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... Ni deuda que no se pague

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(el sábadu, día 1 en La Nueva España) … NI DEUDA QUE NO SE PAGUE En 2009, el Gobierno de Zapatero (PSOE) pactaba con Montilla (PSC-PSOE) el nuevo sistema de financiación, que impondrían a las demás comunidades autónomas de régimen común. El señor Junqueras alababa el acuerdo, había participado en él, y decía que vendría a solucionar definitivamente los problemas de financiación de Cataluña. Anótese que se preveía su renovación a los cinco años (2014), pero que la misma aún no se ha producido, ni con gobiernos de un signo ni de otro. En parte como consecuencia de esa incapacidad y desidia para reformarlo, en parte por algunas circunstancias especiales, como la pandemia y, además, porque algunas comunidades se han endeudado de forma imprudente y caprichosa, sabiendo que, al final, alguien acudiría en su socorro, el conjunto de las comunidades autónomas se han endeudado en cuantía voluminosa, ya en el mercado, ya, mediante el FLA (Fondo de liquidez autonómico), con el Estado. Una de las comunidades con más deuda es Cataluña: 88.000 millones de euros, de los que 77.000 los adeuda al Estado. El discurso de Cataluña para justificar ese endeudamiento ha sido el “España nos roba”, esto es, que Cataluña aporta mucho al Estado y que este devuelve de forma insuficiente, de manera que se produce un déficit en las cuentas. Fue ese el pretexto para el endeudamiento y la exigencia de ayudas al Gobierno central. Conviene, en cualquier caso, aparte de recordar que el actual sistema de financiación autonómica fue pactado, como hemos dicho, con Cataluña (y aponderado por sus políticos), subrayar que, según aseveran unánimemente los expertos, Cataluña no está mal financiada, se halla en la media de las comunidades. Las que están peor son Murcia y Valencia. En 2023, el señor Pérez-Castejón convocaba elecciones y las perdía, frente al PP. No obstante, consiguió urdir una mayoría para moncloar pactando entre otros con ERC y Junts, que le exigieron una serie de condiciones, unas personales, como la amnistía y el vasallaje con mediadores internacionales y zapatereros fuera de España, otras para su comunidad. En el momento en que se conocieron aquellas condiciones algunos comentaristas más o menos adictos al PSOE manifestaron sus dudas sobre su cumplimiento, por parecerles injustas, causantes de desigualdad, ilegales o inconstitucionales (señalando esa inconstitucionalidad también se había pronunciado “in illo tempore”, el señor Pérez-Castejón, pero después cambió de virtud, digo, de necesidad). Sin embargo, como pronostiqué entonces, se van a cumplir todas. Se ha cumplido la amnistía. Se va a condonar ahora parte importante de la deuda catalana, se van a pagar más plazas de mossos (3.000) e invertir cantidades importantes para mejorar los trenes de cercanías de aquella comunidad, según se acordó todo ello. En el ínterin, el Gobierno central se ha plegado a Junts en el criterio de reparto del impuesto a la banca, beneficiando a Cataluña. Ya sé que no pueden creerlo pero es así. ¿Cómo se cierra ahora el compromiso de la quita de deuda para Cataluña? Formalmente e inicialmente, mediante el anuncio de Oriol Junqueras de que el Estado se quedará con el 22% de la deuda catalana al FLA. Posteriormente, mediante el anuncio de la señora Montero (aquella bacante que gritaba “Pedrohé, Pedrohé” rogando a don Pedro que volviere a la luz de aquel retiro de cinco días en su tabernáculo) de que la quita se extenderá a todas las comunidades autónomas. (Por cierto, lo que se demanda por la mayoría es la revisión del sistema de financiación, tan obsoleto, pero eso no se puede porque falta por cerrar el sistema de financiación peculiar de Cataluña, su “cupo”). ¿Y cuál es la sustancia de la quita? El Gobierno condonará 83.252 millones de deuda en total, el 22% de la cual, a Cataluña. Fijémonos en Asturies. ¿Qué dicen nuestros gobernantes asturianos? Pues que se conforman con lo que les toca, 1.508 millones, pero que hubiese sido más justo un reparto por población ajustada, con lo que nos corresponderían unos 500 millones más. Al mismo tiempo, se duelen de que los que menos han despilfarrado sean los menos compensados, y al revés. Y señalan que debería haber en el futuro mecanismos para evitar el dispendio, a fin de que nadie piense que siempre vendrá el Estado a salvarlos. No los habrá. Si añadimos a ello que en el reparto del impuesto a la banca Asturies ha salido también perjudicada, en la medida en que han imperado, como hemos dicho arriba, los criterios de Junts, y no unos criterios objetivos, cabe realizar alguna consideración política. Se lo dejo a ustedes. En todo caso, todo ese dinero “perdonado” no desaparece, se traslada a todos nosotros a través de la deuda. De modo que quienes hemos sido menos despilfarradores o abusonos tenemos que pagar el plus de los despilfarradores o abusonos. Y lo mismo ocurre a quienes, como los asturianos, hemos sido maltratados en el reparto. Ya ven, siempre hay guapos y feos, y algunos feos se conforman con ello. Concluyo: el “cupo” catalán, acordado con Junts y ERC, se acabará cumpliendo, como han llegado a cumplimiento los restantes pactos. De ese modo Cataluña aportará menos o nada a la caja común, al igual que vascos y navarros. Nosotros seguiremos pagando, por ejemplo, sus pensiones, y ellos apenas contribuirán, si lo hacen, para la sanidad o las pensiones del conjunto de los españoles (o de los ciudadanos del Estado, si lo prefieren). “No hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague”, dice el refrán que he aprovechado para el título. Me ha parecido más educado que este otro que me sugería mi trasgu particular, Abrilgüeyu: “El que tien agarráu a otru pel gañote…”.

Güei, en lne: Las cuentas y los milagros

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Las cuentas y los milagros

Los ingresos no llegan para lo que gastamos, pero a los partidos les parece irrelevante

23.02.2019 | 23:26
No hace falta que los abrume con los datos: tenemos una deuda equivalente a casi toda la riqueza que producimos en un año; sólo de intereses pagamos más de 30.000 millones cada doce meses; el déficit de la Seguridad Social (la recaudación de las pensiones) es de 15.000 millones anuales, y, de momento, en aumento; el déficit del Estado (es decir, el pufo) para este año se presupuestaba en el 1,3% sobre el PIB, se estimaba que no bajaría del 2% con los presupuestos sanchinos y ahora, sin ellos, calcula la ministro del ramo que llegará al 2,4%; el número de desempleados, en mejoría, está en el 15% de la población activa.
Esas son nuestras cuentas, que, como puede ver un invidente -si es que no está imbuido de la fe ciega del sectarismo, al que la evidencia, como decía Aristóteles, impide ver, al igual que la luz al esperteyu-, no llegan para lo que gastamos, y nos hacen deber aún más cada año por aquella deuda que en cada ejercicio producimos.
Pues bien, para una no pequeña parte de los partidos políticos, organizaciones cívicas y personas esta realidad es irrelevante. En la práctica se comportan como "mentalidades-Moisés", para las que la riqueza sería un maná que descendería del cielo a su demanda; o como creyentes en "el burru gacarriales", el burro del cuento al que bastaba levantarle el rabo para que eyectase reales, que serían hoy euros.
Con la doble misión de sustentar esta visión a la par ciega y milagrosa, el paisaje se ha poblado de palabras mágicas, como "justo" o "digno" ("salario mínimo justo", "pensiones dignas"), que parecen decir algo, pero que nada dicen. Porque todo puede aspirar a ser más para ser justo o digno, sin que quiera decir que pueda serlo. ¿O acaso no es más justo o digno que en vez de envejecer no lo hagamos? ¿O que en vez de tener un tipo poco elegante tengamos uno extraordinario? ¿O qué?? Bueno, esto no lo digo.
Pero la realización de esos términos -dejando a un lado la contradicción parcial de intereses entre empleado y empleador, que es otra cuestión- no depende de la necesidad del demandante o de sus esperanzas de nivel de vida, sino de la posibilidad de que puedan hacerse efectivas porque la realidad económica lo permita.
Vayamos, por un poner, al salario mínimo. Como ustedes saben, los sindicatos, la patronal, PP y PSOE habían pactado subidas progresivas del salario mínimo a lo largo de tres años, desde el 2017, hasta llegar a 772,80 euros mensuales en 2109 y 850,08 euros en 2020. Haciendo mangas y capirotes de estos acuerdos, PSOE-Sánchez y Podemos-Iglesias pactan para 2019 un salario mínimo, "justo" de 900 euros. Pero la cuestión no es saber si esa subida viene bien a quienes la alcancen, si es "justa", sino si es posible para muchas empresas (a los 900 euros hay que añadir unos 58 más de Seguridad Social y algún otro costo) o, en otros términos, si la productividad del trabajador generará esos beneficios más, naturalmente, los de la ganancia empresarial.
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En todo caso, la cuestión de la subida del salario mínimo ha dado lugar a ejemplos cómicos de la mentalidad económica milagrera. Así, la diputada podemita Tania Sánchez se jactaba en un artículo publicado en LA NUEVA ESPAÑA del 02/02/2019 de que la subida del salario mínimo a primeros de año no había hundido en empleo y, en alguna medida, sostenía que el crecimiento del empleo en los tres últimos meses de 2018 se había producido no sólo teniendo en cuenta la próxima subida del salario mínimo, sino, venía a insinuar, gracias a ella.
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¡Un fenómenu (otru)!

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Fai dos díes (24):

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha anunciado que su partido apoya la derogación del artículo 135 de la Constitución que obliga a la estabilidad presupuestaria de las administraciones, medida aprobada en la recta final del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero con el apoyo del PP. Sánchez ha informado de esta medida en un foro titulado 'Desigualdad y democracia', organizado por UGT en la Escuela Julián Besteiro en Madrid. 

Fai un día (25):


Pedro Sánchez aclara que no derogará, sino que completará, el artículo del déficit cero

Que conste qu'esti ye'l más llistu, y que lu escoyeren por oposición abierta (como al anterior). Pues nada, onde'l pueblu pon el güeyu Dios sanciona.
¡Y van yá...!






LEY DE GRESHAM, DEUDA Y BANCOS CENTRALES

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                                               «Salveos Dios, ducado de a dos, que Monsieur de Chièvres no topó con vos.»

                La política de crecimiento monetario de los bancos centrales y de endeudamiento de los estados con el fin de estimular, en un caso, la economía, de estimularla y mantener los servicios del estado del bienestar en otro es siempre una política discutible. Puede tener efectos positivos coyunturales, y aun ser estrictamente necesaria en momentos de grave crisis. En sentido contrario, se ha venido señalando recientemente, por ejemplo, cómo a partir de un cierto nivel de endeudamiento el crecimiento económico se hace imposible. Se ha apuntado igualmente que el continuo aumento del dinero puesto en circulación por los bancos centrales en los últimos años no ha tenido afectos apreciables en la productividad de la economía real. Digamos que, en general, toda política de endeudamiento que no tenga la vocación de limitarse en el tiempo y en el volumen, para devolver en lapso razonable el equilibrio a las cuentas es una política que genera inflación y paro a medio o largo plazo.
                Pero no es de esa cuestión de la que ahora queremos hablar, sino de los efectos negativos que sobre el ahorro y el producto histórico acumulado tienen las actuales políticas de endeudamiento creciente de los estados y su conversión de forma indirecta en moneda por los bancos centrales, así como la atribución al dinero de valores ficticios de tipo bajo, casi cercano al cero.

                Se podría decir que existen dos tipos de dinero: el «dinero histórico», fruto del trabajo acumulado de individuos y sociedades, y el «dinero eventual o dinero cábala», aquel que, puesto en circulación directamente o indirectamente por los bancos centrales o, a través de la deuda, por los gobiernos, espera ser convertido algún día en «dinero histórico», como fruto del trabajo social futuro. Ahora bien, es evidente que la presencia en el quehacer económico de este segundo tipo de dinero distorsiona a la baja el valor del «dinero histórico», tiene, frente a él, el mismo efecto que un proceso inflacionario. Por decirlo así, y por trasladarnos a las épocas en que el valor de la moneda venía representada por la aleación del oro o la plata que contenía, el «dinero inventado» actúa al modo y manera como actuaban las reacuñaciones o las rebajas en la aleación, lo que causaba la pérdida de valor adquisitivo para los propietarios de las nuevas monedas.
Pero esa distorsión del valor del «dinero histórico» o «dinero trabajo histórico» —siempre un bien limitado, como todos— no la produce únicamente el aumento injustificado de moneda en circulación (por la vía de crédito, deuda o impresión de papel), sino que la producen, asimismo, las decisiones de los bancos centrales sobre el coste del dinero que prestan, valor que solo ellos —monopolistas de la emisión y fuente última del crédito—pueden establecer, lo que realizan en virtud de una decisión política arbitraria. Y es que esa decisión, aunque pudiese estar justificada por algunas razones coyunturales económicas o fiduciarias, ni responde ni al valor del bien (estimado al margen de cualquier parámetro de mercado) ni siquiera tiene por qué responder a un contravalor objetivo (así, en un ejemplo extremo pero histórico, se pueden llegar a emitir belarminos, cuyo valor, por más que el emisor, el Consejo Soberano de Asturies y León, le atribuyese alguno, era cero).
De ese modo, el dinero producto del trabajo y del esfuerzo, el dinero ahorrado y guardado, sufre un ataque semejante a las antiguas pérdidas de ley en la aleación. Si a ello le sumamos, además, las disposiciones actuales del Banco de España para limitar la remuneración de los depósitos, la escasa retribución por el ahorro, las crecientes subidas de impuestos a las que se suman disposiciones recaudatorias de algunas autonomías, nos encontramos con que el dinero fruto del trabajo no solo está devaluado con respecto a su potencial rentabilidad en un mercado no intervenido, sino que, incluso, es castigado con rentabilidades cercanas a cero o negativas (de ahí la entrega, en su día, de tantas personas a las llamadas «preferentes»).
                Mas no termina ahí la cosa. No es descartable que, como fruto de la burbuja inflacionaria de la deuda y su monetarización, esto es, de la hipertrofia del «dinero inventado o cábala», asistamos en el futuro a quiebras y quitas parciales. Esas quiebras y quitas no afectarían solo a inversores institucionales, a bancos o a tenedores corporativos (en último término, asimismo, a todos nosotros) de la deuda, sino que, como ya ha ocurrido recientemente en Chipre, tendrían su efecto confiscatorio, sobre el «dinero trabajo», esto es, sobre las cuentas corrientes de los ciudadanos, o, lo que es lo mismo, expropiando una parte, en el mejor de los casos, del fruto de su esfuerzo a lo largo de su vida o de la de sus antepasados. Y no piense el ciudadano que únicamente tiene en el banco tres mil o diez mil euros que eso solo les ocurrirá a «los ricos»: los ricos de verdad suelen tener más ñeros que uno, y, por otro lado, el argayu puede llegar hasta el fondo del barranco, dependerá del agua que caiga.
                Como ven, todo ello no son más que variables modernas de la Ley de Gresham: la moneda mala o ficticia despoja de su valor a la buena o, en el caso más drástico, la aniquila.
                Ya sé que la fe es inasequible a la evidencia, pero no estaría de más que los economistas y filósofos del «burru cagarriales» le diesen un par de vueltas a estas consideraciones, a fin de tratar de entender por qué en determinados países los ciudadanos abominan de las políticas inflacionarias expansivas y se niegan a poner en riesgo su «dinero trabajo», a unir el destino del mismo —de su misma historia personal— a decisiones políticas y económicas entusiastas del «dinero eventual o dinero apunte en el azar».

Almunia, profeta

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Asina d'oscuru, d'elípticu, de oráculu-delfianu: "El Gobierno español, el resto de gobiernos de la eurozona y las instituciones europeas sabemos muy bien lo que tenemos que hacer, aunque es verdad que es difícil hacer lo que tenemos que hacer" (23/07/12).
Ello, cola bolsa depeñándose hacia'l 5000 y la prima en 6,40.
¿Precedentes?, sí: Yahvé a Moisés, nel bardial: "Yo soi el que soi". Y Xesús, segú San Xuan: "Yo me voy, y me buscaréis. A donde yo voy, vosotros no podéis ir".
¿Más claridá? De xuru qu'un día d'estos Almunia va ascender a los cielos.

...El dinosaurio seguirá ahí

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…EL DINOSAURIO SEGUIRÁ AHÍ


Cuando se hayan cumplido nuestros sueños (la caída del gobierno de Rajoy; la reconversión del BCE; la emisión de esa confusa figura —más un deseo mágico que una propuesta concreta— que son los eurobonos, la desaparición de todos los políticos o, al menos los profesionales; los efectos de la varita mágica de Hollande y la evaporación de doña Ángela…), cuando algunos de esos empeños o discursos se hubieren cumplido, el dinosaurio seguirá donde estaba: nuestro gasto muy por encima de lo que ingresamos actualmente, problema solo resoluble con mayores subidas de impuestos que, inevitablemente, provocarán una mayor contracción y una nueva inadecuación de los ingresos; la necesidad de financiarnos, cada vez a un precio más caro; nuestra voluminoso endeudamiento tanto público como privado (2.88 billones de euros este), y, especialmente, la deuda exterior (1.7 millones); la dificultad de financiación de nuestros bancos (al margen ya de lo que se ha denominado «la exposición al ladrillo» y de la morosidad derivada de la crisis) por la deuda acumulada para poder efectuar en su día los préstamos al sector privado y por las sospechas que pesan sobre su capacidad para devolverlos. Es decir que, aunque por arte de birlibirloque nos dejasen el dinero a un interés similar al de Alemania y sin límite alguno, seguiríamos teniendo un enorme problema que condicionaría nuestra economía y nuestro sistema financiero. Es cierto que, como algunos pretenden, podríamos declararnos en quiebra, no pagar nuestras deudas, salirnos del euro y emitir belarminos (la moneda que el Consejo de Asturias y León acuñó durante la guerra y cuyo valor fue prácticamente nulo desde el principio), pero los efectos de ello, sobre desastrosos, son incognoscibles en su magnitud.

Con todo, si despertásemos y, de golpe, la situación de nuestras finanzas estuviese regularizada, la deuda y el déficit reducidos a niveles aceptables y encaminada la financiación, el dinosaurio seguirá estando ahí. Pues en España tenemos dos graves problemas estructurales, el de nuestro sistema productivo y el de nuestra pertenencia al euro (y, probablemente, un tercero: el de la mentalidad colectiva y el de la formación, íntimamente ligados). En cuanto al primero, hay que decir que nuestra economía se caracteriza —al margen de los problemas coyunturales— por su no hallarse en la vanguardia de la tecnología y la innovación, por el alto precio de la energía y nuestra alta dependencia exterior para el abastecimiento primario, por los altos costos unitarios por producto, por el escaso tamaño de muchas de nuestras empresas con capacidad para exportar, por un déficit de organización para la presencia comercial en el exterior, en una palabra, por nuestra escasa competitividad y la carestía comparativa de nuestra producción, lo que nos dificulta la exportación y favorece la importación, desequilibrando así nuestra balanza comercial.

El segundo problema es el de nuestra pertenencia al euro, como vengo denunciando desde 2002. En efecto, si la moneda única conlleva ciertas ventajas, para los países con desigualdad industrial y falta de competividad productiva —al margen ya de la brutal subida de los precios que arrastró tras su implantación— constituye un elemento perturbador que solo a muy largo plazo se podría salvar, si es que se puede. En efecto, la ausencia de una moneda propia tiene el inconveniente de que no se puede devaluar, a fin de, por un lado, efectuar un ajuste competitivo y rápido para la exportación; pero, por otro lado, los ajustes necesarios se realizan de forma más demorada y dolorosa, por la vía de la destrucción de empleo y empresas, como nos está ocurriendo en los últimos cuatro años. De otra mano, impide que, mediante una combinación de estímulos, aranceles y diferenciales de costos, las empresas puedan sustituir parte de los productos importados y (re)conquistar el mercado interior, con sus efectos sobre el empleo y el bienestar de la población.

Finalmente, la moneda única hace que las políticas derivadas de los intereses comerciales e internacionales de los países rectores se impongan para el conjunto, como ocurre en este caso con los intereses de Alemania en relación con las importaciones y exportaciones a China. De otra parte, son esos países rectores los que imponen su interpretación, su «ritmo» a las reglas comunitarias, ensanchándolas o estrechándolas en virtud de sus propios intereses, por ejemplo, Alemania y Francia flexibilizando los topes del endeudamiento público cuando les vino bien para financiar sus políticas expansivas; apretando ahora contra el endeudamiento y el déficit porque a ellos les conviene

¿Es imposible la mejora? No. ¿Va a ser dura y difícil? Sí. ¿Caben los milagros? Solo en la cabeza de los milagreros.

«¿Quién ha dicho que sea de izquierdas endeudarse?» (Rubalcaba)

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«¿Quién ha dicho que sea de izquierdas endeudarse?» (Rubalcaba)

¡Bah! Ustedes aguanten la risa, ¿qué más les da?

Total, aquí cuela todo.

Buen lunes, les deseo.

¡Vaya broma! El parto de los zapamontes

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¡Con la que está cayendo, con el sobrecosto de la finaciación de la deuda, con la amenaza del arrastre de Grecia y Portugal, con lo que necesitamos reconducir déficit y deuda, después de anunciar Zapatero en el extranjero que estaba dispuesto a tomar medidas drásticas para reducir el déficit!

¡Con todo eso!

El gobierno de Zapatero anuncia una drástica reducción de cargos públicos. Se reune el Consejo de Ministros, discuten, toman la decisión... ¡y tienen los cojones de anunciarlo!: la reducción de altos cargos (si es verdad y si se lleva a cabo, que a este gobierno no lo cree nadie) supone ¡16 millones de euros!

¡Con un par! (que, por ocho, son dieciséis).

El Gobierno asturiano va a tirar más dinero

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Aparecen anuncios de que el Gobierno asturiano está dispuesto, en los presupuestos del año que viene, a incrementar la deuda hasta el máximo legal. Naturalmente, ello cuenta con el entusiasmo de los sindicatos y la patronal ("naturalmente" quiere decir que naturalmente en Asturies, porque es difícil entender qué diablos hace ahí la patronal y, sobre todo, pidiendo el máximo endeudamiento).

Podría pensarse como razonable que el Gobierno tomase medidas anticíclicas y que, para ello, puesto que la recaudación va a menos, acudiese a la deuda. "Podría pensarse como razonable", pero para ello habría que confiar en un gobierno, en una patronal y en unos sindicatos que llevan despilfarrando, a lo largo de muchos años, el abundantísimo dinero que nos llegó de Europa, del resto del Estado y el que provino de nuestros propios medios.

Porque, pienso yo, pocos dudarán de que, durante los últimos años, todas las políticas de este Gobierno no han tenido efecto alguno sobre la creación de empleo: ahí están nuestras cifras progresivas de paro y el número creciente de jóvenes que tienen que salir todos los años a trabajar fuera. Ahí está también el creciente arcaísmo de nuestra estructura productiva y nuestro progresivo distanciamiento de las zonas más dinámicas.

Esto en cuanto al Gobierno. En lo relativo a las partes que constituyen los acuerdos sociales, su acierto e inteligencia para dirigir la economía parecen aún menos efectivos que los del Ejecutivo. Ello dejando aparte la anomalía democrática que representa el que sean grupos de presión -no hace falta aclarar que sin ninguna legitimidad proveniente de la delegación ciudadana- los que decidan sobre los fondos públicos (sobre el dinero de usted y mío, querido amigo) y su destino, lo que no es más que primorriverismo en estado puro, democracia orgánica.