Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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Cogitaciones políticas y el burru cagarriales
(El llunes, en La Nueva España)
L’APRECEDERU
COGITACIONES POLÍTICAS Y EL BURRU CAGARRIALES
Don Ángel García, alcalde de La Pola, manifestó hace poco que no es aceptable que IU, con solo 40.000 votos en Asturies (y un solo concejal en Siero), “secuestre el territorio”. Con tan limitada fuerza “no pueden imponer su criterio o decir que representan al interés general”. Se refería a la oposición que IU ejerce, a través de su presencia en el Gobiernu de Barbón, a proyectos importantes para La Pola, como la instalación de Costco o la ampliación de Parque Principado. La reflexión de don Ángel sobre el crecimiento y el empleo es muy interesante y los invito a verla:https://www.lne.es/siero/2025/12/26/alcalde-siero-carga-iu-rechaza-125139158.html.
Pero no quiero aquí detenerme más que en el elemento central de la manifestación del alcalde, la de que, de alguna manera, constituye una anomalía democrática -esto es, referida al «demos», al pueblo, y, por tanto, al conjunto de la población- el que una pequeña representación de ese demos imponga su criterio sobre la mayoría. No lo hace en La Pola, donde solo tienen un concejal, pero lo intenta en el conjunto de Asturies, por su presencia en el Gobiernu.
Aunque esa pretensión y esos logros, en su caso, son perfectamente «democráticos», en otro sentido de la palabra, producen distorsiones entre los intereses de una mayoría social o unos territorios, en beneficio de otros. Ha ocurrido así siempre con el PP y el PSOE al pactar con los partidos catalanistas y vascos, y en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas.
En ocasiones, como en los recientes acuerdos entre PSOE y ERC, ello lleva, además, a gloriosos disparates conceptuales, como un «principio de ordinalidad» que solo se puede aplicar a uno -no «principio», por tanto-. O a una nueva fórmula de creación de riqueza, la que conlleva ese reparto en que todos ganan, incluida la Administración Central. Y es que los dineros aumentarán solos. Saldrán, sin duda, como en el cuento, del trasero del burru cagarriales.
Güei, en La Nueva España: El copago como reactivo
(Trescribo como davezu los primeros párrafos)
El copago como reactivo
Reflexión a partir de la financiación de los medicamentos
Xuan Xosé Sánchez Vicente 22.01.2017 | 04:05
Las cuestiones de actualidad, especialmente si suscitan pasiones, son un magnífico reactivo para evidenciar los discursos en que se envuelven diversos grupos sociales, así como su relación con la realidad o los intereses que esconden. Muchos de esos discursos, por cierto, no son más que lo que llamaría el canciller Bacon "idola theatri", prejuicios. El reciente alboroto sobre la modificación del copago de los medicamentos entre los jubilados es un magnífico reactivo.
Pero ante todo señalemos tres evidencias, y perdónenme por la obviedad: la primera, que todo lo que gasta el Estado procede del trabajo y del dinero de los ciudadanos, no cae del cielo; la segunda, que el gasto sanitario tiene una expansión permanente, por el número de usuarios, por las innovaciones tecnológicas, por el costo de los nuevos medicamentos; la tercera, que los ingresos de la hacienda pública vienen siendo permanentemente inferiores al gasto.
Al margen de los impuestos que gravan la riqueza existente (el IBI, por ejemplo, el de sucesiones), la recaudación proviene de la actividad económica, de la que forma parte notable el trabajo de los individuos. Y así, por poner un ejemplo, un individuo que ingresa 1.200 euros por una ocupación de ocho horas diarias contribuye a pagar las pensiones de los jubilados y sus medicinas casi gratuitas, mientras él ve reducido su devengo por la cantidad que aporta al sostén de los jubilados, al tiempo que paga un 40% en las medicinas que él o los suyos utilizan. ¿Cuál es la razón para considerar que el jubilado con unos ingresos superiores haya de pagar menos que él por las medicinas?
Y, sin embargo, la reacción de los partidos políticos de la oposición ha sido unánime: constituye una injusticia inaceptable. La argumentación más llamativa de todas ha provenido de los socialistas asturianos, del consejero Francisco Busto: "Constituye un ataque a la equidad". ¿Que pague más quien más tiene constituye "un ataque a la equidad"? ¿Es eso un argumento clásico socialista?
La postura de los partidos políticos de la oposición contiene siempre, en este y otros temas económicos, una mezcla de dos factores: la mentalidad del burru cagarriales (ya saben, aquel cuento popular en que se engaña a un incauto haciéndole creer que el pollino que se le vende evacua dinero con solo levantarle el rabo), tan generalizada, y la mentira como forma de engaño de unos y de excitación permanente de sus votantes, que necesitan ese dopaje para mantenerse dentro de la fe. Luego, naturalmente, cuando gobiernan, y después de haber empeorado las cosas durante una temporada, aplican las medidas que la realidad hace inevitables, las que antes criticaban.
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Metafísica d'izquierdes
O logomaquia d'izquierdes. El que quiera velo nun tien más qu'abrir los güeyos. Bilta perdayuri per tolos terrenos, con bayura, como la herba ente abril y mediaos d'agostu. Consiste en creer que les palabres son el mundu. O, inclusu, que anque se reconoza'l mundu como ye cabe falsealu diciendo sobre él palabres que se saben que nun tienen dala virtú sobre'l mundu, más que la d'engañase o la d'engañar a los suyos."La realidá ye testona", decía Llenín. El discursu ye testón, facen estos, y, como decía aquella troquelación de los franquistes, "inasequible" al desalientu.
Un exemplu de los caberos. La Nueva España, el 26 de xunu de 2013, Ludolfo Paramio, un intelectual "orgánicu" de la manzorga. Esto diz después de criticar llargamente'l sometimientu de la socialdemocracia a les polítiques d'austeridá y l'abandonu de les polítiques keynesianes anticícliques:
¿Y a hacia dónde debe ir la socialdemocracia?
La cuestión clave es el cambio de la política europea. Lo difícil es lograr que se combinen los estímulos económicos al crecimiento con la política fiscal, sobre todo porque proponer más gasto sin nuevas formas de financiación es poco verosímil.
¿Zapatero frustró el proyecto socialdemócrata español?
No, la debacle electoral es porque Zapatero se vio atrapado en un dilema y cuando supo que no tenía salida optó por el giro hacia la austeridad. [...] la clave está en mayo de 2010, cuando le convencieron -le llamó hasta Obama- de que era preciso un cambio de rumbo en la política económica.
¿Fue una decisión personal?
No sé si la consultó con el resto del Gobierno, pero no lo hizo con el partido. Asumió la responsabilidad, como una autoinmolación.
¿Fue una decisión errónea?
Para matizar, pero no mucho, creo que había pocas posibilidades más, aunque debería haber intentado explicar su decisión. Es cierto que un giro así tiene un coste terrible para tu gobierno y tu partido.
¿Ven ustedes? Falsa conciencia, logomaquia, palabrería, hablar por hablar. Si Zapatero hizo lo que hizo porque no había otro remedio. Si la política de foria financiera keynesiana (o, en términos que conocen mis lectores, "la del burru cagarriales", es imposible) ¿cuál es la otra política? ¿cuál es la política que, debiendo haberse aplicado no se pude, sin embargo aplicar, porque es imposible?
Pues eso, palabrería o metafísica d'izquierdes.
EL BURRU CAGARRIALES
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| Imaxen de La Nueva España, del 16/06/13 |
Las hijas de mi bisabuelo —muchas, según los tiempos— estaban siempre dispuestas a solicitar las últimas novedades, al tiempo de que con un «¿ y por qué no yo?» manifestaban lo que hoy llamaríamos «la conciencia de sus derechos». Mi bisabuelo, un labrador de escasísimos posibles (valga el pleonasmo) solía contestarles: «¡Ni que tuviésemos un burru cagarriales!».
El burro que caga reales protagoniza un cuento, extendido por toda España, en que el pollino es utilizado como instrumento para timar a codiciosos crédulos. Pero el burro-ceca debe ser hoy, sin duda, uno de los conceptos económicos básicos que anidan en el intelecto de gran número de economistas y políticos, en concreto, de todos aquellos que, bajo el nombre de «políticas de estímulo o crecimiento», predican, en realidad, el endeudamiento sin tasa o la acuñación ilimitada de dinero.
Señalemos, en primer lugar, que existen evidencias de que las políticas expansivas no significan «per se» mejora en la actividad económica o la reducción del paro, como lo demostró el fracaso de las medidas en ese sentido del gobierno Zapatero (Plan E, deducciones fiscales, cheque-bebé). Es cierto que, en ocasiones, las políticas anticíclicas tienen resultados, pero, aun suponiéndolas bien orientadas, esto es, hacia los sectores o actividades en los que resultarán efectivas, han de tener en cuenta el nivel de endeudamiento público y privado, la balanza comercial, el costo de la financiación y otros. Pero, en todo caso, han de partir de la idea de que la inflación dineraria coyuntural (vía deuda, financiación exterior, aumento del dinero en circulación, inflación de precios, devaluaciones) debe provocar en un plazo razonable no solo el aumento de la actividad económica, sino los retornos necesarios para generar el equilibrio presupuestario a través de la recaudación. Ahora bien, el crecimiento exponencial de la deuda asumida por los bancos centrales o la emisión de nuevo dinero por los mismos, así como las rebajas de los tipos de préstamo del dinero por los bancos emisores, en la última década no han supuesto apenas un aumento de la productividad en la mayoría de los países de occidente o en el Japón, ni han servido para crear empleo masivamente, y ello pese al crecimiento de la productividad sectorial que la informática ha traído consigo. En una palabra, toda política expansiva que no tienda, al menos, al ajuste presupuestario devora sus efectos en poco tiempo y aumenta el tamaño del problema.
Pero la mayoría de los partidarios de las políticas expansivas, ya directamente visibles, ya mediante su subsunción velada bajo la capa del Banco Central Europeo, no suelen nunca aludir ni a los efectos negativos de una inflación dineraria ni a las necesarios ajustes presupuestarios (dónde o cómo efectuarlos es la discusión política) que, en ocasiones como la nuestra, son necesarios, de no subir la actividad y la recaudación en el ciclo de la multiplicación dineraria.
En nuestra situación, además, hay que recordar lo sustancial de nuestras variables económicas (deficiente productividad, escasa competitividad, poco «producto propio» para competir dentro o fuera, escasa mano de obra ocupada, altísimo paro), monetarias y fiduciarias. No olvidemos que es no solo que Bruselas y la Bruja-Piruja (al decir de algunos) nos exijan la reducción del déficit, es que la escasa confianza en nuestra economía hasta hace pocos meses, llevó a que no se nos prestase dinero, que quien lo hiciese lo concediera a un altísimo precio y a que el dinero extranjero se retirase de nuestro país. Han mejorado la mayoría de estos parámetros, pero aun no son enteramente firmes. En todo caso, y en una economía abierta, dependemos de nuestros socios europeos y de la valoración que de nosotros realicen los mercados, de su confianza en nosotros.
Y es curioso, por otra parte, que la mayoría de los entusiastas del «dale a la máquina y tira que libras» no propongan nunca la única solución coherente con sus propuestas: salir del euro, volver a imprimir moneda y arrostrar durante unos años sus consecuencias para obtener los logros previstos. Es curiosa esa falta de coherencia o de honradez intelectual.
«Será que, efectivamente, tienen un burru cagarriales, sin que los demás lo sepamos» —dice mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que ha aparecido a mi lado repentinamente portando un saco que parece repleto de monedas—.
—Oye —le digo maliciando lo peor—, ¿no serán falsas y pretenderás dar un timo con ellas?
Me guiña un ojo y me dirige una sonrisa maliciosa.
—Al menos, esto es más limpio que lo del burro, ¿no?
El burro que caga reales protagoniza un cuento, extendido por toda España, en que el pollino es utilizado como instrumento para timar a codiciosos crédulos. Pero el burro-ceca debe ser hoy, sin duda, uno de los conceptos económicos básicos que anidan en el intelecto de gran número de economistas y políticos, en concreto, de todos aquellos que, bajo el nombre de «políticas de estímulo o crecimiento», predican, en realidad, el endeudamiento sin tasa o la acuñación ilimitada de dinero.
Señalemos, en primer lugar, que existen evidencias de que las políticas expansivas no significan «per se» mejora en la actividad económica o la reducción del paro, como lo demostró el fracaso de las medidas en ese sentido del gobierno Zapatero (Plan E, deducciones fiscales, cheque-bebé). Es cierto que, en ocasiones, las políticas anticíclicas tienen resultados, pero, aun suponiéndolas bien orientadas, esto es, hacia los sectores o actividades en los que resultarán efectivas, han de tener en cuenta el nivel de endeudamiento público y privado, la balanza comercial, el costo de la financiación y otros. Pero, en todo caso, han de partir de la idea de que la inflación dineraria coyuntural (vía deuda, financiación exterior, aumento del dinero en circulación, inflación de precios, devaluaciones) debe provocar en un plazo razonable no solo el aumento de la actividad económica, sino los retornos necesarios para generar el equilibrio presupuestario a través de la recaudación. Ahora bien, el crecimiento exponencial de la deuda asumida por los bancos centrales o la emisión de nuevo dinero por los mismos, así como las rebajas de los tipos de préstamo del dinero por los bancos emisores, en la última década no han supuesto apenas un aumento de la productividad en la mayoría de los países de occidente o en el Japón, ni han servido para crear empleo masivamente, y ello pese al crecimiento de la productividad sectorial que la informática ha traído consigo. En una palabra, toda política expansiva que no tienda, al menos, al ajuste presupuestario devora sus efectos en poco tiempo y aumenta el tamaño del problema.Pero la mayoría de los partidarios de las políticas expansivas, ya directamente visibles, ya mediante su subsunción velada bajo la capa del Banco Central Europeo, no suelen nunca aludir ni a los efectos negativos de una inflación dineraria ni a las necesarios ajustes presupuestarios (dónde o cómo efectuarlos es la discusión política) que, en ocasiones como la nuestra, son necesarios, de no subir la actividad y la recaudación en el ciclo de la multiplicación dineraria.
En nuestra situación, además, hay que recordar lo sustancial de nuestras variables económicas (deficiente productividad, escasa competitividad, poco «producto propio» para competir dentro o fuera, escasa mano de obra ocupada, altísimo paro), monetarias y fiduciarias. No olvidemos que es no solo que Bruselas y la Bruja-Piruja (al decir de algunos) nos exijan la reducción del déficit, es que la escasa confianza en nuestra economía hasta hace pocos meses, llevó a que no se nos prestase dinero, que quien lo hiciese lo concediera a un altísimo precio y a que el dinero extranjero se retirase de nuestro país. Han mejorado la mayoría de estos parámetros, pero aun no son enteramente firmes. En todo caso, y en una economía abierta, dependemos de nuestros socios europeos y de la valoración que de nosotros realicen los mercados, de su confianza en nosotros.Y es curioso, por otra parte, que la mayoría de los entusiastas del «dale a la máquina y tira que libras» no propongan nunca la única solución coherente con sus propuestas: salir del euro, volver a imprimir moneda y arrostrar durante unos años sus consecuencias para obtener los logros previstos. Es curiosa esa falta de coherencia o de honradez intelectual.
«Será que, efectivamente, tienen un burru cagarriales, sin que los demás lo sepamos» —dice mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que ha aparecido a mi lado repentinamente portando un saco que parece repleto de monedas—.
—Oye —le digo maliciando lo peor—, ¿no serán falsas y pretenderás dar un timo con ellas?
Me guiña un ojo y me dirige una sonrisa maliciosa.
—Al menos, esto es más limpio que lo del burro, ¿no?
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