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Cuando atabeis los perros con llonganices...

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Invítolos a ver esti artículu en www.asturiasmundial.com «Cuando atábeis....». Fírmalu Ignacio Sánchez Vicente. Yo preferiría decir "Cuando atabeis los pulpos con sardines d'abareque", pero, pal casu, vien ser lo mesmo.

Cuando atábeis los perros con morcielles, azorrábeis y votábeis

No sé qué me molesta más de este pueblo mío, si la hipocresía o la tontuna. Comenzaré por referirme a la primera y lo haré aclarando que niego la mayor. Es decir, que niego que este sea un país corrupto, ni que los políticos de este país sean especialmente corruptos y, mucho menos, que, además, en los demás países europeos habiten santos, querubines, serafines y demás tribus arcangélicas. ¡Una leche!. Las cloacas del poder en Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, etc, esconden sentinas de podredumbre como en cualquier otra parte, pero como son más ricos, más mierda tienen.

Miren. En los años de vacas gordas aquí, quién más y quién menos, chollaba todo lo que podía, defraudaba al fisco todo lo que podía, enchufaba al amigo o pariente todo lo que podía, estafaba al público todo lo que podía, y eso iba desde el humilde portero de Comunidad que tenía, misteriosamente, dos o tres pisos, hasta el gerente de una empresa pública que se enriquecía con el economato, o el de una privada que salía milagrosamente rico de su paso por la jefatura de material y compras, o el presbítero picarón que implementaba la tarifa oficial por los servicios religiosos. Salvo cuatro que no lo hicieron y así les quedó la cara de tontos.¿Qué me dice? ¿Qué usted no? ¿Tiro de dossier?...Claro.Sabemos lo tuyo.

Y aquí también, elección tras elección, usted volvía a votar a los suyos, aunque en Madrid votasen contra los intereses de su tierra. Y usted votaba un alcalde del que luego decía en las tertulias que sabía de buena tinta que cobraba de aquí, o se pringaba de allá. Y ha votado a diputados de los que aseguraba usted en privado que le constaba que tenían negocios de hostelería, o de combustibles, o pisos, de oscura procedencia.

Pero todos tan felices. Corría el dinero, se ataban los perros con riestras de morcillas gruesas como gochinos y aquí todos a dormir con la panza llena y la conciencia plana.

Por eso ahora me molesta que la gente coja la escopeta matalobos y ¡hala! a disparar contra todo lo que se mueva. Pues no. Me niego a que se llenen las calles de mierda y este país sea irrespirable por la inconsciencia de un pueblo que no es ajeno a muchos de sus males, aunque si naturalmente al latrocinio financiero que estamos pagando entre todos.

Y luego lo de la tontuna. Pero vamos a ver, alma cándida. Cuando haces caso a los quintacolumnistas de la caverna. los verdaderos antisistema que no son los del 15 M sino los que quieren quedarse con todo el negocio y volver a ponerte bajo el látigo del amo y rodear España con las rejas de la dictadura, ¿no te das cuenta de lo tonto que eres? Mira: si alguien quiere quitar los políticos (con lo que elimina cualquier atisbo de democracia, por perfectible que esta sea), los sindicatos (con lo que deja al tabajador cautivo y animalizado, cosificado), las autonomías, los ayuntamientos, la sanidad pública, la enseñanza pública..: ¿No ves lo que te queda? Nada, no te queda nada. Ni voto, ni dignidad, ni derechos, ni voz. ¿Y estás apoyando eso, pinín? Sinceramente, creo que eres tonto de noche, tonto de día y, se me olvidaba, creo que también yes fatín por la madrugada.

Háganme el favor de ser inteligentes. Lo de felices lo dejamos para otro día.

¡Anda! Marcho corriendo que se me pasa la hora de andar.

Un besu (para las señoras, usted quite allá esi morru)

¿HACIA UNA ÉPOCA DE CONVULSIONES?

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El testu ta escritu'l 13 de mayu de 2010. Invítolos a lleelu y reflexionar.

En el año 2002, con motivo de la entrada en vigor del euro y la ratificación del tratado de Niza, señalé, a propósito de la moneda única, que la desaparición de la potestad devaluatoria para los estados obligaba a que los ajustes se tuvieran que realizar por la vía de la reducción de salarios o por la del crecimiento del desempleo. Asimismo, el 05/11/02, apuntaba los posibles problemas de la moneda única en la economía: «Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la UE) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.» Y, del mismo modo, señalando los futuros problemas del euro en relación con las divergentes realidades económicas que bajo su techo se acogían, recogía una profecía de algunos economistas: « Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nobel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.»
            El objeto de este artículo no es estrictamente el de señalar lo acertado de tales previsiones, sino, a partir de ello, subrayar que aquellos y otros problemas incardinados en la «veracidad del euro» —en cuanto reflejo de las diversas economías y en cuanto instrumento de política monetaria para toda la zona de la moneda única— tienen difícil solución (si es que la tienen) y que, por tanto, el euro puede verse, de un lado, expuesto a ataques cíclicos de los mercados y, por otro, llevar a políticas monetarias que puedan tener efectos contradictorios en los diversos países, y eso, pese a cuantas medidas se están tomando en estos momentos de respaldo crediticio a concretos países o a la misma moneda. La reconsideración, pues, del Banco Central y del euro deviene inevitable.



            Ahora bien, el problema de la Unión no es exactamente el de la política monetaria, sino el de su economía real. Como decía en el 2002, « Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo.», opinión que estos días ha vuelto a poner sobre el tapete el «Comité de Sabios» de la UE presidido por Felipe González Márquez.
            En todo caso, y junto con esas cuestiones señaladas apunta en el horizonte otra: la posibilidad de una época convulsiones sociales, especialmente en el sur de Europa. Es sabido que unos cuantos estados han de realizar ajustes económicos severos que, además, irán unidos a una época de recesión —y, por tanto, de paro— relativamente larga. El malestar social es, en consecuencia, inevitable. El tamaño y forma de expresión de ese malestar no depende únicamente de la capacidad del estado y de las fuerzas políticas para gestionarlo, sino de la aparición o no de fuerzas «antisistema» que sepan utilizarlo y, como en todas las cosas sometidas a la humana ventura, de imprevisibles circunstancias o accidentes coyunturales. Una de las manifestaciones de ese malestar mal gestionado o ingestionable pueden ser las explosiones de violencia social o política. Otra, no incompatible, con la anterior, la «argentinización» (o la «helenización») de los estados, la progresiva depauperación del país a base de políticas demagógicas que  conviertan en aparente pan de hoy la miseria del mañana.
            De cómo manejemos, pues, unos y otros vectores, pero, sobre todo, de la implantación de políticas de crecimiento económico real —basadas en la innovación y en la productividad y no el crecimiento exponencial del endeudamiento, como hasta ahora— va a depender el futuro de alguna de las sociedades europeas y el propio ser de Europa.

Europa y nuestros problemas

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Este artículo se publicaba el 22/12/2011. Lo sinvito a leerlo. Lean, en particular el párrafo tercero. Atiendan, especialmente, a la idea de que la magnitud de las convulsiones no dependerá de la objetividad de los problemas, sino de la capacidad de determinadas organizaciones para magnificarlas y manipularlas.



Quienquiera que tuviese un poco de memoria concedería escasa fiabilidad a los gestores de la Unión Europea y, por tanto, ningún crédito a sus propuestas y pronósticos. Si hacemos un repaso somero de los últimos años, debemos recordar que la constitución del Sistema Monetario Europeo (1979), que debía estabilizar las monedas a él adscritas, acabó con un rotundo fracaso (un especulador principal, George Soros, fue su debelador), el cual dio paso a la posterior integración monetaria en el euro en 2002. Los tratados de Niza (2001) y de Lisboa (2007) hubieron de ser sometidos a importantes torsiones interpretativas, semejantemente a lo que en su día ocurrió con la Constitución y el Estatuto de Andalucía, a fin de que pudiesen funcionar, al no haber sido ratificados, al menos inicialmente, en algunos de los países firmantes. El Banco Central Europeo se crea con la finalidad económica principal de la de contener la inflación, lo que parece un mandato claramente insuficiente. Al mismo tiempo, el Plan de Estabilidad que acompañó al nacimiento del euro fue incumplido desde el primer momento por, entre otros, Francia y Alemania, hoy los impulsores más radicales del «déficit cero», etc. A esta incapacidad por prever la realidad y lidiar con ella —consustancial a casi todas las iniciativas y líderes de la Unión Europea— se ha venido sumando, paralelamente, un procedimiento de «patada a seguir», en virtud del cual cada nuevo tratado, y casi cada nueva presidencia turnante, ha venido a ampliar el número de países, de compromisos comunes o de instituciones comunitarias, de algunas de las cuales, como la del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, se ignora para qué pudieran servir, aunque se conoce su absoluta ineficacia hasta ahora. El euro mismo, cuyo propósito inicial manifestado era sencillamente el de dar estabilidad a la moneda y abaratar las transacciones financieras y de mercancías, se ha convertido en un monstruo que amenaza con devorar economías y países. Ahora bien, los problemas que conllevaba su implantación, tanto para cada una de las economías nacionales como en lo relativo a crear tensiones en los mercados, eran fácilmente previsibles. Alguien escasamente conocedor de la economía como yo, los enunciaba aquí, en LA NUEVA ESPAÑA, el 02/11/2002, en un artículo titulado «Europa: economía, moneda y empleo», que los invito a releer.

Algunos piensan que una nueva «patada adelante», esto es, una mayor integración europea, con un gobierno único europeo y otras instituciones «eiusdem furfuris», implicaría la solución definitiva de todos estos problemas. La experiencia, como creo haber dejado sentado, demuestra que, hasta ahora, la mayoría de las últimas «ideaciones» europeístas se han equivocado en el análisis y en el manejo de la realidad. No hay, pues, ninguna razón para suponer que otra ideación intensificadora de ese camino hacia la gobernanza única alcanzase ningún éxito, ni siquiera que tuviese que ver con la realidad sobre la que se pretende incidir. En segundo lugar, la idea de una nación única europea, o cosa semejante, parece un ingeniación idealista e irrealizable. La identidad de las naciones que forman la UE es una sólida construcción que se ha puesto en pie a lo largo de siglos y es difícilmente desmontable en beneficio de otra identidad común; la de Europa (sobre cuya entidad ni siquiera existe acuerdo entre sus más conspicuos ahormadores unitaristas) es, por el contrario, una realidad conceptual. Entre unas y la otra existe la misma divergencia con respecto a su materialidad que la que va entre las palabras que nombran directamente las cosas y el hiperónimo que contiene la abstracción común a los sustantivos que designan los seres reales. Y, por último, es dudoso que el concepto de democracia representativa pudiese tener el mismo significado fáctico y la misma efectividad que le asignamos hoy cuando fuese practicado en ámbitos tan extensos y diversos, pero eso es harina de otro costal, que podríamos abordar otro día.

Lo que sí es cierto es que, aunque las tensiones sobre el euro se estabilizasen con los compromisos que podríamos llamar de equilibrio presupuestario —lo que está por ver— tomadas en la cumbre de jefes de Estado y Gobierno de los pasados 9 y 10 de este mes, Europa y España van a seguir sometidos a los problemas de fondo de su economía: el progresivo envejecimiento de su población y sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial, es decir, el peso de los compromisos financieros para atender las políticas sociales y la disminución de su capacidad competitiva en el mundo.

Esa situación, si preocupante en Europa, es gravísima en España, cuyo paro, superior en un 50% a la media de la UE, es el reflejo más claro de nuestros problemas de fondo y de nuestra incapacidad para crear riqueza. Y no digamos ya nada en Asturies, donde cuando las cosas van bien en España, aquí van mal o regular, cuando allí mal, aquí peor; y cuya realidad, por tantas razones, parece haber sido predicha ya en el XVII por nuestro compatriota Martín González de Cellorigo: «No parece sino que han querido reducir estos reinos a una república de hombres encantados que viven fuera del orden natural».

Para resolver esos problemas, el euro convulso que encarece los préstamos no es más que una dificultad añadida en este momento. De él a lo más que podemos aspirar es que a deje de serlo, pero en nada nos va ayudar para resolver el problema del crecimiento económico y el de nuestra diferencia tecnológica y productiva con los países más dinámicos y ricos del mundo. La cuestión es que no podemos descabalgarnos de la moneda común (tampoco podemos evitar que se nos descabalgue, por argayu de la misma) o, al menos, no sabemos cuál es el costo de ese hipotético episodio (de hecho, es impredecible), tanto en términos materiales como en los de convulsiones sociales. Y, a propósito de estas últimas, corremos el riesgo en toda Europa de que aumente su frecuencia e intensidad si las cosas no mejoran en un plazo razonable. La gravedad de las mismas no solo dependerá de las causas que las provoquen, sino, como siempre, de quién esté dispuesto a aprovechar la situación en beneficio propio y en qué términos.

¿Hacia una época de convulsiones?

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Este artículo se publicaba el 13/05/2010. Los invito a leerlo. Lean, en particular el párrafo cuarto. Atiendan, especialmente, a la idea de que la magnitud de las convulsiones no dependerá de la objetividad de los problemas, sino de la capacidad de determinadas organizaciones para magnificarlas y manipularlas.



En el año 2002, con motivo de la entrada en vigor del euro y la ratificación del tratado de Niza, señalé, a propósito de la moneda única, que la desaparición de la potestad devaluatoria para los estados obligaba a que los ajustes se tuvieran que realizar por la vía de la reducción de salarios o por la del crecimiento del desempleo. Asimismo, el 05/11/02, apuntaba los posibles problemas de la moneda única en la economía: «Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la UE) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.» Y, del mismo modo, señalando los futuros problemas del euro en relación con las divergentes realidades económicas que bajo su techo se acogían, recogía una profecía de algunos economistas: « Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nobel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.»

El objeto de este artículo no es estrictamente el de señalar lo acertado de tales previsiones, sino, a partir de ello, subrayar que aquellos y otros problemas incardinados en la «veracidad del euro» —en cuanto reflejo de las diversas economías y en cuanto instrumento de política monetaria para toda la zona de la moneda única— tienen difícil solución (si es que la tienen) y que, por tanto, el euro puede verse, de un lado, expuesto a ataques cíclicos de los mercados y, por otro, llevar a políticas monetarias que puedan tener efectos contradictorios en los diversos países, y eso, pese a cuantas medidas se están tomando en estos momentos de respaldo crediticio a concretos países o a la misma moneda. La reconsideración, pues, del Banco Central y del euro deviene inevitable.

Ahora bien, el problema de la Unión no es exactamente el de la política monetaria, sino el de su economía real. Como decía en el 2002, « Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo.», opinión que estos días ha vuelto a poner sobre el tapete el «Comité de Sabios» de la UE presidido por Felipe González Márquez.

En todo caso, y junto con esas cuestiones señaladas apunta en el horizonte otra: la posibilidad de una época convulsiones sociales, especialmente en el sur de Europa. Es sabido que unos cuantos estados han de realizar ajustes económicos severos que, además, irán unidos a una época de recesión —y, por tanto, de paro— relativamente larga. El malestar social es, en consecuencia, inevitable. El tamaño y forma de expresión de ese malestar no depende únicamente de la capacidad del estado y de las fuerzas políticas para gestionarlo, sino de la aparición o no de fuerzas «antisistema» que sepan utilizarlo y, como en todas las cosas sometidas a la humana ventura, de imprevisibles circunstancias o accidentes coyunturales. Una de las manifestaciones de ese malestar mal gestionado o ingestionable pueden ser las explosiones de violencia social o política. Otra, no incompatible, con la anterior, la «argentinización» (o la «helenización») de los estados, la progresiva depauperación del país a base de políticas demagógicas que conviertan en aparente pan de hoy la miseria del mañana.

De cómo manejemos, pues, unos y otros vectores, pero, sobre todo, de la implantación de políticas de crecimiento económico real —basadas en la innovación y en la productividad y no el crecimiento exponencial del endeudamiento, como hasta ahora— va a depender el futuro de alguna de las sociedades europeas y el propio ser de Europa.


Asoleyóse na Nueva del 13/05/2010, día de les apariciones de Cova de Iría, en Fátima.