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Cuando éramos felices e indocumentados

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(Ayer, en La Nueva España) CUANDO ÉRAMOS FELICES E INDOCUMENTADOS Pues hete aquí que así andamos, enfrascados en nuestras cosas, a veces importantes, en ocasiones hinchadas hasta límites inimaginables. Siguiendo con pasión descuartizamientos en países lejanos por personas a cuyos familiares conocemos de las imágenes de la ficción; exigiendo justicia en la plaza pública como las tricoteuses en torno a la guillotina durante la Revolución francesa o vociferando para que no se piense que somos ex illis, en una forma de identidad grupal y empoderamiento personal que ya analizó perfectamente Cervantes en El retablo de las maravillas; contemplando apasionadamente los juegos y discursos de las dos estrellas aspirantes a presidente y sus colas y acólitos. Y, sin embargo, fuera y dentro, están ocurriendo cosas de una enorme gravedad, de cuyo discurrir futuro va a depender mucho de nuestras vidas y de las de nuestros descendientes. Por ejemplo, mientras las miradas hostiles y suspicaces de una parte de la población siguen centradas en «el maligno», i. e., Estados Unidos, dos dictaduras, China y Rusia, están expandiendo su influencia, su poder y sus intereses económicos, una de ellas globalmente, en lo económico, ambas territorialmente, en América y África. Esa presencia afecta a los intereses europeos en lo político, pero también en lo económico; así, en la explotación de esos minerales escasos que, de momento, son clave para los nuevos ingenios y las tecnologías punteras. Todo ello no solo ocurre sin apenas preocupación (no digamos ya actuación) por nuestra parte, sino que convivimos gozosos con un no pequeño grupo de putineros, de exaltadores de la dictadura de Putin y de sus políticas expansivas y bélicas, justificándolas, si no aplaudiéndolas. Y, por otro lado, mientras ambas potencias imperiales buscan beneficiar los minerales «raros» en las tierras de su nueva influencia, aquí hacemos todo lo posible por impedir su extracción, y lo conseguimos. «Que exploten ellos», parece ser el lema, «y después que nos exploten a nosotros», su consecuencia. Se dan otras formas en que está cambiando el mundo en lo relativo a las armas y la guerra. Aquellas están evolucionando a una velocidad vertiginosa, quedarse fuera de esa evolución es un enorme riesgo. Pero no es en eso en lo que quiero ahora centrarme, sino en otro aspecto, la «privatización» progresiva de los ejércitos. En el pasado habíamos sabido de compañías privadas americanas en Irak y Afganistán, ahora sabemos de Wagner, un grupo de mercenarios cuyo jefe ha sido ajusticiado vía aérea por revoltoso. Pues bien, no solo ha llevado esa tropa el mayor peso de la guerra de Ucrania, sino que ahora tiene presencia en África y América. Alguna reflexión debería provocar esa realidad, como ya la ha provocado, por ejemplo, en Suecia. Europa, como unidad política, monetaria y, en cierta medida, económica es un elemento central para mantener un estimable nivel de vida y de políticas de bienestar —aunque no de forma homogénea— para todos sus habitantes. Y, a pesar de que no siempre sus directrices son acertadas (Francisco Rodríguez, por ejemplo, el empresario de Reny Picot, ha señalado desde nuestra integración en la UE como perjudiciales las políticas relativas a la leche y la cornisa cantábrica) y de que algunas veces sus imposiciones son meras pejigueras ideáticas que complican la vida de los ciudadanos, sin ella seríamos mucho más débiles y pobres, expuestos a más incertidumbres o crisis. Ahora bien los datos económicos, nuestra riqueza, y, por tanto, nuestra capacidad para mantener o mejorar nuestro nivel de vida, sostener las políticas de solidaridad o las medidas anticrisis, para competir como una potencia frente a otras potencias, especialmente frente a las dictaduras, son muy preocupantes: mientras quince años atrás el tamaño de la economía europea superaba un 10% al de la de EE.UU., en 2022 era inferior en un 23%. El PIB de la Unión Europea (incluyendo Reino Unido antes del bréxit) creció durante ese tiempo un 21% (en términos de dólares), frente al 72% de EE.UU. y el 290% de China. Esa es la realidad a la que deberíamos prestar tanta atención, al menos, como a la que prestamos a nuestras grandes pasiones locales. Dependemos de ella, ahora y especialmente en el futuro, mucho más que de aquello que ocurre en nuestra pasional pero pueblerina y limitada plaza. PS. Por supuesto, el título es deudor de Gabriel García Márquez

La reflexión más terrible

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Esta de Pedro de Silva, movida por la edad y la experiencia. La transcribo de La Nueva España del viernes 1 de este mes. 

(Por cierto, don Pedro ha tenido un gran éxito con su última producción literaria, la obra teatral El rector. Pero lean, lean).

Estoicismo propio de la edad

01.06.2018 | 03:42
Sin duda es algo ominoso que con los años uno rebaje la importancia que da a las cosas que le ocurren al mundo, pero no deja de ser una liberación precoz del peso del universo (Borges). Por ejemplo, asistir en vivo y en directo a que buena parte de las nuevas generaciones y sus nuevos partidos quieran cargarse Europa, y lleven camino de ello, sin enterarse de que el final de Europa será el principio, otra vez, de la guerra, me produciría hace 25 años tristeza, miedo y angustia. Ahora, en el orden civil sólo un lamento por la estupidez humana y la incapacidad de la cultura y la información para redimirla. Queridísimos jóvenes eurófobos, seréis vosotros los que tomaréis las dramáticas decisiones prebélicas, bélicas y posbélicas, y vuestros hijos los que irán al frente. Me inquieta la cosa sólo por los inocentes (incluidos mis nietos), pero si quieren frenar la marea que se pongan a ello.

Güei, en LA NUEVA ESPAÑA: "LAS LECHES DE EUROPA"

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)

Las leches de Europa

La situación de los ganaderos como ejemplo de los errores de la UE

30.08.2015 | 03:41
Las leches de Europa
El lector menos avisado tiene, sin duda, noticia de que en la UE hay montado un lío de la leche con la leche. No es ya que el ganadero gane menos con el producto de su trabajo, sino que su valor ha caído tanto que muchos de ellos producen con pérdidas. Ha influido en ello la supresión de las cuotas lácteas (tan denostadas, por cierto, cuando se impusieron), pero también las condiciones de demanda y producción del mercado mundial.
El industrial e intelectual don Francisco Rodríguez (por cierto, un europeísta convencido, aunque muy crítico con el proceso de construcción europea y muchas de las decisiones de sus organismos) precisaba en estas páginas de LA NUEVA ESPAÑA algunos de esos factores: la aparición de grandes factorías lecheras sin base territorial en EE.UU. ("fábricas de leche", las denomina) que producen en cantidades industriales; los intereses de los productores de soja y maíz, frente a quienes alimentan sus vacas con hierba ("lo que está en juego son los granos frente a los prados" acuñaba); el descenso de consumo en China. Y apuntaba las consecuencias para la industria y la ganadería ("si desaparecen los ganaderos, detrás desaparezco yo") si no se toman "medidas de carácter político" y se vuelve a una nueva contingentación que tenga en cuenta las necesidades de Europa y sus Estados.
Y, en el fondo de este problema y agravándolo, un error de cálculo de las autoridades europeas y una falta de previsión por parte de las mismas: el comisario del ramo, impulsor de la liberalización, calculó que no habría alteraciones en el precio de la leche, más aún, que la demanda iba a aumentar.

EL BURRU CAGARRIALES

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Imaxen de La Nueva España, del 16/06/13
Las hijas de mi bisabuelo —muchas, según los tiempos— estaban siempre dispuestas a solicitar las últimas novedades, al tiempo de que con un «¿ y por qué no yo?» manifestaban lo que hoy llamaríamos «la conciencia de sus derechos». Mi bisabuelo, un labrador de escasísimos posibles (valga el pleonasmo) solía contestarles: «¡Ni que tuviésemos un burru cagarriales!».

El burro que caga reales protagoniza un cuento, extendido por toda España, en que el pollino es utilizado como instrumento para timar a codiciosos crédulos. Pero el burro-ceca debe ser hoy, sin duda, uno de los conceptos económicos básicos que anidan en el intelecto de gran número de economistas y políticos, en concreto, de todos aquellos que, bajo el nombre de «políticas de estímulo o crecimiento», predican, en realidad, el endeudamiento sin tasa o la acuñación ilimitada de dinero.

Señalemos, en primer lugar, que existen evidencias de que las políticas expansivas no significan «per se» mejora en la actividad económica o la reducción del paro, como lo demostró el fracaso de las medidas en ese sentido del gobierno Zapatero (Plan E, deducciones fiscales, cheque-bebé). Es cierto que, en ocasiones, las políticas anticíclicas tienen resultados, pero, aun suponiéndolas bien orientadas, esto es, hacia los sectores o actividades en los que resultarán efectivas, han de tener en cuenta el nivel de endeudamiento público y privado, la balanza comercial, el costo de la financiación y otros. Pero, en todo caso, han de partir de la idea de que la inflación dineraria coyuntural (vía deuda, financiación exterior, aumento del dinero en circulación, inflación de precios, devaluaciones) debe provocar en un plazo razonable no solo el aumento de la actividad económica, sino los retornos necesarios para generar el equilibrio presupuestario a través de la recaudación. Ahora bien, el crecimiento exponencial de la deuda asumida por los bancos centrales o la emisión de nuevo dinero por los mismos, así como las rebajas de los tipos de préstamo del dinero por los bancos emisores, en la última década no han supuesto apenas un aumento de la productividad en la mayoría de los países de occidente o en el Japón, ni han servido para crear empleo masivamente, y ello pese al crecimiento de la productividad sectorial que la informática ha traído consigo. En una palabra, toda política expansiva que no tienda, al menos, al ajuste presupuestario devora sus efectos en poco tiempo y aumenta el tamaño del problema.

Pero la mayoría de los partidarios de las políticas expansivas, ya directamente visibles, ya mediante su subsunción velada bajo la capa del Banco Central Europeo, no suelen nunca aludir ni a los efectos negativos de una inflación dineraria ni a las necesarios ajustes presupuestarios (dónde o cómo efectuarlos es la discusión política) que, en ocasiones como la nuestra, son necesarios, de no subir la actividad y la recaudación en el ciclo de la multiplicación dineraria.

En nuestra situación, además, hay que recordar lo sustancial de nuestras variables económicas (deficiente productividad, escasa competitividad, poco «producto propio» para competir dentro o fuera, escasa mano de obra ocupada, altísimo paro), monetarias y fiduciarias. No olvidemos que es no solo que Bruselas y la Bruja-Piruja (al decir de algunos) nos exijan la reducción del déficit, es que la escasa confianza en nuestra economía hasta hace pocos meses, llevó a que no se nos prestase dinero, que quien lo hiciese lo concediera a un altísimo precio y a que el dinero extranjero se retirase de nuestro país. Han mejorado la mayoría de estos parámetros, pero aun no son enteramente firmes. En todo caso, y en una economía abierta, dependemos de nuestros socios europeos y de la valoración que de nosotros realicen los mercados, de su confianza en nosotros.

Y es curioso, por otra parte, que la mayoría de los entusiastas del «dale a la máquina y tira que libras» no propongan nunca la única solución coherente con sus propuestas: salir del euro, volver a imprimir moneda y arrostrar durante unos años sus consecuencias para obtener los logros previstos. Es curiosa esa falta de coherencia o de honradez intelectual.

«Será que, efectivamente, tienen un burru cagarriales, sin que los demás lo sepamos» —dice mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que ha aparecido a mi lado repentinamente portando un saco que parece repleto de monedas—.

—Oye —le digo maliciando lo peor—, ¿no serán falsas y pretenderás dar un timo con ellas?

Me guiña un ojo y me dirige una sonrisa maliciosa.

—Al menos, esto es más limpio que lo del burro, ¿no?

Esta Europa no funciona / ¿Salir del euro?

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Mesa redonda: "Esta Europa no funciona", a cargo de Francisco Rodríguez, presidente de Reny Picot, y Xuan Xosé Sánchez Vicente, presidente del Partíu Asturianista

EL LUNES 17 de SEPTIEMBRE de 2012, a las 19,30 horas, se inaugurará en el ATENEO JOVELLANOS de Gijón (C/ Francisco Tomás y Valiente, 1) el CURSO 2012-2013, con la mesa redonda que lleva como título: "¿SALIR DEL EURO?", en la que intervendrán el empresario FRANCISCO RODRÍGUEZ, presidente de RENY PICOT, y el político y escritor XUAN XOSÉ SÁNCHEZ VICENTE, presidente del PARTÍU ASTURIANISTA (PAS). El debate será moderado por RAFAEL LOREDO, exdirector de la REAL ACADEMIA DE MEDICINA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS.
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FRANCISCO RODRÍGUEZ (Trascastro, Cangas del Narcea, 1937) inició su carrera profesional en la década de los años cincuenta, trabajando en el negocio familiar denominado Mantequerías Rodríguez, S.A. de Madrid. Desde hace más de medio siglo preside Industrias Lácteas Asturianas (ILAS), multinacional fabricante de los productos Reny Picot, que fundó con veinte años. La actividad del grupo se centró inicialmente en la fabricación de distintos tipos de quesos blandos para pasar, años más tarde, a la producción de leche en polvo, y poco a poco fue incorporando el resto de productos hasta completar la extensa gama que ILAS ofrece en la actualidad (mantequilla, nata, leche líquida, postres, todo tipo de quesos, productos dietéticos, productos de alimentación infantil, salsas, fraccionamiento de grasa de leche,complementos para la Industria Farmacéutica, etc... ). En 2011 publicó "Parada, pero no fonda", su tercera recopilación de conferencias, ensayos y artículos. Se declara liberal, admirador de Ortega y Gasset y profundamente europeísta, aunque sus opiniones sobre la UE son propias de un euroescéptico radical.

¿Adónde va Europa?: las reformas

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Los invito a leer "La nueva eurozona", un interesante artículo de Kike Vázquez, en Cotizalia.com, el día 14/05/2012. Tal vez en su pronóstico haya muchos aciertos.

La “Nueva Eurozona” está en camino


Tendemos a no saber aceptar los errores, a culpar a los demás de nuestra suerte, cuando en realidad si algo determina nuestro futuro somos nosotros mismos. Existen también otras variables, pero nuestro hacer es la principal. Es por ello que funcionan tan bien técnicas como la del “enemigo común”, buscar a alguien ajeno al grupo al que poder echarle las culpas uniendo a quien critica, porque es mucho más fácil mirar hacia fuera y criticar que mirar hacia dentro y tratar de hacerlo lo mejor posible. Esto último requiere reflexión y acción, requiere tiempo y disciplina, mientras culpar a otros es rápido y sencillo. Lástima que así los problemas a los que nos enfrentamos no se resuelvan.

He criticado a Alemania en numerosas ocasiones, porque la burbuja que se ha creado en los últimos años es tan responsabilidad nuestra como de ellos, porque lo que vemos es fruto principalmente de una Unión Monetaria con deficiencias estructurales y no tanto por otros factores, pero ahora toca buscar soluciones y dejar de mirarnos unos a otros. Sin austeridad en la periferia serían necesarios tal cantidad de recursos desde el núcleo que haría inviable la continuidad, podríamos aplazar dicha decisión con el BCE pero no resolver los fallos estructurales que son los verdaderos causantes de lo que vemos. Asimismo si solo nosotros cargásemos con todo el ajuste, la economía colapsaría y el final sería traumático. Ni el núcleo ni la periferia pueden vencer individualmente, necesitan cooperar.

Cierto es que hasta el momento el ajuste estaba siendo asimétrico, motivo por el que algunos criticaban a Alemania por no querer cumplir con su parte. Pero, ¿de verdad íbamos a hacer las reformas necesarias si no nos presionasen? Presión mediante seguimos con un ajuste inmobiliario a medias, con miedo a las reformas políticamente costosas y dando la imagen de que no somos realmente conscientes de lo que nos jugamos. Por ello se puede culpar a Alemania, pero también entender que no creyesen que nuestra voluntad para esforzarnos era verdadera. Una vez hemos dado muestras de ello parece que la situación cambia, la inflexible Alemania ha lanzado mensajes que suponen un cambio radical en su actitud.

1.- Inflación: La pasada semana Jens Ulbrich, miembro del Bundesbank, afirmó que Alemania podría tolerar una inflación por encima de la media de la Eurozona. ¡Esto es un cambio disruptivo! ¿Por qué? No solo porque es la primera vez que parecen dar muestras de superar lo ocurrido en la Republica de Weimar, también porque puede representar un punto de inflexión de magnitudes inimaginables por el español medio. Y es que esto lo que quiere decir es que España no se tendrá que devaluar internamente tanto como se creía, es decir, que gracias a este movimiento nuestra nómina se verá menos perjudicada.

A lo largo de los últimos años los costes laborales se han disparado en España, lo que significa pérdida de competitividad, lo que significa endeudamiento con el exterior, lo que significa paro… y lo que significa que el proceso debe ser revertido porque las diferencias se hacen insalvables dentro de la Eurozona. Si tuviésemos nuestro propio Banco Central podríamos devaluar, pero como no lo tenemos solo queda el ajuste clásico: la devaluación interna. Observen la siguiente gráfica:


La gráfica representa los costes laborales unitarios, es decir, el coste por unidad de producto, lo que trata de ser una aproximación a la competitividad. Si para fabricar un mismo bien el coste se reduce en un lugar y se dispara en otro el primero se hará más competitivo que el segundo. Como podemos comprobar en este caso el primero es Alemania y el segundo España, en azul y rojo respectivamente. ¿Dónde entra el movimiento planteado por el Bundesbank en todo esto? Lo van a entender muy rápido viendo la siguiente gráfica.


¿Saben cuál es la diferencia entre una y otra? ¡La inflación! En otras palabras, si la inflación de Alemania y de España hubiese sido la misma en los últimos años, España habría ganado competitividad con respecto a Alemania desde la entrada en el euro. O lo que es lo mismo, no son los salarios de los trabajadores quienes han mermado la competitividad de este país, puesto que en términos reales se cobra hoy menos que hace una década por producir lo mismo, ¡ha sido la inflación!

Por eso que Alemania acepte tener una inflación por encima de la media de la Eurozona es un gran respiro para nosotros, hará que nuestra devaluación interna sea menor puesto que serán ellos los que ahora sufran el proceso que hemos sufrido en la última década, al menos parcialmente. Esto seguramente supondrá mayores salarios para los alemanes, incremento de precios en el Real Estate, menor competitividad y superávit comercial con los socios comunitarios. No esperemos grandes cambios, porque Alemania querrá seguir compitiendo a nivel internacional, pero en cualquier caso cualquier ayuda se agradece.

Por la contra España podría beneficiarse de una menor devaluación, mayor competitividad y por tanto menor destrucción de empleo. O lo que es lo mismo, este movimiento impulsa el reequilibrio de la Eurozona. Movimiento que según algunas fuentes podría prolongarse en el medio plazo por lo que si hacemos los deberes controlando la inflación (y no solo durante las recesiones cuando el diferencial se vuelve negativo sin ningún tipo de reforma)  acercando los salarios a la productividad, aumentando la competitividad interna y potenciando el sector exterior en lugar del consumo, podríamos estar ante nuestro punto de inflexión en esta larga crisis. Está por ver, eso sí, que realmente se confirme lo dicho, las presiones no serán tenues.


2.- Crecimiento: Actualmente la mismísima Merkel reconoce que es necesario potenciar el crecimiento para salir de esta situación, y es que tratar de hacer un ajuste de las magnitudes necesarias mediante devaluación interna sin ayuda exterior es un seguro de recesión profunda, muy profunda. Si el PIB se desploma da igual lo que intentes pagar, la deuda aumentará, el efecto final será un aumento del ratio deuda entre PIB y por tanto una percepción de deterioro de la solvencia y por tanto más intereses, y por tanto más deuda… ¿Cómo potenciar el crecimiento entonces? Es una pregunta difícil, ya que los déficits fiscales, opción habitualmente escuchada, pueden ser bien o mal usados según la disyuntiva “política – eficiencia” del gobierno de turno.

Lo que sí podemos es plantear alternativas, alternativas que cada vez son más escuchadas. ¿Qué hay de un Plan Marshall? ¿Qué ocurriría si por ejemplo la UE decide poner el dinero para realizar proyectos clave, que se consideren imprescindibles para mejorar la competitividad, a un “precio amigo”? Quien pone el dinero, el núcleo de la Eurozona, podría recibir el coste de financiación que le pida el mercado y auditorías propias para comprobar el buen uso de los fondos. Quien lo recibe, la periferia, realizaría un proyecto útil y potenciaría el crecimiento. Lo mejor de esto no es el corto plazo, sino que sería un principio de trasferencias fiscales.

La "Nueva Eurozona"

Tenemos una última opción, una que cada día parece más cercana para Grecia: dejar el euro. Alemania parecía decidida a no dejar caer a nadie que aplicase reformas, pero cuando éstas son tan duras como las aplicadas en la Republica Helena es comprensible que surjan dudas por parte de los afectados. Citigroup le da un 50-75% de probabilidades a la salida del euro, John Taylor, del mayor hedge fund de divisas del mundo, cree que la salida se producirá este verano, entre otros. Por fundamentales Grecia o Portugal están fuera, su ajuste es imposible, aunque al ser pequeños podrían mantenerse vía fuertes trasferencias fiscales. Es una decisión política. Económicamente está claro.

Estamos ante un punto de inflexión en la Eurozona, ante un momento que marcará nuestro futuro porque actualmente se está creando una nueva estructura para la unión, una “Nueva Eurozona” con unos miembros más unidos... y otros que puede que no sean miembros. Una vez aplicada cierta austeridad parece que Alemania tratará de tomar las medidas necesarias para salvar el euro antes de que el contagio avance a países como Francia. Si esto es así deberíamos olvidarnos del “enemigo común” y pasar a intentar hacerlo lo mejor posible, puesto que somos nosotros la variable que más influye en nuestro propio futuro. Todos vamos en el mismo barco y todos debemos mantenerlo a flote.

Por Kike Vázquez para COTIZALIA del 14/05/2012

Prensa europea del día

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¿Desde cuándo ha sido la UE democrática? Los abusos de poder en la UE

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No es que lo comparta por completo, pero merece la pena ver este artículo de J. Jacks en Cotizalia. Presenta un montón de datos históricos, señala el distinto trato que Alemania o Francia se dan a sí mismos con respecto a los demás, se cuestiona las actuales políticas de austeridad. De acuerdo o no con él, en todo caso, merece la pena leerlo y reflexionar. De cualquier manera, enriquecerse con sus datos: "¿Desde cuándo ha sido la UE democrática? (Desde Londres, Cotizalia.com del 22/12/2011)"

Europa y nuestros problemas

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Quienquiera que tuviese un poco de memoria concedería escasa fiabilidad a los gestores de la Unión Europea y, por tanto, ningún crédito a sus propuestas y pronósticos. Si hacemos un repaso somero de los últimos años, debemos recordar que la constitución del Sistema Monetario Europeo (1979), que debía estabilizar las monedas a él adscritas, acabó con un rotundo fracaso (un especulador principal, George Soros, fue su debelador), el cual dio paso a la posterior integración monetaria en el euro en 2002. Los tratados de Niza (2001) y de Lisboa (2007) hubieron de ser sometidos a importantes torsiones interpretativas, semejantemente a lo que en su día ocurrió con la Constitución y el Estatuto de Andalucía, a fin de que pudiesen funcionar, al no haber sido ratificados, al menos inicialmente, en algunos de los países firmantes. El Banco Central Europeo se crea con la finalidad económica principal de la de contener la inflación, lo que parece un mandato claramente insuficiente. Al mismo tiempo, el Plan de Estabilidad que acompañó al nacimiento del euro fue incumplido desde el primer momento por, entre otros, Francia y Alemania, hoy los impulsores más radicales del «déficit cero», etc. A esta incapacidad por prever la realidad y lidiar con ella —consustancial a casi todas las iniciativas y líderes de la Unión Europea— se ha venido sumando, paralelamente, un procedimiento de «patada a seguir», en virtud del cual cada nuevo tratado, y casi cada nueva presidencia turnante, ha venido a ampliar el número de países, de compromisos comunes o de instituciones comunitarias, de algunas de las cuales, como la del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, se ignora para qué pudieran servir, aunque se conoce su absoluta ineficacia hasta ahora. El euro mismo, cuyo propósito inicial manifestado era sencillamente el de dar estabilidad a la moneda y abaratar las transacciones financieras y de mercancías, se ha convertido en un monstruo que amenaza con devorar economías y países. Ahora bien, los problemas que conllevaba su implantación, tanto para cada una de las economías nacionales como en lo relativo a crear tensiones en los mercados, eran fácilmente previsibles. Alguien escasamente conocedor de la economía como yo, los enunciaba aquí, en LA NUEVA ESPAÑA, el 02/11/2002, en un artículo titulado «Europa: economía, moneda y empleo», que los invito a releer.

Algunos piensan que una nueva «patada adelante», esto es, una mayor integración europea, con un gobierno único europeo y otras instituciones «eiusdem furfuris», implicaría la solución definitiva de todos estos problemas. La experiencia, como creo haber dejado sentado, demuestra que, hasta ahora, la mayoría de las últimas «ideaciones» europeístas se han equivocado en el análisis y en el manejo de la realidad. No hay, pues, ninguna razón para suponer que otra ideación intensificadora de ese camino hacia la gobernanza única alcanzase ningún éxito, ni siquiera que tuviese que ver con la realidad sobre la que se pretende incidir. En segundo lugar, la idea de una nación única europea, o cosa semejante, parece un ingeniación idealista e irrealizable. La identidad de las naciones que forman la UE es una sólida construcción que se ha puesto en pie a lo largo de siglos y es difícilmente desmontable en beneficio de otra identidad común; la de Europa (sobre cuya entidad ni siquiera existe acuerdo entre sus más conspicuos ahormadores unitaristas) es, por el contrario, una realidad conceptual. Entre unas y la otra existe la misma divergencia con respecto a su materialidad que la que va entre las palabras que nombran directamente las cosas y el hiperónimo que contiene la abstracción común a los sustantivos que designan los seres reales. Y, por último, es dudoso que el concepto de democracia representativa pudiese tener el mismo significado fáctico y la misma efectividad que le asignamos hoy cuando fuese practicado en ámbitos tan extensos y diversos, pero eso es harina de otro costal, que podríamos abordar otro día.

Lo que sí es cierto es que, aunque las tensiones sobre el euro se estabilizasen con los compromisos que podríamos llamar de equilibrio presupuestario —lo que está por ver— tomadas en la cumbre de jefes de Estado y Gobierno de los pasados 9 y 10 de este mes, Europa y España van a seguir sometidos a los problemas de fondo de su economía: el progresivo envejecimiento de su población y sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial, es decir, el peso de los compromisos financieros para atender las políticas sociales y la disminución de su capacidad competitiva en el mundo.

Esa situación, si preocupante en Europa, es gravísima en España, cuyo paro, superior en un 50% a la media de la UE, es el reflejo más claro de nuestros problemas de fondo y de nuestra incapacidad para crear riqueza. Y no digamos ya nada en Asturies, donde cuando las cosas van bien en España, aquí van mal o regular, cuando allí mal, aquí peor; y cuya realidad, por tantas razones, parece haber sido predicha ya en el XVII por nuestro compatriota Martín González de Cellorigo: «No parece sino que han querido reducir estos reinos a una república de hombres encantados que viven fuera del orden natural».

Para resolver esos problemas, el euro convulso que encarece los préstamos no es más que una dificultad añadida en este momento. De él a lo más que podemos aspirar es que a deje de serlo, pero en nada nos va ayudar para resolver el problema del crecimiento económico y el de nuestra diferencia tecnológica y productiva con los países más dinámicos y ricos del mundo. La cuestión es que no podemos descabalgarnos de la moneda común (tampoco podemos evitar que se nos descabalgue, por argayu de la misma) o, al menos, no sabemos cuál es el costo de ese hipotético episodio (de hecho, es impredecible), tanto en términos materiales como en los de convulsiones sociales. Y, a propósito de estas últimas, corremos el riesgo en toda Europa de que aumente su frecuencia e intensidad si las cosas no mejoran en un plazo razonable. La gravedad de las mismas no solo dependerá de las causas que las provoquen, sino, como siempre, de quién esté dispuesto a aprovechar la situación en beneficio propio y en qué términos.

Lo siento mucho

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Bancu Central Européu

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones preexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica —española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo. Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan –según reconocen paladinamente- a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agrícola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean muy otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.

¿QUE QUÉ ES LO QUE SIENTO MUCHO? PUES QUE ESTE ARTÍCULO ES DEL 05/11 DEL 2002. DESDE ENTONCES HASTA HOY SE HAN CUMPLIDO ALGUNO DE LOS AVISOS EN ÉL CONTENIDOS, DE UN LADO; DE OTRO, ESTAMOS COMO ESTÁBAMOS. ¡EN DIEZ AÑOS!

¿Saben los dirigentes europeos lo que hacen?

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Probablemente no se acuerden ya, pero fue en la madrugada del 27 de octubre, es decir, hace cinco días, cuando los líderes europeos manifestaron -después de casi seis meses de idas y venidas, de dimes y diretes, de afirmaciones y desmentidos- haber encontrado una solución definitiva y efectiva para la deuda griega, la deuda soberana de los países del sur y para el euro. A día de hoy, la decisión griega sobre el referéndum echa por tierra todo aquello y nos sume en una vagamar, en un estado de mar confusa de evolución y consecuencias imprevisibles.

Pero no es de eso de lo que hoy quiero hablarles, sino de lo impreciso y difícilmente realizable -como yo ya les había dicho aquí mismo al día siguiente- de muchos de los remedios-ratón que los montes de los 27 dirigentes de la UE habían alumbrado. Pero véanlo ustedes en este ensiertu de S.McCoy, columnista al que les he remitido ya otra vez: Saben aquel que diu que van 27 dirigentes europeos… (Cotizalia del 27/10/2011)

La realidad sigue ahí

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La enorme cantidad de dinero comprometido (750.000 millones de euros) estos días para respaldar y estabilizar el euro no resuelve ni los problemas de la economía española ni los de la moneda de la Unión. Los del euro, porque esta moneda tiene desde su inicio un problema constitutivo: abarca economías muy diversas, niveles de inflación y precios diferentes, sistemas productivos de muy distinta capacidad y rentabilidad. Todo ello, que amenazaba desde un principio a la moneda —aquí señalamos cómo en el 2002 ya hubo quien pronosticó la crisis del 2010—, se ha ido haciendo más intrincado a medida que nuevos países se incorporaron a la Unión, con lo que la moneda es ahora un traje con muchas suturas que amenazan con romperse por el sitio más inesperado.

Por otro lado, ninguno de las providencias que se proponen para vigilar las variables estatales que afectan al valor del euro y su estabilidad parecen un remedio eficaz y perdurable. Sin remontarnos a la fallida experiencia del Sistema Monetario Europeo de los años noventa, basta recordar que en actual pacto de estabilidad ya existe un límite del 3% para el déficit de las cuentas públicas. Pues bien, no sólo España, Grecia o Portugal lo han saltado, sino que Francia o Alemania lo han hecho también cuando lo han necesitado. ¿Quién dice, pues, que el aumento de controles o de sanciones va a hacer cambiar las cosas? Y, por otro lado, ¿qué lógica tendría que, en un futuro, se sancionase con penas más graves a quien no pudiese tener unas finanzas sostenibles? ¿Incrementar la deuda de aquel para quien ya es insostenible? La idea, finalmente, de que un organismo supraestatal —Banco Central, Comisión…— tuviera un mayor control sobre los presupuestos de los estados y que gestionara de manera uniforme más aspectos financieros de los que ahora se gestionan choca con dos problemas, ambos de extrema gravedad. El primero, atingente a la diversidad de realidades económicas de cada país, en virtud de la cual una misma política (nivel impositivo, capacidad crediticia, tipos de interés del Banco Central, etc.) puede ser buena para unos y negativa para otros. El segundo, de orden político: ¿Se puede ceder toda la soberanía sobre la rección económica a un organismo de ese tipo, quedando apenas sin capacidad de intervención en el ámbito estatal? Y, sobre todo, ¿en qué es mejor y en qué sabe más una burocracia sin responsabilidad directa hacia los ciudadanos que los políticos directamente elegidos por ellos? ¿Esa burocracia atendería a las necesidades y puntos de vista del conjunto de naciones de la Unión o sólo o principalmente a los de los más poderosos?

Por decirlo de una forma gráfica: el euro es un tren a toda velocidad con altas posibilidades de estrellarse. Quien va subido en él sabe que si se tira ahora en marcha sufrirá daños irreparables, pero tiene, al mismo tiempo, la casi absoluta seguridad de que, tarde o temprano, el desastre llegará de otra forma. Las opciones, como se ve, son complicadas.

En cuanto a España, su problema no es únicamente el del euro —aunque se halle ahora, al respecto, en un ápice coyuntural muy grave—, sino el de la salud de nuestras cuentas (cuentas públicas, cajas de ahorros, elevadísima deuda exterior, problemas fiduciarios para financiarnos) y el de la escasa dimensión de nuestro sistema productivo y la falta de competitividad de una parte sustancial de él, así como el de la legislación que rige las relaciones laborales, arcaica ésta y nada favorecedora del dinamismo y del empleo (cuya baja tasa es consecuencia de lo anterior).

Si no abordamos con decisión las variadas componentes de todo ello —liberalizaciones en el ámbito del comercio y la creación de empresas, fluidez del crédito, innovación e investigación, legislación laboral y convenios colectivos, política energética, educación y formación, principal, pero no únicamente— y, al mismo tiempo, favorecemos un cambio de mentalidad social sobre el trabajo y la representación del mundo, aunque de repente todas las dificultades de la crisis mundial y europea quedasen resueltas, incluso las financieras propiamente de España, nuestro problema seguiría siendo el mismo: seríamos cada vez menos competitivos, padeceríamos cada vez más deslocalizaciones, el empleo seguiría destruyéndose o, al menos, no se crearía en cuantía notable.

¿Que qué digo de Asturies? Multipliquen por equis.

Asoleyáu na Nueva España del 28/02/2010

Pronosticado hace 8 años: crisis del euro

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Lo que viene a continuación es un artículo mío publicado el 5 del 11 del 2002.

Adviertan en él cómo se pronosticaban las posibles trampas contables de los países del euro; los problemas de la cotización del euro con respecto a las diferencias entre las economías de diversos países y UN PRONÓSTICO, REFLEJANDO LA OPINIÓN DE DIVERSOS ECONOMISTAS, LA POSIBLE GRAVÍSIMA CRISIS DEL EURO HACIA EL 2010.

Lean:

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO


El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones preexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica —española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo.Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan –según reconocen paladinamente- a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agrícola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean muy otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central —al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

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Asoleyo equí una reflesión del 05/11/2002. Munches de les sos consideraciones siguen tando en vigor y señalen que, yá entós, nel entamu del euro y d'un mayor encaxetamientu de los países de la Unión, podíen prevese la mayor parte los problemes a los que nos enfrentamos, lo que, n'otres palabres, invita a pensar qu'esos problemes nun son de coyuntura meramente. Repárese na "profecía" de Friedman cuando apunta la fecha de 2010 pa reconsiderar la moneda única.

EUROPA: ECONOMÍA, MONEDA Y EMPLEO

El referéndum de Irlanda, mediante el cual se ratifica por completo el tratado de Niza, dando así entrada a diez nuevos países en la Unión Europea, evita una crisis política e institucional; pero abre paso a un camino pilancosu, en el que seguramente deberán replantearse muchos de los grandes principios de la Unión, incluida la moneda única.

Deberá recordarse que el impulso inicial de la Europa unitaria son las políticas económicas y los acuerdos comerciales, en concreto respecto al carbón y el acero. De ahí se ha ido avanzando en la desaparición de trabas a la libre circulación de mercancías, capitales y personas, hasta llegar a la moneda única. Ahora bien, esa unificación de mercados no puede borrar, ni borrará en un horizonte previsible, las enormes diferencias económicas entre estados y la diversidad de conciencias culturales y políticas que suponen las naciones prexistentes. Pues bien, la entrada de nuevos países no hará sino hacer más visibles y extremos esos contrastes, la variedad de los puntos de vista y el conflicto de intereses.

El acuerdo para la entrada de nuevos países ha coincidido con una polémica –española y europea— sobre el déficit cero. Como ideal, el equilibrio de ingresos y gastos es la receta “diez” de cualquier economía. Ahora bien, en la práctica no sólo es insostenible de forma continuada, sino que puede ser tremendamente dañina, puesto que la realidad puede exigir políticas anticíclicas, de endeudamiento e inversión pública. Es, pues, la “economía” (la política económica) la que debe ajustarse a la realidad, y no la realidad a la economía. En cuanto prejuicio absoluto, el déficit cero no es más que una superstición ideológica. El presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, lo ha venido a decir en otros términos: “una estupidez”. Pero, sobre todo, es la realidad la que lo certifica como una tochura: Alemania y Francia no pueden cumplir los compromisos de reducción del déficit del Plan de Estabilidad, y Francia quiere retrasar hasta el 2006 los plazos para ello, lo que, en la práctica, equivale a decir: “ya veremos para cuando”.

Sin embargo, los defensores del déficit cero tienen una parte importante de razón: sin disciplina la moneda europea pierde crédito y queda sometida a tensiones en los mercados financieros, con los efectos negativos que ello tendrá sobre la inflación y los créditos. Ahora bien, puesto que el desiderátum monetario de entropía cero no parece posible, ello quiere decir que cada uno de los nuevos países (con muchas más dificultades económicas que los actuales miembros de la U.E.) se escaparán de aquélla en la medida que les sea necesario, con lo que los problemas del euro serán mayores.

Pero es que, además, el problema real de la economía europea es su escaso dinamismo, sus no muy altos parámetros de innovación tecnológica e industrial y, por ello, su dificultad para crear empleo. Tanto Francia como Alemania —las dos grandes potencias continentales— vienen sufriendo una notable parálisis desde hace tiempo.Y las cosas no parece que vayan a cambiar en los años inmediatos, como es sabido. Los nuevos gobiernos francés y alemán son, en parte, producto de esa situación del pasado y se enfrentan —según reconocen paladinamente— a la impotencia de no tener recetas para superar ese problema estructural.

De esa forma, las transferencias desde Alemania —el gran país donante de la Europa unitaria— se van a limitar extraordinariamente, tanto en el ámbito agricola como en el de los llamados fondos estructurales y de cohesión. Sobre sabido, Schröder y Fischer han manifestado que es ésa la principal preocupación de su nuevo gobierno. De tal manera, los nuevos países que se incorporen a la Unión no tendrán las especialísimas dotaciones para la aproximación de rentas o infraestructuras que, hasta ahora, han tenido otros (salvo, naturalmente, que triunfe el movimiento cuyo abanderamiento ha anunciado en Polonia nuestro querido Presidente, Álvarez Areces).

Por otro lado, la propia concepción del Banco Central Europeo puede suponer un grave inconveniente a medio plazo. Como se sabe, el objetivo del banco central es el de la estabilidad de los precios, un objetivo impuesto cuando la preocupación en el continente era la inflación. Ahora bien, cuando las circunstancias sean my otras el banco se va a encontrar casi maniatado, y, además, las políticas pueden ser contradictorias en los efectos sobre las diversas economías europeas. Así el propio Win Duisenberg ha manifestado este mes que su mayor preocupación es la amenaza (presente) de una inflación inferior al uno por ciento en Alemania, lo que podría provocar deflación y una gravísima crisis económica. (Quizás no sea inapropiado recordar aquí los escasos aciertos de los cepés —cráneos priviliegiados— de la amestaúra europea: el llamado “sistema monetario europeo”, creado para defender las monedas de la inestabilidad, provocó un seísmo como hacía tiempo no se conocía; los pronósticos de beneficios del euro para los bolsillos de los ciudadanos, por disminución de costos en las transacciones, no se han traducido más que en los perjuicios de una inflación generalizada).

Toda esa situación puede llevar a que tanto la moneda única como el Banco Central –al menos como depositario de toda la política monetaria— tengan que ser reconsiderados y, acaso eliminados, por inconvenientes. Tres premios Nóbel, al menos, que yo sepa, Gary S. Bécquer, Milton Friedman y Paul A. Samuelson, se manifestaron en ese sentido en el pasado. Alguno, como Friedman, ha puesto fecha, el 2010.

En todo caso, lo que parece que muchos califican como un avance en la dirección presente, la entrada de diez nuevos países, tal vez se convierta en un avance hacia políticas más pragmáticas y reales y hacia el replanteamiento de muchos de los objetivos de la Unión.

Zapatero nel pais de les pesadielles: España y Europa

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Hai munchos problemes (y poques soluciones inmediates) pa la crisis que ta esvaciándonos, pero ún de los mayores ye'l factor políticu. Pa dexar la nuestra quintana, hai que señalar qu'una de les coses que nel esterior más plasmen de la situación española son los problemes qu'afala'l bloque social-discursivu del PSOE, especialmente, nel so acendramientu nefelibáticu que ye'l zapaterismu: l'optimismu patolóxicu (los "camientos alucinaos", sería una bona traducción), la negación de la realidá evidente ("la psicosis alucinatoria", diba ser tamién bona torna), y la inhibición y pasividá n'espera de momentos meyores. Esto fue asina dende siempre, especialmente dende'l primer gobiernu psoe-zapateril. Lo qu'ocurre ye qu'agora, llevando la presidencia europea, vése-yos (vésenos) más (si quieren recordar el chiste pueden ver el mio guañu del 16/01/10, "¡Colo mal que folla...!).

Cómo nos ven dende fuera pueden amiralo nel corrotáu artículu de Wolfgang Münchau, asoleyáu nel prestixosu Financial Times: Survival tips for Europe

Lleánlu con atención porque, amás les cuestiones relatives a España, analiza les posibilidaes d'intervención dientro la UE, asina como sobre'l papel del Bancu Central Européu y la so inmediata evolución.


Y, como siempre, P'ASTURIES, ENTÁ PEOR.


PD: el diariu económicu EXPANSIÓN fizo una torna al español del artículu de Wolfgang Münchau col clarificador títulu de "España es ahora el principal riesgo para la eurozona"

¡Con lo mal que folla...!

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Cuento el chiste en breve:

Se encuentran dos vecinas en el ascensor. La del segundo le manifiesta a la del quinto -naturalmente, expresándole el apuro que le cuesta decírselo- que el marido de ésta tiene un lío con la del tercero-E.

La del quinto: -¿Qué me dices? ¿Con la del tercero-E? ¿Con esa rubia teñida y despampanante? ¿Con esa que pasa el día contando a todo el vecindario lo que pasa en su casa y en todas las demás y que es la más chismosa del barrio? ¿Con esa?

La del segundo: -Sí, chica, con esa. ¡No sabes cuanto lo siento!

La del quinto: -¡Ay, Dios mío, qué vergüenza, ay, Dios mío! ¡Se va a enterar todo el vecindario! ¡Qué vergüenza!

Pausa y sollozo.

-¡Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenza! ¡Con lo mal que folla mi marido! ¡Ahora se va a enterar todo el mundo!

Ya entienden ustedes la parábola, ¿verdad? Hasta ahora lo del Presidente lo teníamos más o menos oculto en casa, pero ahora se va a enterar toda Europa. Ya lo han visto en los primeros días por partida doble, con aquella ocurrencia de que iba él a solventar la recesión europea en seis meses y con aquella babayada de que iba a sancionar a los que no cumpliesen las normas económicas, para luego negarlo, al modo en que pidió en Túnez la retirada de Irak y luego tuvieron que salir los suyos a decir que nunca lo había dicho.

Por cierto que, aquí en Asturies, también tuvimos algunos casos en que, al ponerlos a la luz pública, se desveló aquello que en casa se mantenía púdica y prudentemente oculto. Como hoy estamos caritativos y ustedes conocen los casos de sobra, ¿para qué nombrarlos?