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Hoy hace un año

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Para la memoria, la inteligencia y la comprensión del mundo, nada mejor que el recuerdo. Esto decía yo hace un año y medio mes, el  03/07/12. ¡Pasó tan poco tiempo desde entonces, y tantas cosas!


                HABLANDO BIEN DEL GOBIERNO

Ya sé que no se lleva, pero aprovechemos la ocasión, ahora que celebran el  «acierto indudable» de Rajoy y Monti desde la prensa internacional hasta los escasamente partidarios de la española, pasando por personalidades como el señor Almunia, cuyo es el entrecomillado.
Y es que la actuación del Gobierno  ante las instituciones europeas —no sólo en la noche del 28 al 29 de junio, sino durante algunos meses antes— ha conseguido mover posiciones que antes parecían inamovibles, transformar interpretaciones de los acuerdos en un sentido distinto al anterior y, lo que, es más importante, marcar probablemente un punto de inflexión en la dramática situación de nuestra capacidad de financiación exterior y de parte de nuestro sistema bancario.
Conviene, tal vez, recordar los tres hitos fundamentales alcanzados en este mes como fruto de ese trabajo; los tres, vías nuevas dentro de lo que hasta ahora venía siendo la actuación habitual de la UE: la disponibilidad de 100.000 millones de euros para la banca sin que eso supusiese la intervención del país (8/9 de junio, vísperas del partido España-Italia de la primera fase de la Eurocopa), en lo que seguramente serán condiciones ventajosas del préstamo; la posibilidad de transferencia, en su momento, de esos fondos directamente a la banca, sin que computen como deuda soberana y, por tanto, sin que agraven nuestra fiducia internacional; el que el préstamo no sea tenido como deuda preferente, lo que ahuyentaría a los inversores institucionales privados. A ello debería añadirse un importantísimo hipotético, aunque no deseado de momento, y aún por definir y solicitar, pero ya acordado: el de la posibilidad de intervenir a fin de comprar deuda soberana tanto a través de los fondos de rescate como del BCE.
Con todo, el logro más importante ha sido un intangible, el de la confianza que se ha transmitido sobre el proyecto del euro. No han sido únicamente las buenas formas las que han impulsado a don Mariano Rajoy a afirmar —como también lo ha hecho don Mario Monti— que «Este Consejo ha lanzado una señal inequívoca: el Proyecto Europeo es hoy más fuerte y más creíble que ayer» y que «El mensaje de esta cumbre es la reafirmación de ese gran proyecto económico que es el Euro». Porque, efectivamente —y al margen de nuestros problemas—, una de las razones más poderosas que conspiraban contra España e Italia en el mercado de la deuda era la casi seguridad —y la apuesta especulativa, como consecuencia de ello— de que el euro no resistiría y de que, por tanto, la quiebra española y sus consecuencias económicas y financieras eran inevitables. El quiebro emprendido en la víspera de San Pedro y San Pablo probablemente aminore esos presagios de manera notable.
(Déjenme establecer este pequeño paréntesis para invitarlos a recordar todo el ruido y la furia eructado en estos días en el mundo político y mediático, en ese hablar por hablar de nuestro país, en el que parece que todo se exige que suceda y resuelva en el tiempo del coito del gallo.)
Pero no nos equivoquemos, si en Europa se nos han hecho estas concesiones (que son también beneficiosas para la moneda y el proyecto comunes) no ha sido por la necesidad de quienes han cedido ni por nuestra capacidad de presión, sino por las reformas que se han hecho hasta ahora para reducir el déficit y por el crédito de seriedad y cumplimiento de la palabra que el Gobierno de Mariano Rajoy tiene ante Alemania y el BCE. «Nos fiamos de vosotros —nos han dicho— y creemos que llevaréis a cabo todos los términos de nuestros acuerdos y de vuestros compromisos». Por lo tanto, ese camino ha de andarse y cumplirse con exactitud en los próximos meses.
Terminaré con un pronóstico optimista que vengo anunciando hace tiempo: si, como parece, la situación financiera se estabiliza, hacia finales de este año empezaremos a ver también señales positivas, la detención de la destrucción de empleo y, tímidamente, otro clima inversor. Para ello —sobre otras actuaciones notables, como los pagos de atrasos a proveedores, la eliminación de trabas en la apertura de negocios u otras que vendrán— va a tener una importancia decisiva la nueva legislación laboral, único vector inmediato (según he dicho, asimismo, hace tanto tiempo) que pueda superar nuestra debilidad tecnológica, nuestra deficiente estructura productiva, el arcaísmo en muchos sectores de nuestra arquitectura económico-social y las dificultades que nos procura la misma moneda única.
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El domigu 15 de xunetu asoleyóse esta entrevista con Ángel de la Fuente Moreno en La Nueva España, taba yo fuera y nun la lleí hasta una selmana y media dempués. Paezme aponderada y ensin tópicos (otra cosa ye qu'ún coincida en too), lloñe de la demagoxa y el desconocimientu tan frecuentes ente los "ilustraos" y, munches vegaes, ente los economistes. Merez la pena lleela.
Esti ye l'enllace



Ángel de la Fuente Moreno
Especialista en Hacienda Pública 

«Asturias es una de las regiones mejor tratadas por el sector público español, hasta extremos poco razonables»


«Asturias es una de las regiones mejor tratadas por el sector público español, hasta extremos poco razonables»

«Asturias es una de las regiones mejor tratadas por el sector público español, hasta extremos poco razonables»  
Ángel de la Fuente (Gijón, 1962), formado en EE UU, es especialista en Hacienda Pública. Este economista, cuyos trabajos se han publicado en numerosos medios nacionales e internacionales, desarrolla su labor en el Instituto de Análisis Económicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con sede en Barcelona. Experto en el sistema fiscal nacional y autonómico, asegura que no hay más remedio que ahondar en los recortes, aunque suponga alargar la recesión.

-Usted afirma que no queda más remedio que aplicar los duros recortes anunciados por el presidente del Gobierno. ¿Servirán para reactivar la economía?
No. Más bien al revés, seguramente hay un riesgo elevado de que muchas de estas medidas reduzcan el consumo y alarguen la recesión. Pero no se toman para estimular la economía sino porque es urgente reducir el déficit público. No podemos estar mucho tiempo con déficits cercanos al 10 por ciento del PIB y menos aún con unos mercados financieros tan nerviosos como los actuales, que sólo nos prestan dinero a precios muy elevados. Por lo tanto, hay que recortar gastos y/o subir impuestos y tasas.


-Subir los tipos de IVA u otros impuestos no implica recaudar más.
Eso es bastante discutible. Normalmente, cuando se suben los tipos se recauda más. Es verdad que si llevas las cosas al extremo puede pasar lo contrario, en parte a través de un aumento del fraude y en parte a través de una caída del consumo, pero yo creo que estamos lejos de haber alcanzado ese punto.


-¿Está España intervenida, si no de forma oficial sí de facto?
El mundo no es blanco o negro, sino lleno de tonos distintos de gris. Cuando entramos en la Unión Europea renunciamos a una buena porción de nuestra soberanía económica. Esto ha ido a más desde entonces con la reforma de los tratados, la creación del euro, etcétera, y nunca nos ha parecido mal. Ahora pedimos ayuda y nos ponen condiciones. Si lo llamamos intervención suena feo, pero es posible que nos venga bien que nos empujen un poco desde fuera para hacer ciertas reformas que necesitamos en cualquier caso. Un buen ejemplo son las pensiones. Hace tiempo que sabemos que había que reformar el sistema, pero la cosa solamente se puso en marcha cuando el Gobierno anterior se vio entre la espada y la pared.


-El Ejecutivo no sólo rechazó compartir con las comunidades autónomas el punto de déficit que España logró arrancar a Bruselas, sino que las fuerza a recortar más para acelerar la reducción del déficit. ¿No debería haber sido más flexible?
El reparto del margen adicional de déficit tendrá que negociarse. Tengo la impresión de que el Gobierno central se resiste a ceder de entrada porque no quiere que las regiones se relajen ahora, que parece que por fin se están poniendo a recortar, y preferiría guardarse un cierto margen para compensar ex post posibles desviaciones tanto autonómicas como estatales que, visto lo visto, no serían ninguna sorpresa. Yo haría lo mismo.


-Las autonomías tienen que recortar gastos. ¿En qué partidas se debería de incidir?
Me temo que habrá que tocarlo prácticamente todo pero, por supuesto, convendría empezar por eliminar todo lo superfluo. Así a bote pronto, yo diría que casi todas las televisiones autonómicas (y desde luego la nuestra) son perfectamente prescindibles. También sobran muchas embajadas autonómicas, se podrían eliminar un montón de subvenciones de carácter dudoso y algunos organismos regionales que duplican sin necesidad las funciones de otros estatales, como los defensores del pueblo. En algunos sitios parece que había más coches oficiales de lo razonable o demasiados gastos en viajes de carácter más bien lúdico? En fin, hay un montón de cosas inútiles que seguramente habría que eliminar, pero no bastará con eso. Habrá que recortar gastos en materias sensibles e importantes.


-Sanidad y Educación concentran la mayor parte del gasto autonómico.
Precisamente porque concentran el grueso del gasto autonómico va a ser inevitable reducir el gasto en estas partidas u obtener más recursos vía tasas (el famoso «copago»). Si no, no llegamos. Y yo creo que también aquí hay margen para ahorros razonables que permitan mantener un servicio de calidad en condiciones equitativas para los ciudadanos. Por ejemplo, en algunos sitios los libros de texto o las comidas escolares eran gratis para todos, pero esto no es necesariamente razonable. Lo mismo pasa con las comidas en los hospitales o con las medicinas de los jubilados. Hay mucha gente que se puede pagar estos servicios y no tiene sentido regalárselos. Otros no, y a ésos es a los que hay que proteger especialmente.


-¿Y en Educación?
Los resultados académicos no dependen primordialmente del volumen de gasto. El que en un aula pueda haber 35 o 40 estudiantes en vez de 30 no tiene por qué ser una tragedia.


-¿Hay otras alternativas?
No. Puestos a recortar gastos, es inevitable entrar en las partidas más gordas.


-¿Tendrán las autonomías que subir más sus impuestos?
Las autonomías tendrán que escoger la combinación de subidas de impuestos y recortes de gasto que consideren menos mala en cada caso. Pero tienen que asumir de una vez su mayoría de edad fiscal y dar la cara ante sus ciudadanos. En muchos casos, eso supondrá subir sus impuestos y explicar a los votantes por qué lo hacen.


-Se llegó a hablar hace un par de años de que las comunidades debían crear nuevos tributos para incrementar sus ingresos.
Con la posible excepción de tasas medioambientales, es difícil pensar en cosas potencialmente gravables que no estén ya gravadas. Los nuevos impuestos que han creado algunas comunidades (por ejemplo, sobre fincas rústicas no explotadas) han sido casi anecdóticos. No creo que veamos muchas novedades en esta línea. Pero no hace falta inventar impuestos nuevos, las comunidades autónomas tienen mucho margen para subir o bajar los tipos en los impuestos que tienen ya cedidos total o parcialmente.


-Usted es crítico con las reivindicaciones de Cataluña, donde sus partidos políticos denuncian un «expolio fiscal» desde Madrid. ¿Paga más de lo que recibe?
Vayamos por partes. Es verdad que los residentes en Cataluña, en promedio, pagamos más en impuestos estatales de lo que recibimos de vuelta de la Administración central por diversas vías. Pero es lógico, porque somos una comunidad con un nivel de renta elevado dentro de España. Yo también pago bastante más en impuestos a la Generalitat de lo que recibo en servicios autonómicos y por la misma razón, porque tengo una renta superior a la media. Por lo tanto, el déficit fiscal catalán (que ciertamente existe, aunque es muy inferior al madrileño, por ejemplo) no es el resultado de ningún «expolio», sino de la deseable redistribución de la renta desde los que más tienen hasta los más necesitados.


-¿Es insolidario el sistema actual con Cataluña?
No, aunque con ciertos matices. Hasta la última reforma, Cataluña estaba ligeramente por debajo de la media en términos de financiación por habitante o por habitante ajustado. Por lo tanto, sí tenían un cierto motivo de queja, aunque limitado porque estamos hablando de dos o tres puntos porcentuales. Otras comunidades, incluyendo Baleares, Valencia y Madrid, estaban bastante peor tratadas y daban bastante menos murga. En cualquier caso, con la última reforma del sistema, Cataluña ha pasado a estar por encima de la media (unos cuatros puntos con datos de la última liquidación disponible), así que ya no tienen, a mi entender, un motivo legítimo de queja en lo que respecta al sistema de financiación. En materia de inversión en infraestructuras, habría más que hablar, pero ése es otro tema y cuantitativamente mucho menos importante.


-Los partidos de corte nacional se han sumado a las reivindicaciones y al discurso de los nacionalistas catalanes. ¿Es quizá consecuencia de la crisis?
Con matices, pero sí, lamentablemente parece que tanto socialistas como populares han comprado parte de la reivindicación nacionalista de un sistema «singular» que mejore sustancialmente la financiación catalana y reduzca la aportación de la región a lo que ellos llaman la «solidaridad» interterritorial. Esto es especialmente cierto en el caso del PSC, pero hace ya tiempo que el PSC se ha convertido en la práctica en un partido nacionalista y poco más (para disgusto de buena parte de sus bases y potenciales votantes). Últimamente, sin embargo, el problema parece estar empezando a afectar también a la rama local del PP. Es posible que sí, que la crisis tienda a reforzar el impulso digamos egoísta de no querer repartir con otros, pero no creo que el problema venga sólo de ahí. Los nacionalistas llevan décadas haciendo demagogia con esto y les está funcionando. La cosa ha ido calando ante el silencio irresponsable de los sucesivos gobiernos españoles y de los grandes partidos nacionales, que nunca han salido a responder a las falacias nacionalistas con datos y argumentos.


-El Gobierno catalán acaba de reclamar que las comunidades autónomas se puedan beneficiar de la subida del IVA.
Tal como yo la interpreto, la actual ley de Financiación dice que el 100% del incremento de recaudación derivado de una subida de los tipos del IVA irá a las arcas del Estado y no beneficiará por tanto a las comunidades autónomas. Esto se produce de una forma un tanto enrevesada: comenzando el año próximo, las regiones recibirán en efecto el 50% de la recaudación total del impuesto, lo que supondrá mayores ingresos, pero a cambio su fondo de suficiencia se reducirá en la misma cuantía, de forma que los dos efectos se compensen.


-¿Es esto razonable?
Yo diría que no, en parte por lo retorcido y opaco del sistema, pero tampoco sería razonable que el Estado sea el que se moje subiendo los tipos del IVA y que las comunidades se beneficien de mayores ingresos sin tener que dar la cara ante sus votantes. Lo razonable sería desdoblar el IVA en dos tramos separados, uno estatal y otro autonómico, y que cada Administración suba o baje el suyo como considere oportuno. Por razones técnicas y por imposición de la Unión Europea, el tipo del tramo autonómico tendría que ser el mismo en toda España, así que la decisión de subirlo o bajarlo tendría que tomarse de forma colegiada por todas las autonomías (o una mayoría de ellas). En mi opinión, las regiones deberían disponer de ese instrumento, pero tendrían que dar la cara si deciden usarlo y no esconderse detrás del Estado, que es lo que siempre han hecho y lo que les pide el cuerpo a casi todas.


-Los catalanes pagan más impuestos autonómicos que el resto de las comunidades. ¿Quizás el problema sea más de gestión que de escasos ingresos?
Una mayoría de tus ciudadanos puede estar contenta con impuestos más altos que en otros sitios si a cambio tiene mejores servicios o más redistribución. El problema es que no está del todo claro que éste sea el caso aquí. Mi impresión es que esos impuestos extra lo que financian es un gasto de carácter identitario que no aumenta el bienestar de muchos de los que vivimos aquí, más bien al revés (aunque sí el de otros a los que les gustan estas cosas y son más disciplinados en el voto).


-Asturias es una de las comunidades autónomas en las que también se pagan más impuestos y también defiende un modelo solidario. ¿Dónde están las diferencias entre Cataluña y el Principado?
En todos los sitios cuecen fabes, y en mi casa a calderades. A muchos asturianos les encanta quejarse tanto o más que a los catalanes y se sienten maltratados por el Estado. Y tienen todavía menos razón que éstos porque Asturias es una de las regiones mejor tratadas por el sector público español, hasta extremos muy poco razonables. En financiación siempre hemos estado por encima de la media, tenemos una población muy envejecida con unas pensiones muy altas que no se podrían pagar sin la caja única de la Seguridad Social, en materia de infraestructuras seguramente se ha gastado más de lo razonable en las últimas décadas (incluyendo una ampliación de El Musel que no tiene mucho sentido, un AVE en construcción condenado a ser eternamente deficitario y un hermoso túnel vacío que atraviesa Gijón de punta a punta). Y luego está el carbón. Igual que los vascos tienen el cupo, nosotros hemos tenido las subvenciones al carbón, que son completamente injustificables.


-Cataluña reclama ser como el País Vasco y Navarra. Supongamos que se le concede. ¿Qué consecuencias tendría?
Al día siguiente lo pedirían Madrid y Baleares y luego Aragón. Al final tendríamos un Estado completamente disfuncional, inmanejable y sin un duro para garantizar un nivel aceptable de servicios públicos en las regiones más pobres. Sería un desastre.


-¿Qué le parece el recorte del 30% en el número de concejales?
No me parece mal. Seguramente con un 30% menos, aún tenemos suficientes concejales para asegurar la proporcionalidad en la representación y para que se repartan el trabajo que tienen que hacer de una forma razonable. Algo se ahorrará, pero poco, en parte porque muchos concejales no cobran o cobran sólo dietas. Es más un gesto que otra cosa.


-¿Hay que reducir el número de ayuntamientos en España?
Sería bueno, pero es muy difícil administrativamente y porque a la gente no le gusta la idea de perder su «identidad municipal». De todas formas, la mayor parte del ahorro posible se puede obtener por otras vías. Una es la que parece que el Gobierno está considerando en estos momentos: hacer que sean las diputaciones las que presten servicios en municipios pequeños para así explotar las posibles economías de escala. De todas formas, los posibles ahorros tampoco van a ser espectaculares.


-¿Está de acuerdo con la limitación en los sueldos de los altos cargos públicos?
Con algún tipo de limitación o de baremo, sí. Pero creo que el principal problema en este sentido es que los sueldos de los altos cargos públicos son demasiado bajos. Tan bajos que resulta muy difícil atraer a gente razonablemente capaz porque ganan mucho más en el sector privado, o que generan incentivos casi irresistibles a buscar ingresos complementarios por vías poco sanas. Mala idea en cualquier caso.


-Usted es funcionario, ¿le indignan las medidas anunciadas por el Gobierno?
En absoluto. Hay que repartir los costes y nosotros somos casi los únicos en este país que sabemos con cierta seguridad que nuestros empleos no corren peligro inminente. A largo plazo, sin embargo, lo dicho arriba se aplica aquí también en la parte alta de la pirámide. Si queremos buenos altos funcionarios, hay que pagarles razonablemente bien.


-El empleo público se ha incrementado un 10 por ciento en los últimos cuatro años, en plena crisis. ¿Cómo se explica y se justifica?
Entre mi lista de cosas a hacer está buscar información sobre esa variable, pero todavía no me he puesto. Me gustaría ver de dónde sale ese dato y mirar con cuidado la letra pequeña porque en principio no me cuadra con las limitaciones a la oferta de empleo público que hemos tenido en los últimos años, a pesar de la inercia que llevan estas cosas. Si es verdad, me parece muy preocupante. Habría que pensar sobre qué falla en un sistema que permite ampliar plantillas en administraciones que tenían que ser conscientes de la necesidad de fuertes recortes.


-¿Es eficiente el funcionariado español?
¿Y los periodistas, o los empleados de banca? Supongo que habrá de todo. Yo conozco a muchos que sí, y a alguno que deja bastante que desear.


-Si usted tuviera que hacer recortes en este campo ¿qué propondría?
Tengo la sensación de que podríamos arreglarnos con bastantes menos funcionarios, aunque habría que mirar cada caso con cuidado. Empezaría por intentar enviar los efectivos disponibles a los sitios donde realmente se les necesita, cerrando o reduciendo algunos organismos o servicios que seguramente están sobredimensionados, en buena parte debido al traspaso de competencias a las autonomías.

Hablando bien del gobierno

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Ya sé que no se lleva, pero aprovechemos la ocasión, ahora que celebran el «acierto indudable» de Rajoy y Monti desde la prensa internacional hasta los escasamente partidarios de la española, pasando por personalidades como el señor Almunia, cuyo es el entrecomillado.

Y es que la actuación del Gobierno ante las instituciones europeas —no sólo en la noche del 28 al 29 de junio, sino durante algunos meses antes— ha conseguido mover posiciones que antes parecían inamovibles, transformar interpretaciones de los acuerdos en un sentido distinto al anterior y, lo que, es más importante, marcar probablemente un punto de inflexión en la dramática situación de nuestra capacidad de financiación exterior y de parte de nuestro sistema bancario.

Conviene, tal vez, recordar los tres hitos fundamentales alcanzados en este mes como fruto de ese trabajo; los tres, vías nuevas dentro de lo que hasta ahora venía siendo la actuación habitual de la UE: la disponibilidad de 100.000 millones de euros para la banca sin que eso supusiese la intervención del país (8/9 de junio, vísperas del partido España-Italia de la primera fase de la Eurocopa), en lo que seguramente serán condiciones ventajosas del préstamo; la posibilidad de transferencia, en su momento, de esos fondos directamente a la banca, sin que computen como deuda soberana y, por tanto, sin que agraven nuestra fiducia internacional; el que el préstamo no sea tenido como deuda preferente, lo que ahuyentaría a los inversores institucionales privados. A ello debería añadirse un importantísimo hipotético, aunque no deseado de momento, y aún por definir y solicitar, pero ya acordado: el de la posibilidad de intervenir a fin de comprar deuda soberana tanto a través de los fondos de rescate como del BCE.

Con todo, el logro más importante ha sido un intangible, el de la confianza que se ha transmitido sobre el proyecto del euro. No han sido únicamente las buenas formas las que han impulsado a don Mariano Rajoy a afirmar —como también lo ha hecho don Mario Monti— que «Este Consejo ha lanzado una señal inequívoca: el Proyecto Europeo es hoy más fuerte y más creíble que ayer» y que «El mensaje de esta cumbre es la reafirmación de ese gran proyecto económico que es el Euro». Porque, efectivamente —y al margen de nuestros problemas—, una de las razones más poderosas que conspiraban contra España e Italia en el mercado de la deuda era la casi seguridad —y la apuesta especulativa, como consecuencia de ello— de que el euro no resistiría y de que, por tanto, la quiebra española y sus consecuencias económicas y financieras eran inevitables. El quiebro emprendido en la víspera de San Pedro y San Pablo probablemente aminore esos presagios de manera notable.

(Déjenme establecer este pequeño paréntesis para invitarlos a recordar todo el ruido y la furia eructado en estos días en el mundo político y mediático, en ese hablar por hablar de nuestro país, en el que parece que todo se exige que suceda y resuelva en el tiempo del coito del gallo.)

Pero no nos equivoquemos, si en Europa se nos han hecho estas concesiones (que son también beneficiosas para la moneda y el proyecto comunes) no ha sido por la necesidad de quienes han cedido ni por nuestra capacidad de presión, sino por las reformas que se han hecho hasta ahora para reducir el déficit y por el crédito de seriedad y cumplimiento de la palabra que el Gobierno de Mariano Rajoy tiene ante Alemania y el BCE. «Nos fiamos de vosotros —nos han dicho— y creemos que llevaréis a cabo todos los términos de nuestros acuerdos y de vuestros compromisos». Por lo tanto, ese camino ha de andarse y cumplirse con exactitud en los próximos meses.

Terminaré con un pronóstico optimista que vengo anunciando hace tiempo: si, como parece, la situación financiera se estabiliza, hacia finales de este año empezaremos a ver también señales positivas, la detención de la destrucción de empleo y, tímidamente, otro clima inversor. Para ello —sobre otras actuaciones notables, como los pagos de atrasos a proveedores, la eliminación de trabas en la apertura de negocios u otras que vendrán— va a tener una importancia decisiva la nueva legislación laboral, único vector inmediato (según he dicho, asimismo, hace tanto tiempo) que pueda superar nuestra debilidad tecnológica, nuestra deficiente estructura productiva, el arcaísmo en muchos sectores de nuestra arquitectura económico-social y las dificultades que nos procura la misma moneda única.

¿Adónde va Europa?: las reformas

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Los invito a leer "La nueva eurozona", un interesante artículo de Kike Vázquez, en Cotizalia.com, el día 14/05/2012. Tal vez en su pronóstico haya muchos aciertos.

La “Nueva Eurozona” está en camino


Tendemos a no saber aceptar los errores, a culpar a los demás de nuestra suerte, cuando en realidad si algo determina nuestro futuro somos nosotros mismos. Existen también otras variables, pero nuestro hacer es la principal. Es por ello que funcionan tan bien técnicas como la del “enemigo común”, buscar a alguien ajeno al grupo al que poder echarle las culpas uniendo a quien critica, porque es mucho más fácil mirar hacia fuera y criticar que mirar hacia dentro y tratar de hacerlo lo mejor posible. Esto último requiere reflexión y acción, requiere tiempo y disciplina, mientras culpar a otros es rápido y sencillo. Lástima que así los problemas a los que nos enfrentamos no se resuelvan.

He criticado a Alemania en numerosas ocasiones, porque la burbuja que se ha creado en los últimos años es tan responsabilidad nuestra como de ellos, porque lo que vemos es fruto principalmente de una Unión Monetaria con deficiencias estructurales y no tanto por otros factores, pero ahora toca buscar soluciones y dejar de mirarnos unos a otros. Sin austeridad en la periferia serían necesarios tal cantidad de recursos desde el núcleo que haría inviable la continuidad, podríamos aplazar dicha decisión con el BCE pero no resolver los fallos estructurales que son los verdaderos causantes de lo que vemos. Asimismo si solo nosotros cargásemos con todo el ajuste, la economía colapsaría y el final sería traumático. Ni el núcleo ni la periferia pueden vencer individualmente, necesitan cooperar.

Cierto es que hasta el momento el ajuste estaba siendo asimétrico, motivo por el que algunos criticaban a Alemania por no querer cumplir con su parte. Pero, ¿de verdad íbamos a hacer las reformas necesarias si no nos presionasen? Presión mediante seguimos con un ajuste inmobiliario a medias, con miedo a las reformas políticamente costosas y dando la imagen de que no somos realmente conscientes de lo que nos jugamos. Por ello se puede culpar a Alemania, pero también entender que no creyesen que nuestra voluntad para esforzarnos era verdadera. Una vez hemos dado muestras de ello parece que la situación cambia, la inflexible Alemania ha lanzado mensajes que suponen un cambio radical en su actitud.

1.- Inflación: La pasada semana Jens Ulbrich, miembro del Bundesbank, afirmó que Alemania podría tolerar una inflación por encima de la media de la Eurozona. ¡Esto es un cambio disruptivo! ¿Por qué? No solo porque es la primera vez que parecen dar muestras de superar lo ocurrido en la Republica de Weimar, también porque puede representar un punto de inflexión de magnitudes inimaginables por el español medio. Y es que esto lo que quiere decir es que España no se tendrá que devaluar internamente tanto como se creía, es decir, que gracias a este movimiento nuestra nómina se verá menos perjudicada.

A lo largo de los últimos años los costes laborales se han disparado en España, lo que significa pérdida de competitividad, lo que significa endeudamiento con el exterior, lo que significa paro… y lo que significa que el proceso debe ser revertido porque las diferencias se hacen insalvables dentro de la Eurozona. Si tuviésemos nuestro propio Banco Central podríamos devaluar, pero como no lo tenemos solo queda el ajuste clásico: la devaluación interna. Observen la siguiente gráfica:


La gráfica representa los costes laborales unitarios, es decir, el coste por unidad de producto, lo que trata de ser una aproximación a la competitividad. Si para fabricar un mismo bien el coste se reduce en un lugar y se dispara en otro el primero se hará más competitivo que el segundo. Como podemos comprobar en este caso el primero es Alemania y el segundo España, en azul y rojo respectivamente. ¿Dónde entra el movimiento planteado por el Bundesbank en todo esto? Lo van a entender muy rápido viendo la siguiente gráfica.


¿Saben cuál es la diferencia entre una y otra? ¡La inflación! En otras palabras, si la inflación de Alemania y de España hubiese sido la misma en los últimos años, España habría ganado competitividad con respecto a Alemania desde la entrada en el euro. O lo que es lo mismo, no son los salarios de los trabajadores quienes han mermado la competitividad de este país, puesto que en términos reales se cobra hoy menos que hace una década por producir lo mismo, ¡ha sido la inflación!

Por eso que Alemania acepte tener una inflación por encima de la media de la Eurozona es un gran respiro para nosotros, hará que nuestra devaluación interna sea menor puesto que serán ellos los que ahora sufran el proceso que hemos sufrido en la última década, al menos parcialmente. Esto seguramente supondrá mayores salarios para los alemanes, incremento de precios en el Real Estate, menor competitividad y superávit comercial con los socios comunitarios. No esperemos grandes cambios, porque Alemania querrá seguir compitiendo a nivel internacional, pero en cualquier caso cualquier ayuda se agradece.

Por la contra España podría beneficiarse de una menor devaluación, mayor competitividad y por tanto menor destrucción de empleo. O lo que es lo mismo, este movimiento impulsa el reequilibrio de la Eurozona. Movimiento que según algunas fuentes podría prolongarse en el medio plazo por lo que si hacemos los deberes controlando la inflación (y no solo durante las recesiones cuando el diferencial se vuelve negativo sin ningún tipo de reforma)  acercando los salarios a la productividad, aumentando la competitividad interna y potenciando el sector exterior en lugar del consumo, podríamos estar ante nuestro punto de inflexión en esta larga crisis. Está por ver, eso sí, que realmente se confirme lo dicho, las presiones no serán tenues.


2.- Crecimiento: Actualmente la mismísima Merkel reconoce que es necesario potenciar el crecimiento para salir de esta situación, y es que tratar de hacer un ajuste de las magnitudes necesarias mediante devaluación interna sin ayuda exterior es un seguro de recesión profunda, muy profunda. Si el PIB se desploma da igual lo que intentes pagar, la deuda aumentará, el efecto final será un aumento del ratio deuda entre PIB y por tanto una percepción de deterioro de la solvencia y por tanto más intereses, y por tanto más deuda… ¿Cómo potenciar el crecimiento entonces? Es una pregunta difícil, ya que los déficits fiscales, opción habitualmente escuchada, pueden ser bien o mal usados según la disyuntiva “política – eficiencia” del gobierno de turno.

Lo que sí podemos es plantear alternativas, alternativas que cada vez son más escuchadas. ¿Qué hay de un Plan Marshall? ¿Qué ocurriría si por ejemplo la UE decide poner el dinero para realizar proyectos clave, que se consideren imprescindibles para mejorar la competitividad, a un “precio amigo”? Quien pone el dinero, el núcleo de la Eurozona, podría recibir el coste de financiación que le pida el mercado y auditorías propias para comprobar el buen uso de los fondos. Quien lo recibe, la periferia, realizaría un proyecto útil y potenciaría el crecimiento. Lo mejor de esto no es el corto plazo, sino que sería un principio de trasferencias fiscales.

La "Nueva Eurozona"

Tenemos una última opción, una que cada día parece más cercana para Grecia: dejar el euro. Alemania parecía decidida a no dejar caer a nadie que aplicase reformas, pero cuando éstas son tan duras como las aplicadas en la Republica Helena es comprensible que surjan dudas por parte de los afectados. Citigroup le da un 50-75% de probabilidades a la salida del euro, John Taylor, del mayor hedge fund de divisas del mundo, cree que la salida se producirá este verano, entre otros. Por fundamentales Grecia o Portugal están fuera, su ajuste es imposible, aunque al ser pequeños podrían mantenerse vía fuertes trasferencias fiscales. Es una decisión política. Económicamente está claro.

Estamos ante un punto de inflexión en la Eurozona, ante un momento que marcará nuestro futuro porque actualmente se está creando una nueva estructura para la unión, una “Nueva Eurozona” con unos miembros más unidos... y otros que puede que no sean miembros. Una vez aplicada cierta austeridad parece que Alemania tratará de tomar las medidas necesarias para salvar el euro antes de que el contagio avance a países como Francia. Si esto es así deberíamos olvidarnos del “enemigo común” y pasar a intentar hacerlo lo mejor posible, puesto que somos nosotros la variable que más influye en nuestro propio futuro. Todos vamos en el mismo barco y todos debemos mantenerlo a flote.

Por Kike Vázquez para COTIZALIA del 14/05/2012

QUOD NIHIL SCITUR

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Que nada sabemos, como decía el escéptico Francisco Sánchez, o, más en enxebre, «por una parte, ya ven y, por otra, ¿qué quieren que les diga?»

En el momento que escribo estas líneas el interés de la deuda española lleva alcanzando máximos día tras día. Se nos dijo primero que el rescate/préstamo a la banca calmaría los mercados. Inútil. Después que el triunfo en Grecia de los partidarios del cumplimiento de los acuerdos lo haría. En vano. Antes, que las reformas en España harían caer la prima de riesgo. Nada. Y así día tras día. Y no eran esos pronósticos entusiásticos del Gobierno, sino de muchos analistas económicos. Como Aquiles tras la tortuga, en la aporía de Zenón de Elea, corrimos tras ellos sin nunca alcanzarlos. Ahora se nos cuelgan nuevas zanahorias-hito delante de nuestras narices: la unión bancaria, los eurobonos, la unión fiscal, un programa de estímulos a la inversión. Posiblemente todos esos discursos sean, a su vez, inútiles, y, además, no tengan nada que ver con el fondo de la cuestión.

Y si ustedes siguen con alguna atención los análisis y pronósticos de los economistas europeos y estadounidenses (¡Ojo, no de los tertulianos o adscritos a uno u otro bando político, que se limitan a reiterar las elementales recetas de cada catecismo!), verán que los krugmanianos-keynesianos piden más deuda e inversión, mientras que otros, tan serios como estos, exigen seguir reduciendo deuda y déficit. Una parte afirma que el problema de España no es tanto un problema particular, cuanto del conjunto de la UE y del euro; otra parte, lo contrario. Cuáles afirman que existe un ataque contra el euro que explica la crisis de la demanda de financiación española, cuáles que nuestros problemas se deben exclusivamente a la debilidad de nuestra economía productiva y de nuestras finanzas. Esto es, y según les decía arriba, «que, por una parte, ya ven…».

¿Es la fórmula de «más Europa», con sus concretas recetas —unidad fiscal, cambios en el BCE, eurobonos, etc.—, la solución de nuestros males? Yo, qué quieren que les diga, soy muy escéptico. Entre otras razones, porque, en general, la mayoría de las propuestas de «más Europa» y de las soluciones de sus partidarios han sido en gran medida un fiasco y han pecado de una enorme falta de la más elemental inteligencia y conocimiento de la realidad. ¿Se acuerdan del SME y su fracaso ante Soros? ¿De los referenda fallidos o «arreglados» tras su fracaso inicial en varios países? ¿Nadie previó que el papel del BCE como mero instrumento del control de precios hacía de él una institución solo válida para épocas de bonanza y estabilidad? ¿No recuerdan el entusiasmo «europeísta y progresista» que acompañó a la firma del acuerdo de Schengen? Pues los problemas que suscitaba la libre circulación sin control de personas eran previsibles para cualquier ciego, y tardaron mucho en verse.

Y si nos centramos exclusivamente en el euro, ¿cómo es posible que los «cráneos» (o calabazas) europeos no hayan previsto en el Acta Única o en Maastrich la fórmula de excluirse un país de la moneda única? ¿No se les ocurrió que podía pasar? Más aún: llevamos varios años intentando que Grecia no salga del euro (con regalos de quitas y con préstamos), entre otras razones, por las repercusiones que en todos los ámbitos ello tendría para muchos países de Europa, para sus bancos y para su economía. Y eso que la Hélade es un país pequeño. ¿Se imaginan ustedes lo que ocurriría si en un país de mayor tamaño triunfase, en lo futuro, un gobierno partidario de abandonar la moneda común? ¿Y si ocurriese en dos o en tres? ¿Cuál sería entonces la intensidad de la tormenta?

Y, en nuestro caso, además, el euro nos será siempre un problema. En primer lugar, porque estaremos sometidos, velis nolis, a las decisiones e intereses de los más fuertes; pero, sobre todo, porque nos constriñe a crecer solo en sectores de poco peso tecnológico e innovador, nos dificulta conquistar el mercado interior de productos de poco valor añadido, nos obliga a adquirir competitividad solo a través de la destrucción de empleo y del empobrecimiento general.

En una palabra, para nosotros y para la UE, el euro es como un inmenso campo de chicle en que, cuando uno despega con esfuerzo una pierna de un lugar, siente aherrojada la otra en uno próximo.

...El dinosaurio seguirá ahí

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…EL DINOSAURIO SEGUIRÁ AHÍ


Cuando se hayan cumplido nuestros sueños (la caída del gobierno de Rajoy; la reconversión del BCE; la emisión de esa confusa figura —más un deseo mágico que una propuesta concreta— que son los eurobonos, la desaparición de todos los políticos o, al menos los profesionales; los efectos de la varita mágica de Hollande y la evaporación de doña Ángela…), cuando algunos de esos empeños o discursos se hubieren cumplido, el dinosaurio seguirá donde estaba: nuestro gasto muy por encima de lo que ingresamos actualmente, problema solo resoluble con mayores subidas de impuestos que, inevitablemente, provocarán una mayor contracción y una nueva inadecuación de los ingresos; la necesidad de financiarnos, cada vez a un precio más caro; nuestra voluminoso endeudamiento tanto público como privado (2.88 billones de euros este), y, especialmente, la deuda exterior (1.7 millones); la dificultad de financiación de nuestros bancos (al margen ya de lo que se ha denominado «la exposición al ladrillo» y de la morosidad derivada de la crisis) por la deuda acumulada para poder efectuar en su día los préstamos al sector privado y por las sospechas que pesan sobre su capacidad para devolverlos. Es decir que, aunque por arte de birlibirloque nos dejasen el dinero a un interés similar al de Alemania y sin límite alguno, seguiríamos teniendo un enorme problema que condicionaría nuestra economía y nuestro sistema financiero. Es cierto que, como algunos pretenden, podríamos declararnos en quiebra, no pagar nuestras deudas, salirnos del euro y emitir belarminos (la moneda que el Consejo de Asturias y León acuñó durante la guerra y cuyo valor fue prácticamente nulo desde el principio), pero los efectos de ello, sobre desastrosos, son incognoscibles en su magnitud.

Con todo, si despertásemos y, de golpe, la situación de nuestras finanzas estuviese regularizada, la deuda y el déficit reducidos a niveles aceptables y encaminada la financiación, el dinosaurio seguirá estando ahí. Pues en España tenemos dos graves problemas estructurales, el de nuestro sistema productivo y el de nuestra pertenencia al euro (y, probablemente, un tercero: el de la mentalidad colectiva y el de la formación, íntimamente ligados). En cuanto al primero, hay que decir que nuestra economía se caracteriza —al margen de los problemas coyunturales— por su no hallarse en la vanguardia de la tecnología y la innovación, por el alto precio de la energía y nuestra alta dependencia exterior para el abastecimiento primario, por los altos costos unitarios por producto, por el escaso tamaño de muchas de nuestras empresas con capacidad para exportar, por un déficit de organización para la presencia comercial en el exterior, en una palabra, por nuestra escasa competitividad y la carestía comparativa de nuestra producción, lo que nos dificulta la exportación y favorece la importación, desequilibrando así nuestra balanza comercial.

El segundo problema es el de nuestra pertenencia al euro, como vengo denunciando desde 2002. En efecto, si la moneda única conlleva ciertas ventajas, para los países con desigualdad industrial y falta de competividad productiva —al margen ya de la brutal subida de los precios que arrastró tras su implantación— constituye un elemento perturbador que solo a muy largo plazo se podría salvar, si es que se puede. En efecto, la ausencia de una moneda propia tiene el inconveniente de que no se puede devaluar, a fin de, por un lado, efectuar un ajuste competitivo y rápido para la exportación; pero, por otro lado, los ajustes necesarios se realizan de forma más demorada y dolorosa, por la vía de la destrucción de empleo y empresas, como nos está ocurriendo en los últimos cuatro años. De otra mano, impide que, mediante una combinación de estímulos, aranceles y diferenciales de costos, las empresas puedan sustituir parte de los productos importados y (re)conquistar el mercado interior, con sus efectos sobre el empleo y el bienestar de la población.

Finalmente, la moneda única hace que las políticas derivadas de los intereses comerciales e internacionales de los países rectores se impongan para el conjunto, como ocurre en este caso con los intereses de Alemania en relación con las importaciones y exportaciones a China. De otra parte, son esos países rectores los que imponen su interpretación, su «ritmo» a las reglas comunitarias, ensanchándolas o estrechándolas en virtud de sus propios intereses, por ejemplo, Alemania y Francia flexibilizando los topes del endeudamiento público cuando les vino bien para financiar sus políticas expansivas; apretando ahora contra el endeudamiento y el déficit porque a ellos les conviene

¿Es imposible la mejora? No. ¿Va a ser dura y difícil? Sí. ¿Caben los milagros? Solo en la cabeza de los milagreros.

George Soros tampoco se fía del euru

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Yá saben qu'anuncié nel 2002 la crisis del euru, y señalé los problemes qu'acostinaba pa les economíes con menos innovación y capacidá industrial. Aquelles predicciones, por desgracia, cumpliérense. Ye posible, como dixe yá delles vegaes, que, al final, y pesie a tolos nuestros esfuerzos, tengamos que salinos del euru pa crear empléu. Que la voladura del euru sea controlada o non ye otra cosa.

Lo que-yos pongo equí agora ye la opinión de George Soros. Como recordarán, el fue'l qu'apostó contra la llibra inglesa y el SME (el sistema monetariu européu) y obligó a devaluar la llibra y otres monedes como la peseta. Él, como otros munchos, creen que l'euru ye insostenible pola disimilitú de les economíes, y porque la moneda única obliga, precisamente, a que cada día s'afonden más les diferencies ente economíes.

¿Hacia una época de convulsiones?

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Este artículo se publicaba el 13/05/2010. Los invito a leerlo. Lean, en particular el párrafo cuarto. Atiendan, especialmente, a la idea de que la magnitud de las convulsiones no dependerá de la objetividad de los problemas, sino de la capacidad de determinadas organizaciones para magnificarlas y manipularlas.



En el año 2002, con motivo de la entrada en vigor del euro y la ratificación del tratado de Niza, señalé, a propósito de la moneda única, que la desaparición de la potestad devaluatoria para los estados obligaba a que los ajustes se tuvieran que realizar por la vía de la reducción de salarios o por la del crecimiento del desempleo. Asimismo, el 05/11/02, apuntaba los posibles problemas de la moneda única en la economía: «Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la UE) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.» Y, del mismo modo, señalando los futuros problemas del euro en relación con las divergentes realidades económicas que bajo su techo se acogían, recogía una profecía de algunos economistas: « Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nobel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.»

El objeto de este artículo no es estrictamente el de señalar lo acertado de tales previsiones, sino, a partir de ello, subrayar que aquellos y otros problemas incardinados en la «veracidad del euro» —en cuanto reflejo de las diversas economías y en cuanto instrumento de política monetaria para toda la zona de la moneda única— tienen difícil solución (si es que la tienen) y que, por tanto, el euro puede verse, de un lado, expuesto a ataques cíclicos de los mercados y, por otro, llevar a políticas monetarias que puedan tener efectos contradictorios en los diversos países, y eso, pese a cuantas medidas se están tomando en estos momentos de respaldo crediticio a concretos países o a la misma moneda. La reconsideración, pues, del Banco Central y del euro deviene inevitable.

Ahora bien, el problema de la Unión no es exactamente el de la política monetaria, sino el de su economía real. Como decía en el 2002, « Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo.», opinión que estos días ha vuelto a poner sobre el tapete el «Comité de Sabios» de la UE presidido por Felipe González Márquez.

En todo caso, y junto con esas cuestiones señaladas apunta en el horizonte otra: la posibilidad de una época convulsiones sociales, especialmente en el sur de Europa. Es sabido que unos cuantos estados han de realizar ajustes económicos severos que, además, irán unidos a una época de recesión —y, por tanto, de paro— relativamente larga. El malestar social es, en consecuencia, inevitable. El tamaño y forma de expresión de ese malestar no depende únicamente de la capacidad del estado y de las fuerzas políticas para gestionarlo, sino de la aparición o no de fuerzas «antisistema» que sepan utilizarlo y, como en todas las cosas sometidas a la humana ventura, de imprevisibles circunstancias o accidentes coyunturales. Una de las manifestaciones de ese malestar mal gestionado o ingestionable pueden ser las explosiones de violencia social o política. Otra, no incompatible, con la anterior, la «argentinización» (o la «helenización») de los estados, la progresiva depauperación del país a base de políticas demagógicas que conviertan en aparente pan de hoy la miseria del mañana.

De cómo manejemos, pues, unos y otros vectores, pero, sobre todo, de la implantación de políticas de crecimiento económico real —basadas en la innovación y en la productividad y no el crecimiento exponencial del endeudamiento, como hasta ahora— va a depender el futuro de alguna de las sociedades europeas y el propio ser de Europa.


Asoleyóse na Nueva del 13/05/2010, día de les apariciones de Cova de Iría, en Fátima.

Lo siento mucho

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Bancu Central Européu

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones preexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica —española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo. Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan –según reconocen paladinamente- a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agrícola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean muy otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.

¿QUE QUÉ ES LO QUE SIENTO MUCHO? PUES QUE ESTE ARTÍCULO ES DEL 05/11 DEL 2002. DESDE ENTONCES HASTA HOY SE HAN CUMPLIDO ALGUNO DE LOS AVISOS EN ÉL CONTENIDOS, DE UN LADO; DE OTRO, ESTAMOS COMO ESTÁBAMOS. ¡EN DIEZ AÑOS!

Terremoto de máxima intensidad en Grecia

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-Giorgos Papandreu-

La decisión inesperada del gobierno griego -ayer a última hora- de convocar un referéndum para aceptar o rechazar el segundo rescate de la UE y sus condiciones va a tener efectos devastadores en los países de la Unión Europea, y quién sabe si en más lugares: sobre los bancos, sobre la deuda estatal de los diversos países, sobre las economías en general. A España, por supuesto, la va a afectar gravemente. De modo que, a partir de ahora, todo se hace más imprevisible, e iremos de susto en susto hasta la celebración de ese referéndum, cuyos resultados seguramente serán negativos y cuyas consecuencias serán aún más impredecibles.

Seguramente es hora ya de pensar no en más Europa o otras cosas así, sino en una salida ordenada y acordada del euro, antes que el euro nos arroje fuera a todos de manera desordenada.

Por cierto, Grecia nos ha engañado (con el consenso de algunos) a la hora de entrar en el euro, nos ha seguido engañando con sus cuentas, nos ha chantajeado con la catástrofe y, ahora, nos vuelve a chantajear (o amenazar) con ella.

En la Grecia clásica existía la figura política del ostracismo. ¿No es hora ya de resucitarla?

¿HACIA UNA ÉPOCA DE CONVULSIONES?

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Reitero equí lo que yá anunciaba el 13/05/2010, l'apertura d'un períodu d'engarradielles y convulsiones n'España y Europa. Va dir a más. Van velo. Y, por favor, llean con pricuru'l final del artículu.




En el año 2002, con motivo de la entrada en vigor del euro y la ratificación del tratado de Niza, señalé, a propósito de la moneda única, que la desaparición de la potestad devaluatoria para los estados obligaba a que los ajustes se tuvieran que realizar por la vía de la reducción de salarios o por la del crecimiento del desempleo. Asimismo, el 05/11/02, apuntaba los posibles problemas de la moneda única en la economía: «Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la UE) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.» Y, del mismo modo, señalando los futuros problemas del euro en relación con las divergentes realidades económicas que bajo su techo se acogían, recogía una profecía de algunos economistas: « Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nobel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.»

El objeto de este artículo no es estrictamente el de señalar lo acertado de tales previsiones, sino, a partir de ello, subrayar que aquellos y otros problemas incardinados en la «veracidad del euro» —en cuanto reflejo de las diversas economías y en cuanto instrumento de política monetaria para toda la zona de la moneda única— tienen difícil solución (si es que la tienen) y que, por tanto, el euro puede verse, de un lado, expuesto a ataques cíclicos de los mercados y, por otro, llevar a políticas monetarias que puedan tener efectos contradictorios en los diversos países, y eso, pese a cuantas medidas se están tomando en estos momentos de respaldo crediticio a concretos países o a la misma moneda. La reconsideración, pues, del Banco Central y del euro deviene inevitable.

Ahora bien, el problema de la Unión no es exactamente el de la política monetaria, sino el de su economía real. Como decía en el 2002, « Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo.», opinión que estos días ha vuelto a poner sobre el tapete el «Comité de Sabios» de la UE presidido por Felipe González Márquez.

En todo caso, y junto con esas cuestiones señaladas apunta en el horizonte otra: la posibilidad de una época convulsiones sociales, especialmente en el sur de Europa. Es sabido que unos cuantos estados han de realizar ajustes económicos severos que, además, irán unidos a una época de recesión —y, por tanto, de paro— relativamente larga. El malestar social es, en consecuencia, inevitable. El tamaño y forma de expresión de ese malestar no depende únicamente de la capacidad del estado y de las fuerzas políticas para gestionarlo, sino de la aparición o no de fuerzas «antisistema» que sepan utilizarlo y, como en todas las cosas sometidas a la humana ventura, de imprevisibles circunstancias o accidentes coyunturales. Una de las manifestaciones de ese malestar mal gestionado o ingestionable pueden ser las explosiones de violencia social o política. Otra, no incompatible, con la anterior, la «argentinización» (o la «helenización») de los estados, la progresiva depauperación del país a base de políticas demagógicas que conviertan en aparente pan de hoy la miseria del mañana.

De cómo manejemos, pues, unos y otros vectores, pero, sobre todo, de la implantación de políticas de crecimiento económico real —basadas en la innovación y en la productividad y no el crecimiento exponencial del endeudamiento, como hasta ahora— va a depender el futuro de alguna de las sociedades europeas y el propio ser de Europa.

La realidad sigue ahí

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La enorme cantidad de dinero comprometido (750.000 millones de euros) estos días para respaldar y estabilizar el euro no resuelve ni los problemas de la economía española ni los de la moneda de la Unión. Los del euro, porque esta moneda tiene desde su inicio un problema constitutivo: abarca economías muy diversas, niveles de inflación y precios diferentes, sistemas productivos de muy distinta capacidad y rentabilidad. Todo ello, que amenazaba desde un principio a la moneda —aquí señalamos cómo en el 2002 ya hubo quien pronosticó la crisis del 2010—, se ha ido haciendo más intrincado a medida que nuevos países se incorporaron a la Unión, con lo que la moneda es ahora un traje con muchas suturas que amenazan con romperse por el sitio más inesperado.

Por otro lado, ninguno de las providencias que se proponen para vigilar las variables estatales que afectan al valor del euro y su estabilidad parecen un remedio eficaz y perdurable. Sin remontarnos a la fallida experiencia del Sistema Monetario Europeo de los años noventa, basta recordar que en actual pacto de estabilidad ya existe un límite del 3% para el déficit de las cuentas públicas. Pues bien, no sólo España, Grecia o Portugal lo han saltado, sino que Francia o Alemania lo han hecho también cuando lo han necesitado. ¿Quién dice, pues, que el aumento de controles o de sanciones va a hacer cambiar las cosas? Y, por otro lado, ¿qué lógica tendría que, en un futuro, se sancionase con penas más graves a quien no pudiese tener unas finanzas sostenibles? ¿Incrementar la deuda de aquel para quien ya es insostenible? La idea, finalmente, de que un organismo supraestatal —Banco Central, Comisión…— tuviera un mayor control sobre los presupuestos de los estados y que gestionara de manera uniforme más aspectos financieros de los que ahora se gestionan choca con dos problemas, ambos de extrema gravedad. El primero, atingente a la diversidad de realidades económicas de cada país, en virtud de la cual una misma política (nivel impositivo, capacidad crediticia, tipos de interés del Banco Central, etc.) puede ser buena para unos y negativa para otros. El segundo, de orden político: ¿Se puede ceder toda la soberanía sobre la rección económica a un organismo de ese tipo, quedando apenas sin capacidad de intervención en el ámbito estatal? Y, sobre todo, ¿en qué es mejor y en qué sabe más una burocracia sin responsabilidad directa hacia los ciudadanos que los políticos directamente elegidos por ellos? ¿Esa burocracia atendería a las necesidades y puntos de vista del conjunto de naciones de la Unión o sólo o principalmente a los de los más poderosos?

Por decirlo de una forma gráfica: el euro es un tren a toda velocidad con altas posibilidades de estrellarse. Quien va subido en él sabe que si se tira ahora en marcha sufrirá daños irreparables, pero tiene, al mismo tiempo, la casi absoluta seguridad de que, tarde o temprano, el desastre llegará de otra forma. Las opciones, como se ve, son complicadas.

En cuanto a España, su problema no es únicamente el del euro —aunque se halle ahora, al respecto, en un ápice coyuntural muy grave—, sino el de la salud de nuestras cuentas (cuentas públicas, cajas de ahorros, elevadísima deuda exterior, problemas fiduciarios para financiarnos) y el de la escasa dimensión de nuestro sistema productivo y la falta de competitividad de una parte sustancial de él, así como el de la legislación que rige las relaciones laborales, arcaica ésta y nada favorecedora del dinamismo y del empleo (cuya baja tasa es consecuencia de lo anterior).

Si no abordamos con decisión las variadas componentes de todo ello —liberalizaciones en el ámbito del comercio y la creación de empresas, fluidez del crédito, innovación e investigación, legislación laboral y convenios colectivos, política energética, educación y formación, principal, pero no únicamente— y, al mismo tiempo, favorecemos un cambio de mentalidad social sobre el trabajo y la representación del mundo, aunque de repente todas las dificultades de la crisis mundial y europea quedasen resueltas, incluso las financieras propiamente de España, nuestro problema seguiría siendo el mismo: seríamos cada vez menos competitivos, padeceríamos cada vez más deslocalizaciones, el empleo seguiría destruyéndose o, al menos, no se crearía en cuantía notable.

¿Que qué digo de Asturies? Multipliquen por equis.

Asoleyáu na Nueva España del 28/02/2010

Pronosticado hace 8 años: crisis del euro

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Lo que viene a continuación es un artículo mío publicado el 5 del 11 del 2002.

Adviertan en él cómo se pronosticaban las posibles trampas contables de los países del euro; los problemas de la cotización del euro con respecto a las diferencias entre las economías de diversos países y UN PRONÓSTICO, REFLEJANDO LA OPINIÓN DE DIVERSOS ECONOMISTAS, LA POSIBLE GRAVÍSIMA CRISIS DEL EURO HACIA EL 2010.

Lean:

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO


El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones preexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica —española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo.Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan –según reconocen paladinamente- a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agrícola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean muy otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.