodio?
En el auto-menospecio solo nos ganan los italianos
—De auto-odio, sí, de auto-menosprecio. Y en ese ranking en el que competimos los italianos y los españoles, nos ganaban siempre los italianos. Pero el año pasado les ganamos nosotros, aunque este año nos han vuelto a ganar.
—Es una extraña liga.
—Extraña liga, sí. Ellos son los que peor hablan de su país, nosotros inmediatamente después. Es un problema de falta de confianza, de una visión muy negativa, probablemente resultado de nuestra historia y de cómo la hemos escrito los españoles.
—¿Y nuestros intelectuales también?
—El propio Ortega: «la historia de España es la historia de una larga decadencia». ¿Toda la historia de España es la historia de una larga decadencia? Por favor, en algún momento tendremos que haber estado bien para haber decaído tanto.

EL SÍNDROME DE PLATÓN

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                En su biografía de Pérez de Ayala, cuenta mi estimado amigo, el historiador Florencio Friera, cómo el escritor regresó a España temporalmente desde su exilio argentino y estuvo esperando durante un mes a que Franco lo recibiese personalmente. El dictador no lo hizo y Ayala se volvió tremendamente irritado por aquel desprecio. No me interesa aquí analizar la antehistoria de este episodio, ni en lo que respecta al periodo previo a la Guerra Civil ni durante esta —en que Ayala prestó servicios a la España de Burgos—, sino únicamente señalar el hecho de que el asturiano se creyese poseído de la dignidad y del derecho de ser recibido como persona y como intelectual.
                También Ortega se quiso entrevistar con el dictador, para explicarle lo que le convenía a España y para, en un quid pro quo, ser él una voz discretamente crítica con el Régimen, dándole así autoridad y prestigio. Franco ni lo recibió ni quiso saber nada de tal monserga, ante lo que Ortega rebufó con un «¡Él se lo pierde!», que quería ser altivo desprecio, pero que era, más bien, patética reacción ante la humillación.
                De ambos episodios me interesa señalar solo algunos rasgos que tienen en común: la pretenciosidad de los personajes al creerse investidos de una autoridad o dignidad especial; su entendimiento de que representan una singularidad de que no disponen otros coetáneos; el convencimiento de que son ellos los más aptos para interpretar el mundo y aun para dirigirlo. Por cierto, y al respecto de esto último, si recordamos el «éxito político» de toda la generación del 14, el fracaso de su apuesta por la República, de la que se hubieron de arrepentir, resulta difícil entender cómo, tras la guerra y algunos años ya de dictadura, seguían enhiestas e incólumes en sus mentes la pretensión de que disponían de un elemento óptimo para escudriñar el mundo y dirigirlo hacia lo mejor y la soberbia de disponer de él en exclusiva.
                Esa actitud, simple en sus relaciones con el mundo, pretenciosa en el alcance de su eficacia, infatuada en el ego de quien la sostiene es propia de muchos de los llamados intelectuales u hombres de cultura. «Dadme un discurso y os moveré el mundo», puede decirse que sería el lema con que, en parangón con el de Arquímedes, vendría a sintetizarse su creencia y su vocación. Si las personas que encajan en ese modelo han existido siempre (Platón, en su intento fracasado de organizar política y socialmente la Siracusa del tirano Dionisio, sería el arquetipo), «la época de la razón», los siglos que van de la Ilustración hasta nuestros días, ha multiplicado exponencialmente su número, entre otras cosas, porque la riqueza social contemporánea les ha permitido gozar de medios de subsistencia más o menos al amparo del Estado y de numerosos altavoces en los medios o en las organizaciones sociales. 

Retayu de La escuela de Atenas, de Rafael Sanzio. Platón (manzorga) y Aristóteles

                Ese tipo de intelectuales iluminadores y salvadores con esa mezcla de falsa perspicacia y de hybris se erigen además, en el último siglo y con mucha frecuencia, en «funcionarios de causas», de las cuales predican que constituyen la única verdad en la descripción del mundo y para la solución de los problemas. Encajan, en muchos aspectos, en la denuncia que Julen Benda («La trahison des clercs») y Raymond Aron («L’opium des intellectuels») hicieron en el pasado de cierto tipo de «maestros del pensamiento».
                Quizás el mayor y más afamado pensador de ese tipo haya sido Carlos Marx. Su propósito de explicar el mundo y la historia toda desde un sistema; su voluntad profética; su creencia metafísica en una teleología de la historia, hacen de él uno de los más destacados ejemplares de ese tipo de intelectual que cree, mediante la idea, poder escudriñar el mundo en toda su complejidad y trazar el futuro, al tiempo que se muestra henchido de una vanidad apasionada. Su «Hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que se trata ahora es de transformarlo» tiene un referente implícito que es el ego del emisor.
                Esa idea de poseer la clave del futuro, ese engreimiento de que uno podría resolver los problemas sociales y de la humanidad, cuyas claves tiene, con solo con que lo pusiesen a él al frente de los destinos del Estado es lo que explica la pasión que tantos intelectuales, artistas y hombres de la cultura tienen por las dictaduras de izquierdas. Porque, en primer lugar, confían en que, si algún pequeño defectillo tuviesen en el presente esas sociedades —no su orientación estructural, que tienen por buena—, ellos lo solucionarían en la dirección que indican sus ideaciones, las legitimarían definitivamente; piensan que, naturalmente, llegada la ocasión, resultaría inevitable que se impusiese la evidencia y fuesen ellos los llamados a iluminar el camino; fantasean con la idea de que, si hubiese una convulsión social revolucionaria, ellos quedarían incólumes y serían colocados con presteza al frente de ella. ¡Ilusos!: ignoran que, de dar la lata o de pretender apropiarse de lo que otros ganasen por la violencia o por las armas, serían ellos prontamente eliminados o reducidos al silencio.
Bustu de Platón

                «Rocamora, Rocamora, no se fíe usted de los intelectuales», le dijo el dictador Franco, al falangista y primer presidente del Ateneo tras la guerra, Pedro Rocamora, después de exponerle este las pretensiones de Ortega. Franco, a fin de cuentas, era un hombre de clase media, más o menos educado, moderado seguramente en sus hipotéticos malos modos militares por el amojamado brazo de Teresa de Jesús, con quien tendría sus soliloquios, y por los remilgados modales de la señorita de Llanera a la que desposara, quien tal vez lo haría objeto de sus monólogos. Vladimir Illich Uliánov, Lenin, de no peor tradición familiar pero más rudo, acaso por el frío de la estepa, acaso por el vodka, lo expresaba de otra manera: «Esos intelectuales de segunda fila (frente a los intelectuales de primera fila que son los obreros y campesinos, aclaro) y lacayos del capitalismo que se creen el cerebro de la nación. No son el cerebro de la nación. Son su mierda».
                Palabra del señor de la Revolución. Amén.
                Xuan Xosé Sánchez Vicente

UN DEBATE DE MUCHO INTERÉS POR NO TENERLO

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Valentín Andrés Álvarez, en una anécdota que Ortega comparte en El Espectador con modificaciones, cuenta que había un loco en Xixón quien afirmaba que el fútbol no existía, que era una cosa que habían inventado los periodistas de Uviéu contra los de Xixón. A mi entender, esto del debate del estado de la Nación es, de forma semejante, algo que inventaron los del PSOE y los del PP para meterse unos con otros, y de paso, y sobre todo, dejar fuera del tinglado a los demás.

Realmente el llamado «debate sobre el estado de la Nación» ningún interés presenta fuera de ese que tiene para sus dos protagonistas principales. Frente a lo que ocurría hace treinta años, en estos tiempos en que los centros de información y «entretenimiento» se han multiplicado por cien, en que aquella se ha hecho instantánea, en que ya sabemos horas antes hacia dónde van a orientar sus discursos y hasta lo que van a vestir los contendientes en las Cortes, porque lo filtran ellos mismos, tiene poco interés escucharlos. Y, digámoslo también, ya que es positivo, tiene poco interés porque los ciudadanos no esperan ni temen, por fortuna, ningún sobresalto, ninguna revolución proveniente de los políticos de los dos partidos mayoritarios. De modo que ambos vienen a poner de su parte todo lo que les es posible para hacer efectiva aquella máxima de Montesquieu: «felices los pueblos cuya historia se lee con aburrimiento».


De esta manera, el debate entre los antagonistas principales, don Mariano y don Alfredo, se ha reducido a confirmar que efectivamente cada uno hablaba de aquello que beneficiaba su actuación o sus expectativas. El primero, una y otra vez de la indudable mejora económica con respecto al abismo al que estuvimos asomados hace poco más de un año y hacia el que estuvimos preparando el camino durante mucho tiempo. De esa senda apenas se ha desviado más que para hablar de dos graves amenazas: la inmigración y la cuestión catalana. El segundo ha incidido en aquello que, al margen de la mayor o menor razón que le asista, excite más a su parroquia o haga recordar a los millones de personas golpeadas por la crisis que lo son, a fin de que, sea cual sea la causa de esa crisis, liguen esa situación al hecho de que quien gobierna ahora es el PP. En esa línea, las palabras «dolor», «recorte» y «mujeres» han sido la música de acompañamiento de su discurso.


Naturalmente, no ha faltado, por parte y parte, el recurso a la memoria de lo que los otros han hecho erradamente en el pasado o a sus fracasos. En esa medida, la marca cuantitativa la ha obtenido, como era de esperar, el señor Rajoy; la temporal, el señor Rubalcaba, citando un artículo de Rajoy en el Faro de Vigo, allá en el año de gloria de 1983.


Pero afortunadamente, repito, unos y otros políticos —incluidos muchos de los minoritarios— son previsibles, especialmente don Mariano, que presume de serlo; y así nos hemos librado de que en el día de anteayer este hubiese tenido una ocurrencia andando en bicicleta por la Moncloa, como lo ocurriera a Zapatero en su día jugando a baloncesto, y nos trajera un despilfarro de dinero en forma de cheque-regalo con el pretexto de cualquier materia.


Por cierto, viniendo hacia casa para escribir este artículo me he encontrado con un loco simpático, en Pimiango dice ser nacido, al que de vez en cuando escucho e invito a un café. «Esto del tema del aborto», me dice, «es un invento del PP, al ver que el PSOE y Rubalcaba no paraban de perder votos por su izquierda. Así consigue que recuperen y les es más fácil entenderse».

Lo dejo tomando el café y vuelvo al ordenador. No puedo dejar de pensar en las fiestas invernales del Nicolasillo y de los Inocentes, y en cómo nuestra cultura, y la Iglesia con ella, ha simbolizado tantas veces la paradoja de la lucidez y la verdad en la boca de los simples.