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El diganósticu precisu de la crisis social y política

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Ye una frase del artículu d'Ignacio Camacho, Delendus, güei nel ABC dixital, Refierse a la "decadencia" de Rubalcaba o al por qué hai esi enfotu en mandalu al desván colos trastos vieyos. Esta ye la frase: 
Rubalcaba tenía talento, pragmatismo ideológico y un sentido de Estado fronterizo entre el de Maquiavelo y el de Fouché, pero se había quedado anacrónico porque aún necesita expresarse en oraciones subordinadas. 
Y esa ye la esplicación de tola ferviella y de toles rodielles que nos pasen, que tolo que necesite espresase con oraciones subordinaes, tol que necesite espresase con oraciones subordinaes, resulta demodé, molestu, e incomprensible. Non solo nel PSOE, en tola sociedá. Güei tolo que pase de la cagarrutia de la zarrica (que como saben tolos mios llectores, ye'l más menudu de los páxaros), tolo que pase del tuit nun solo ye demasiao incomprensible, sinón que nin siquier se quier esperar a qu'acabe la so elocución.
Pero la complexidá del mundu nun se puede analizar ensin el pensamientu complexu, qu'encloya, cómo non, subordinaes; los matices de la vida, del sentimientu y del pensamientu nun se pueden desentrollar ensin subordinaes, nin se pue tresmitir ensin elles, nin entender ensin elles.
Y eso ye lo que nos pasa: que nun queremos nin sentir de la complexidá del mundu y de la so espresión en subordinaes; que tamos embabiecaos na cenciellez y simpleza del rapacín y la so incapacidá pa tener un pensamientu complexu y emplegar oraciones yá non con subordinaes, nin siquier con coordinaes; que, como'l ñeñu, somos incapaces d'esperar un minutu pa tener lo qu'olivamos por tener. Y si nun nos lo dan, esista o nun esista, emberriacámonos, espatuxamos y glayamos al alto la lleva.
Qu'eso ye la modernidá. Esto ye, lo poco que podemos.




Salvar a Rubalcaba y l'albuertu.

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Señalaba yo equí'l miércoles pasáu, a propósitu del debate sobre l'estáu de la nación, que lo que me dixera un llocu de Pimiangu, que lo del albuertu ye un movimientu del PP pa que nin Rubalcaba nin el PSOE baxen más de votos. Agora vien coincidir con ello dalgún analista de El Confidencial. Mándolos ehí:

Salvar a Rubalcaba, consigna de Rajoy para evitar males mayores en asuntos de Estado.

UN DEBATE DE MUCHO INTERÉS POR NO TENERLO

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Valentín Andrés Álvarez, en una anécdota que Ortega comparte en El Espectador con modificaciones, cuenta que había un loco en Xixón quien afirmaba que el fútbol no existía, que era una cosa que habían inventado los periodistas de Uviéu contra los de Xixón. A mi entender, esto del debate del estado de la Nación es, de forma semejante, algo que inventaron los del PSOE y los del PP para meterse unos con otros, y de paso, y sobre todo, dejar fuera del tinglado a los demás.

Realmente el llamado «debate sobre el estado de la Nación» ningún interés presenta fuera de ese que tiene para sus dos protagonistas principales. Frente a lo que ocurría hace treinta años, en estos tiempos en que los centros de información y «entretenimiento» se han multiplicado por cien, en que aquella se ha hecho instantánea, en que ya sabemos horas antes hacia dónde van a orientar sus discursos y hasta lo que van a vestir los contendientes en las Cortes, porque lo filtran ellos mismos, tiene poco interés escucharlos. Y, digámoslo también, ya que es positivo, tiene poco interés porque los ciudadanos no esperan ni temen, por fortuna, ningún sobresalto, ninguna revolución proveniente de los políticos de los dos partidos mayoritarios. De modo que ambos vienen a poner de su parte todo lo que les es posible para hacer efectiva aquella máxima de Montesquieu: «felices los pueblos cuya historia se lee con aburrimiento».


De esta manera, el debate entre los antagonistas principales, don Mariano y don Alfredo, se ha reducido a confirmar que efectivamente cada uno hablaba de aquello que beneficiaba su actuación o sus expectativas. El primero, una y otra vez de la indudable mejora económica con respecto al abismo al que estuvimos asomados hace poco más de un año y hacia el que estuvimos preparando el camino durante mucho tiempo. De esa senda apenas se ha desviado más que para hablar de dos graves amenazas: la inmigración y la cuestión catalana. El segundo ha incidido en aquello que, al margen de la mayor o menor razón que le asista, excite más a su parroquia o haga recordar a los millones de personas golpeadas por la crisis que lo son, a fin de que, sea cual sea la causa de esa crisis, liguen esa situación al hecho de que quien gobierna ahora es el PP. En esa línea, las palabras «dolor», «recorte» y «mujeres» han sido la música de acompañamiento de su discurso.


Naturalmente, no ha faltado, por parte y parte, el recurso a la memoria de lo que los otros han hecho erradamente en el pasado o a sus fracasos. En esa medida, la marca cuantitativa la ha obtenido, como era de esperar, el señor Rajoy; la temporal, el señor Rubalcaba, citando un artículo de Rajoy en el Faro de Vigo, allá en el año de gloria de 1983.


Pero afortunadamente, repito, unos y otros políticos —incluidos muchos de los minoritarios— son previsibles, especialmente don Mariano, que presume de serlo; y así nos hemos librado de que en el día de anteayer este hubiese tenido una ocurrencia andando en bicicleta por la Moncloa, como lo ocurriera a Zapatero en su día jugando a baloncesto, y nos trajera un despilfarro de dinero en forma de cheque-regalo con el pretexto de cualquier materia.


Por cierto, viniendo hacia casa para escribir este artículo me he encontrado con un loco simpático, en Pimiango dice ser nacido, al que de vez en cuando escucho e invito a un café. «Esto del tema del aborto», me dice, «es un invento del PP, al ver que el PSOE y Rubalcaba no paraban de perder votos por su izquierda. Así consigue que recuperen y les es más fácil entenderse».

Lo dejo tomando el café y vuelvo al ordenador. No puedo dejar de pensar en las fiestas invernales del Nicolasillo y de los Inocentes, y en cómo nuestra cultura, y la Iglesia con ella, ha simbolizado tantas veces la paradoja de la lucidez y la verdad en la boca de los simples.

LA SUSANA Y LA TRINIDAD

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               No cabe duda de que doña Susana Díaz, la nueva presidente de la Junta de Andalucía, es una figura muy notable, llamativa. La he oído en una entrevista radiofónica y, aparte la claridad de su sintaxis y su dicción, se ha mostrado como una persona que responde derechamente aquello que quiere o le interesa y elusivamente aquello que no (igual que todos nosotros); cortés, educada, amable (como todos los buenos políticos y al igual que las personas civilizadas).
               (Al respecto, permítanme un paréntesis personal. Procuro portarme siempre en sociedad de una forma educada, servicial y amable; no es infrecuente entonces que algunas personas me digan «¡cómo se nota que yes políticu!». Lo deprimente de esos juicios, déjenme señalarlo, no es que se nos tenga a quienes estamos en la cosa pública por ladinos y fingidores, sino lo que implica sobre el concepto que quienes los emiten tienen de sí mismos y acerca de cómo han de ser o son los comportamientos sociales.)
               Pero doña Susana no ha despertado la atención pública por esas sus virtudes personales, sino por proceder de forma poco habitual en las relaciones internas de las organizaciones políticas: discrepando de forma pública y notoria de las líneas de actuación de su partido en los últimos tiempos. Lo ha hecho, además, frente a los dos máximos responsables de esas ideas y actuaciones con las que discrepa, ante Pérez Rubalcaba y Pere Navarro. Se ha opuesto al eufemístico «derecho a decidir» y a la financiación privilegiada (llamemos las cosas por su nombre) para Cataluña que defienden tanto Pere Navarro como el doctor en químicas; este, es cierto, al modo schrödingeriano de «ni si, ni no, sino todo lo contrario». Del mismo modo ha criticado el Estatut actual catalán, su tramitación y avatares posteriores, todo ello fruto de la decisión de septiembre de 2003 en Santillana de la totalidad del PSOE —aprendiz-de-brujo Zapatero ya a la cabeza—.


               Se podrá pensar o maliciar que doña Susana tiene en todo esto motivos de interés, dada su forma de llegar a la presidencia, la galerna desatada con la investigación de la juez Alaya, el desastre económico de su comunidad, las amenazas sobre el voto socialista. Es cierto, todo eso ha de pesar en su conducta, y doña Susana, además, no habría llegado adonde llegó si no tuviese las virtudes de capacidad, habilidad, perseverancia, egoísmo y astucia que necesita el triunfador en cualquier campo (no únicamente el político). Pero ello no empece para reconocer lo extraordinario de su conducta.
               En alguna medida, con esa actitud doña Susana retoma el hilo fundamental del discurso histórico del PSOE, un partido sólidamente centralista y escasamente federalista, pese a sus proclamas, salvo en Cataluña —y ello por la composición del PSC en los momentos iniciales de la transición— y, ligeramente, en Valencia y Las Baleares. Es esa también la trayectoria del PSOE asturiano.

               Ahora bien, doña Susana, al igual que don Javier Fernández y el PSOE asturiano, tienen un punto de debilidad para ser creíbles en sus postulados. Todos ellos han apoyado, aplaudido, votado, jaleado la línea de actuación que arranca en Santillana-2003, que pasa por el Estatut de Barroso-Mas-Zapatero-Maragall (con sus episodios cómicos variados), la procesión contra el Constitucional de Montilla y, hasta ahora, las «ideas» de Pere Navarro y el apoyo hamletesco de Pérez Rubalcaba y el Comité Federal a todo ello. ¿Creíbles, por tanto, doña Susana y don Javier en lo que ahora dicen? ¡Hombre! ¡Aún si los viésemos como Enrique IV a las puertas de Canosa, vestidos de saco y cubiertos de ceniza!
            Doña Susana ha tenido, además, otra virtud con un semidesplante suyo. Ha contribuido a que don Alfredo nos haya hecho ver como casi diáfano uno de los mayores misterios de la teología cristiana. Recuerden ustedes que doña Susana, en su reciente visita a don Mariano Rajoy, pasó antes a ver a don Alfredo, su jefe. Y a este le manifestó que iba a proponer al jefe del Ejecutivo un gran pacto entre PP y PSOE contra la corrupción. Tendrán presnete ustedes que, sin embargo, el señor Rubalcaba manifestó que no hablarían de ese tema con el PP mientras este no (¿se suicidase?, ¿confesase sus pecados en hábito de penitente?, ¿se encerrase el mismo en la prisión y arrojase la llave de la misma al foso de los cocodrilos?) con respecto al «caso Bárcenas». Preguntado el jefe del PSOE si no había contradicción entre la propuesta de doña Susana, de gran pacto institucional, y la del PSOE, de «contigo ni agua», manifestó que no, con las délficas palabras de: «Una cosa es el ámbito partidario y otro el institucional, que tenemos que distinguir muy claramente. Que la Junta diga que hay temas de corrupción que afectan al trabajo de gobiernos autonómicos es un ejercicio de responsabilidad institucional, otra cosa es lo que haga el PSOE en las Cortes, que me corresponde a mí». Esto es, que doña Susana proponga a Mariano Rajoy un pacto entre los dos partidos no es un tema general ni de partido, es «institucional» y particular; que el PSOE se niegue a tratar en el Parlamento las leyes en tramitación contra la corrupción no es una cuestión institucional, sino particular y partidaria. De modo que el PSOE cuando es el PSOE no es el PSOE y las instituciones cuando son instituciones no son instituciones.

               De esta forma, don Alfredo nos ha hecho ver que el misterio de la Santísima Trinidad, que nos parecía tan inextricable, no es más que una bagatela, una caxigalina, una adivinanza infantil en comparación con las varias manifestaciones corpóreas y distintas de un solo PSOE verdadero de que el señor Rubalcaba hace alarde.

CLIMAS

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Los diversos climas sociales andan esta temporada tan desapacibles como el atmosférico que padecemos últimamente. Mal el del paro, mal el del humor ciudadano, peor aún el de la tolerancia. Es más, algunos cotizan al alza: el de la violencia verbal, el de la intransigencia, el del egotismo individual y de grupo (el tiempo presente se podía caracterizar por una elefantiasis de los yoes individual y colectivo, aquejados todos ellos de una extrema hiperestesia).
El clima de lo económico social nos depara, sin embargo, algunos momentos de hilaridad. Así, la propuesta pesoerrubalcabiana de destinar 30.000 millones de euros del MEDE, el fondo europeo de cien mil millones que la UE puso a disposición del Reino de España para recapitalizar los bancos, del que hasta ahora no se han utilizado más que 40.000. Lo cómico no es que Rubalcaba haya efectuado esa sabatina del día 5 (ya saben, las genialidades se lanzan los sábados para que puedan salir los domingos en los medios, fecha en que se venden más periódicos y se ven más las televisiones), sabiendo que su posibilidad era ninguna, pues para ello habría que firmar un nuevo acuerdo de préstamo con la Comisión Europea, lo que supondría, cuando menos, más deuda y nuevas exigencias de ajuste; lo cómico son las finalidades a que pensaba destinar el nuevo préstamo: 10.000 millones para frenar nuevos desahucios, 20.000 para que las empresas que pensasen despedir por razones económicas no lo hiciesen, y aguantasen al empleado que no necesitasen hasta el 2015.

Con respecto, al primer punto, el de los desahucios, la cifra es un puro cálculo al tuntún. Como se sabe bien, los desalojos de familias por impago, si todos dolorosos, no son ni tantos ni tan calvos; es más en muchos de ellos se viene aplicando la tan jaleada dación en pago. Pero aceptemos la voluntad piadosa de la propuesta y pasemos a la otra. ¿De verdad creen estos tipos que un empresario va a tener en la empresa, durante dos o tres años, a gente mano sobre mano, aun costándolo solo una parte de lo normal, o, incluso, si quieren, nada? ¡Pero estos fenómenos dónde han visto una empresa! ¿Cuándo han visto un trabajo en el mundo real? ¿O es que únicamente lo hacen para excitar a los suyos?
Lo jocoso alcanza ya un grado sublime cuando doña Segundas Partes sale como siempre, un día o dos más tarde, para remachar la propaganda de don Primera Parte, y, al ver el rechazo de la UE a la socialina propuesta, acusa a Rajoy de “no pelearlo en Europa”. «¡Hay que pelearlo, hay que pelearlo en Europa (es decir, de los Pirineos para arriba, debe querer decir), señor Rajoy!». ¿Y qué tal si se caracterizase con puntiagudo sombrero mejicano, sarape y un par de cananas, para, arrastrando la voz y con la entonación adecuada retar: «¡Hay que peliiaaaarlo, cuate».

Vodevil de vociferación y gritos, la representada colectivamente tras la rueda de prensa de Montoro, Fátima y De Guindos («Tres morillas me enamoran/ en Jaén, / Axa, Fátima y Marién») del 26 de abril. Recuerden ustedes: desde principios de año todo el mundo (es literal: dentro y fuera de España) señalaba que las previsiones del gobierno de decrecimiento del 0,5% eran una fantasía, y que ello andaría bastante más arriba del 1%. Al mismo tiempo, aun el mismo día 25, vísperas, muchos opinaban que iban a subir los impuestos principales, el IVA y el IRPF, en vista de la regular situación recaudatoria. La rueda de prensa de los ministros anuncia la cifra previsible de decrecimiento en el 1,3%, establece la tasa de paro acorde con esas previsiones y no sube básicamente los impuestos (es verdad que no se deflactan las tablas impositivas, que el IRPF no baja en el 2014, como se había anunciado, y que se suben algunos de los especiales). Pero, en conjunto, nada novedoso, y, desde luego, ninguno de los horrores previstos. Y, sin embargo, el minuto siguiente comenzó una espiral de depresión colectiva, en que cada comentarista corría a pirindolar un «pongo otra», en una loca carrera por evitar ser el último en el juego de «puto el postre», como diría don Francisco de Quevedo y Villegas. Dos semanas después, aquella marea emocional ha bajado notablemente: no se aplaude, pero nadie entiende ya que hacer reflejar la realidad que todos sabían hubiese constituido la causa de todos los desastres reales pasados, presentes y porvenir.

Con todo, a partir de aquel día, empezó —y sigue— un nuevo cantar, impulsado de forma sobresaliente por un medio que tiene cuentas que pasar al Gobierno de Rajoy, entre otras razones, porque parece que lo va a privar de una cadena de televisión, en ejecución de una sentencia de índole general. Todos estamos de acuerdo en que habría que bajar los impuestos, a los individuos y a las empresas, pero la pregunta es siempre la misma: ¿cómo se recauda lo necesario para subvenir las necesidades de deuda, paro, pensiones, empleados públicos, medicinas, etc.? Ya se sabe: reducir el Estado. Pero exactamente, ¿en qué y dónde?
Como siempre en política, las preguntas concretas nadie las quiere contestar, son incómodas: nos exigen saber exactamente de qué hablamos y con quién  nos vamos a meter. Tareas, ambas, insufribles y enojosas.
Pero tantos están de acuerdo en que hay que bajar los impuestos que llega don Miguel Sebastián Gascón, ministro de Industria con el Ínclito, y dice que doña Esperanza Aguirre —alma en simbiosis con el medio que jalea con más ímpetu la bajada de gravámenes— es hoy «la única oposición en España, pues es la única que pide bajar los impuestos. Mientras que Rubalcaba sigue empeñado en subirlos cuando llegue al poder, lo que no hace ni dice—enfatiza—ninguno de los partidos socialdemócratas europeos».
No está mal la cosa, ¿verdad? Como el clima atmosférico, pero, al menos, nos hace sonreír al ver la urdimbre real de las conductas políticas y sociales, así como el vacío que se esconde tras la retórica hueca de la mayoría de los discursos.


¡Qué barato!

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¡Home, vaya barato! Por seiscientos euros que-yos ponen de multa a estos rapazos del PSC, salen en primera de tolos medios, abren tolos informativos, ocupen páxines y páxines durante unos díes y, pa enriba, pronucien frases misteriores, como la Carme/Carmen/Carmina/Carmiña.

Pues si nos la dan a mi y al PAS pol mesmu preciu tamos dispuestos a que nos multen diez vegaes (más perres nun tenemos).

Asina ye valiente cualquiera.

Por cierto, ¡vaya "castigu"! Como mandar a la cama ensin tomar el tercer postre a un ñeñu que yá ta fartu y refalfiáu.

¡Nunca la mano te duelga, Rubalcabina!

NI EURÍDICE NI LA MUJER DE LOT

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¿Qué cómo andan el gobierno y la política asturiana? ¿Pero alguien lo sabe? Es cierto que, frente a la etapa de don Francisco, la de don Javier se caracteriza por su silencio y su discreción. De modo que si, en el período del anterior presidente, sabíamos que este no hacía política sino solo presidente, da la impresión de que el actual no hace ni política ni presidente.
De cómo van las cosas nos enteramos solo por las «movilizaciones» de tanta y tanta gente (algunos que se mueven motu proprio y otros que se mueven únicamente porque los suyos no reparten el pastel, que cuando lo repartían bien se callaban) y por las cifras del paro, donde los asturianos batimos records nunca ante vistos, aplicándonos en el lema olímpico, «citius, altius, fortius». Pero de estos registros nunca superados (aunque, por desgracia, sí superables) no hay que echarle culpa alguna al gobierno de don Javier, que, como se sabe, se limita a estar y verlas venir.
Es cierto que, de vez en cuando, el jefe del Ejecutivo socialista sale de su letargo y mantiene alguna apariencia de vida, como en la reciente Conferencia de Presidentes, sosteniendo una justa por delegación don Javier con el señor Griñán, paladín este del chaconismo, mientras que el señor Fernández lo es del rubalcabismo. La discusión, semejante a aquellas que los escolásticos sostenían sobre si era uno quien llevaba el gochu al marcado o era la cuerda quien lo llevaba, versó sobre los términos «revisar» y «cambiar» y duró una hora. Inútil discusión, puesto que todo estaba decidido y, cuando, por otro lado, llegue el momento, se obrará sobre lo que sea posible y decidirán quienes tienen mayoría. Que sobre ello la FSA haya hecho una operación propagandística proclamando que don Javier torció el brazo al PP y a don Mariano no constituye más que otra muestra de la escasa estima en que tienen los dirigentes socialistas asturianos la inteligencia de sus votantes.
Por lo demás, seguimos sin saber si nuestro Gobierno conseguirá el dinero de los cuatrocientos millones largos que anda buscando para completar el año ni si tendrá socios para cerrar el presupuesto del año que viene. Lo que sí sabemos es que, como los jefes de Madrid, los subordinados de aquí, tienen una enfermedad congénita, una especie de tortícolis invalidante que les impide volver hacia atrás la testa. En efecto, ya no es que no se acuerden de que, hasta hace nueve meses, y durante ocho años, ellos gobernaron el país. Tampoco se trata de que no quieran reparar en lo que ejecutaron mal —hace, repito, como quien dice, cuatro días—, sino que parece habérseles olvidado incluso lo que no hicieron.
Así, por ejemplo, andan —los mayores, los mandamases, los de Madrid— proponiendo ahora la dación en pago por las hipotecas impagables, o la rebaja de la tasación de los pisos hipotecados cuando su valor caiga en el mercado, o —risum teneatis?— ¡un impuesto especial para grandes fortunas! ¡Pero, hombre, si lo podían haber hecho hace menos de un año! Ya ven, les es imposible mirar para atrás.
¿Y a los menores, a los tutelados, a los de aquí? Pues les ocurre lo mismo. Miren, con toda la seriedad que le cabe bajo o sobre el bigote, el consejero de Economía y Empleo, don Graciano, ha criticado que se utilizase El Musel para especular, censurando, en concreto, una operación realizada entre Goldman Sachs y HC con carbón colombiano (la berrea asturiana ha sido, por cierto, generalizada, al respecto, pero ello no viene a cuento ahora).
¿Pero es que no se acuerda don Graciano que fueron ellos, el PSOE, y un Gobierno en que él estaba, los que ampliaron El Musel y lo metieron en el pufo de casi 500 millones que ahora tiene y en el problema de tarifas con que ahora lidia? ¿Y es que no recuerda que el motivo, pretexto o razón era que —en sus palabras— en el futuro iban a venir al superpuerto barquísimos de carbón, con toneladísimas de ese combustible que desembarcarían a la vista de El Muselín, para almacenarlo ahí y después reexportarlo (es decir, en sus propios conceptos, «especular») a otros países? No, no se acuerda. ¿Para qué, si creen que los ciudadanos, sino acéfalos, carecen de memoria?
Desde luego, a ellos jamás les ocurrirá lo que a la mujer de Lot ni a la Eurídice de Orfeo. Porque nunca mirarán para atrás, pues saben de sobra que ahí están ellos, sus obras y sus palabras.
Y es una pena, porque cantar, cantan tan lindo como Orfeo. Aunque solo lo hagan por la mañana.

¿Cómo fue lo de Cataluña? Los viejos camelos federales del PSOE

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PSOE: CAMELORUM FEDERALORUM ( LA NUEVA ESPAÑA, 22/09/03)
                                              


            Permítaseme sentar, ante todo, una premisa, la del punto de vista desde el que se escribe este artículo. Para quien lo hace, el cáncanu de Asturies, nuestro mal colectivo, nuestra enfermedad social —de la que es principal consecuencia la decadencia económica— no es un exceso de Asturies o de identidad, sino un exceso de España y un alto menosprecio de lo propio. No tenemos un problema con el resto de España, sino con nosotros mismos. No necesitamos, pues, más España, sino más Asturies.
            Y dicho eso, pasemos ya al objeto de este artículo, al análisis de lo que significan el ruido y las propuestas del PSOE en torno a la reforma de los estatutos de autonomía y su vago discurso federalista. Pero, sobre todo, centrémonos en lo que pinta Asturies en todo ello y en lo que significa para nosotros, como ciudadanos del Estado español. 
El documento donde esos asuntos se plasman es el llamado «Manifiesto de Santillana». Constituye, básicamente, un conjunto de vacuidades a las que se suman algunas propuestas un poco más concretas pero no muy precisas, como las de la reforma del Senado, la conferencia de Presidentes o la de una cierta presencia de las autonomías en la toma de decisiones de la Unión. Sobre ello una idea general: la de que se modificarán solamente algunos estatutos, los que sean precisos y cuando exista un consenso generalizado al respecto. Podríamos pensar la declaración constituye un puro acto propagandístico (que mucho hay de ello) o tener por bueno lo que susurran muchos socialistas: que una vez pasadas las elecciones catalanas, y cumplido el trámite de prestar al candidato Maragall un soporte de credibilidad autonomista / catalanista, todo quedará en agua de borrajas. No lo hagamos: creámoslos, tomémoslos en serio.
En política el significado fundamental de los textos no reside en sus palabras, sino en los móviles y destinatarios del mensaje, así como en las circunstancias del mismo y en su virtualidad para convertirse en realidad: acción social o norma. Es sabido que, desde el primer momento de la constitución del estado de las autonomías, vascos y catalanes no se encuentran cómodos en su encaje constitucional. Una parte porque no quieren estar en España, otra porque no acepta que los niveles de autonomía tengan una cierta homogeneidad en las diecisiete comunidades. De esa manera, vascos y catalanes han hecho, desde 1982, diversas propuestas de modificación del statu quo. La del PSC de Maragall se conceptúa como «federalismo asimétrico» y busca, en sustancia, una Cataluña menos integrada en España y que transfiera menos riqueza al resto de comunidades. La propuesta no solo responde a la concepción que el candidato socialista catalán tenga de su país o del Estado, sino que se constituye como un elemento básico para tratar de captar votantes de CiU en las elecciones autonómicas.
Sobre esta realidad y sobre la necesidad de hacer propuestas en Euskadi de forma diferenciada al PP, es sobre la que se construye el discurso del PSOE de renovación de estatutos para todos y de federalismo (supuestamente, generalizado). Pero en el propio PSOE saben bien que esa propuesta no es más que una artimaña seductora, una manera de edulcorar para el resto de España la voluntad de conceder a Cataluña y a Euskadi más capacidad de autogobierno (voluntad que, por cierto, el señor Zapatero transmitió en persona, a principios del 2003 y en la Generalitat, al Conseller en Cap, señor Artur Mas).
Que esto es así, que no va a haber reformas estatutarias para todos, no lo dice únicamente el panfleto santillanense, lo vienen reconociendo, de forma más explícita o velada, los principales responsables socialistas asturianos. Cuando señalan que la reforma no está en el calendario (Javier Fernández), apelan al consenso generalizado para ella (María Luisa Carcedo), la consideran un teórico futurible (Rubalcaba) o piden antes extraer las máximas potencialidades del actual estatuto (además de los socialistas, se incluyen aquí los comunistas asturianos, de una sorprendente moderación desde que comen del presupuesto también), quieren decir que, con respecto a una ampliación estatutaria seria para Asturies, tararí que te ví.
Por otro lado, además, la generalización de un nuevo “café para todos” dejaría insatisfechos a vascos y catalanes, con lo que la reforma no cumpliría el principal objetivo de la misma, que es la satisfacción de muchos de los pobladores de esos dos países. No menos importante es la propia estructura ideológica del partido proponente, fuertemente centralista en toda España, y muy especialmente en Asturies, que hace muy difícil cualquier avance descentralizador. En el mismo sentido opera el escaso peso que la FSA tiene dentro del PSOE: no hay más que ver los reportajes de los medios de comunicación estatales sobre las reuniones federales o autonómicas del mismo, oír a los responsables del PSOE (incluido Maragall) hablar, para observar que ni los socialistas asturianos existen ni el señor Areces tiene conspicuidad alguna, ni en España ni en su partido.
Y, en otro orden de cosas, a propósito del federalismo. Aun suponiendo que lo que desean los soñadores (dejémoslo así, en soñadores) fuese posible, ¿es que alguien piensa de verdad que una España de diecisiete estados federados (más aún que las entidades previstas por la constitución pimargalliana de la Primera República) es viable? ¿Pero están hablando en serio? Digámoslo con claridad: cuando los que deciden de verdad proponen algún tipo de federalismo, hablan de un Estado a tres o cuatro: Cataluña, Euskadi, España. ¿Sería, de verdad, ahí, mejor o mayor nuestra autonomía como asturianos?
En todo caso, mientras en el conjunto del Estado sean las fuerzas mayoritarias PP y PSOE, las únicas modificaciones esperables de alto calado en la estructura estatal son el reconocimiento de algún tipo de derecho de autodeterminación para Euskadi y un avance simbólico hacia la cosoberanía o el semifederalismo para Cataluña. Así, pues, quienes, en las demás comunidades, se muevan en el discurso federalista (especialmente en esas coordenadas) no harán más que empujar el cumplimiento de las voluntades políticas de esos países, nunca del suyo. Y, de esa forma, empequeñecerán a Asturies y agrandarán la diferencia que nos separa de otras autonomías.
Por eso, pues, resulta lamentable ver al Presidente de los asturianos, el señor Areces, como palmero del señor Maragall. Porque, cuando actúa así, ya sea a título individual (en Barcelona, por ejemplo el 4 de julio de 2001, apoyando al candidato del PSC o proponiendo que sea el estado español (no Cataluña únicamente) el que promocione a Joan Maragall, Carme Riera o Salvador Espriu —pero no a los autores asturianos), ya colectivo (en los órganos estatales del PSOE), va contra los intereses de Asturies, y no únicamente los políticos, sino también los económicos, pues el desenganche de Cataluña significará, sin duda, menos transferencias económicas para los asturianos. 
De modo que los socialistas asturianos, con el Presidente Areces a la cabeza, no solo se están mofando de los asturianos con propuestas de reforma que nunca habrá, sino que están ayudando intereses que son objetivamente contrarios (en los órdenes político y económico) a los de los asturianos. Es un camelo, pero dañino para los asturianos y beneficioso para catalanes o vascos.
Todo parece ser válido para esta gente mientras el engaño les permita seguir manteniendo su negocio.

SOCIALISMO ES BLA, BLA, BLA

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Cuenta la facecia que, en un pequeño pueblo, desesperado porque todas las noches le robaban alguna pera, el dueño decidió apostarse al lado del peral, en silencio y con disimulo. Por fin alguien traspasó la entrada y comenzó a subir al árbol. El dueño se acercó y, cogiéndolo en el aire por las partes dolorosas —esto es, pudendas—, comenzó a apretar mientras preguntaba «¿quién eres?». Solo el silencio le respondía, y, a cada silencio, volvía a efectuar la dolorosa torsión. Al fin, tras varias vueltas, una voz apenas audible, ronca, como salida de las mismas entrañas —o aun más abajo— del ladrón: «El muuuudooo».

Pues así estos del PSOE. Da igual que sea el señor Griñán, el señor Daniel Fernández, del PSC, la señora Soraya, el señor Rubalcaba, el señor Lastra: por más que aprieten ustedes (a doña Soraya por otro lado, evidentemente), a la pregunta de su solución para el órdago catalán no recibirán más que una respuesta: «federalismo».

Pura logomaquia. Porque no le aclararán en qué consiste ese federalismo, ni en qué es distinto ese federalismo del estado autonómico actual, ni si ese federalismo supone el reconocimiento de la soberanía previa de los estados o naciones federadas (como lo era el de la I República), ni si… Puro bla, bla, bla, una palabra mágica, toda emoción y ningún contenido.

Es evidente que para ellos tiene su utilidad: tratar de seguir navegando en las procelosas aguas de Cataluña y de seguir engatusando a sus votantes allí; no romper el PSOE con el PSC; tratar de colocar al PP (fundamentalmente, también a UPyD) como un partido cavernícola, no dialogante, y echarle a él la culpa de lo que ocurra. Pero ello no evita que sean incapaces de poner un solo concepto en el interior de la palabra, todo lo más vaguedades como el manoseado, vetusto y cansino tópico de la «reforma del senado».

Pero si son incapaces de decir, sí son capaces de hacer. Estos tipos, todos ellos, diputados y senadores, miembros de la Ejecutiva y del Comité Federal, impulsaron desde 2003 el «federalismo asimétrico» para Cataluña. Estos tipos, todos ellos, desde Rubalcaba a Javier Fernández y Areces, apoyaron, votaron y aplaudieron el Estatuto de 2006 y fueron parte importantísima en el proceso de excitación de la opinión pública catalana que desembocó en la actual demanda de independencia.

Y estos tipos, todos ellos, incluidos militantes y votantes, sostuvieron aquel estatuto de «federalismo asimétrico» que incluía privilegios económicos y políticos que nos hacían a los demás inferiores en derechos y que contenía cláusulas tan escandalosas como el 208.3 (eliminado por el Constitucional) que limitaba la «solidaridad» (la aportación de Cataluña) a la sanidad y la educación pero excluía otros ámbitos, por ejemplo, las infraestructuras o las redes informáticas; y todo ello, con la condición de que las demás comunidades realizasen un «esfuerzo fiscal también similar».

He sido muy bondadoso. Socialismo, este, el del PSOE, no es únicamente logomaquia, es también, como se comprueba, desigualdad.

Cerrando ya el artículo, se me aparece Abrilgüeyu, mi trasgu particular. «Pon tú —me dice— que históricamente federalismo es igualdad, y que «federalismo asimétrico» es como un cura que no cree en Dios». Me gusta, pero acabado de plasmar ello en el texto, descubro en internet y en las televisiones que ese latiguillo pertenece a don José Bono, que lo repite con su untuosidad habitual en cada sitio a que va a presentar su libro de memorias. Mientras dudo si borrarlo, vuelve a colárseme en el ordenador Abrilgüeyu:

—¿Ej que creej que te va a demandar por la autoría intelectual?

Ante mi dubitativo silencio, interviene otra vez:

—Y añade ahí que él asistió impertérrito a todo el proceso de generación del federalismo asimétrico catalán siendo nada menos que Ministro de Defensa. Ya verás cómo no dice nada.

Tiene razón mi trasgu particular. ¡Qué tipos, estos socialistas!

MARIANO NO TIENE…

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Hará aproximadamente un mes, mi trasgu particular, Abrilgüeyu, se me apareció de repente, dibujó en la pantalla del ordenador una especie de escenario de guiñol, desapareció y, después, volvió a mostrarse por la derecha del escenario. Lo reconocí a pesar de que llevaba puesta una careta de Rubalcaba. A continuación aparecieron dos títeres, estos con las máscaras, respectivamente, de González y Guerra. Abrilgüeyu-Rubalcaba pareció darles instrucciones y, a una señal suya, al grito de «¡Mariano no tiene pilila, Mariano no tiene pilila!» (una frase que me hizo sonreír, pues se usaba en mi infancia para motejar al pusilánime o al cobarde), recorrieron frenéticamente el escenario para perderse por la izquierda del mismo. Desaparecidos, volvió a asomar Abrilgüeyu, doblado por la cintura hacia atrás, al modo como suelen hacerlo las figuras del guiñol, y me echó una chisgada descarada y cínica con su ojo derecho.

Pero no es de ello de lo que quería hablarles hoy, sino de las estrategias argumentales eje de la campaña de los principales partidos, del tuétano de lo que comunican, de su mensaje fundamental. IU, por ejemplo, suma a la idea de rebelión contra el sistema y a una cierta actitud juvenil, la cantinela de que PP y PSOE son exactamente lo mismo, y, en consecuencia, el que ellos son la única izquierda, el café-café del progresismo (sea eso lo que sea) y del obrerismo. Como aditamento, la bandera pirata: contra los ricos, los bancos, los mercados y los empresarios (malos).
Foro repite —solo en Asturies— a todas horas la misma matraca de que PP y PSOE son una idéntica entidad, hasta el punto de afirmar por boca de don Francisco que ambas formaciones pactarán tras las elecciones para presentar una moción de censura contra él. El raca-raca, bastante increíble, trata, evidentemente, de impedir que los votantes que de los populares pasaron a Foro en mayo vuelvan al partido de don Mariano, pues nada horrorizaría más a esos ciudadanos que el acabar apoyando al socialismo por vía directa o indirecta. La argumentación de Foro se complementa en nuestra comunidad con otra, en alguna medida paradójica: la de que, en cualquier caso, de tener representación en Madrid, apoyarían a Mariano Rajoy. La finalidad es, obviamente, la misma, evitar que vuelvan al PP los votos que en su día fueron a Foro, en este caso, por el temor de que, al no votar a don Mariano, respaldasen indirectamente al PSOE. Ciertamente, además, una parte importante del mensaje de Foro se basa en afirmar que solo un partido de ámbito regional, como ellos, puede defender los intereses de los asturianos sin cortapisas o condicionamientos.

Todo lo que hemos dicho hasta ahora es la médula de su mensaje en Asturies. En Madrid es principalmente otro (recordemos que el lema es «Más Foro. Mejor España») y busca otro tipo de electores, los de los ámbitos del PP próximos al complejo Esperanza Aguirre-El Mundo-Jiménez Losantos, los que, para entendernos, suelen motejar a Rajoy de «Maricomplejines». Allí, y para ello, el propio don Francisco se encarga de asistir a la manifestación de las víctimas del terrorismo (donde no estuvieron los principales cabezaleros del PP), de criticar en sus calles «la falacia del fin de ETA» o de resucitar la llamada a un Gibraltar español.

El guión del PP es simple y doble: «Nosotros no somos el PSOE y, por tanto, no lo haremos como ellos. Ellos destruyeron empleo, nosotros lo crearemos».
El PSOE agita también, como IU, la bandera pirata, pero con más discreción: contra los ricos, los bancos, los mercados, los empresarios (malos) y, un poco, contra Europa. Pero lo fundamental de su libreto es también jánico. Por un lado, asegurar que son ellos los únicos que pueden asegurar el estado del bienestar y apoyar a los que menos tienen. Por otro, aseverar que, si ganase el PP, las prestaciones sociales quedarán capitidisminuidas, ya no por necesidad, sino por voluntad —por maldad ideológica— de los populares. Todo ello, además, adobado con un discurso colateral destinado a poner en duda la capacidad de trabajo y de decisión de Rajoy, así como su falta de definición.

Y es aquí donde me acuerdo de aquella inesperada representación guiñolesca encabezada por mi enmazcaritáu Abrilgüeyu y de su coplilla burlesca. Porque han pasado de afirmar, durante más de un año, que el PP y don Mariano no tenían programa a proclamar ahora que lo tiene tan grande que a menester esconderlo para no asustar a quienes deseen entregarle su afecto en las urnas.

¡Arreniego de los demóngaros!, que decía mio güela.

Desgobiernu y merienda de negros (esto ye, de socialistes)

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Rubalcaba (que, en siendo miembru'l Gobiernu, quitó nel 2008 l'mpuestu patrimoniu): va afectar a unos 300.000 contribuyentes.

Blanco (que, en siendo miembru'l Gobiernu, quitó nel 2008 l'mpuestu patrimoniu): va afectar a unos 90.000 contribuyentes.

Salgado  (que, en siendo miembru'l Gobiernu, quitó nel 2008 l'mpuestu patrimoniu): "nun se sabe si lu vamos poner esti vienres (esto ye, güei, dientro unes hores) o non, nin cómo va ser, nin a quiénes va afectar.

El "Fenómenu". Pesie a ser el "fenómenu" nun se manifiesta.

El Pater familias (esto ye, El País, que, "en siendo miembru'l Gobiernu", quitó nel 2008 l'mpuestu patrimoniu): va afectar a unos 150.000 contribuyentes.

Asina nos vienen desgobernando dende 2004: autenticu socialismu, merienda de prietos. Yá saben: progresismu.

¡A ver lo qu'acaba saliendo güei del Conseyu (que nun tienen) de Ministros (que nun ministren).

«¿Quién ha dicho que sea de izquierdas endeudarse?» (Rubalcaba)

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«¿Quién ha dicho que sea de izquierdas endeudarse?» (Rubalcaba)

¡Bah! Ustedes aguanten la risa, ¿qué más les da?

Total, aquí cuela todo.

Buen lunes, les deseo.