Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
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... Ni deuda que no se pague
(el sábadu, día 1 en La Nueva España)
… NI DEUDA QUE NO SE PAGUE
En 2009, el Gobierno de Zapatero (PSOE) pactaba con Montilla (PSC-PSOE) el nuevo sistema de financiación, que impondrían a las demás comunidades autónomas de régimen común. El señor Junqueras alababa el acuerdo, había participado en él, y decía que vendría a solucionar definitivamente los problemas de financiación de Cataluña. Anótese que se preveía su renovación a los cinco años (2014), pero que la misma aún no se ha producido, ni con gobiernos de un signo ni de otro.
En parte como consecuencia de esa incapacidad y desidia para reformarlo, en parte por algunas circunstancias especiales, como la pandemia y, además, porque algunas comunidades se han endeudado de forma imprudente y caprichosa, sabiendo que, al final, alguien acudiría en su socorro, el conjunto de las comunidades autónomas se han endeudado en cuantía voluminosa, ya en el mercado, ya, mediante el FLA (Fondo de liquidez autonómico), con el Estado.
Una de las comunidades con más deuda es Cataluña: 88.000 millones de euros, de los que 77.000 los adeuda al Estado. El discurso de Cataluña para justificar ese endeudamiento ha sido el “España nos roba”, esto es, que Cataluña aporta mucho al Estado y que este devuelve de forma insuficiente, de manera que se produce un déficit en las cuentas. Fue ese el pretexto para el endeudamiento y la exigencia de ayudas al Gobierno central. Conviene, en cualquier caso, aparte de recordar que el actual sistema de financiación autonómica fue pactado, como hemos dicho, con Cataluña (y aponderado por sus políticos), subrayar que, según aseveran unánimemente los expertos, Cataluña no está mal financiada, se halla en la media de las comunidades. Las que están peor son Murcia y Valencia.
En 2023, el señor Pérez-Castejón convocaba elecciones y las perdía, frente al PP. No obstante, consiguió urdir una mayoría para moncloar pactando entre otros con ERC y Junts, que le exigieron una serie de condiciones, unas personales, como la amnistía y el vasallaje con mediadores internacionales y zapatereros fuera de España, otras para su comunidad. En el momento en que se conocieron aquellas condiciones algunos comentaristas más o menos adictos al PSOE manifestaron sus dudas sobre su cumplimiento, por parecerles injustas, causantes de desigualdad, ilegales o inconstitucionales (señalando esa inconstitucionalidad también se había pronunciado “in illo tempore”, el señor Pérez-Castejón, pero después cambió de virtud, digo, de necesidad). Sin embargo, como pronostiqué entonces, se van a cumplir todas. Se ha cumplido la amnistía. Se va a condonar ahora parte importante de la deuda catalana, se van a pagar más plazas de mossos (3.000) e invertir cantidades importantes para mejorar los trenes de cercanías de aquella comunidad, según se acordó todo ello.
En el ínterin, el Gobierno central se ha plegado a Junts en el criterio de reparto del impuesto a la banca, beneficiando a Cataluña. Ya sé que no pueden creerlo pero es así.
¿Cómo se cierra ahora el compromiso de la quita de deuda para Cataluña? Formalmente e inicialmente, mediante el anuncio de Oriol Junqueras de que el Estado se quedará con el 22% de la deuda catalana al FLA. Posteriormente, mediante el anuncio de la señora Montero (aquella bacante que gritaba “Pedrohé, Pedrohé” rogando a don Pedro que volviere a la luz de aquel retiro de cinco días en su tabernáculo) de que la quita se extenderá a todas las comunidades autónomas. (Por cierto, lo que se demanda por la mayoría es la revisión del sistema de financiación, tan obsoleto, pero eso no se puede porque falta por cerrar el sistema de financiación peculiar de Cataluña, su “cupo”).
¿Y cuál es la sustancia de la quita? El Gobierno condonará 83.252 millones de deuda en total, el 22% de la cual, a Cataluña. Fijémonos en Asturies. ¿Qué dicen nuestros gobernantes asturianos? Pues que se conforman con lo que les toca, 1.508 millones, pero que hubiese sido más justo un reparto por población ajustada, con lo que nos corresponderían unos 500 millones más. Al mismo tiempo, se duelen de que los que menos han despilfarrado sean los menos compensados, y al revés. Y señalan que debería haber en el futuro mecanismos para evitar el dispendio, a fin de que nadie piense que siempre vendrá el Estado a salvarlos. No los habrá.
Si añadimos a ello que en el reparto del impuesto a la banca Asturies ha salido también perjudicada, en la medida en que han imperado, como hemos dicho arriba, los criterios de Junts, y no unos criterios objetivos, cabe realizar alguna consideración política. Se lo dejo a ustedes.
En todo caso, todo ese dinero “perdonado” no desaparece, se traslada a todos nosotros a través de la deuda. De modo que quienes hemos sido menos despilfarradores o abusonos tenemos que pagar el plus de los despilfarradores o abusonos. Y lo mismo ocurre a quienes, como los asturianos, hemos sido maltratados en el reparto. Ya ven, siempre hay guapos y feos, y algunos feos se conforman con ello.
Concluyo: el “cupo” catalán, acordado con Junts y ERC, se acabará cumpliendo, como han llegado a cumplimiento los restantes pactos. De ese modo Cataluña aportará menos o nada a la caja común, al igual que vascos y navarros. Nosotros seguiremos pagando, por ejemplo, sus pensiones, y ellos apenas contribuirán, si lo hacen, para la sanidad o las pensiones del conjunto de los españoles (o de los ciudadanos del Estado, si lo prefieren).
“No hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague”, dice el refrán que he aprovechado para el título. Me ha parecido más educado que este otro que me sugería mi trasgu particular, Abrilgüeyu: “El que tien agarráu a otru pel gañote…”.
¡Un fenómenu (otru)!
Fai dos díes (24):
Fai un día (25):
Que conste qu'esti ye'l más llistu, y que lu escoyeren por oposición abierta (como al anterior). Pues nada, onde'l pueblu pon el güeyu Dios sanciona.
¡Y van yá...!
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha anunciado que su partido apoya la derogación del artículo 135 de la Constitución que obliga a la estabilidad presupuestaria de las administraciones, medida aprobada en la recta final del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero con el apoyo del PP. Sánchez ha informado de esta medida en un foro titulado 'Desigualdad y democracia', organizado por UGT en la Escuela Julián Besteiro en Madrid.
Fai un día (25):
Pedro Sánchez aclara que no derogará, sino que completará, el artículo del déficit cero
Que conste qu'esti ye'l más llistu, y que lu escoyeren por oposición abierta (como al anterior). Pues nada, onde'l pueblu pon el güeyu Dios sanciona.
¡Y van yá...!
MÁS ALLÁ DEL PENSAMIENTO MÁGICO
Ignoro
por qué motivo el pasado fin de semana, el de la Constitución, el señor Anguita
andaba paseando su pomposa vacuidad por las televisiones. Lo sorprendo el
jueves 5, a primera hora, en una de las tertulias. Tengo escaso tiempo para
escucharlo, pero en ese medio minuto lo oigo decir y teatralizar uno de los
eructemas de moda: «no existe la democracia —pontifica—, porque si Ángela
Merkel nos obliga a cambiar la constitución y el presidente del BCE (se refiere
a la conocida carta que el anterior presidente, Jean Claude Trichet, envió a
Zapatero el 5 de agosto de 2011, en que lo urgía a tomar medidas urgentes para
modificar el déficit, el paro y la economía) nos impone la política económica,
¿qué democracia hay?, ¿para qué votamos?» No tengo tiempo para seguir atendiendo
(después me entero de que en su soflama ha incluido otros sonoros eructemas),
pero sí creo percibir en tertulianos y público asistente rapto de
admiración y arrebato de asentimiento.
Como
todos los que utilizan ese discurso, el señor Anguita miente, ya no en la
propia trabazón lógica de su discurso (que también), sino en la preterición de
todo el proceso anterior al comienzo de su argumentación. Ocultan por completo
que todos los meses salimos a pedir prestados miles de millones de euros, y
que, en un momento determinado, nuestros prestamistas no se fían y, por tanto,
nos piden más garantías, y, sobre todo, que cambiemos el rumbo del despilfarro
y que dejemos de seguir gastando más de lo que podemos, con un incremento
exponencial año a año; no hace mención alguna a que nos hallamos
voluntariamente dentro de una moneda a la que estuvimos en un tris de llevar a
la quiebra o a la división, y a que aun llegamos a poner en riesgo grave
ciertos aspectos de la economía mundial (como lo prueban las llamadas al
respecto de los presidentes de EEUU y China en mayo del 2010); obvia manifestar
que el BCE tiene la obligación de velar por la moneda y la economía de todos
los estados, no solo de la de los españoles; y evita decir que nuestra quiebra
no solo la pagaríamos nosotros, sino que podrían dinero para pagarla —en caso
de salvarnos— todos los europeos, especialmente los alemanes, que son quienes
más contribuyen, o que, en caso de debacle fiduciaria y ruptura de la unidad
monetaria, se verían especialmente dañados otros muchos europeos. Es decir, que
no es que no tengamos soberanía política porque nos la hayan quitado, es que la
hemos enajenado, en parte, porque hemos ido a pedir a otros el dinero que no
tenemos para que nos permitan seguir viviendo como queremos (que es,
precisamente, lo que hemos votado). Y que no es que nos impongan nada, sino que
nos hacen ver nuestra situación y nuestros compromisos. Y que, incluso, somos
nosotros los que ponemos en un cierto riesgo a otros.
Pero
los autores de este y otros eructemas semejantes mienten también en otra cosa:
nunca se atreven a proponer la única alternativa posible (y, tal vez, con el
tiempo, necesaria, que no digo yo que no): salir del euro, emitir moneda
propia, arrostrar al menos cinco años de dura inflación, pérdida de
competitividad, ausencia de financiación, destrucción de empleo, recorte de
salarios, pensiones y paro, etc, para posiblemente, después, crecer mejor y más
armónicamente. ¿Lo han oído ustedes a alguno de ellos? ¡A ninguno, en absoluto!:
que una cosa es echar a los demás la culpa del desastre y otra ofrecernos
nosotros a provocar otro distinto e imprevisible.
Pero,
evidentemente, toda esa falacia argumental no se debe plantear de esa forma
para que tenga éxito de público y de aplauso. Necesita redondearse en dos vías:
con el recurso a la conspiración universal, a los protocolos (versión
izquierdista) «de los sabios de Sión»: el capitalismo, la globalización, los
mercados, Wall Street, las agencias de calificación y otros daimones, xanes
males, brujas y maléficos. Y, en la otra dirección, con «lo que debería ser»:
Europa como un espacio de igualdad y solidaridad, no como la patria de los egoísmos
y de los intereses de los mercaderes; Europa fuera de la tiranía de los
mercados, la Europa social y no la Europa competitiva. ¿Que eso —más allá de lo
que tiene de vacuidad y tópico— implica y podría implicar que los ciudadanos de
unos países trabajasen para los de otros; pusiesen en riesgo el fruto de su
trabajo para que lo malgastasen los de otros? Bueno, ¡peccata minuta!
Siendo
bondadosos, podríamos calificar ese tipo de pensamiento como aquello que
Francis Bacon tipificaba como «Idola tribus»: «…el intelecto humano, cuando se
complace en una cosa (ya porque sea generalmente admitida y creída, o porque
cause deleite), obliga a todas las otras cosas a ser confirmadas y estar de
acuerdo con ella; y por más grande que sea la fuerza y el número de las pruebas
en contrario, o bien no las observa, o las desprecia, o las quita de en medio y
rechaza valiéndose de un distingo cualquiera y ello no sin grande y pernicioso
perjuicio, con tal de que sus primeras conclusiones permanezcan invioladas».
Pero,
en realidad, este discurso de que hablamos, repleto de eructemas, va más allá del pensamiento-fe que niega la
realidad en virtud de las creencias: es pensamiento mágico, que piensa que la
realidad puede someterse por medio de los discursos y la voluntad, al modo en
que Jerjes I hizo castigar con látigos al Helesponto para que «aprendiese» por
haberse opuesto a su voluntad; por eso el pensamiento mágico necesita de seres
malignos que expliquen sus desgracias, y contra los que imprecar, y de
espíritus favorables, a los que deprecar. El pensamiento mágico, por cierto, es
ante todo pensamiento social: funciona únicamente en el supuesto de una fe y un
discurso-ficción sobre el mundo compartidos por muchos.
Pero
esta actitud está todavía un paso más allá del pensamiento mágico, dado que lo
que verdaderamente oculta el señor Anguita son sus remedios y su modelo de
sociedad: cómo sería ese mundo ideal que el preconiza y cuáles las recetas para
conseguirlo. Porque, de expresarlo tal cual, en sus crudos términos, es posible
que algunos de los creyentes ocasionales cayesen en la cuenta de que eso que él
y otros preconizan de forma ladina, su particular Ciudad de Dios, en realidad ya ha existido y
existe en algunas partes del orbe. ¡Y con qué resultados y a qué precio!
LEY DE GRESHAM, DEUDA Y BANCOS CENTRALES
«Salveos Dios, ducado de a dos, que Monsieur de Chièvres no topó con
vos.»
La política de crecimiento
monetario de los bancos centrales y de endeudamiento de los estados con el fin
de estimular, en un caso, la economía, de estimularla y mantener los servicios
del estado del bienestar en otro es siempre una política discutible. Puede
tener efectos positivos coyunturales, y aun ser estrictamente necesaria en
momentos de grave crisis. En sentido contrario, se ha venido señalando
recientemente, por ejemplo, cómo a partir de un cierto nivel de endeudamiento
el crecimiento económico se hace imposible. Se ha apuntado igualmente que el
continuo aumento del dinero puesto en circulación por los bancos centrales en
los últimos años no ha tenido afectos apreciables en la productividad de la
economía real. Digamos que, en general, toda política de endeudamiento que no
tenga la vocación de limitarse en el tiempo y en el volumen, para devolver en
lapso razonable el equilibrio a las cuentas es una política que genera
inflación y paro a medio o largo plazo.
Pero no es de esa cuestión de la
que ahora queremos hablar, sino de los efectos negativos que sobre el ahorro y
el producto histórico acumulado tienen las actuales políticas de endeudamiento
creciente de los estados y su conversión de forma indirecta en moneda por los
bancos centrales, así como la atribución al dinero de valores ficticios de tipo
bajo, casi cercano al cero.
Se podría decir que existen dos
tipos de dinero: el «dinero histórico», fruto del trabajo acumulado de
individuos y sociedades, y el «dinero eventual o dinero cábala», aquel que,
puesto en circulación directamente o indirectamente por los bancos centrales o,
a través de la deuda, por los gobiernos, espera ser convertido algún día en
«dinero histórico», como fruto del trabajo social futuro. Ahora bien, es
evidente que la presencia en el quehacer económico de este segundo tipo de
dinero distorsiona a la baja el valor del «dinero histórico», tiene, frente a él,
el mismo efecto que un proceso inflacionario. Por decirlo así, y por
trasladarnos a las épocas en que el valor de la moneda venía representada por
la aleación del oro o la plata que contenía, el «dinero inventado» actúa al
modo y manera como actuaban las reacuñaciones o las rebajas en la aleación, lo
que causaba la pérdida de valor adquisitivo para los propietarios de las nuevas
monedas.
Pero esa distorsión del valor del «dinero histórico» o
«dinero trabajo histórico» —siempre un bien limitado, como todos— no la produce
únicamente el aumento injustificado de moneda en circulación (por la vía de
crédito, deuda o impresión de papel), sino que la producen, asimismo, las
decisiones de los bancos centrales sobre el coste del dinero que prestan, valor
que solo ellos —monopolistas de la emisión y fuente última del crédito—pueden
establecer, lo que realizan en virtud de una decisión política arbitraria. Y es
que esa decisión, aunque pudiese estar justificada por algunas razones
coyunturales económicas o fiduciarias, ni responde ni al valor del bien
(estimado al margen de cualquier parámetro de mercado) ni siquiera tiene por
qué responder a un contravalor objetivo (así, en un ejemplo extremo pero
histórico, se pueden llegar a emitir belarminos, cuyo valor, por más que el
emisor, el Consejo Soberano de Asturies y León, le atribuyese alguno, era
cero).
De ese modo, el dinero producto del trabajo y del
esfuerzo, el dinero ahorrado y guardado, sufre un ataque semejante a las
antiguas pérdidas de ley en la aleación. Si a ello le sumamos, además, las
disposiciones actuales del Banco de España para limitar la remuneración de los
depósitos, la escasa retribución por el ahorro, las crecientes subidas de
impuestos a las que se suman disposiciones recaudatorias de algunas autonomías,
nos encontramos con que el dinero fruto del trabajo no solo está devaluado con
respecto a su potencial rentabilidad en un mercado no intervenido, sino que,
incluso, es castigado con rentabilidades cercanas a cero o negativas (de ahí la
entrega, en su día, de tantas personas a las llamadas «preferentes»).
Mas no termina ahí la cosa. No
es descartable que, como fruto de la burbuja inflacionaria de la deuda y su
monetarización, esto es, de la hipertrofia del «dinero inventado o cábala»,
asistamos en el futuro a quiebras y quitas parciales. Esas quiebras y quitas no
afectarían solo a inversores institucionales, a bancos o a tenedores
corporativos (en último término, asimismo, a todos nosotros) de la deuda, sino
que, como ya ha ocurrido recientemente en Chipre, tendrían su efecto
confiscatorio, sobre el «dinero trabajo», esto es, sobre las cuentas corrientes
de los ciudadanos, o, lo que es lo mismo, expropiando una parte, en el mejor de
los casos, del fruto de su esfuerzo a lo largo de su vida o de la de sus
antepasados. Y no piense el ciudadano que únicamente tiene en el banco tres mil
o diez mil euros que eso solo les ocurrirá a «los ricos»: los ricos de verdad
suelen tener más ñeros que uno, y, por otro lado, el argayu puede llegar hasta
el fondo del barranco, dependerá del agua que caiga.
Como ven, todo ello no son más
que variables modernas de la Ley de Gresham: la moneda mala o ficticia despoja
de su valor a la buena o, en el caso más drástico, la aniquila.
Ya sé que la fe es inasequible a
la evidencia, pero no estaría de más que los economistas y filósofos del «burru
cagarriales» le diesen un par de vueltas a estas consideraciones, a fin de
tratar de entender por qué en determinados países los ciudadanos abominan de
las políticas inflacionarias expansivas y se niegan a poner en riesgo su
«dinero trabajo», a unir el destino del mismo —de su misma historia personal— a
decisiones políticas y económicas entusiastas del «dinero eventual o dinero
apunte en el azar».
EL BURRU CAGARRIALES
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| Imaxen de La Nueva España, del 16/06/13 |
Las hijas de mi bisabuelo —muchas, según los tiempos— estaban siempre dispuestas a solicitar las últimas novedades, al tiempo de que con un «¿ y por qué no yo?» manifestaban lo que hoy llamaríamos «la conciencia de sus derechos». Mi bisabuelo, un labrador de escasísimos posibles (valga el pleonasmo) solía contestarles: «¡Ni que tuviésemos un burru cagarriales!».
El burro que caga reales protagoniza un cuento, extendido por toda España, en que el pollino es utilizado como instrumento para timar a codiciosos crédulos. Pero el burro-ceca debe ser hoy, sin duda, uno de los conceptos económicos básicos que anidan en el intelecto de gran número de economistas y políticos, en concreto, de todos aquellos que, bajo el nombre de «políticas de estímulo o crecimiento», predican, en realidad, el endeudamiento sin tasa o la acuñación ilimitada de dinero.
Señalemos, en primer lugar, que existen evidencias de que las políticas expansivas no significan «per se» mejora en la actividad económica o la reducción del paro, como lo demostró el fracaso de las medidas en ese sentido del gobierno Zapatero (Plan E, deducciones fiscales, cheque-bebé). Es cierto que, en ocasiones, las políticas anticíclicas tienen resultados, pero, aun suponiéndolas bien orientadas, esto es, hacia los sectores o actividades en los que resultarán efectivas, han de tener en cuenta el nivel de endeudamiento público y privado, la balanza comercial, el costo de la financiación y otros. Pero, en todo caso, han de partir de la idea de que la inflación dineraria coyuntural (vía deuda, financiación exterior, aumento del dinero en circulación, inflación de precios, devaluaciones) debe provocar en un plazo razonable no solo el aumento de la actividad económica, sino los retornos necesarios para generar el equilibrio presupuestario a través de la recaudación. Ahora bien, el crecimiento exponencial de la deuda asumida por los bancos centrales o la emisión de nuevo dinero por los mismos, así como las rebajas de los tipos de préstamo del dinero por los bancos emisores, en la última década no han supuesto apenas un aumento de la productividad en la mayoría de los países de occidente o en el Japón, ni han servido para crear empleo masivamente, y ello pese al crecimiento de la productividad sectorial que la informática ha traído consigo. En una palabra, toda política expansiva que no tienda, al menos, al ajuste presupuestario devora sus efectos en poco tiempo y aumenta el tamaño del problema.
Pero la mayoría de los partidarios de las políticas expansivas, ya directamente visibles, ya mediante su subsunción velada bajo la capa del Banco Central Europeo, no suelen nunca aludir ni a los efectos negativos de una inflación dineraria ni a las necesarios ajustes presupuestarios (dónde o cómo efectuarlos es la discusión política) que, en ocasiones como la nuestra, son necesarios, de no subir la actividad y la recaudación en el ciclo de la multiplicación dineraria.
En nuestra situación, además, hay que recordar lo sustancial de nuestras variables económicas (deficiente productividad, escasa competitividad, poco «producto propio» para competir dentro o fuera, escasa mano de obra ocupada, altísimo paro), monetarias y fiduciarias. No olvidemos que es no solo que Bruselas y la Bruja-Piruja (al decir de algunos) nos exijan la reducción del déficit, es que la escasa confianza en nuestra economía hasta hace pocos meses, llevó a que no se nos prestase dinero, que quien lo hiciese lo concediera a un altísimo precio y a que el dinero extranjero se retirase de nuestro país. Han mejorado la mayoría de estos parámetros, pero aun no son enteramente firmes. En todo caso, y en una economía abierta, dependemos de nuestros socios europeos y de la valoración que de nosotros realicen los mercados, de su confianza en nosotros.
Y es curioso, por otra parte, que la mayoría de los entusiastas del «dale a la máquina y tira que libras» no propongan nunca la única solución coherente con sus propuestas: salir del euro, volver a imprimir moneda y arrostrar durante unos años sus consecuencias para obtener los logros previstos. Es curiosa esa falta de coherencia o de honradez intelectual.
«Será que, efectivamente, tienen un burru cagarriales, sin que los demás lo sepamos» —dice mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que ha aparecido a mi lado repentinamente portando un saco que parece repleto de monedas—.
—Oye —le digo maliciando lo peor—, ¿no serán falsas y pretenderás dar un timo con ellas?
Me guiña un ojo y me dirige una sonrisa maliciosa.
—Al menos, esto es más limpio que lo del burro, ¿no?
El burro que caga reales protagoniza un cuento, extendido por toda España, en que el pollino es utilizado como instrumento para timar a codiciosos crédulos. Pero el burro-ceca debe ser hoy, sin duda, uno de los conceptos económicos básicos que anidan en el intelecto de gran número de economistas y políticos, en concreto, de todos aquellos que, bajo el nombre de «políticas de estímulo o crecimiento», predican, en realidad, el endeudamiento sin tasa o la acuñación ilimitada de dinero.
Señalemos, en primer lugar, que existen evidencias de que las políticas expansivas no significan «per se» mejora en la actividad económica o la reducción del paro, como lo demostró el fracaso de las medidas en ese sentido del gobierno Zapatero (Plan E, deducciones fiscales, cheque-bebé). Es cierto que, en ocasiones, las políticas anticíclicas tienen resultados, pero, aun suponiéndolas bien orientadas, esto es, hacia los sectores o actividades en los que resultarán efectivas, han de tener en cuenta el nivel de endeudamiento público y privado, la balanza comercial, el costo de la financiación y otros. Pero, en todo caso, han de partir de la idea de que la inflación dineraria coyuntural (vía deuda, financiación exterior, aumento del dinero en circulación, inflación de precios, devaluaciones) debe provocar en un plazo razonable no solo el aumento de la actividad económica, sino los retornos necesarios para generar el equilibrio presupuestario a través de la recaudación. Ahora bien, el crecimiento exponencial de la deuda asumida por los bancos centrales o la emisión de nuevo dinero por los mismos, así como las rebajas de los tipos de préstamo del dinero por los bancos emisores, en la última década no han supuesto apenas un aumento de la productividad en la mayoría de los países de occidente o en el Japón, ni han servido para crear empleo masivamente, y ello pese al crecimiento de la productividad sectorial que la informática ha traído consigo. En una palabra, toda política expansiva que no tienda, al menos, al ajuste presupuestario devora sus efectos en poco tiempo y aumenta el tamaño del problema.Pero la mayoría de los partidarios de las políticas expansivas, ya directamente visibles, ya mediante su subsunción velada bajo la capa del Banco Central Europeo, no suelen nunca aludir ni a los efectos negativos de una inflación dineraria ni a las necesarios ajustes presupuestarios (dónde o cómo efectuarlos es la discusión política) que, en ocasiones como la nuestra, son necesarios, de no subir la actividad y la recaudación en el ciclo de la multiplicación dineraria.
En nuestra situación, además, hay que recordar lo sustancial de nuestras variables económicas (deficiente productividad, escasa competitividad, poco «producto propio» para competir dentro o fuera, escasa mano de obra ocupada, altísimo paro), monetarias y fiduciarias. No olvidemos que es no solo que Bruselas y la Bruja-Piruja (al decir de algunos) nos exijan la reducción del déficit, es que la escasa confianza en nuestra economía hasta hace pocos meses, llevó a que no se nos prestase dinero, que quien lo hiciese lo concediera a un altísimo precio y a que el dinero extranjero se retirase de nuestro país. Han mejorado la mayoría de estos parámetros, pero aun no son enteramente firmes. En todo caso, y en una economía abierta, dependemos de nuestros socios europeos y de la valoración que de nosotros realicen los mercados, de su confianza en nosotros.Y es curioso, por otra parte, que la mayoría de los entusiastas del «dale a la máquina y tira que libras» no propongan nunca la única solución coherente con sus propuestas: salir del euro, volver a imprimir moneda y arrostrar durante unos años sus consecuencias para obtener los logros previstos. Es curiosa esa falta de coherencia o de honradez intelectual.
«Será que, efectivamente, tienen un burru cagarriales, sin que los demás lo sepamos» —dice mi trasgu particular, Abrilgüeyu, que ha aparecido a mi lado repentinamente portando un saco que parece repleto de monedas—.
—Oye —le digo maliciando lo peor—, ¿no serán falsas y pretenderás dar un timo con ellas?
Me guiña un ojo y me dirige una sonrisa maliciosa.
—Al menos, esto es más limpio que lo del burro, ¿no?
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Almunia, profeta
Asina d'oscuru, d'elípticu, de oráculu-delfianu: "El Gobierno español, el resto de gobiernos de la eurozona y las instituciones europeas sabemos muy bien lo que tenemos que hacer, aunque es verdad que es difícil hacer lo que tenemos que hacer" (23/07/12).
Ello, cola bolsa depeñándose hacia'l 5000 y la prima en 6,40.
¿Precedentes?, sí: Yahvé a Moisés, nel bardial: "Yo soi el que soi". Y Xesús, segú San Xuan: "Yo me voy, y me buscaréis. A donde yo voy, vosotros no podéis ir".
¿Más claridá? De xuru qu'un día d'estos Almunia va ascender a los cielos.Cambiar la ley y exigir responsabilidades
Conocen ustedes de sobra el estribillo de la cantinela de Foro durante estos meses: pedir responsabilidades penales a Areces por las desviaciones presupuestarias. Es casi seguro que la solfa y la letra de esa canción acabarán en el mismo sitio que el anuncio de las futuribles denuncias ante la Unión Europea si es que las vías del tren por el Güerna se trazan con ancho Renfe. Es indubitable, asimismo, que el objetivo central de esa cantinela es el de conseguir que el votante de Foro en las elecciones autonómicas acuda a las generales de noviembre con la idea de que esos comicios no son otra cosa sino la continuidad del combate contra las décadas de gobierno del PSOE e IU en Asturies (en que se llegó a constituir una especie de «régimen» omnipresente), y no una pugna a dos, entre Rubalcaba y Rajoy. Pero, con todo -y al margen del caso concreto-, late en ese estribillo que pide cuentas del patrimonio a Areces y juicio al mismo y su equipo por su gestión un concepto que habrá que valorar y poner en práctica en el futuro.
A lo largo de estos meses, tras las elecciones autonómicas y municipales, no han cesado de aparecer noticias en que se daba cuenta de situaciones contables escandalosas en muchos ayuntamientos y comunidades: deudas descomunales, gastos injustificables e injustificados, inversiones en obras sin utilidad o para cuya gestión diaria no existe dinero, atrasos de años en los pagos a proveedores, etcétera. Y todo ello, además, dentro -digamos- de la «normalidad», es decir, sin que se haya metido mano a la caja, sólo en el ámbito de la gestión legal y ordinaria.
Un ejemplo próximo (podrían multiplicarse por centenares) será suficiente: según publicaba LA NUEVA ESPAÑA el 10/09/2011, el Ayuntamiento de Tapia acababa de acordar la petición de un crédito de 126.651 euros para liquidar más de medio centenar de facturas pendientes de pago desde 2005. Con todo, esos 126.651 euros sólo resuelven una parte de las deudas pendientes a proveedores, cuya cuantía total supera los 3,5 millones, según los datos divulgados por el equipo de gobierno del citado concejo. No sé lo que les parece a ustedes, a mí me parece absolutamente escandaloso, por lo que supone en sí y por el daño a empresarios y empleados que habrá causado. Es fruto de una forma generalizada de corrupción administrativa, la de contratar las instituciones públicas sin tener dinero para ello ni previsión realista de tenerlo; la de inflar en los presupuestos las partidas de ingresos para hacer como si fuese a haber ese dinero con el que se contrata en el vacío. Lo es también de una práctica semimafiosa: una vez que se tiene «pillado» a un proveedor, éste ha de seguir aportando sus bienes o servicios si quiere ir cobrando parte de lo que se le debe. Lo es, asimismo, de una especie de tolerancia y complicidad generalizada en el gobierno y policía de las administraciones, debiéndose entre ellas, permitiendo que algunos ayuntamientos funcionen sin presupuestos o los confeccionen clamorosamente tarde, facilitando que los interventores quisquillosos puedan ser removidos. Y, finalmente, tienen como causa última la tolerancia o el entusiasmo de la junta general de accionistas -todos y cada uno de los ciudadanos, responsables últimos del consejo de administración que cada cuatro años renuevan o cambian-, que no quieren saber de dónde sale el dinero cuando les cambian las aceras, les regalan un ordenador o hay un estruendo suficiente de voladores en las fiestas del pueblo, ponga la pólvora el rey Jesús Gil, el señor Zapatero o el alcalde del más pequeño concejo.
En ese campo, pues, las cosas han de cambiar de forma radical. No sólo es necesario ir hacia un cierto equilibrio presupuestario (que se podría romper por acuerdo de ley para el conjunto del Estado en determinadas circunstancias de gravedad) cercano al déficit cero, sino que es imprescindible la exigencia de responsabilidades personales de tipo punitivo para aquellos equipos de gobierno que contraten sin la partida presupuestaria correspondiente o que finjan unos ingresos que no van a producirse o no corrijan ese fallo de previsiones en los siguientes presupuestos.
Porque, no se engañen, a pesar de que muchos digan que se han visto obligados a actuar de esa manera porque son las instituciones más próximas al ciudadano y, por tanto, debían atender a exigencias a que no estaban obligados por ley; aunque argumenten que lo han hecho, en su ámbito competencial, por prestar un mejor servicio, no lo han hecho por eso, sino por su negocio, que es su reelección, su prestigio, su vanidad, su poder, su capacidad de influir o de conseguir favores, de colocar amigos o conmilitones, en una palabra, por los votos que les permiten y proporcionan todo eso.
Tan viejo como el «panem et circenses» que Juvenal troqueló.
El Principado cerró 2010 con una deuda de 1.634 millones (LNE)
Remítolos al enllace de la Nueva España. P'animalos a velo, sólo-yos voi a tresmitir que'l conseyeru de Facienda, el señor Rabanal, apela a la responsabilidá de toos y alvierte de que "podemos acabar con las piernas rotas". Pues nada, y, por cierto, ¿nesti barullu quién nos metiera?
El Principado cerró 2010 con una deuda de 1.634 millones (La Nueva España del 09/06/2011)
El más "llistu", na Moncloa
Meyor dicho, non "el más llistu", el meyor. Porque Rodríguez Zapatero (J.L.) fue escoyíu el meyor d'ente los suyos nel congresu que ganó a Bono (por cierto, cola gabita de los socialistes asturianos). Y dempués fue revalidáu dos veces como'l meyor (o sea, el más llistu) polos sos votantes. Nuna palabra, que ye'l más destacáu, el más espabiláu y el más selectu de los socialistes.
Bueno, pues a la babayada de los 9.300 millones d'euros de dineru chinu que diba venir pa delda y caxes (y que como saben tolos llectores nun hubo inxamás) hai qu'arreya-y otra riestra de babayaes de tochín que lleva diches, ensin saber lo que decía. Pa nun dir al mio archivu, y sólo de memoria, cuando en Túnez dixo que les tropes de toles naciones teníen que retirase d'Irak vinieron los "asesores" de la Moncloa a decir que se lu interpretara mal. Otra: cuando inauguró'l centru informáticu de control de tráficu de Lleón afirmó que "aquel centru diba retirar a tola Guardia Civil de les carreteres" (dempués, otra vegada, los "asesores" de la Moncloa tuvieren que decir que nun yera aquello lo que quisiere decir. Etc. (Si fai falta, hai más).
De mou y manera que yá lo ven: el más llistu de los socialistes, el más preparáu, refrendáu como talo una y otra vegada por militantes, diputaos, senadores y votantes.
¡Ah! ¿Que nun ye él? ¿Que son los asesores? ¡Pues peor! Porque tien más de seiscientos y escuéyelos él (o el partíu).
!VIVA'L VOTU ÚTIL¡ !VIVA'L VOTU PROGRESISTA!
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El gastu públicu dispárase al 46% del PIB, el nivel más altu en catorce años

El gastu públicu algama nestos momentos el 46% del PIB, el nivel más altu en 14 años. En ná más que dos años, el gastu les alministraciones públiques pasó del 39,2% del PIB al 46%. La parte fundamental d'esi gastu pertenez a les prestaciones por desempléu. La segunda partida, cuantitavimente, son les amortizaciones de la delda, contraída, nuna gran parte, non pa inversión productiva, sinón, a la so vegada, pa pagar el paru.
Estos datos son la evidencia del fracasu del Gobiernu socialista na xestión del estáu y la más palmaria manifestación, vamos decilo otra vegada, de que si los socialistes nun son tol problema, son, dende llueu, parte d'él y, en ningún casu, la solución del mesmu.
Pero hai otra cuestión mui importante: ¿Cómo se puede falar de "estáu lliberal", "neolliberalismu", "dictadura los mercaos", "capitalismu selvaxe", y otros rutios ideolóxicos d'esa mena a los que nos tienen avezaos los discursos burguesprogresistes, si l'Estáu remana ("ye propietariu", "xestiona", "retién", como se quiera decir según la perpectiva) de casi la metada de la tola riqueza producida n'España?
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